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Castigo de A PIE
Castigo de A PIE
作者: Mangonel

Capítulo 1

作者: Mangonel
Me llamo Ulises Beltrán. En la universidad hice un buen amigo que, durante las vacaciones, me invitó a su casa. Era hijo de una madre soltera y vivía con ella en una casa enorme. Apenas crucé la puerta, vi un par de tacones en el piso.

En uno de los tacones había unas medias usadas, y se veían de lo más tentadoras. Aproveché que él no estaba viendo para tomar las medias a escondidas, llevármelas a la nariz e inhalar hondo. Un olor salado y penetrante me invadió los sentidos y me prendió todo ahí abajo.

Las devolví enseguida a su lugar, con miedo de que mi amigo me viera.

—Mamá, traje a un compañero a casa —gritó hacia el cuarto de su madre.

Poco después salió del cuarto una mujer madura, con una figura deslumbrante; todo un bombón. Llevaba un vestido entallado y muy sensual, que le marcaba una cintura finísima. Casi me da algo al verla. ¡Qué mujer!

Al verme, me saludó amablemente:

—Tú debes ser Ulises, ¿no? Pasa, siéntate.

Señaló el sillón de al lado y fue a servirme un vaso de agua.

Ya se me había puesto duro como tronco, así que no me quedó más que caminar encorvado y de puntitas hacia el sillón.

Al verme así, mi amigo creyó que me sentía mal.

—Ulises, ¿por qué estás encorvado? ¿Te sientes mal?

Se acercó para ayudarme, pero le hice una seña para que no.

—No es nada, estoy bien.

Me senté en el sillón y me acomodé la ropa para disimular el bulto. En eso se acercó con el vaso de agua y se inclinó para dármelo. Tomé el vaso con ambas manos y, por el escote bajo de su vestido, alcancé a verlo todo.

Me quedé embobado; hasta dejé la mano con el vaso suspendida en el aire. Al notarlo, bajó la mirada despacio hacia mis piernas y sonrió apenas, con malicia.

Mientras ella me miraba así, sentí que me ardía todo el cuerpo; apreté las piernas y maldije lo poco que podía controlar mi hombría.

Entonces dijo:

—Tengo visita en casa y no está bien que ande con las piernas descubiertas. Voy a ponerme unas medias.

Caminó hacia el zapatero para tomar las medias color piel que estaban dentro de uno de los tacones.

Se me tensó todo el cuerpo. ¡Ay, no! Esas medias todavía tenían mi saliva, ¡y ni siquiera se había secado!

Si se daba cuenta, ¿cómo iba a volver a mirarla a los ojos? Así que me apuré a decir:

—No se moleste; Marcos y yo somos buenos amigos, no hace falta tanta formalidad.

Tomó las medias y las acomodó.

—¿Cómo crees? Es la primera vez que vienes; con medias me veo más presentable.

La vi meter la punta del pie en una de las medias y deslizarla poco a poco; me excitaba verla, pero también me dio mucha inquietud.

Rogué al cielo que no notara nada raro. Pero, en cuanto terminó de ponérselas, levantó el pie para revisarlo y exclamó asustada:

—Por Dios, ¿por qué están todas mojadas?

Luego alzó la cabeza y me miró de arriba a abajo, desconfiada. Se me heló la sangre y me quedé tieso en el sillón. Marcos nos miraba a los dos con cara de no entender nada.

Con voz fría, ella me dijo:

—Ulises, ven a mi cuarto.

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