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Capítulo 4

Penulis: Deep ink
last update Tanggal publikasi: 2026-08-27 02:02:58

Seduciendo al Alfa

Roman~

En el momento en que Azalea abrió esa puerta de par en par, debí haberme detenido.

Pero no lo hice.

Seguí follando con más fuerza a la mujer doblada sobre mi escritorio, con los ojos fijos en la única hembra que alguna vez había logrado meterse bajo mi piel.

Azalea se quedó inmóvil en el umbral con su ropa nueva y ceñida, luciendo como el pecado y la venganza fundidos en una sola persona. Sus pechos subían y bajaban agitados bajo esa blusa negra. Mantenía los muslos apretados el uno contra el otro.

Su aroma —afilado por el impacto, denso por una excitación involuntaria— inundó mi oficina e hizo que mi sangre ardiera aún más caliente.

Apreté con el puño el cabello de la mujer inclinada sobre mi escritorio, embistiéndola con golpes profundos y castigadores, mientras el sonido de nuestra piel chocando resonaba contra las paredes. Cada estocada iba dirigida a la mujer que me observaba. Quería que Azalea lo sintiera. Que recordara cómo se había sentido tenerme enterrado dentro de ella dos noches atrás. Cómo su sexo se había contraído alrededor de mi nudo como si nunca quisiera soltarme.

No corrió.

No apartó la mirada.

Sus mejillas se encendieron en un rubor oscuro. Sus labios se entreabrieron apenas. Observé cómo sus pezones se endurecían contra la tela de su blusa y sentí mi miembro palpitar con fuerza dentro del cuerpo tibio e insignificante debajo de mí. Esto ya no era placer. Esto era algo mucho más oscuro. Algo a lo que no podía ponerle nombre y que tampoco deseaba nombrar.

Me corrí con un gruñido sordo, sacudiendo las caderas con violencia mientras me vaciaba, sin apartar los ojos de los de Azalea en ningún momento. La mujer bajo mi cuerpo se estremeció y gimió, pero para mí bien podría haber sido un fantasma. Lo único que importaba era la Beta parada en mi puerta, temblando con emociones que evidentemente intentaba ocultar.

Me salí, me subí la cremallera del pantalón y despedí a la mujer con un frío gesto de la mano.

—Lárgate.

Ella se apresuró a recoger sus prendas y pasó a toda prisa junto a Azalea, dejando que la puerta se cerrara tras de sí con un chasquido. Un pesado silencio cayó entre nosotros.

Azalea permanecía allí, con los puños cerrados a los costados y la respiración entrecortada. Su nuevo atuendo abrazaba cada curva que yo no tenía ningún derecho a contemplar. La falda de tubo le quedaba perfecta y se ceñía a sus caderas. La blusa mostraba lo justo para atormentar. Se veía imponente, pero completamente rota por dentro.

Rodeé el escritorio despacio, deleitándome con la rabia y el deseo reflejados en su rostro mientras me detenía a escasos pasos de ella. Lo bastante cerca para oler lo empapada que estaba. Lo bastante cerca para ver el conflicto ardiendo detrás de sus ojos.

—¿Disfrutaste del espectáculo? —mi voz salió áspera, sin haberlo planeado—. ¿O acaso verme enterrado hasta el fondo en alguien más te hizo recordar cómo se sintió mi polla ensanchando ese estrecho coño tuyo?

Su rostro ardió de humillación y de algo mucho más abrasador. Levantó la barbilla, intentando aferrarse a la furia que podía sentir emanar de ella en oleadas.

—Estás enfermo —susurró, pero la voz se le quebró.

La miré desde arriba con la mandíbula tensa, luchando contra cada instinto que me gritaba que la agarrara, la estampara contra la pared y le recordara con exactitud con quién estaba tratando.

Los recuerdos de aquella noche no dejaban de asaltarme: la manera en que había gemido y se había deshecho incluso bajo el efecto de las drogas, la forma en que su cuerpo me había recibido tan plenamente. Los empujé hacia lo más hondo, donde debían permanecer.

—Entraste a mi oficina sin tocar —dije—. Vestida de esa forma. Después de todo lo que pasó. ¿Qué esperabas encontrar, Azalea?

Tragó saliva con dificultad. Observé el movimiento de su garganta, con las manos ardiéndome de ganas de sujetarla por allí; de comprobar si su piel quemaba tanto como parecía.

—Vine a trabajar —dijo, pero las palabras sonaron débiles incluso para ella misma.

Di un paso más, cerniéndome sobre ella.

—Entonces trabaja. Y la próxima vez que irrumpas aquí, prepárate para lo que puedas ver. O para lo que yo pueda hacerte.

Dio media vuelta con brusquedad y salió, pero alcancé a notar el leve temblor en sus piernas; la manera en que apretaba los muslos al caminar. La puerta se cerró tras ella con un golpe seco, dejándome solo en el denso silencio.

Solté un gruñido y descargué un puñetazo contra el escritorio en el segundo en que se marchó. La madera crujió con fuerza bajo el impacto.

Maldita sea.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Había pasado cuatro años enterrando cada impulso oscuro que sentía hacia ella. Cuatro años viéndola pertenecer a Timothy mientras yo interpretaba el papel del Alfa leal. Y ahora estaba aquí: rechazada, furiosa y cruzándose en mi camino como si quisiera quemarnos vivos a los dos.

¿Qué carajos estaba haciendo?

Caminé hacia el ventanal y contemplé el bosque negro y el abismo allá abajo, con la lluvia cayendo aún a cántaros. La traición de Timothy se asentaba como veneno en mi estómago: la forma en que me había utilizado, cómo la había desechado a ella con tanta facilidad.

Por los dioses, él y Christy pagarían muy caro por esto. Me encargaría de asegurarlo.

Pero Azalea era el verdadero problema.

Estaba sufriendo. Podía verlo en sus ojos, en cómo intentaba ocultar su dolor detrás de la rabia. Y en lugar de darle espacio, la estaba provocando. Burlándome de ella. Utilizando a otra mujer justo frente a sus ojos como un castigo retorcido.

Me serví un vaso de whisky y lo bebí despacio; el ardor hizo poco por calmar la tormenta en mi interior.

Ella creía que yo le había tendido una trampa. Pensaba que yo era el villano de su historia. Quizá era mejor así; más seguro. Si supiera la verdad —cuánto tiempo la había deseado, cuántas noches había luchado contra el impulso de tomar lo que no era mío—, saldría huyendo.

O peor aún: lo usaría en mi contra.

Dejé el vaso sobre la mesa y apreté la mandíbula.

Que pensara lo que quisiera. Que viniera a por mí con su rabia y sus nuevas prendas ajustadas. Yo mantendría el control. Tenía que hacerlo. Porque si me permitía tropezar de nuevo, si me permitía tomarla de la forma en que realmente quería...

No habría marcha atrás.

Para ninguno de los dos.

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