FAZER LOGINBésame y te besaré.
Tócame y no sabrás lo que te hicieron mis manos.
Sebastián
Su piel se siente ardiente entre mis manos. Me besa con desesperación y con algo de torpeza. Quizás porque está ebria, debería dejarla en paz. No quisiera aprovecharme de su estado, además detesto que las mujeres con las que tengo sexo, no recuerden cuanto lo disfrutaron al día siguiente. Pero algo en su forma de mover las manos sobre mi cuerpo me atrae, me mantiene adherido a su lengua.
Encierro sus muñecas en una de mis manos, sujetándolas por detrás de su espalda, para evitar que se mueva. Es hora de tomar el control y de llevar su cuerpo hasta el límite máximo de su lujuria. Con un movimiento ágil, me saco la corbata y se la paso por la cabeza, apretando el nudo cuando le cae en el cuello.
La guio hasta el sofá circular dentro de la sala y cuando la luz tenue impacta sobre su piel, me quedo de piedra por segunda vez en una noche. Es ella. Le aparto el pelo de la cara sin poder creer lo que ven mis ojos. Se deja caer sobre el sofá con una risa traviesa flotando en sus labios, recarga la cabeza hacia atrás al tiempo que me llama arrastrando las palabras para que continuemos.
—Esta es mi única noche de libertad, cariño, ya mañana seré la esposa de un maldito idiota y mi vida será una miseria calculada por él. —Abro los ojos de par en par por sus palabras.
Supongo que no le cayó para nada bien la idea de nuestra boda. Eso me parece excelente, de hecho, saberlo hará que las cosas sean mucho más sencillas entre los dos. Aunque ya no puedo acostarme con ella, no quiero tener sexo con mi futura esposa ni ahora ni nunca.
—Cuéntame más sobre ese prometido tuyo —pido acercándome a ella para besarle el cuello, quiero sacarle toda la información que pueda, sin embargo, de su garganta lo único que brota es un sonido bajo y agudo.
¿Está roncando?
Se quedó dormida. Una mocosa sin ningún control en su vida tenía que ser, bufo para liberar la tensión que siento en mi interior mientras pienso en lo que debo hacer, las ganas de follarla son intensas, pero… hay muchos peros entre ella y yo. ¿En qué maldito lío me metió mi abuelo? Me paso la mano por la frente como si eso me pudiese ayudar a mantener la calma.
Este compromiso. Esta boda es un error. Es imposible que mi vida perfectamente organizada se vea turbada por la presencia de una chiquilla insignificante e inmadura. No la puedo dejar tirada aquí, eso es un hecho, no es que me importe mucho, pero después de todo será mi esposa, y su integridad es mi reputación desde ahora.
Saco el teléfono y le marco a mi amigo, el dueño del club, para que me ayude a sacarla sin que las personas nos vean. No quiero que me acusen de secuestrarla. Cuelgo la llamada y me acomodo la ropa en lo que espero que llegue, también le cubro el rostro con su propia chaqueta para que nadie la reconozca. Cuando Marcos entra, me hace una seña para que lo siga, tomo a la señorita Van Der Beek en brazos y sigo a mi amigo hacia la salida de emergencia. Un empleado nos espera en la calle con mi auto, se aparta cuando me acerco y agacha la mirada. Subo a mi prometida y le coloco el cinturón de seguridad.
—¿Estás seguro de que quieres hacerte cargo de la señorita? —pregunta Marcos tratando de ver su rostro.
—Esto nunca sucedió, creo que no tengo que decírtelo, ¿cierto? —Cierro la puerta del auto de golpe.
—Mientras lo que hagas con la dama no me perjudique, puedes contar con que esto no se sabrá, al menos no por mí —asegura.
—Solo la dejaré en un lugar seguro, no pienso acostarme con ella, no en las condiciones en las que se encuentra —aclaro.
Asiente con la mirada ensombrecida y se da la vuelta. Subo al auto y parto a toda prisa. No puedo llevarla a su casa ni a la mía. Decido conducir hasta un hotel, es la mejor opción, aunque debo pensar en cómo haré para meterla sin levantar sospechas, está completamente noqueada.
Me detengo cuando la luz del semáforo se pone en rojo y aprovecho para hacer una llamada.
—Sebastián —contestan al otro lado de la línea.
—Necesito que me ayudes con algo —digo antes de saludar.
—No soy bueno para cavar hoyos —farfulla y puedo sentir la risa burlona que se forma en su rostro—. Quedas advertido, si nos descubren eres el único responsable —añade en el mismo tono.
—No seas imbécil —gruño—, estoy llegando a uno de tus hoteles, necesito meter a una mujer sin que nadie nos vea, sobre todo a ella —explico sin dar muchos detalles.
—¿Y se puede saber quién es la señorita? —inquiere petulante.
—¿Puedes o no ayudarme? —resopla.
—Está bien —dice al fin—, ¿En cuál estás?
—En el del centro —murmuro a sabiendas de que no es nada fácil entrar a ese hotel sin que nadie se dé cuenta.
Como el mismo lo ha dicho miles de veces, es un hotel para celebridades.
—¿Por qué no mejor te fuiste de una a la BBC? —inquiere alterándose—, quizás en ese lugar, te habría ayudado a ser un poco más discreto, imbécil. —Su voz resuena estridente a través del alta voz, pero aun así, no es suficiente para que la bella durmiente se despierte.
—Este era el que más cerca estaba —señalo. Bien pude haber conducido un poco más, pero eso sería arriesgarme a encontrarme con una patrulla y que esta situación se vuelva una confusión que mañana aparezca en los principales titulares de la prensa.
—Bien, ve al estacionamiento subterráneo, tienes que ir hasta los últimos puestos, verás un Maserati negro y uno blanco, esos son míos. —Escucho atento sus indicaciones y pongo los ojos en blanco cuando de nuevo alza la voz al enterarse de que la señorita está inconsciente—. En fin, ya tienes el código de acceso para el ascensor que te llevara hasta mi suite privada. Por favor, no vayas a dejarla hecha un cochinero, ese lugar es un recinto sagrado en donde solo han entrado las mujeres más exclusivas de todo el país. —De nuevo ruedo los ojos.
—Ocúpate de que nadie se acerque a la suite. Ella estará sola y se irá mañana a la hora que sea que despierte y no te preocupes por el dinero, te pagaré con intereses —informo estando ya estacionado al lado de ambos autos.
—O sea, ¿no te quedarás a pasar la noche con la señorita? Haces toda esta movilización para mantener en secreto la identidad de la dama, pero no vas a pasar la noche cogiendo con ella —inquiere con intriga, pero no necesita saber más de lo que ya le he dicho.
—Así es. No voy a pasar la noche con ella y tienes prohibido averiguar de quién se trata. Sabes de lo que soy capaz —advierto en tono amenazante.
—Como digas, pero me parece una estupidez y una pérdida de recursos —insiste.
Cuelgo sin responderle. Bajo del auto y voy al ascensor. Abro las puertas y regreso por la señorita Van Der Beek, al entrar, marco el código en la pantalla táctil. Las puertas se cierran y el ascensor cobra vida. Cuando las hojas metálicas se separan estamos dentro de una lujosa suite, paredes blancas, cristal y metal se esparcen por todas partes. En el salón, una muy peluda y para nada de mi gusto, alfombra en uno de los tantos tonos del blanco, hace que los sofás en cuero negro resalten como adorno principal en la estancia.
Llevo a mi futura esposa a la habitación decorada con la misma pompa y la dejo en la cama. Me resulta asfixiante y tentador tenerla sobre esta cama, bien podría despertarla y disfrutar de su desinhibición, pero lucho contra el deseo y me mantengo dentro de los límites de la razón. Salgo de la habitación, de la suite y corro hacia mi auto. Lo enciendo y conduzco sin mirar atrás. Conduzco ignorando las ganas de volver para despertarla y hacer que se trague mi polla por completo.
Es lo que quiero desde que vi sus carnosos labios, follarme esa deliciosa boca.
Sutil, ligero, así llegó tu voz a mi vida.FreyaEl eco de los aplausos y la música de la recepción todavía vibran en mis oídos, pero el silencio que nos rodea ahora es absoluto. Estamos a diez mil metros de altura, cruzando el cielo nocturno en el avión privado de Sebastián. Es un gesto que, hace meses, habría rechazado por orgullo, pero hoy lo acepto como lo que es: una tregua definitiva. El lujo del jet, con sus acabados en madera oscura y asientos de cuero crema, es la burbuja perfecta que nos protege del resto del mundo.Miro a mi lado. Gabriel se ha quitado el saco y tiene la camisa ligeramente desabrochada. Se ve relajado, pero sus ojos no dejan de buscar los míos cada pocos segundos, como si todavía estuviera asegurándose de que esto no es un espejismo.—¿En qué piensas? —me susurra, entrelazando sus dedos con los míos.—En que, por primera vez, no tengo miedo de aterrizar —respondo, y es la verdad más pura que he pronunciado jamás—. Siento que, esté donde esté, ya llegué a ca
El sol hoy brilla por nosotrosFreyaEl aire de la habitación está saturado con el aroma de las flores frescas y el sutil vapor de los perfumes caros. Hay un ajetreo constante a mi alrededor; manos expertas que pulen mis uñas, que retocan el rubor de mis mejillas y que transforman mi cabello en una obra de arte celestial. Pero extrañamente me siento en paz, como si mis nervios estuvieran anestesiados.—No te muevas, por favor. Si arruino el delineado, Victoria me hará exiliarme a una isla desierta —bromea la maquilladora, pero noto que sus dedos tiemblan ligeramente.Cierro los ojos y tomo una bocanada de aire. No es el aire viciado de la clínica, ni el aire pesado de la soledad. Es un aire que sabe a nuevo.—¡Ya está! —exclama Victoria, entrando en la habitación con un estruendo de seda y elegancia provocando que por poco no solo el delineado, sino todo el maquillaje quede arruinado—. El champán está en su punto exacto de congelación y el fotógrafo está a punto de tener un colapso ne
No, no es un sueño. Y si lo es, no quiero despertarFreyaLa luz de la mañana en Londres no es dorada; es de un gris pálido y suave que se filtra tímidamente por entre as rendijas de las cortinas. Me despierto lentamente, con esa confusión de no saber si todo es un sueño o en verdad está pasando. Siento la suavidad de las sabanas contra mi piel y el peso reconfortante de la respiración rítmica de Gabriel a mi lado, pero hay algo más. Algo más sólido, una sensación nueva que se extiende desde mi mano izquierda por todo mi cuerpo.No me atrevo a abrir los ojos de inmediato. Quiero retener en mi mente el recuerdo de anoche: el retumbar de mi corazón, la luz cálida a nuestro alrededor, las miradas de nuestros amigos, la mirada de Gabriel sobre mí y el temblor de su voz cuando pronunció mi nombre como si fuera una oración sagrada.Suspiro y finalmente levanto la mano, la sitúo frente a mi rostro al tiempo que abro los ojos. Ahí está…La esmeralda brilla orgullosa, rodeada por una docena de
Un sí es todo lo que te pidoGabrielHan pasado tantas cosas y cada una me reafirma en mi decisión de estar con ella, con la mujer que amo. Hoy, dos meses después de aquella desastrosa cena, puedo decir que las cosas no podrían estar mejor. Mi madre, aunque no ha cedido del todo, empieza a aceptar a Freya, es amable con ella y hasta suele llamarla por teléfono para invitarla a su casa o de compras. Mi padre está encantado por su sencillez y Emilia, mi hija le pidió permiso para llamarla mamá, le aseguro que Sarah estaba de acuerdo y que si ella aceptaba al fin podría irse al cielo.No sé hasta qué punto esa conversación sea real, nunca he creído en esas cosas de espíritus, pero si lo es, me siento en paz al saber que ella aprueba mi relación con Freya. Suspiro al ver la escena delante de mí, hasta hace poco solo éramos Emilia y yo, una pequeña familia de dos, mis padres y mis dos amigos eran nuestro único apoyo, ahora somos diecisiete personas compartiendo una mesa.Personas que valor
Libre… así me haces sentirFreyaUn silencio incómodo se cierne sobre nosotros. Estamos en el despacho de Amelia, los señores Aston, Gabriel y yo. Ninguno se atreve a ser el primero en hablar. El aire es pesado, denso. Tengo el pulso acelerado y tengo las palabras atoradas en medio de la garganta. La mano de Gabriel se aprieta contra la mía una y otra vez, como si necesitara recordarse que esto no es un sueño.—Solo estamos perdiendo el tiempo —dice de pronto la señora Aston—, lo mejor es que nos retiremos. —Se pone de pie, pero no se mueve. Su esposo se queda sentado, advirtiendo con ese gesto que esta vez no la apoya.—No sé cuánto saben o como lo descubrieron, pero no todo lo que se ve en esas imágenes es cierto —pronuncio mirando mis rodillas—, si soy yo, pero estaba enferma; sufrí el abandono de mis padres, fui maltratada en los centros de acogida, escapé y viví en la calle, sobreviví. —Hago una pausa para respirar. Alzo la mirada y fijo la mirada en los señores Aston comprendien
Empiezo a vivirFreyaLos días se pasan uno tras otro, borrando las huellas del rencor y del miedo. Max adora a Emilia tanto como a su propia hermana, cada vez que están juntos los tres, él vuelca todas sus atenciones en ellas, es como si todos los demás dejáramos de existir. Por suerte, el trauma de su secuestro, poco a poco queda atrás, se vuelve un recuerdo borroso que ya no lo despierta por las noches ni perturba sus sueños.Hoy decidimos hacer una especie de pícnic en el jardín de Amelia, su padre regresó de su viaje con su nueva esposa, una mujer agradable y sencilla, aunque por lo que escuché, es una dama con una muy buena posición económica y no necesita del dinero de la familia Van Der Beek, Sebastián está mucho mejor, su recuperación fue rápida, yo también estoy bastante bien, ya no siento dolor al caminar y he estado pensando en algo que no deja de dar vueltas en mi cabeza.Necesito un empleo. No puedo vivir el resto de mi vida dependiendo de la caridad de Sebastián y Ameli







