INICIAR SESIÓNSor Caridad llegó al convento en completo silencio, algo que no era típico de ella.La puerta principal rechinó al abrirse, y aunque varias de las hermanas la vieron entrar con su hábito impecable y el semblante severo de siempre, no hubo ni una sola palabra de saludo, ni un comentario ácido sobre la limpieza del lugar o sobre las caras cansadas de las demás.La hermana mayor se limitó a caminar directamente hacia su habitación, cerrando la puerta tras de sí con un suave pero firme golpe.—¿Está bien la hermana Caridad? —preguntó Sor Inés, la más joven del convento, mientras observaba la escena desde el comedor.Sor Teresa, quien llevaba años lidiando con las reprimendas de Caridad, levantó la ceja con evidente extrañeza.—Debe estar planeando una reprimenda grupal más grande de lo usual —dijo con tono burlón—. Ya saben cómo es. Seguramente encontró algo nuevo de qué quejarse en la casa de los Thorner.—No lo sé… —murmuró Sor Magdalena, la más observadora del grupo—. Hoy no parecía la
Apenas se levantó Juliette, vio como Arthur apareció en la entrada del hospital, con el rostro desencajado y una mezcla de preocupación y desesperación en los ojos. Al verla, se dirigió rápidamente hacia ella.—¿Dónde está? ¿Cómo está Aurora? —preguntó, casi sin aliento.Juliette se levantó de golpe, tratando de mantenerse serena.—Arthur… fue terrible. Estábamos en la calle, ella cruzó para comprar un coco y… el auto apareció de la nada, iba a toda velocidad. La golpeó tan fuerte… —Juliette se detuvo, su voz quebrándose—. Está en cirugía. Los médicos dijeron que su estado es grave, muy grave.Arthur apretó los puños, respirando con dificultad.—¿Y los responsables? ¿Alguien vio algo?Juliette negó con la cabeza, sus ojos llenos de culpa.—No estoy segura. Tal vez vi algo, pero… no sé si es real o si mi mente lo inventó. Lo siento tanto, Arthur. —Ella tuvo el presentimiento que había sido Marieth, porque en algún momento alcanzó a ver sus facciones pero no estaba segura.Arthur la mir
Ese día, Aurora llegó temprano a la mansión Thorner, luciendo su habitual energía desbordante.Juliette, emocionada de aprender algo nuevo, la recibió con entusiasmo en la cocina. Aurora, con una sonrisa radiante, sacó los ingredientes necesarios para preparar un ceviche de atún y colocó todo sobre la encimera.—Vamos, Juliette, esto es más fácil de lo que parece. Si sigues mis pasos, hasta el jefe va a pedirte que cocines todos los días —dijo Aurora con una risa contagiosa mientras se remangaba la blusa.Juliette la observó con curiosidad mientras Aurora tomaba un cuchillo y comenzaba a cortar el atún en cubos precisos.—Primero, necesitas un buen atún fresco, nada de esas cosas que parecen goma. Mira, lo cortas así, ni muy grande ni muy pequeño, para que absorba bien el jugo. ¿Sabes qué es lo más importante? —preguntó Aurora, alzando una ceja.—¿El limón? —aventuró Juliette, insegura.Aurora dejó escapar una carcajada.—¡Exacto! ¡Ya ves, no eres tan mala! Pero cuidado, que no es exp
En el restaurante, Aurora ojeaba el menú con entusiasmo, señalando opciones y debatiendo con el mesero sobre cuál sería la mejor elección.Finalmente, optó por una ensalada fresca y un corte de carne, mientras Arthur, menos indeciso, pidió su clásico filete con vegetales al vapor. Mientras esperaban los platos, Aurora tomó un sorbo de su bebida y, con una sonrisa casual, le anunció:—Me vendré a vivir a esta ciudad. Encontré un apartamento cerca de Empresas Orión, así que estaré más cerca.Arthur levantó la mirada, sorprendido, y una sonrisa amplia se dibujó en su rostro.—¿De verdad? Eso es fantástico, Aurora. Será un alivio tenerte cerca. Podremos compartir más tiempo, como cuando éramos jóvenes —hizo una pausa, y un dejo de nostalgia nubló su expresión—. O como cuando… vivía Elisa.Aurora lo miró con ternura, entendiendo la sombra de melancolía que cruzaba por su rostro.—Arthur, nunca dejaré de ser tu amiga, ¿sabes? Esté donde esté, siempre seré tu cómplice.Él soltó una pequeña r
El rostro de Sor Caridad, que hasta ese momento había estado tenso y severo, mostró un destello de emoción. Sus ojos se suavizaron y por un instante pareció conmovida, aunque rápidamente recompuso su expresión rígida.—Eso es muy amable de su parte, Arthur —respondió, con un tono más sereno de lo habitual—. Pero no se preocupe, volveré con frecuencia para asegurarme de que todos ustedes se comporten como es debido.Arthur esbozó una sonrisa fugaz, como si la formalidad de su respuesta le hiciera gracia, y antes de que la hermana pudiera girarse para marcharse, soltó una última frase en tono de broma:—Eso sí, hermana, le haré una petición. Deje de rezar tanto, ¿quiere? Me parece que ya todos los santos están completos, y no necesitamos más solicitudes allá arriba.El comentario cayó como una piedra en un estanque. Sor Caridad lo miró con una mezcla de incredulidad y ofensa. Sus ojos se entrecerraron, y su boca formó una fina línea que dejó claro que no encontraba nada gracioso en sus
El gesto de Juliette había sido más que una simple ayuda, había sido una acción que desmanteló las excusas que él había utilizado durante tanto tiempo para evitar este tipo de eventos.Para Juliette, Samantha no era solo una niña a su cuidado, era una niña que necesitaba de su padre, y sin dudarlo, había hecho todo lo posible para que Arthur estuviera allí.El sacrificio de Juliette de hacerle ver lo importante que era él para Samantha, hizo que Arthur se sintiera pequeño, vulnerable.La idea de que había estado tan ciego para ver el amor y la dedicación de Juliette hacia su hija le dejó una sensación de culpa tan abrumadora que apenas pudo soportarlo.Aunque Juliette no buscaba reconocimiento, el agradecimiento de Samantha hacía que Arthur se sintiera aún más impactado.¿Cuántas veces había sido Juliette la que había estado allí para sus hijos, y él no había visto?El nudo en su garganta se intensificaba al pensar en todo lo que había descuidado por el dolor, por el miedo a enfrentar







