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El Poder de la Lujuria

Penulis: Blueyes
last update Tanggal publikasi: 2025-06-14 02:06:17

Amadeus se mantuvo firme frente a la segunda heredera de los Gray, sus ojos dorados oscurecidos por la frustración contenida. Su respiración era pesada, y su aura de poder, innegable. Pero la figura que se interponía entre él y sus impulsos no era cualquiera.

Rebeca por su parte. Vestía un abrigo ceñido de cuero negro que resaltaba su elegancia predadora. Su mirada era profunda, seductora y decididamente peligrosa.

—¿La verdad? —repitió él, con la mandíbula tensa. —¿De qué estás hablando, Rebec
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    La voz tras ellos llamó inmediatamente su atención, ellos giraron al mismo tiempo. La voz era familiar, se sentía familiar.Isabella estaba allí, vestida con un abrigo negro, el cabello corto y una sonrisa que mezclaba tristeza y alegría. Su mirada, todavía llena de secretos, los desafió con un brillo felino. —¡así que no fueron capaces de esperarme!—Siempre llegas cuando el todo está por cerrarse —dijo Amadeus con una media sonrisa.—Y siempre me las arreglo para aparecer en la próxima puerta. —respondió Isabella, acercándose con elegancia.Rebeca suspiró, sin sorpresa. —Supongo que el viaje será más interesante de lo que imaginaba.Los tres subieron al barco. El motor rugió, rompiendo el silencio del puerto. Las olas se alzaron como si reconocieran a la bestia que volvía al mar.El sol comenzaba a asomar por el horizonte, tiñendo de oro las aguas del Atlántico. Y en ese resplandor, la silueta del barco se desvaneció lentamente, rumbo a un nuevo destino.El legado de los Blackwood y

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    Tres meses después…La mansión Gray amaneció envuelta en un silencio distinto. No era el silencio frío de los días de duelo, ni el vacío que alguna vez acompañó a Elena en su soledad. Era un silencio lleno de vida. De respiraciones suaves. De esperanza.En la habitación principal, Elena descansaba recostada junto a un pequeño ser que dormía plácidamente entre mantas de lino blanco. Su piel era tan clara como la nieve de invierno, sus ojos ¡cuando se abrían! Reflejaban un tono celeste profundo, casi idéntico a los de Liam, pero con la serenidad que recordaba al alma de su madre.El niño había sido registrado oficialmente dos días atrás. Su nombre resonó entre los pasillos del registro civil y luego en los periódicos financieros con la fuerza de una nueva dinastía: ¡Aren Morgan Gray!Un nombre nacido del equilibrio. Aren: como el eco de lo eterno, como la palabra que en lenguas antiguas significaba “piedra firme” o “arena del tiempo”; símbolo de lo que resiste incluso a la marea del des

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    Nathaniel levantó la cabeza lentamente, sus ojos grises reflejando una mezcla de vulnerabilidad y determinación. Por un instante, el silencio entre ambos fue absoluto, apenas roto por el suspiro entrecortado de Elena y el inmenso murmullo del viento que golpeaba los ventanales de la mansión Gray.Con un movimiento controlado, Nathaniel introdujo su mano en el bolsillo inferior de su abrigo. Sus dedos rozaron la superficie fría del pequeño estuche que había guardado durante meses, quizá años, esperando el momento justo. ¡Esperando la oportunidad anhelada!Elena lo observó, confusa, mientras él abría la caja con la delicadeza de quien revela un secreto guardado bajo llave. Por dentro, un anillo de perlas y diamantes relucía bajo la luz tenue del salón. Era elegante, sobrio, y al mismo tiempo, irremediablemente poderoso… como él.Nathaniel tomó su mano. —Este anillo no es un símbolo de poder —dijo con voz baja, contenida, pero firme—. Es una promesa. ¡Un compromiso de por vida!Elena lo

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    El eco de los pasos de Elena resonaba por los pasillos del hospital, un sonido hueco que se mezclaba con el olor metálico de los desinfectantes y la luz blanca del amanecer.Había dejado atrás a Amadeus, su mirada, su voz, su herida… y con ello, un pedazo de sí misma que sabía que no podría recuperar. El silencio la acompañó hasta la salida, y cuando abrió la puerta principal, el aire fresco de la mañana la golpeó con la crudeza de la realidad.Nathaniel la esperaba junto al coche negro que la trasladaría a la mansión. No dijo nada; simplemente le abrió la puerta.Durante el trayecto, ninguno de los dos habló. Afuera, la ciudad despertaba lentamente, pero dentro del vehículo todo era quietud. Elena mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo, observando el reflejo de su rostro en la ventana. No parecía la mujer que había ganado una guerra legal, sino alguien que acababa de perder una parte esencial de sí misma.Al llegar a la mansión, la esperaban los sobres sellados del juzgado.

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    Elena se arrodilló de inmediato, atrapando el cuerpo de Amadeus entre sus brazos. La sangre empapaba sus manos y el suelo, y un temblor recorrió su cuerpo al ver que la herida era profunda, quizá mortal. —¡Amadeus, mírame! —susurró con voz rota, tratando de mantenerlo consciente—. ¡No cierres los ojos!A unos metros, el jefe de la mafia lanzó una risa gutural, entrecortada por su propio cansancio y las heridas. —El gran Alpha… —dijo con voz áspera, llena de desprecio—. Mira en qué lo han convertido. ¡En un débil! Y todo por una puta como Elena. —su burla resonó en el aire, profanando el silencio del campo de batalla.Nathaniel se irguió lentamente. Su respiración era un compás de furia contenida. No podía tolerar la manera en que su primo hablaba, ni el tono con el que mancillaba lo que quedaba de aquel momento trágico.Con un solo movimiento, veloz y preciso, Nathaniel se abalanzó sobre él. El rugido que brotó de su garganta fue lo último que el jefe alcanzó a escuchar antes de caer,

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    Amadeus no esperó una segunda orden. Se lanzó contra el jefe con una velocidad descomunal, como un rayo blanco en la oscuridad. Sus garras chocaron contra las del lobo rojo y negro en un estallido de chispas y sangre. Los primeros golpes fueron brutales, secos, cargados de todo el peso de su historia.—¡Esta tierra es mía! —rugió Amadeus al impactar un zarpazo directo al pecho de su enemigo, haciéndolo retroceder varios metros—. ¡Yo soy el único Alpha de estas tierras!El jefe gruñó, pero antes de responder, Amadeus le asestó otro golpe, esta vez directo al rostro, rompiéndole parte del hocico y bañándolo en su propia sangre. —¡Por mi hermana… por cada lágrima derramada! —añadió, con un nuevo embate que lo estampó contra una columna de piedra.La manada del jefe intentó intervenir, pero Nathaniel, en su forma lobezna oscura, se interpuso como una sombra letal. Cada lobo que intentaba acercarse caía con precisión quirúrgica: sin gritos, sin titubeos.El jefe, tambaleante, trató de rein

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