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Cenizas del orgullo
Cenizas del orgullo
Autor: Lucio

Capítulo 1

Autor: Lucio
Bruno se quedó mirando fijo las tres pruebas de ADN que tenía enfrente.

Las palabras "Exclusión de paternidad" bajo el sello rojo le daban una bofetada en los ojos.

Tres hijas... y ninguna era suya.

La mayor tenía quince años, la segunda once, y la más chica apenas seis. ¡Las hijas que había criado con tanto esfuerzo no llevaban su sangre!

Todo era una maldita farsa.

Sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Las manos le temblaban sobre el volante mientras la furia y la impotencia lo asfixiaban.

Él y su esposa, Lorena Braga, tenían la misma edad. Se conocieron a los veinticuatro, se casaron y, según todos, llevaban dieciséis años de matrimonio perfecto.

En ese tiempo, ella le dio tres hijas y se desvivió por la familia. Muchas mujeres cambian muchísimo después de tener hijos, pero ella no.

Al contrario, después de tres partos, su cuerpo se volvió aún más atractivo y perfecto, con unas curvas tremendas. No tenía ni una sola arruga, y su piel estaba tan suave que parecía haberse quedado congelada en los veintiocho años.

Lorena venía de una familia poderosa y era hija única. Hace cinco años heredó el negocio familiar y asumió la presidencia del Grupo Braga, convirtiéndose de golpe en la mujer más rica de Lucana.

Su esposa era la definición misma de una mujer hermosa y millonaria. Con ella y sus tres hijas perfectas, Bruno llegó a creer que era el hombre más afortunado.

Pero quién lo iba a decir...

Bruno pensó en sus propios orígenes: venía de una familia de pescadores, gente de lo más humilde.

Cinco años atrás, sus padres se enfermaron y murieron casi al mismo tiempo, dejándolo completamente solo en el mundo.

Él no era más que un médico del montón. Llevaba dieciocho años trabajando ahí y seguía estancado como un simple médico de guardia, sin ningún reconocimiento.

Durante todo ese tiempo, su esposa lo había agarrado de idiota. Lo había tratado como a un perro fiel al que podía pisotear, engañar y humillar cuando se le diera la gana. Todo ese buen trato y su supuesta paciencia no eran más que limosnas para mantenerlo sumiso.

Sabía que si regresaba a casa a reclamarle sus porquerías, ella, con todo su dinero y poder, simplemente le taparía la boca con un fajo de billetes para divorciarse y mandarlo a volar.

Y Bruno ni siquiera sabría quién era el amante. Incluso si ella se lo escupiera en la cara, él no tendría cómo defenderse, y esa impotencia lo estaba carcomiendo por dentro.

Por eso, decidió huir y no volver a pisar esa casa. Al pasar frente a un bar, entró sin pensarlo dos veces.

Desde que se sentó a la mesa, no paró de empinarse un trago tras otro.

Bruno era un tipo atractivo, de rostro limpio, vestido con camisa y pantalón de vestir. Se notaba que era un hombre educado y formal.

Pero por la forma desesperada en la que tomaba, era obvio que se estaba ahogando en una pena maldita.

No tardó nada en llamar la atención de las mujeres del lugar.

Pero cuando la primera —una mujer mayor con demasiado maquillaje y falda apretada— se le encimó para coquetearle, Bruno estalló:

—¡Quítate de encima, carajo!

Al ver cómo mandó a volar a la primera, las demás prefirieron no moverse de sus lugares, pero no le quitaban los ojos de encima, esperando a que se emborrachara por completo para ver qué le podían sacar.

A Bruno no le importaba nada. En ese momento lo único que quería era perder el conocimiento para olvidar su pasado, su presente y el maldito futuro con su esposa. Quería ahogar las penas en el alcohol para sepultar los años que había tirado a la basura, su ridículo matrimonio y su patética vida.

De fondo, el DJ del bar puso una canción vieja de desamor, de esas que cortan las venas.

Bruno tenía la cabeza dando vueltas, preguntándose una y otra vez por qué todo el mundo le había visto la cara de imbécil.

Bebió aún más rápido. Finalmente, tras vaciar la última copa, quedó completamente noqueado por el alcohol.

Entre sueños, sintió que alguien lo cargaba para sacarlo del bar. Sintió un cuerpo de hombros delgados y con poca fuerza.

La persona se tambaleaba de un lado a otro, por lo que era evidente que se trataba de una mujer, pero él no podía abrir los ojos para comprobarlo.

Luego lo subieron a un auto. El vaivén del coche, suave como una cuna, lo hizo sentir cómodo y logró entreabrir los ojos. Vio las luces de la ciudad pasar como destellos a través de la ventana.

Al mirar de reojo a la persona que conducía, distinguió una cabellera larga que caía sobre los hombros. Borracho y confundido, Bruno pensó que era su esposa y arremetió directamente:

—Lorena... ¿por qué me mentiste? ¿Por qué me traicionaste? ¿Con qué infeliz me estás engañando?

La mujer al volante no le hizo el menor caso, lo que hizo que Bruno se alterara más:

—No intentes negarlo... ya lo sé todo. Tengo las malditas pruebas de tus porquerías. Si las saco a la luz, se te va a acabar la farsa y vas a quedar en la ruina.

La silueta al frente se mantuvo en silencio, ignorándolo por completo. Él levantó la voz, quebrado por la rabia:

—¡Dime algo, carajo! Te amaba con toda mi alma, te di todo... ¿por qué me viste la cara? ¡Mentiras... todo tu maldito amor fue una farsa!

Se le acabaron las fuerzas en un segundo. Tras el desahogo, volvió a caer profundo.

Cuando el auto se detuvo, lo ayudaron a bajar. Tuvo que colgarse del cuello de su "esposa" para no dar un paso en falso, y al entreabrir los ojos, se dio cuenta vagamente de que estaban en un estacionamiento subterráneo.

Pensando que era otra de las propiedades ocultas de su mujer, balbuceó con rabia:

—Lorena... por fin mostraste tu verdadera cara. Compras tantas casas... ¿para eso? ¿Para que te sea más fácil revolcarte con tu amante? ¡Dime algo! ¿Por qué te quedas callada? ¡Tienes el descaro de hacerlo, pero no los pantalones para admitirlo!

Su "esposa" no abrió la boca. Lo arrastró como pudo hacia el interior de la casa, pero al no tener la fuerza suficiente para llevarlo hasta la habitación, los dos terminaron cayendo pesadamente sobre la alfombra de la sala.

El alcohol lo terminó de fulminar. Ya no podía ni abrir los ojos y el mundo le daba vueltas. Quedó tendido boca arriba, y justo antes de perder el último rastro de conciencia, sintió con total certeza que su "esposa" le estaba quitando la ropa.

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Último capítulo

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