BAJO LA MISMA SOMBRA

BAJO LA MISMA SOMBRA

last updateLast Updated : 2026-10-20
By:  DAKIUpdated just now
Language: Spanish
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A los treinta y siete, Elena es una maestra que intenta resistir. Atrapada desde la adolescencia en un matrimonio abusivo con un hombre influyente que, en un arranque de ira al ser descubierto en su infidelidad, la arrojó por las escaleras haciéndole perder a su bebé de cuatro meses y dejándola estéril, ella solo sigue en pie por el amor visceral hacia sus dos hijastros. A sus treinta años, Mateo guarda una verdad muy peligrosa: él le dio su apellido a su sobrino de dieciséis para arrebatarlo de las manos del criminal que mató a su hermana gemela cuando el niño tenía solo ocho años. Pero la amenaza ahora duerme bajo su propio techo, disfrazada con una sonrisa inocente: su prometida. Sin embargo, el destino interviene cuando un choque fortuito en la calle y la inscripción de su sobrino en el Instituto San Louis crean entre Mateo y Elena una conexión que salta como chispa en un barril de pólvora. Respaldados por un médico de urgencias incondicional que advierte del peligro antes de que sea tarde, una amiga dispuesta a arriesgarlo todo facilitándole un teléfono prepago para reunir evidencia, y un joven abogado que recurre a su mejor amigo de la universidad para redactar la demanda de divorcio definitiva, ambos iniciarán una partida de ajedrez letal. En un mundo de apariencias donde manipular es fácil, sobrevivir dependerá de cuánto estén dispuestos a arriesgar por la familia que aman.

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Chapter 1

CAPÍTULO 1

ELENA

La noche se desarrollaba bajo un tipo de violencia sepulcral dentro de la residencia de la familia Lantus.

En la planta alta, en el estudio tapizado de madera oscura, yo permanecía sentada frente a su escritorio de caoba. Llevaba un vestido sencillo y un suéter de lana que me cubría las muñecas a pesar del calor que hacía en verano. A mis treinta y siete años, intentaba ocultar mi mirada —que guardaba una profunda tristeza— tras las gafas de pasta oscura.

Ser maestra en el instituto era como rozar un ápice de libertad. Educaba a los adolescentes con paciencia y un amor sincero, por los que me ganaba el cariño de todos al poco tiempo. Sin embargo, al cruzar el umbral de lo que se suponía que debía llamarse hogar, yo, esa misma mujer de sonrisa dulce y firme para los chicos, me transformaba en una prisionera temerosa de las palabras crueles, los apretones sin justificación, los jalones de cabello y el sexo forzado de quien juró amarme y respetarme hasta que la muerte nos separara... al menos eso dijo el sacerdote que nos casó hace dos décadas.

Estaba frente a él presa del miedo por haberme retrasado un poco con uno de mis estudiantes, pero decirle eso solo me metería en más problemas que simplemente inventar una excusa o admitir que llegué tarde. Guillermo sostenía con rabia un vaso de whisky. Él bordearía los cincuenta y seis años; era un hombre frío, calculador, impecablemente vestido, con el cabello canoso peinado hacia atrás y una postura de poder absoluto; un empresario influyente, socio de la clínica privada más prestigiosa de la ciudad, desde donde manejaba el maltrato hacia mí con una precisión escalofriante.

—Te estoy haciendo una pregunta, Elena —dijo en un susurro helado, caminando hacia mí como un depredador hacia su presa—. Llamé al colegio a las siete y me dijeron que saliste a las seis. ¿Dónde estabas?

Sentía el corazón desbocado contra mis costillas. El pánico me acompañaba desde los diecisiete años, cuando mi familia me obligó a casarme con este patán adinerado para saldar sus deudas; eran veinte años de humillaciones y control absoluto.

—Fui a la biblioteca a buscar unos libros que necesitaba para unas clases de ciencias, pero no los encontré —mentí, ocultando mis manos temblorosas.

Él me agarró del mentón con fuerza, obligándome a mirarlo.

—Recuerda quién eres, Elena —murmuró, apretando los dedos—. No eres más que una maestrilla a la que saqué de la miseria. Sin mí, no eres nada.

Las palabras crueles ya no dolían como antes, pero lo que me había dicho mi amiga Valeria durante el almuerzo me daba vueltas en la cabeza. Ella había conseguido una identificación con mi primer nombre y mi apellido de soltera, además de abrir una cuenta en un banco lejano donde este demente no la pudiese rastrear. Con mi sueldo de maestra, centavo a centavo, hacía crecer mis pequeños ahorros; necesitaba mi pasaporte a la libertad. Por eso, por las noches salía a hurtadillas al despacho de Guillermo para fotografiar documentos de dobles contabilidades y registros de sus delitos, los cuales le enviaba a Valeria desde un celular prepago oculto que llevaba en el doble forro de mi bolso para reunir la evidencia suficiente.

Él apretó mi cuello, clavando sus uñas hasta sacarme una mueca de dolor.

—Que no se te olvide, Elenita. Mañana llegan mis hijos de su viaje —dijo con un desdén frío—. Quiero la casa impecable y la cena servida a las siete en punto. Si me entero de que andas haciendo algo a mis espaldas, me encargaré de que te echen del colegio y se acabó ese jueguito de la maestra abnegada.

Me soltó con desprecio, como si sus manos hubiesen tocado algo sucio, y caminó hacia la puerta del estudio sin mirar atrás. El golpe seco de la madera al cerrarse retumbó en mis oídos.

Al quedarme sola en la penumbra, llevé una mano a mi cuello lastimado, respirando con dificultad mientras las lágrimas que había retenido finalmente resbalaban por mis mejillas. Pero no eran lágrimas de derrota, sino de una rabia viva, pura y concentrada.

El recuerdo de la noche más oscura de mi vida brillaba con una lucidez pasmosa: fue aquella madrugada de hace doce años cuando, en una discusión tras descubrirlo en mi propia casa con su secretaria en las piernas y confrontarlo, él, sin el menor escrúpulo, me arrojó por las escaleras en un arranque de furia. Ese fue el "accidente" que destruyó a mi bebé de cuatro meses y me arrebató la posibilidad de volver a concebir.

Miré hacia la ventana, observando detenidamente cómo la lluvia comenzaba a repicar contra el cristal. Pensé en mis hijos, esos que no nacieron de mi vientre pero que había criado con un amor feroz desde que eran pequeños. Mañana estarían aquí y llevaríamos a cabo lo que habíamos planeado durante meses. Ellos ya no eran dos niños indefensos; Timothy era un abogado firme y Francela una médica pediatra. Junto a ellos y con las pruebas que envié a Valeria desde el celular prepago, rompería estas cadenas para siempre, así me costara la vida.

MATEO

El olor a antiséptico y a humedad concentrada en la sala de urgencias siempre me había producido náuseas, pero todo tenía una explicación. Eran las dos y cuarenta de la madrugada más lluviosa del invierno, cuando mi teléfono vibró con insistencia. Yo estaba enredado en sus piernas, sumergido en el calor anestésico de una noche cualquiera; sin embargo, la insistencia hizo que me detuviese para atender la llamada. Cómo olvidar aquellas palabras heladas que destruyeron mi mundo en un segundo: “Señor Mateo Morris, le llamamos del hospital San Marino. Su hermana Marianna acaba de fallecer, lo sentimos mucho”.

Hoy, ocho años después, caminaba a pasos agigantados por los largos pasillos de baldosas desgastadas, apretando los puños dentro de los bolsillos de mi chaqueta. Cada pisada resonaba como un eco seco en el corredor desierto. Tenía los nudillos blancos de rabia y la garganta seca, pero no por el frío de la madrugada, sino por la mezcla de cansancio y miedo... exactamente igual que ese día.

Al fondo, tras una cortina verde azulada que apenas atenuaba los murmullos del personal de guardia, apareció Stuart con su bata médica entreabierta, la pijama quirúrgica, el cabello algo desordenado y los ojos enrojecidos tras una guardia interminable. Sin embargo, al verme, su rostro cansado se endureció con una gravedad que encendió todas mis alarmas.

—Está en observación tres —dijo con voz baja y firme, cortándome el paso antes de que pudiera irrumpir en la sala—. Tranquilízate, Mateo. No tiene nada roto, si es lo que te preocupa.

Dejé escapar un aire pesado por la boca, junto a un resoplido de frustración.

—¿Qué pasó esta vez, Stuart? La policía me llamó diciendo que lo recogieron en un callejón cerca del centro.

—Una pelea de bandas jóvenes. De seis contra uno. Tuvo la suerte de que una patrulla pasara por ahí antes de que las cosas pasaran a mayores —suspiró, cruzándose de brazos y mirándome a los ojos con esa franqueza despiadada que solo un hermano de la vida se podía permitir—. Él necesita ayuda, se te está saliendo de las manos, Mateo. Tiene el labio partido, un pómulo hinchado, unos puntos en la ceja y un par de contusiones severas en las costillas. Le limpié las heridas, suturé y le di un analgésico. Pero la paliza física no es lo que debería inquietarte.

—¿A qué te refieres? —pregunté, dando un paso hacia él.

Él echó una mirada rápida a su alrededor, asegurándose de que ninguna enfermera ni ningún oficial estuviera lo suficientemente cerca. Luego me puso una mano firme sobre el hombro, apretando con fuerza.

—Gabriel está gritando en silencio por ayuda a través de los puñetazos, Mateo. Lleva meses metiéndose en pleitos absurdos. Tiene dieciséis años y una rabia acumulada que le va a destrozar el futuro si no haces algo ya. Tú y yo sabemos perfectamente de dónde viene esa ira.

—Está rebelde, Stuart. Es la edad. Perder a su madre a los ocho años a manos del criminal de su padre biológico no es algo que se supere, así como así —intenté justificar, aunque la voz me tembló.

—No es solo eso, tiene que existir algo más, su comportamiento cambió repentinamente, y lo sabes —sus ojos molestos se clavaron en los míos con la precisión de un bisturí—. Eso viene desde adentro, y lleva casi el mismo tiempo que ella está viviendo en tu casa, ¿o es que no lo has notado?

El nombre de mi prometida resonó en el pasillo como un latigazo. Fruncí el ceño, desviando la mirada.

—Vanessa está intentando ser paciente con él...

—¡Con un carajo está intentando ser paciente! —interrumpió Stuart en un susurro vehemente—. Daniel Mateo Morris, mírame. Yo estuve ahí cuando enterraste a Marianna, tu hermana gemela. Sé de primera mano todo lo que hiciste para darle tu apellido a ese niño y arrebatárselo al maldito criminal de m****a que tenía por padre biológico. Te convertiste en el papá de Gaby a los veintidós años por puro amor y lealtad. Pero te estás volviendo ciego por esa mujer que parece que te tiene embrujado.

—Ella se preocupa por el futuro de la familia...

—Diablos, Mateo, cómo puedes cerrar los ojos y negarte a ver a la serpiente con piel de cordero que metiste en tu casa —dijo él sin titubear—. Llevo meses observándola. Delante de ti sonríe, te acaricia la espalda, actúa como la prometida abnegada que acepta criar a tu hijo adolescente. Pero cuando tú no estás, despilfarra tu dinero en tiendas de lujo y le clava los colmillos al muchacho. Lo acorrala, lo provoca, le hace ver que es un estorbo. ¿Has visto los harapos con los que él anda? Le está haciendo un juego psicológico sucio para que explote y tú lo eches. Gabriel solo está reaccionando de la única forma que sabe: buscando peleas tontas en la calle para desahogarse, porque se siente asfixiado y no quiere estar en el lugar que se supone lo tienen que amar incondicionalmente.

Sentí un nudo amargo en el estómago. Quería defenderla, pero en el fondo, una voz me decía que tenía razón. Llevaba meses intentando ahogar estas sospechas mientras ella gastaba a manos llenas: los estados de cuenta estaban por las nubes entre spa, ropa, zapatos, joyas y restaurantes.

—Vanessa es un parásito narcisista, Mateo —insistió, sujetándome de la chaqueta—. Como tu hermano te lo pido, y como médico te lo advierto: la salud mental de Gaby está en el límite, se siente culpable de arruinar tu vida. Si contraes matrimonio con ella, vas a perder al muchacho. Sácala de tu casa cuanto antes, si no quieres que lo próximo que tengas que venir a recoger sea un acta de defunción con su cadáver.

Apreté los labios y asentí levemente. Stuart me palmeó la espalda abriendo paso hacia la sala de observación donde estaba Gabriel sentado en la orilla de la camilla, con la mirada clavada en el suelo, la camiseta rasgada con manchas de sangre seca y una gasa sobre la ceja cubriendo los puntos. Al verme entrar, levantó la cabeza. No había dudas: éramos como dos gotas de agua, nadie ponía en duda que fuese mi hijo, pero para mí era el retrato vivo de mi hermana Marianna, con esos ojos grandes y mirada triste, la misma barbilla marcada y, lo peor de todo, con nuestra misma terquedad.

—Ya vino el gran héroe a darme el sermón —soltó Gabriel con amargura, desviando la cara.

Me senté en una silla metálica frente a él.

—No vengo a darte ninguna cantaleta, Gaby. Vengo a llevarte a casa.

—¿A cuál casa, Mateo? —soltó una carcajada seca—. ¿A dónde tu querida prometida, que me mira como si fuera una plaga cada vez que te das la vuelta o me recuerda que soy un bastardo inútil y que arruiné tu juventud? ¡No la soporto! ¡Y odio que jamás me creas!

—Tranquilo, eso no va a pasar más.

Se puso de pie, temblando de rabia, con lágrimas contenidas en los ojos. Me levanté despacio, viendo a través de su armadura rebelde. Veía a mi sobrino, completamente roto, al hijo que elegí proteger. Lo envolví en un abrazo firme. Él solo intentó zafarse los primeros dos segundos, pero terminó derrumbándose y aferrándose a mi chaqueta entre lágrimas que brotaban del alma.

—Te creo —le susurré al oído—. Te creo, Gabriel. Perdóname por no haberme dado cuenta antes. Te prometo que esto se va a acabar; solo te pido unos días para terminar con ella.

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