LOGINArthur Thorner tiene dinero, poder y dos hijos capaces de volver loca a cualquier niñera. Desde que enviudó, su corazón permanece cerrado al amor, y lo último que necesita es otra mujer complicándole la vida. Hasta que aparece Juliette Blake. Rebelde, terca y sin experiencia con niños, Juliette acepta el empleo por una sola razón: necesita dinero para cumplir su sueño de convertirse en cirujana. Su misión parece sencilla: sobrevivir tres meses en la mansión Thorner sin renunciar ni perder la paciencia. Pero sus pequeños demonios no se lo pondrán fácil… y su atractivo jefe tampoco.
View MoreDesde muy temprano, el caos se había desatado en la mansión Thorner. Gritos, amenazas y maldiciones resonaban por los pasillos, mientras una de las empleadas más antiguas de la casa intentaba escapar de lo que consideraba el peor trabajo de su vida. Después de apenas un par de días cuidando a Samantha y Asher, Blanca había llegado a una conclusión: prefería quedarse sin empleo antes que pasar otra jornada soportando las travesuras de aquellos dos pequeños demonios.
—¡Señor Thorner, renuncio! ¡No cuente más conmigo! ¡Sus hijos van a terminar volviéndome loca! Debería llevarlos a la iglesia para que les hagan un exorcismo y les saquen los demonios que tienen dentro —exclamó Blanca, mientras recogía su equipaje—. ¡Y pensar que fui tu niñera y la de tu hermana cuando eran pequeños! ¡Nunca me dieron tantos problemas como estos dos! Ya estoy vieja para semejante tortura.
Arthur Thorner se quedó mirándola, incapaz de creer que acababa de perder a la única persona que consideraba capaz de ayudarlo con sus hijos.
—¡No, Blanquita, por favor! No puedes abandonarme ahora. Si los dejamos sin supervisión, terminarán incendiando la casa. ¡Ten compasión de mí! ¿Dónde vas a encontrar un trabajo igual o mejor que este?
—¿Igual? ¡No, señor! Dios no puede castigarme de esta manera. Lo respeto muchísimo, mi señor Arthur, pero no pienso quedarme un segundo más en esta casa. Y si no quiere pagarme, no se preocupe. No voy a demandarlo; sus padres fueron muy buenos conmigo cuando estaban vivos, de verdad no quiero causarte problemas.
Sin darle oportunidad de responder, Blanca tomó su equipaje y se dirigió a la salida.
Arthur salió tras ella, desesperado por evitar que la situación empeorara.
—Blanquita, por favor, piénsalo un poco más. Quizá solo necesites unas vacaciones. Te pagaré un viaje para que vayas con toda tu familia a la playa durante una semana.
La mujer siguió caminando sin prestarle atención.
—¡Un mes! —añadió Arthur, dispuesto a ofrecer cualquier cosa con tal de no quedarse solo frente a la amenaza que representaban sus hijos—. ¡Te pagaré un mes entero de vacaciones!
Blanca se detuvo y se volvió hacia él con una expresión que dejaba claro que ni todo el dinero del mundo conseguiría hacerla cambiar de opinión.
—Lo único que puedo hacer por usted es darle el contacto de otra niñera. Pero no me pida nada más, porque ya no tengo edad para soportar semejantes criaturas.
Metió la mano en su bolso para buscar la agenda donde guardaba los números de sus conocidos, pero un grito desgarrador resonó en la entrada de la mansión.
—¡Ayyyy! ¡Malditos niños!
Arthur palideció al ver que Blanca había sacado la mano del bolso con los dedos atrapados en una trampa para ratones.
—¡Por Dios, Blanquita! ¿Qué te hicieron ahora?
Se apresuró a ayudarla a liberar los dedos mientras la mujer maldecía entre dientes a los dos pequeños responsables de sus desgracias.
—¡Lo lamento muchísimo! Te indemnizaré, te lo prometo —aseguró Arthur, sintiéndose cada vez más culpable—. Nana, dime una cosa, ¿por qué el destino me pone estas pruebas? Con todo lo que me ha sucedido últimamente, cualquier día voy a terminar en un manicomio.
Se llevó ambas manos a la frente y respiró profundamente, intentando recuperar la poca cordura que todavía le quedaba.
Blanca lo observó con cierta compasión. Conocía a Arthur desde que era un niño y sabía que, detrás de aquella apariencia de hombre poderoso, había un padre que no tenía idea de cómo manejar a sus propios hijos.
—No se preocupe, mi señor. En el fondo, usted no tiene la culpa de que esos muchachos sean tan indisciplinados. Sé que se ha esforzado por sacarlos adelante, pero necesita ayuda, y ellos necesitan entender que no pueden hacer lo que les venga en gana.
Después de una breve pausa, le entregó un pequeño trozo de papel con un nombre y un número de teléfono.
—Tome. Tal vez esta señora pueda ayudarlo, aunque, si me pregunta, yo le aconsejaría que antes de contratarla le explique dónde se está metiendo.
Arthur miró el papel como si acabaran de entregarle la solución a todos sus problemas.
Sin embargo, cuando levantó la cabeza para agradecerle, Blanca ya se alejaba a toda prisa. La mujer temía que, si volvía a encontrarse con aquella mirada suplicante, terminara cediendo y aceptando quedarse un día más. Y eso era precisamente lo que no estaba dispuesta a hacer.
Arthur la vio desaparecer por la entrada y sintió que la desesperación se transformaba en una furia incontenible.
Se dio la vuelta tan bruscamente que varios mechones de su cabello quedaron despeinados.
—¡Asher y Samantha Thorner! ¡Los quiero en el estudio en veinte segundos!
Su grito retumbó por toda la mansión de tres pisos y, probablemente, llegó hasta las casas de los vecinos.
Arthur tenía treinta y tres años y llevaba casi un año intentando cumplir el papel de padre y madre al mismo tiempo. Desde la muerte de Elisa, su esposa, había hecho todo lo posible por mantener la estabilidad de sus hijos, pero la verdad era que no sabía cómo hacerlo. Su trabajo como empresario le exigía gran parte de su tiempo y, cuando regresaba a casa, solía compensar sus ausencias con juguetes, regalos y cualquier capricho que pudiera comprar con dinero.
Mientras Elisa vivía, todo parecía funcionar. Ella sabía cómo imponer límites, resolver los conflictos y conseguir que sus hijos obedecieran sin convertir cada discusión en una batalla. Ahora, sin ella, Arthur se sentía como un hombre que intentaba construir una casa sin tener idea de cómo sostener sus paredes.
Y sus hijos parecían decididos a derribar lo poco que quedaba en pie.
Poco después, Samantha y Asher aparecieron en el estudio con la cabeza gacha. Entraron después de pedir permiso y se sentaron en las sillas frente al escritorio de su padre, adoptando una expresión de inocencia que Arthur conocía demasiado bien.
Se volvió hacia la ventana y respiró profundamente, intentando controlar su temperamento.
«Si para mí ha sido difícil soportar la ausencia de Elisa, no puedo imaginar cuánto deben estar sufriendo mis hijos por la pérdida de su madre.»
El pensamiento le apretó el pecho. Una parte de él quería abrazarlos y decirles que todo estaría bien, pero otra, agotada por los constantes problemas, necesitaba hacerles entender que ya no podía seguir tolerando aquel comportamiento.
—¡Papito, nosotros…! —comenzó Samantha, intentando justificarse.
Arthur se volvió hacia ella con una mirada severa y la niña cerró la boca de inmediato. Sus pequeños ojos se llenaron de lágrimas, provocándole a su padre una punzada de culpa.
No quería asustarlos. Mucho menos hacerlos llorar. Sin embargo, tampoco sabía qué más hacer.
—Después de la muerte de su madre, Blanca es la niñera número cuarenta y cinco que renuncia. ¡Cuarenta y cinco! —exclamó, incapaz de ocultar su frustración—. ¿De verdad les parece divertido hacer que todas las mujeres que contrato salgan huyendo aterrorizadas? ¿No se dan cuenta de que ya no puedo con todo?
Los niños guardaron silencio.
Arthur apoyó las manos sobre el escritorio y los miró con seriedad.
—Les daré una última oportunidad. Si tampoco consiguen comportarse con la próxima cuidadora, los enviaré a dos internados distintos. Asher irá a uno y tu, Samantha a otro. Estoy hablando muy en serio.
—Papá, ¿y si haces caso a Marieth y te casas con ella? —preguntó Asher sin titubear—. Así no tendrías que seguir buscando niñeras.
Arthur lo miró como si acabara de escuchar la mayor barbaridad de su vida.
—¿Qué acabas de decir?
—Que podrías casarte con Marieth. Ella es tu directora ejecutiva, es inteligente, bonita, cariñosa y pertenece a una familia adinerada. Además, le gustamos mucho.
—¡Ni hablar! —respondió Arthur, endureciendo la voz—. Su madre todavía no ha cumplido un año de fallecida y tú me estás proponiendo que busque una sustituta. ¿Acaso crees que Elisa puede reemplazarse como si nunca hubiera existido?
—¡No estamos diciendo que la olvides! —replicó Asher, cruzándose de brazos—. Solo creemos que ya es hora de que rehagas tu vida.
Marieth dio un paso hacia ella, su rostro reflejando celos y frustración.—Esas niñeras son… resbalosas —replicó, como si fuera obvio—. Están en la casa todo el día, cerca de los niños, y también en la noche. Si un día el jefe tiene un antojo, una necesidad, ¿a quién crees que buscará? A la niñera, claro, no a la mujer que trabaja en su oficina.Enfurecida, Marieth zapateó el suelo con rabia, sus manos temblaban de frustración y celos.—¿Y yo qué? ¡Después de todo este tiempo! —exclamó, sin importarle que su voz subiera un poco—. Siete años y ni siquiera he logrado que Arthur me mire como algo más.Zafiro observó el rostro descompuesto de Marieth, y algo en su expresión endurecida se suavizó. Por un momento, dejó de lado el tono sarcástico y calculador que usualmente usaba con ella.—Marieth… —dijo, con una voz mucho más suave—, ¿de verdad lo amas tanto? ¿Tanto como para hacer todo esto?Marieth, con los ojos ligeramente brillantes, asintió sin dudar.—Con toda mi alma, Zafiro. No tie
Arthur reprimió una carcajada y se volvió hacia su hija con una mirada severa.—Samantha, ¿quieres decirme por qué la niñera está encerrada ahí? —dijo, cruzando los brazos.Samantha solo respondió con una risita y un encogimiento de hombros, que confirmaron sus sospechas.Con un suspiro de resignación, Arthur comenzó a quitar los objetos apilados y abrió la puerta del pequeño cuarto.Lo primero que vio fue los hombros de Juliette, que tenía medio cuerpo inclinado hacia adelante mientras intentaba abrir la cerradura con algún objeto improvisado.Arthur tuvo que aclararse la garganta para evitar reírse al ver la peculiar escena.—¿Juliette? —dijo, intentando sonar serio.Juliette caminó de cuclillas, sacando su cuerpo torpemente del pequeño minicuarto. Al levantar la vista, se encontró con la mirada fría de Arthur Thorner, que la observaba con clara insatisfacción.—Definitivamente eres un error temporal —dijo, sin molestarse en suavizar sus palabras—. Solo te quedarás en la mansión Tho
Juliette Blake se encontraba en la cuerda floja, la ansiedad le estaba apretando su pecho como un nudo imposible de deshacer.No había pasado ni un día completo en su nuevo trabajo y ya había golpeado a su jefe, un hecho que parecía irreal y, al mismo tiempo, aterradoramente cierto.Aquel instante había sido un torbellino de emociones, una mezcla de nerviosismo sumado a la impertinencia de los niños que había sido incapaz de manejar.Ahora, mientras se alejaba de la sala de juegos, podía sentir la mirada de todos sobre ella, como si el escándalo estuviera escrito en su frente.«No puedo dejar que esto termine así», pensó, recordando las palabras de su madre, que siempre le había dicho que una buena niñera debía tener paciencia y control.En su mente resonaban sus propias advertencias, sin embargo, no estaría mal pedir un poco de ayuda, así que sus ojos buscaron a quien la había traído a esa casa y suplicó:—No tengo idea de cómo cuidar niños, así que tú tendrás que ayudarme, Saúl. Si
Minutos más tarde, Arthur, decidido a conocer a la nueva niñera y anticipando que sus hijos ya estaban conspirando para deshacerse de ella, caminó con firmeza hacia la puerta de la habitación donde Juliette descansaba.Llamó varias veces, pero no hubo respuesta. Su paciencia se agotaba rápidamente, y conociendo las travesuras de Samantha y Asher, imaginó lo peor.¿Acaso ya la habían espantado?Rebuscó entre sus llaves, pero por alguna razón no tenía copia de esa habitación.La preocupación lo invadió. Si los niños ya habían hecho de las suyas, todo su plan para recuperar un poco de paz se vendría abajo. Sin más opciones, decidió que lo más rápido sería entrar a investigar por el balcón.Juliette, por su parte, dormía profundamente, agotada después de haber trabajado con el ganado desde el amanecer.El sueño pesado la envolvía, y no escuchó cuando Arthur tocó la puerta con insistencia. Él, convencido de que algo malo había sucedido, encontró una escalera en el jardín y se dispuso a tre












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