ANMELDENPensé en mi futuro con mi novio y decidí ir al hospital para tratar mi estrechez congénita. Sin embargo, el médico que me atendió resultó ser amigo de mi novio. Para colmo, el tratamiento que propuso hizo que me sonrojara y me puso muy nerviosa. —Durante el tratamiento será inevitable que tengamos bastante contacto íntimo. —Por ejemplo, besos, caricias y también…
Mehr anzeigenDon Aldo no pudo ocultar la sorpresa; enseguida esbozó una leve sonrisa.—Chris, ¡qué milagro! ¿Qué te trae por aquí?Christian entró. Se quitó el saco y me lo lanzó desde lejos para cubrirme y disimular mi aspecto deplorable.—Es mi novia. La confundieron con otra persona y por eso terminó aquí contigo. Vine por ella.Don Aldo dejó a un lado lo que tenía entre las manos. Aunque sonreía, cada palabra sonaba amenazante.—Qué mala suerte. Ya empecé a divertirme con ella y me temo que no voy a parar en un buen rato. Cuando termine de usarla, quizá te la deje. ¿Qué te parece?En cuanto lo escuchó, Christian se puso serio.—Cázares —dijo con frialdad—, primero habría que ver si tienes con qué divertirte.Don Aldo rio con altanería, como si estuviera dándole una lección a un mocoso que no sabía nada de la vida.—Chris, no eres más que un medicucho sin poder ni influencia. ¿Quién eres tú para venir a alzarme la voz? En vez de perder el tiempo jugando al héroe y rescatando damiselas, vuelve a
Encadenada de pies y manos, no tenía forma de escapar. El látigo cayó con un chasquido. En ese momento, un dolor atroz me atravesó.Desde la clavícula hasta el cuello, una marca delgada fue apareciendo a simple vista, cada vez más roja e hinchada. El dolor era insoportable. Grité y los ojos se me llenaron de lágrimas.Don Aldo me acarició la mejilla con el dorso de la mano. Me habló con dulzura, pero sus palabras me helaron la sangre.—Shhh. Me gusta el silencio. Si vuelves a hacer ruido, me voy a enojar.Me callé, temblando de pies a cabeza, sin atreverme siquiera a llorar. Me levantó la falda. Las capas del tejido se me amontonaron en la cintura y me bloquearon buena parte de la vista.Sentí el aire frío entre las piernas. Me había bajado la ropa interior. Mi parte más íntima quedó expuesta ante todos. La humillación fue insoportable. En ese momento solo quería morirme.Don Aldo se quedó mirando unos segundos y el gesto se le fue descomponiendo. Hizo una leve mueca y habló con friald
Abrí los ojos de par en par; el corazón se me aceleró. En medio de aquel coro de saludos, reconocí la voz de mi esposo, Gonzalo. No podía creerlo. Volteé la cabeza a pesar de tener el cuello entumecido.Ahí estaba él, de pie entre esos malditos padrinos de boda. Se acercó al hombre al que llamaban don Aldo y le hizo varias reverencias serviles.—Qué bueno que haya venido. Aquí la tiene; espero que le guste.Dicho eso, me tomó con fuerza del mentón y me obligó a levantar la cara. Un escalofrío de terror me sacudió. Temblaba sin control mientras miraba al hombre que creía conocer desde hacía cinco años. En ese momento, me pareció un extraño.¿Todo lo que compartimos durante esos cinco años había sido mentira? A Gonzalo no parecía importarle mi desesperación; no mostraba el menor remordimiento y se comportaba como un sirviente ante don Aldo. Ese hombre me examinó durante unos instantes. Parecía satisfecho.—¿En serio es tan estrecha?Gonzalo se apresuró a asegurárselo.—¡Lo vi yo mismo! ¡
El calor de su cuerpo me sobresaltó y aparté la mano. Entonces comprendí lo que ocurría y… ¡Su forma de mirarme era demasiado inquietante!Me lanzaban miradas voraces, como depredadores a punto de abalanzarse sobre su presa. Cada vez estaba más inquieta. Me incliné hacia atrás mientras ellos avanzaban hacia mí.Me sentía como una conejita que había sido acorralada por una manada de lobos hambrienta.Miré a mi alrededor y pregunté con voz temblorosa:—¿Qué… qué quieren hacerme?El tipo me recorrió de arriba a abajo con una mirada perversa.—Gonzalo nos contó que tienes un cuerpo muy “especial”…Al escuchar esas palabras, me hirvió la sangre. Maldito. ¿Cómo se había atrevido a contarles mi problema íntimo? Otro de los padrinos le siguió el juego.—Así es. Todos aquí queremos probar a una mujer como tú.Entonces alargó la mano para agarrarme del vestido. Grité aterrorizada y retrocedí hasta tropezar con una silla y caer sobre la cama. Agarré a Gonzalo, que estaba tirado a mi lado, y lo sa






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