FAZER LOGINElla se volteó. Y se encontró con unos ojos de un color azul celeste casi sobrenatural que la dejaron petrificada. La miraban desde un rostro masculino muy atractivo. Él la observó de arriba hacia abajo con algo que ella reconoció como lascivia. Parecía que la estuviera desnudando con la mirada y ella se sintió un poco incómoda.
— Brandy...que nombre inusual... — caviló él con una media sonrisa.
— La bebida favorita de mi padre — respondió con cortesía, pese a su incomodidad.
— Y es igualmente deliciosa...y bella, debieran haberla llamado Linda o Barbara...— dijo tomando su mano y besándola con galantería
—.Un inesperado placer conocerla — le dijo con la voz como la seda.
Brandy se sintió ofuscada por el atrevimiento del hombre pero disimuló.
Quiso contestar que el placer no era mutuo, que ojalá y pudiera responder lo mismo. Pero no sería apropiado, claro.
— El placer es mutuo —dijo ella con una falsedad que tranquilamente podría haberle hecho ganar una partida de poker, mientras soltaba su mano aún aferrada por el hombre.
El hombre le dedicó una sonrisa seductora mientras Brandy revoleaba los ojos por dentro con fastidio.
Solo le faltaba pedirle algo sexual en la oficina y sería el calco de su padre. Odiaba a los hombres así y ahora estaba rodeada por dos de ese tipo . ¿Qué habría hecho de mal ella en otra vida?
—Venía a decirle a mi padre de ir a comer juntos — y hacerlo entrar en razón al hijo de puta pensó con ironía —... pero me dijo que estaría ocupado y no era un buen momento, ahora entiendo ... solo intentaba convencerlo, no sé si será posible... — dijo mirándolo con su mirada de 'el gato con botas' como decía su madre, aprovechando la atención de ese hombre sobre ella.
— Me temo que hoy no será posible efectivamente, su padre tiene razón... estará muy ocupado durante el día — dijo Matt con una mirada fría como el hielo, dirigida a su padre.
—. Pero yo puedo acompañarte, no creo que tu padre tenga inconveniente...¿no SEÑOR Sanders??? — Matt lo miró de modo incluso amenazante.
Brandy tragó saliva, no sabía que pasaba allí pero de repente se sintió en medio de alguna clase de guerra o fuego cruzado del que realmente no formaba parte y se maldijo por haber elegido precisamente ese día para hablar con su padre
— Es muy amable señor Jones pero yo no...
— Mi hija estará encantada de comer con usted, ¿no querida? Es un gran detalle del señor Jones el tomarse tiempo para acompañarte a comer...— se acercó y le dió un beso en la frente y por un instante se sintió como si fuera parte de la mafia y el infeliz de su padre le estuviera dado el beso de la muerte.
Ella miró a su padre y después al famoso Matt Jones, él parecía satisfecho como el gato que se comió la crema. Hablando de gatos, puff.
Y ella se sintió atrapada.
Poco después Brandy estaba sentada en la parte de atrás de una lujoso vehículo, de
camino a un restaurante al que no quería ir con un hombre que acababa de conocer y prefería no haber conocido.
— ¿Estás bien Brandy? — le preguntó él de manera atenta
— Sí, perfecta — dijo ella y sonrió falsamente. Cuanto antes terminara con eso mejor, pensó. Todavía estaba preguntándose cómo terminó allí. En ese auto y con ese tipo. Maldición.
—El restaurante está a unos quince minutos. Es uno de mis favoritos en la ciudad — le comentó pero ella no estaba realmente allí, su mente estaba en algo más. Le daría lo mismo si la llevaba a un food truck, solo quería terminar con eso y ya. Todo eso era culpa de su padre que en una muy hábil jugada se los había sacado a ella y a Matt de encima...
— Ok —murmuró ella, sin prestarle demasiada atención. Miraba por la ventanilla y lo único en que pensaba era en cuánto tiempo faltaba para poner la mayor distancia posible entre ella y ese maldito hombre llamado Matt Jones.
Así que fue enorme nuestra boda. En una finca en las afueras convertida en jardín de ensueño: miles de rosas blancas y rosadas trepando por arcos, un pasillo interminable de pétalos, orquesta en vivo, más de trescientos invitados entre socios, amigos y gente que ni siquiera conocía bien. Aunque ambos acordamos en que mi padre no fuera invitado. No lo queríamos allí. Su sombra ya había sido demasiado larga en nuestras vidas. Evan no podía superar el hecho de que cuando, como discípulo de mi padre, lo había superado, este había intentado hundirlo. Ni yo el hecho de que se había lavado las manos, quizá suponiendo que Evan podría querer vengarse conmigo. Ni todas las veces en que me había utilizado a través de los años. Para rematar el único mensaje que tuve de él, cuando se enteró, fue un texto corto: "No puedo creer que te vas a casar con ese tipejo, nuevo rico que no llega a los talones de nuestro apellido." Ni le respondí por supuesto.Fui al altar escoltada por mis dos hermanos, uno
Estábamos en la cama, envueltos en las sábanas revueltas, con el calor de nuestros cuerpos todavía pegado a la piel. Evan me tenía abrazada por detrás, su pecho contra mi espalda, su brazo rodeándome la cintura como si temiera que me escapara en cualquier momento. Yo jugueteaba con sus dedos entrelazados con los míos, sintiendo la paz que no había sentido en años.—Espera… —susurré, girándome un poco para mirarlo—. Debo preguntarte algo.—Lo que quieras —respondió él en voz baja, besándome el hombro con ternura.Tomé aire. Las palabras me pesaban en la garganta.—El otro día te escuché hablando por teléfono. Con una mujer. Le dijiste que la querías… Fue por eso que revolví entre tus cosas. Esa mujer… ¿es importante para ti?Evan me miró fijamente. Su expresión se suavizó. Con dos dedos me tomó la barbilla y me obligó a sostenerle la mirada.—Muy importante para mí… La amo, tanto como te amo a ti.Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que sentí que se me iba a salir d
Él frunció el ceño, extrañado, con una arruga profunda marcando su frente.—No sé de qué hablas.—Por favor —susurró ella, con la voz quebrada y temblorosa, casi suplicante—. Siempre fue obvio.Evan la miró fijo, como si la viera por primera vez, con los ojos muy abiertos y una mezcla de incredulidad y desconcierto.—Siempre me miraste con asco.Abby soltó una risa sin gracia, casi histérica, que resonó aguda y nerviosa en la habitación.—¿Con asco? Por favor, créeme… no te miré con asco. Cuando me gusta alguien me pongo tímida. Rehúyo la mirada, me sonrojo intensamente, me enredo con las palabras hasta no poder hablar. Eso no es asco. Y aparte… ¿qué te importa a ti si yo te amaba o no? —preguntó ella, con un tono que oscilaba entre la vulnerabilidad y el desafío.Evan tragó saliva con dificultad. Su agarre en los brazos de ella se suavizó lentamente, volviéndose casi una caricia.—¿Ya no me amas?Abby esquivó su mirada, bajando los ojos hacia el suelo, con el corazón latiéndole con f
Abby pasó dos días encerrada en esa habitación de hotel impersonal, con las cortinas corridas y la bandeja de room service intacta en la mesita. Lloraba hasta dormirse, se despertaba con los ojos hinchados y el pecho apretado. Pero al tercer día, mirando el saldo de su tarjeta en el celular, se dio cuenta de lo ridículo que era: gastar dinero que no le sobraba en un lugar donde no estaba viviendo, solo escondiéndose. Su casa seguía vacía, su padre seguía de viaje por meses —afortunadamente—, y nadie la esperaba allí más que el silencio.Tomó un taxi esa misma tarde. La llave giró en la cerradura con un sonido familiar y triste. La casa la recibió como siempre: silenciosa, ordenada, con ese olor a madera pulida y lavanda que la empleada de confianza, Rosa, mantenía impecable. Rosa la vio entrar con la maleta y no preguntó nada; solo le preparó un té caliente y le dijo “bienvenida de vuelta, señorita”. Abby se lo agradeció con una sonrisa temblorosa y se fue directo a su habitación.Los
Los días siguientes en la isla fueron como un sueño prolongado. Evan y Abby se despertaban tarde, desayunaban en la terraza con vistas al mar, paseaban por la playa de arena blanca, nadaban desnudos en el agua turquesa. Hablaban de todo y de nada: de libros que habían leído, de viajes que querían hacer juntos, de sueños que nunca habían compartido con nadie más. El sexo era constante, pero variado: a veces tierno y lento en la cama al atardecer, con besos que duraban horas; otras veces juguetón en la ducha, con risas y salpicaduras de agua; o apasionado en la arena, con el sol quemándoles la piel mientras se entregaban el uno al otro.Evan era diferente. Más abierto, menos posesivo en el mal sentido. Le decía "mía" en momentos inesperados, le masajeaba los pies después de un día de caminatas. Abby se sentía valorada, querida, como si por fin hubiera encontrado un lugar donde encajar perfectamente.Pero el paraíso no podía durar para siempre. Una mañana, mientras desayunaban, Evan miró
El sol ya se estaba poniendo cuando decidieron volver. Evan recogió todo con calma: dobló la manta, guardó los restos del picnic en la canasta, y le tendió la camisa blanca de lino a Abby para que se la pusiera. Caminaron de regreso de la mano, en silencio la mayor parte del trayecto, pero un silencio cómodo, lleno de roces sutiles: sus dedos entrelazados, su pulgar acariciándole el dorso de la mano, un beso ocasional en la sien cuando pasaban por un tramo más sombrío del sendero.Llegaron a la casa principal justo cuando el cielo se teñía de naranja y rosa. Evan la besó en la puerta de la habitación, un beso lento y profundo.—Esta noche quiero que sea diferente —le dijo mirándola a los ojos—. Vístete. Tenemos una cita.Abby parpadeó, confundida.—¿Vestirme? Pero… no tengo ropa aquí.Evan sonrió, una sonrisa suave que le iluminó los ojos.—Ve al vestidor. Tus cosas están ahí.Ella entró sola a la habitación. El vestidor, que antes estaba casi vacío salvo por las batas y camisas de él







