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Capítulo 3

Penulis: Deep ink
last update Tanggal publikasi: 2026-08-27 02:01:25

Seduciendo al Alfa

Azalea~

Desperté con la mejilla pegada al cuero frío del pequeño sofá en la antesala de la secretaría, con el vestido desgarrado de anoche todavía húmedo y pegado a mi piel como un castigo del que no podía escapar.

Mi cuerpo dolía de formas que no quería nombrar.

Una punzada profunda y palpitante latía entre mis piernas con cada pequeño movimiento, un recordatorio obsceno de cómo Roman me había abierto y ensanchado, de cómo mi sexo se había contraído y manado humedad alrededor de su nudo mientras yo creía que era Timothy.

La vergüenza me quemaba el estómago. Apreté los muslos, odiando la fresca humedad que respondió a ese recuerdo.

La planta del ático de la Torre Thorin aún estaba en silencio, envuelta en esa pesada calma antes del amanecer. Me había colado burlando a la seguridad anoche porque no tenía ningún otro lugar adonde ir. Mis padres me habían desechado. Timothy me había rechazado y se había marchado con mi mejor amiga. El hogar que compartíamos ya no era mío. Así que me había escondido aquí como un animal herido, acurrucada en el único lugar al que nadie se atrevería a entrar sin el permiso del Alfa.

Permanecí oculta hasta que escuché los primeros murmullos del personal que llegaba a los niveles inferiores. Solo cuando el piso volvió a quedar en silencio me arrastré hacia mi escritorio, afuera de su oficina. Mi cabello era un completo desastre enredado. El vestido estaba arrugado, roto en el hombro y todavía impregnado del inconfundible aroma a sexo y a él.

Me veía exactamente como todos me llamaban ahora: una puta barata y arruinada que se había arrojado a los brazos del Alfa.

El ascensor sonó.

El corazón me golpeó contra el pecho.

Roman salió, luciendo en cada detalle como el intocable Alfa multimillonario. Traje negro impecable. Mandíbula afilada. Una presencia fría e imponente que volvía el aire más denso. Sus ojos se posaron en mí y descendieron lentamente por mi cuerpo, sobre mi cabello revuelto, la tela rasgada que apenas me cubría, las marcas de mordidas visibles en mi cuello y la forma en que todavía temblaba por el frío y por todo lo demás.

Tragué saliva con dificultad, cambiando el peso de un pie al otro mientras el calor me inundaba el vientre. Mi sexo palpitó de manera traicionera, con un torrente de humedad resbalando por mis muslos. Odiaba a mi cuerpo por reaccionar ante él de esta manera. Lo odiaba más a él por provocarlo.

Al principio no dijo nada.

Simplemente metió la mano en su billetera, sacó una tarjeta de crédito dorada y la arrojó al suelo, justo a mis pies.

—Cómprate algo de ropa decente —dijo con voz gélida y cargada de desprecio. El insufrible y arrogante Roman. Un maldito bastardo.

—Pareces una puta barata que pasó la noche dejándose follar para luego ser desechada —añadió—. Arréglalo antes de que me avergüences a mí y a esta empresa todavía más.

Las palabras cayeron como puñetazos en el estómago. La humillación me quemó el pecho, punzante y despiadada. Mis manos temblaron mientras me agachaba a recoger la tarjeta del suelo. Quería arrojársela a la cara. Quería gritarle. Pero no tenía nada. Ni dinero. Ni ropa. Ni hogar. Ni una pizca de orgullo que proteger.

Me odié por agacharme.

Lo odié a él todavía más.

Roman pasó a mi lado sin decir otra palabra y desapareció dentro de su oficina, cerrando la puerta con un chasquido.

Me quedé sentada allí durante una eternidad, respirando en medio de la rabia y la vergüenza que se retorcían en mi interior. Luego tomé mi teléfono y me marché, manteniendo la cabeza en alto mientras cruzaba el área principal de oficinas.

Todas las miradas se clavaron en mí. Los susurros y las risas me siguieron como un veneno en el aire.

—Es ella… la que encontraron desnuda con el Alfa…

—Timothy la rechazó de inmediato, pobrecilla.

—Mírala. Todavía huele a él.

Un grupo de mujeres soltó risitas tapándose la boca. Una de ellas ni siquiera se molestó en disimularlo. La cara me ardía, pero no vacilé. No reduje el paso. No valían la pena.

Continué caminando hasta llegar al ascensor, salí al frío aire de la montaña y tomé un taxi hacia la tienda de lujo más cercana de Shadowveil.

Compré ropa que serviría como armadura y armamento.

Blusas negras y ajustadas que se ceñían a mis pechos y dejaban ver el escote justo para atormentar. Faldas de tubo que abrazaban mi trasero y mis muslos como una segunda piel. Tacones lo bastante altos como para hacer que mis piernas lucieran infinitas y peligrosas.

Me cambié en el probador y luego me obligué a comer algo decente: huevos, tostadas y café, porque mi estómago había estado vacío desde que comenzó esta pesadilla. Necesitaba fuerzas. Necesitaba energía si iba a sobrevivir a esta guerra que estaba iniciando.

Para cuando regresé a la Torre Thorin, parecía otra mujer. Profesional en la superficie. Peligrosa por debajo.

No toqué a la puerta de su oficina.

La empujé de golpe, lista para comenzar mi juego, lista para ver si era capaz de quebrar ese hielo.

Y me quedé paralizada en el umbral.

Roman tenía a una mujer inclinada sobre su enorme escritorio negro. La falda de ella estaba subida hasta la cintura y sus bragas colgaban de un tobillo. La estaba follando duro por detrás, con embestidas profundas y castigadoras que la hacían gemir y aferrarse al borde del escritorio con desesperación.

Sus poderosas caderas golpeaban contra el trasero de ella una y otra vez, y el sonido húmedo y obsceno de piel chocando contra piel llenaba la silenciosa oficina. Una de sus manos se aferraba con fuerza a su cabello, tirándole la cabeza hacia atrás. La otra le sujetaba la cadera con tanta firmeza que los dedos se le clavaban en la carne.

Él levantó la cabeza. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos.

No se detuvo.

Continuó follándola, con más fuerza ahora, clavando su mirada ardiente en mí todo el tiempo. Como si quisiera que observara cada brutal centímetro. Como si quisiera que lo sintiera. Su mandíbula estaba tensa, con los músculos marcándose a cada embestida, pero sus ojos jamás se apartaron de los míos.

Mi sexo se contrajo sin previo aviso. Una oleada de calor y celos me atravesó con tanta fuerza que casi me fallaron las rodillas. Mis pezones se endurecieron dolorosamente contra la blusa nueva. Una humedad fresca empapó mis muslos.

Recordé con total claridad lo que se sentía tener a Roman en aquella cama. Cómo su polla larga y descomunal me había ensanchado. Ese ritmo brutal, la manera en que su nudo se había hinchado y nos había dejado atrapados hasta romperme en el clímax.

Me quedé allí de pie temblando, con el pecho oprimido, incapaz de apartar la mirada.

Estaba haciendo esto a propósito.

Y lo peor de todo era lo desesperadamente que mi propio cuerpo deseaba ser el que estuviera inclinado sobre ese escritorio.

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