LOGINEl imperio corporativo de Kael se levanta sobre contratos blindados, acero y una fría ambición que no tolera obstáculos. Para el implacable CEO, cada metro de tierra es un activo que debe rendirse a sus pies. Pero detrás del despacho de cristal y los millones, Kael es un Alfa consumido por una maldición que la medicina moderna no puede curar: su bestia interior está perdiendo el control. Con cada luna llena, su transformación se vuelve más violenta, desgarradora e inestable, empujándolo al borde de la locura y amenazando con destruir todo lo que ha construido. Solo una compañera destinada, su "luna", tiene el poder de calmar el fuego salvaje de su sangre; sin embargo, los años pasan y ella sigue sin aparecer. un clan gitano asentado en el valle, protegido por un documento ancestral firmado hace un siglo que les otorga la propiedad legítima de esas tierras. Cuando Kael acude a desalojarlos, no encuentra a un grupo dispuesto a ceder, sino a Melina. Con una belleza indomable, una astucia afilada y la lealtad inquebrantable a su gente, ella se planta frente a él blandiendo un pergamino que la ley moderna intenta ignorar pero que la sangre de su pueblo defiende a muerte. Confinada en la jaula del depredador, Melina no baja la cabeza; y en medio de los aullidos de dolor de un Alfa al borde del abismo, Kael descubre, sin buscarlo, que el aroma a hierbas y fuego que desata su propia locura es también el único capaz de apaciguarla. Melina es su luna. Y el monstruo que aterroriza a todos los demás ya ha decidido que nunca la dejará marchar.
View MoreLa tarde en el mercado central se desvanecía entre telas, especias y el canto lejano de un violín. Melina ajustó el último bulto sobre sus hombros y caminó hacia el campamento. El sol caía tiñendo el cielo de cobrizo. Los gitanos viejos decían que los atardeceres rojos anunciaban noches pesadas. Noches donde algo se movía entre los árboles.
A tres kilómetros de allí, la frontera del bosque crujió bajo la bota de la muerte. —Se acabó, Kael. —La voz de Abel, el lugarteniente de las Sombras del Norte, siseó entre los pinos con una mezcla de júbilo y veneno—. La luna te está rompiendo por dentro y nosotros vamos a terminar el trabajo. El territorio del valle será nuestro cuando arranquemos esa cabeza de Alfa de tus hombros. Kael no respondió con palabras. Su cuerpo ya no era enteramente humano; los huesos le estallaban bajo la piel en un reacomodo salvaje y prematuro que le quemaba las entrañas. Apretó los dientes hasta fracturarse los molares, tragándose un rugido que amenazaba con reventarle el cráneo. —¡Mátalo! ¡Disaren la plata! —gritó otro de los atacantes, levantando el rifle. El primer lobo de las Sombras se abalanzó sobre él con las fauces abiertas, buscando la yugular. Kael se movió con una velocidad de pesadilla. Lo esquivó por un ápice, le plantó las manos envueltas en garras directamente en el cráneo y, con un giro brutal de muñeca, le arrancó la mandíbula inferior en un crujido seco de hueso y tendón. El atacante cayó convulsionando en la hojarasca. —¿Creen que un par de perros sarnosos van a quitarme lo que es mío? —la voz de Kael salió de su garganta transformada, convertida en un gruñido gutural, denso y cargado de una autoridad asesina—. Este territorio es mío. ¡Y ustedes ya están muertos! Se lanzó sobre el segundo enemigo antes de que pudiera levantar el arma. Lo derribó de un golpe que le hundió el esternón y, sin detenerse, le desgarró el cuello con los dientes, arrancándole la carne de cuajo en una fuente de sangre caliente. Quedaban cuatro. Retrocedieron pisando la maleza, con los ojos abiertos de terror puro al ver al Alfa destrozando a los suyos con los nudillos ensangrentados y la mirada ardiendo en un ámbar inhumano. —¡Fuego! ¡Mátenlo de una vez! —aulló Abel, aterrorizado. El fogonazo iluminó la oscuridad. La bala de plata pura le impactó de lleno en el muslo. El metal maldito siseó al entrar en contacto con su sangre, quemándole la carne viva como ácido hirviendo y paralizando al instante su capacidad de regeneración. Kael cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, escupiendo sangre oscura y soltando un rugido de rabia que hizo temblar las copas de los árboles y ayuntando a los enemigos. Aun con la plata envenenándole las venas y la bestia desgarrándole la cordura, se arrastró hacia la espesura, dejando un rastro oscuro sobre la hojarasca, sabiendo que tenía que cruzar la frontera del pueblo antes de perder lo último que le quedaba de juicio. En el pueblo, Melina caminaba sola por los callejones oscuros. Tarareaba una melodía antigua que su abuela le enseñó sobre lunas y bestias, hasta que el sonido se le trabó en la garganta. ¡CRASH! Un contenedor metálico rodó violentamente contra el adoquín. Melina se detuvo en seco. Los dedos de su mano derecha se deslizaron de inmediato hacia el bolsillo, liberando el seguro de su navaja de muelle con un chasquido mecánico. Avanzó pisando con una suavidad felina, doblando la esquina oscura. El olor a basura se mezclaba con algo pesado y metálico. Sangre. Kael estaba tirado entre los botes volcados. La camisa hecha jirones, el pecho abierto por cuatro surcos profundos de garras que aún humeaban, y los ojos ardiendo en un ámbar enloquecido. Su cuerpo se sacudía con espasmos violentos mientras la maldición lo devoraba desde el interior. Cualquier otra persona habría huido despavorida al ver a semejante criatura al borde de la muerte. Melina, con el mentón levantado y los ojos fijos en el peligro, guardó la navaja con firmeza. —No te dejaré aquí tirado como un perro —murmuró. Se arrodilló de golpe. Al sujetarlo del brazo, la piel de Kael le quemó como hierro al rojo, pero no lo soltó. Usando cada gramo de su fuerza, lo arrastró a empujones y lo ocultó detrás de unos canastos de mimbre colmados de telas, justo cuando unas pisadas pesadas y gritos roncos resonaron en la entrada del callejón. —¡Revisen por aquí! ¡Ese maldito Alfa no pudo ir muy lejos! Kael intentó soltar un gruñido sordo que iba a delatarlos. Melina se abalanzó sobre él, presionando la palma de su mano con firmeza contra su boca para silenciarlo mientras lo empujaba contra la tierra. —Cállate, idiota. Si respiras fuerte nos matan a los dos. Y entonces ocurrió. En el instante exacto en que la piel de Melina rozó la carne ardiente de Kael, un trueno invisible barrió el caos de su mente. El fuego que lo quemaba se apagó de golpe. El lobo en su interior —la bestia sedienta de masacre— se desplomó manso, domesticado al instante y hambriento de ese contacto. Kael abrió los ojos de par en par, con la respiración desacelerándose al compás de la de ella, latido por latido. —Tú... —murmuró contra su palma, con la voz rota—. ¿Qué eres? ¿Qué me haces? —Sshh. Guarda silencio. Los pasos de los cazadores se alejaron lentamente al otro extremo de la calle. Melina se puso manos a la obra, juntando mantas y lona para armar un lecho improvisado. Al examinar su pierna, reconoció el brillo opaco del metal incrustado. Su abuela le había enseñado de niña lo que la plata le hacía a ciertas criaturas del bosque. —Esto va a doler —advirtió, sacando unas pinzas pequeñas y un frasco de hierbas. —He sentido cosas peores —replicó Kael sin apartar los ojos de su rostro—. Pero ¿por qué me ayudas? Deberías tenerme miedo. —Miedo tengo de pocas cosas, y un hombre sangrando en un callejón no es una de ellas. Desinfectó la herida con el ungüento amargo. Kael gimió —un sonido gutural y primitivo— y ella extrajo la bala con un movimiento seco. La plata salió humeante, despidiendo un calor antinatural. Melina la tiró de inmediato. Mientras le vendaba el muslo con gasas y hierbas, la cercanía de su cuerpo obró el milagro. El temblor en sus músculos cesó por completo. El color natural volvió a su rostro y la carne comenzó a cerrarse a una velocidad imposible para un ser humano, aplacada por el aroma a canela y tierra mojada que emanaba de ella. —Ya pasó el peligro —dijo Melina incorporándose despacio—. Los cazadores se han ido. Tienes que irte antes de que amanezca. Kael le agarró la muñeca con una urgencia desesperada, los ojos ámbar clavados en los suyos. —No te vayas, quédate... algo pasa contigo. Cuando me tocas, el dolor se va. La bestia se calla. No me dejes. Melina conocía las reglas estrictas de su padre y de su clan, pero al mirar al depredador roto pidiéndole refugio, supo que no podía abandonarlo. —Me quedaré hasta que amanezca para asegurar que la fiebre no vuelva —cedió en un susurro—. Pero antes de que salga el sol, tendré que volver al campamento. Kael esbozó una sonrisa torcida, medio peligrosa, medio aliviada. —Inventa la excusa que quieras, gitana —murmuró, rozando los labios contra el lomo de su mano—. Pero ya no vas a poder librarte de mí. —¿Estás loco? —soltó ella, soltándose con un movimiento brusco—. Guarda reposo. Le dio a comer un trozo de pan, agua de hierbas, lo cubrió con una frazada gruesa y le recostó la cabeza sobre un fardo mullido. El agotamiento y la paz que le transmitía su presencia vencieron al Alfa, cuyos ojos pesados se cerraron hasta quedarse profundamente dormido. A la luz de la pálida madrugada, con la respiración del Alfa por fin acompasada, Melina se quedó inmóvil junto a su cuerpo. Sus ojos recorrieron las cicatrices oscuras que le cruzaban el torso, esas marcas de carne fundida que parecían trazos de tinta negra o huellas quemadas por garras gigantescas bajo la piel. Había algo salvaje, casi magnético, en la anatomía destruida de ese hombre. Un calor extraño empezó a subirle por la garganta, una tensión sorda y repentina que le hizo cosquillear la punta de los dedos. Sin poder evitarlo, movida por un impulso que su mente no terminaba de comprender, extendió la mano. Con una lentitud casi reverente, posó la yema del dedo índice sobre el borde de una de las cicatrices más profundas que le cruzaban el pecho. Trazó la línea negra y áspera de la marca, sintiendo la vibración contenida de la piel y el calor febril que aún emanaba de él. Apenas su dedo recorrió la última curva de la cicatriz, el cuerpo de Kael se agitó de golpe. Los músculos bajo sus manos se tensaron como resortes de acero, y un gruñido bajo, ronco y profundamente hambriento brotó de su garganta, a pesar de estar profundamente dormido. Sus dedos se cerraron por un segundo contra la tierra, atraídos por el rastro de su tacto, como si la bestia en su interior respondiera a esa caricia prohibida incluso en la inconsciencia. Melina retiró la mano de inmediato, con el corazón galopándole en el pecho y el rostro ardiendo, consciente de que ese hombre representaba un peligro no solo para su vida, sino para su propia voluntad. Recordando las palabras de su abuela al entregarle un viejo amuleto, lo sacó de los pliegues de su falda y se lo ató con cuidado al cuello de Kael para protegerlo de lo que sea que lo acechaba. El amuleto emitió un destello dorado y tenue antes de apagarse. Pero el peligro no iba a darles tregua. Las Sombras del Norte, furiosas al perder su rastro, prendieron fuego a los puestos del mercado. Las lonas ardió con rapidez, y el cielo nocturno se tiñó de un rojo escarlata. A lo lejos, el padre de Melina cabalgaba desesperado hacia el infierno humeante al enterarse de que su hija se había quedado allí. Entre los escombros, encontró un jirón del vestido de Melina manchado con sangre ajena. En el callejón, sintiendo el calor sofocante de las llamas acercarse, Melina se inclinó sobre el cuerpo de Kael para protegerlo con el suyo. —No te mueres aquí —susurró con fiereza—. No te permito morirte. Kael abrió los ojos ámbar y la bestia se agitó de nuevo, pero la mano firme de Melina sobre su pecho la calmó al instante. Y entonces ocurrió lo imposible. Un trueno sordo retumbó en las alturas y un aguacero torrencial estalló sobre el pueblo, ahogando las llamas en cuestión de segundos y salvando el callejón de la ceniza. La lluvia lavó la sangre y el humo. El amuleto en el cuello de Kael brilló una vez más con un suave latido dorado. Melina levantó la vista hacia la tormenta, comprendiendo por fin la verdad que su sangre le gritaba. Él era un lobo. Ella no era una simple gitana. Y esa noche, el destino de ambos había quedado sellado bajo la lluvia.Cuatro días después de la huida, la caravana finalmente se detuvo en un valle apartado, flanqueado por colinas verdes y un río de aguas cristalizas. Los gitanos comenzaron a desenganchar los caballos, a estirar las lonas y a levantar las tiendas en tiempo récord, volviendo a armar su mundo portátil lejos de los bosques del norte.Melina cumplía con sus tareas en completo silencio. Caminaba con la mirada perdida, arrastrando los pies, sintiendo que cada estaca que clavaban en la tierra era un clavo más en su propio encierro.Al caer la tarde, cuando el campamento ya estaba montado, Tobías la interceptó a la entrada de la tienda principal. Con el rostro surcado de una severidad absoluta, la tomó del brazo sin brusquedad, pero con firmeza, y la arrastró hacia el interior de la gran carpa. Dejó caer la lona de la entrada para aislar el ruido exterior.—Basta, Melina —le dijo su padre, plantándose frente a ella con los brazos cruzados y los ojos llenos de una urgencia oscura—. Es hora de q
La caravana avanzaba por los caminos polvorientos del sur bajo un sol implacable.El calor se levantaba del suelo en ondas que distorsionaban el horizonte. Los caballos sudaban. Las carromatas crujían. Los niños lloraban de calor dentro de las lonas. Y en el interior de la carreta de Tobías, el aire estaba viciado, pesado, como si respirar fuera un castigo.Melina iba sentada en el fondo, con las rodillas flexionadas contra el pecho y la frente apoyada en los brazos. No había hablado en horas. No había comido. No había bebido. Solo miraba la lona de la carreta moverse con el viento y pensaba en un callejón oscuro donde una vez tocó a una bestia y el fuego se apagó.La lona se abrió de golpe.Tobías entró con brusquedad. Portaba un cuenco de madera humeante en las manos. El olor acre y punzante de la ruda, el romero y las raíces secas invadió el espacio de inmediato. Tan denso que se podía masticar. Tan fuerte que Melina tosió y apartó el rostro con los ojos llorosos.—Basta, padre. Me
EL ENCUENTRO..Melina salió de la carpa a doce de la madrugada. Bajó por el lado de las carromatas, descalza, con el chal sobre los hombros, esquivando al guardia que dormía junto a la fogata. Necesitaba aire. Necesitaba salir de ahí.Caminó hasta el linde del bosque. Se paró en la frontera entre el campamento y los árboles oscuros. El aire estaba frío. El bosque estaba callado. Demasiado callado.—No deberías estar aquí —dijo una voz detrás de ella.Melina se giró de golpe. El corazón le dio un vuelco que la dejó sin aire.Kael estaba ahí. De pie. A tres metros. Con la camisa rota y la manta de lana sobre los hombros. Sangre seca en las manos, en el cuello, en la camisa. Pero de pie. Entero. Los ojos ámbar ardiendo en la oscuridad.—Tú —susurró Melina.—Yo.—¿Qué te pasó? Estás sangrando...—No es mía.Melina lo miró. Miró la sangre. Miró los ojos. Miró la manta. Y entendió.—Mataste a los que incendiaron el mercado.—Sí.—A todos.—A casi todos. Dejé uno vivo para que cuente la hist
El calor del agua había apagado las llamas, pero el aire seguía pesando a ceniza y desesperación cuando el sol comenzó a filtrarse entre los esqueletos carbonizados de los puestos.Melina abrió los ojos de golpe, sobresaltada por el dolor en los músculos y el frío de la madrugada. Miró a su alrededor. El espacio donde Kael había estado descansando horas antes estaba vacío. No había rastro del Alfa, ni de las mantas que había usado, ni de los canastos que los habían cubierto. Todo se había desvanecido como la niebla. Excepto por un detalle que la hizo contener el aliento: Kael se había llevado el amuleto. El trozo de cuero con las runas de su clan ya no estaba sobre el suelo; lo había arrancado o tomado al marcharse, llevándose consigo la única prueba física de que esa noche loca había ocurrido.Pero no se había ido sin dejar rastro.Sintiendo un peso extraño en el bolsillo de su delantal, Melina metió los dedos y extrajo un trozo de papel doblado con una caligrafía firme, de trazo ele






Bienvenido a Goodnovel mundo de ficción. Si te gusta esta novela, o eres un idealista con la esperanza de explorar un mundo perfecto y convertirte en un autor de novelas originales en online para aumentar los ingresos, puedes unirte a nuestra familia para leer o crear varios tipos de libros, como la novela romántica, la novela épica, la novela de hombres lobo, la novela de fantasía, la novela de historia , etc. Si eres un lector, puedes selecionar las novelas de alta calidad aquí. Si eres un autor, puedes insipirarte para crear obras más brillantes, además, tus obras en nuestra plataforma llamarán más la atención y ganarán más los lectores.