LOGINPara salvar a su hermana de una muerte segura, Elena comete el mayor acto de traición: ocultar su rostro bajo un velo nupcial y casarse en su lugar con Kaelen Vance, el ejecutor más despiadado de la alianza del Norte. Ciego tras la última gran guerra y consumido por una maldición de agonía perpetua, Kaelen es un Alfa temido por su frialdad y su implacable crueldad. Elena sabe que si el monstruo descubre que ha tomado a la mujer equivocada, su ejecución será inmediata. Sin embargo, el primer toque en la noche de bodas lo cambia todo. La sangre de Elena posee la única esencia capaz de acallar la tormenta en la mente de Kaelen, convirtiéndola de la noche a la mañana en su mayor adicción y en su única debilidad. Atrapada en una fortaleza donde cada susurro es un peligro y obligada a permanecer a centímetros de un hombre cuyos sentidos hiperdesarrollados amenazan con desenmascararla a cada segundo, Elena deberá jugar un juego peligroso entre la supervivencia y el deseo. Porque Kaelen está decidido a desentrañar cada secreto de su nueva esposa... y Elena está a punto de descubrir que el Alfa no necesita sus ojos para cazar a su presa.
View MoreEl crujido del encaje negro bajo la presión de mis dedos era el único sonido que quebraba el silencio sofocante del carruaje. Fuera, la niebla pesada de las tierras del Norte serpenteaba contra los cristales, espesa y gris, como si el propio paisaje intentara advertirme de lo que me esperaba al final del camino.
Respiré hondo, sintiendo el corset opresivo rasgar suavemente contra mis costillas. No eres Elena hoy, me repetí en un susurro inaudible, ensayando mentalmente la mentira que debía sostener si quería mantener con vida a mi hermana. Eres Beatrice. Eres la heredera de los dominios del Este. Eres la novia.
La realidad era brutalmente distinta. Mi hermana Beatrice, delicada y aterrorizada, había colapsado dos noches atrás al enterarse del decreto de la alianza: debía casarse con el verdugo de las estepas para sellar la paz entre las manadas. Beatrice no habría sobrevivido a la primera semana en la Fortaleza de Hierro. Su corazón frágil se habría roto ante la sola presencia de Kaelen Vance. Yo, en cambio, no tenía una posición noble que proteger ni un futuro brillante que perder. Solo poseía una habilidad probada para pasar desapercibida y una comprensión profunda de las plantas y remedios medicinales que mantenían a salvo mi propia cordura.
El carruaje se detuvo de golpe. El hierro de los caballos relinchó en la distancia y las pesadas puertas de roble del gran vestíbulo de la fortaleza se abrieron con un gemido sordo.
—Hemos llegado, mi señora —anunció el escolta desde fuera, abriendo la portezuela con una reverencia mecánica y helada.
Ajusté la tupida mantilla sobre mi rostro. El encaje era tan denso que apenas me permitía distinguir sombras y contornos de luz, pero era mi única coraza. Descendí del carruaje cuidando que el dobladillo del vestido de seda oscura no tocara el barro helado.
El aire interior de la fortaleza olía a pino seco, cera fundida y algo más oscuro: un matiz metálico y antiguo que me erizó los bellos del cuello. La tensión en el gran salón se podía cortar con una daga. Decenas de pares de ojos me observaban desde las sombras de las arcadas de piedra. Los lobos de la manada del Norte no disimulaban su hostilidad; para ellos, yo no era más que una pieza de recambio traída para calmar la bestia que los gobernaba.
Al fondo del pasillo principal, frente al altar de piedra ancestral, esperaba él.
Kaelen Vance.
La visión de su silueta me hizo detener el aliento por un instante. Era un hombre imponente, construido con la solidez de una montaña y la amenaza implícita de un depredador listo para saltar. Llevaba una túnica ceremonial de terciopelo oscuro cargada con detalles dorados y una capa de piel que aumentaba su porte intimidante. Pero lo que congelaba la sangre de cualquiera que lo mirara por primera vez no era su tamaño ni la cicatriz que le atravesaba el pómulo izquierdo.
Era la venda de tela negra que cubría severamente sus ojos.
Había quedado ciego en la batalla contra los vampiros durante la última gran purga. Se decía que la magia oscura de sus enemigos no solo le había arrancado la vista, sino que había dejado dentro de él una toxina que devoraba sus nervios, sometiéndolo a un dolor incesante que lentamente desgastaba su cordura. Era un guerrero mutilado, pero no derrotado. La frialdad que emanaba de su figura era un muro impenetrable.
Avancé paso a paso, sintiendo el impacto de mis tacones sobre la piedra fría. Cada metro que me acercaba a él hacía que el aire a su alrededor se sintiera más denso, cargado de una presión invisible. Mi corazón comenzó a latir con violencia contra mi pecho, una alarma biológica que mi mente luchaba por silenciar. Tranquilízate, me ordené. Él no puede verte. Solo escucha.
Al llegar frente al altar, me detuve. Estaba a menos de un metro de él.
Kaelen no se movió, pero noté el instante preciso en que su barbilla se elevó ligeramente. Sus fosas nasales se dilataron. Sus oídos, hiperdesarrollados para compensar la falta de visión, parecieron captar cada matiz del entorno.
—Llegas tarde —dijo su voz.
Era un sonido grave, rasposo, como dos piedras de molino rotando una contra la otra. No había calidez en su tono; era una sentencia.
—Los caminos del Norte son difíciles de transitar, mi señor —respondí, modulando la voz para hacerla lo más suave e impersonal posible, imitando el tono educado que mi hermana habría usado.
Kaelen inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado. Pude ver cómo la mandíbula se le tensaba. —Tu voz tiembla —comentó con una calma aterradora—. Y tu pulso es acelerado. ¿Tienes miedo de tu prometido, pequeña paloma del Este?
—Cualquiera tendría prudencia ante el Alfa del Norte —repliqué, manteniendo la vista fija en la tela negra que ocultaba sus ojos.
Un anciano sacerdote avanzó entre la penumbra para comenzar la ceremonia. Las palabras del rito ancestral sonaban lejanas en mis oídos, ahogadas por el eco de mi propio pulso. La ceremonia del Norte no requería anillos, sino un intercambio de sangre y votos pronunciados sobre el altar de la manada.
—Kaelen Vance, ¿aceptas a esta mujer como tu consorte y protectora de tu hogar? —recitó el sacerdote.
—La acepto —respondió él sin dudar, aunque la palabra sonó más como una toma de posesión militar que como un compromiso sagrado.
—¿Y tú, Beatrice del Este, aceptas ser la sombra y el refugio de este Alfa?
Tragué saliva. Mi verdadero nombre quemaba en mi garganta, pero el rostro aterrorizado de mi hermana cruzó mi mente. —Lo acepto —pronuncié firmemente.
—Que la sangre selle la alianza —declaró el anciano, extendiendo una pequeña daga de plata.
Kaelen tomó el arma con una precisión escalofriante para alguien que no podía ver. Se realizó un corte limpio en la palma de la mano izquierda sin emitir un solo gemido. Luego, extendió la daga hacia mí. Tomé el mango con dedos ligeramente temblorosos y rasgué la piel de mi palma derecha. El dolor punzante me hizo apretar los dientes, pero no emití ningún sonido.
—Unan sus manos —ordenó el sacerdote.
Extendí mi mano herida hacia la suya. Cuando nuestras palmas se tocaron y la sangre de ambos se mezcló, una descarga eléctrica recorrió mi columna vertebral.
Los dedos de Kaelen se cerraron sobre los míos con una fuerza repentina. Esperaba frialdad, pero su piel quemaba como carbón encendido. De pronto, escuché un chasquido sordo en el aire. Kaelen soltó un brutal gruñido sordo, un sonido casi animal que hizo que el sacerdote diera un paso atrás por instinto.
La agarradera de su mano se volvió de hierro. Su rostro se contorsionó en una mueca de sorpresa y dolor mezclados. Sentí cómo su respiración se volvía errática y entrecortada. El pulso violento que latía en su muñeca parecía sincronizarse con el mío de forma salvaje.
—¿Qué... qué es esto? —murmuró Kaelen con la voz ahogada.
La agonía constante que se adivinaba en la tensión permanente de sus hombros pareció ceder por un segundo, reemplazada por un shock absoluto. Su cabeza se giró bruscamente hacia mí, aunque la banda negra impedía que me mirara. Pude sentir el peso abrumador de su atención enfocada completamente en mi cara.
Él no lo sabía, y yo apenas comenzaba a comprenderlo: la esencia de mi linaje, oculta tras años de estudio botánico y botica natural, llevaba en su sangre la única frecuencia capaz de adormecer el veneno de magia negra que lo consumía por dentro.
Kaelen tiró de mi mano sin contemplaciones, reduciendo a cero la distancia entre los dos. Su rostro quedó a escasos centímetros del mío, oculto bajo el velo. Su respiración caliente rozó la tela de mi encaje.
—Tú no hueles como una flor mimada de la corte —susurró con una amenaza vibrante y peligrosa, su voz temblando con una mezcla de furia y fascinación involuntaria—. ¿Quién eres realmente?
El pánico heló la sangre en mis venas. La ceremonia había terminado, pero mi verdadera condena acaba de empezar.
El frío de la madrugada se colaba por las rendijas de los ventanales de la torre principal con una insistencia gélida, pero dentro de los aposentos del Alfa, el calor del hogar crepitaba con fuerza, arrojando destellos dorados sobre los muros de piedra pulida.Elena permanecía de pie junto a la mesa de trabajo, con la mirada fija en los frascos de cristal oscuro que albergaban la raíz de luna y la valeriana. Sus manos, ágiles y metódicas, medían las proporciones justas para el nuevo tónico que Kaelen necesitaría antes de que la noche alcanzara su punto más álgido. A pesar de la victoria silenciosa en el patio de armas y del retroceso temporal de Valerius, sabía que el enemigo no tardaría en reorganizar sus piezas. Un hermano consumido por la ambición no se detiene por una ad
El eco de los pasos de Valerius al retirarse por el corredor aún resonaba en la mente de Elena, pero la urgencia del momento exigía mantener la cabeza fría. El enfrentamiento en el patio de armas había dejado una línea clara en la piedra de la fortaleza: la máscara de la cordialidad familiar se había roto de forma definitiva, y el hermano menor ya no ocultaba su intención de derrocar a Kaelen utilizando cualquier resquicio legal o político.Al regresar a la seguridad de los aposentos principales, la atmósfera se tornó más pausada, aunque cargada de una electricidad latente. Kaelen cerró la pesada puerta de roble con un movimiento seco, deslizando el cerrojo de hierro antes de despojarse de la pesada hombrera de cuero que llevaba para el entrenamiento. La tensión en sus hombros se había disipado ligeramente tras la demostración de autoridad ante la manada, pero el peligro exterior seguía acechando en cada rincón del castillo.—Valerius no esperará a que caiga la noche para mover su sig
La luz del amanecer no logró disipar la negrura de la tormenta que seguía golpeando los contrafuertes de la Fortaleza de Hierro. Dentro de los aposentos principales, el aire se mantenía denso, cargado con el rastro persistente de la salvia y el calor de las cenizas que aún exhalaba el hogar.Elena abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de un brazo firme cruzado sobre su cintura. Kaelen yacía semitendido a su lado, con la respiración profunda y rítmica que delataba un descanso sin sobresaltos. La dosis de la noche anterior había cumplido su cometido: el veneno de sombra había permanecido adormecido, permitiéndole al Alfa dormir sin los espasmos que solían desgarrar sus nervios. Con suma cautela para no despertarlo, Elena deslizó el brazo de Kaelen y se incorporó en el lecho.A través de los cristales escarchados, las siluetas de los guardias fronterizos ya se divisan cruzando los patios de adiestramiento. Sabía que el tiempo jugaba en su contra. Valerius no tardaría en descifrar
El fuego de la chimenea proyectaba una red de sombras danzantes sobre los muros de piedra de los aposentos principales. Fuera de los gruesos cristales, la ventisca del Norte aullaba con furia, sacudiendo los marcos de hierro como si intentara irrumpir en la fortaleza para congelar todo a su paso. Dentro, el ambiente era denso, impregnado por el calor seco del hogar y el aroma amargo de las hierbas que Elena acababa de desplegar sobre la mesa de trabajo.Sobre la tabla de roble reposaba el frasco de cerámica sellado con cera roja que el anciano Corvus le había entregado en los subterráneos. Al romper el sello, un vapor espeso y acre se liberó instantáneamente, llenando la estancia con notas de tierra húmeda, salvia esteparia y la unmistakable profundidad de la raíz de luna.Kaelen se hallaba de pie junto al ventanal, con los brazos cruzados sobre el pecho y la capa de piel negra envuelta en los hombros. Aunque no podía ver la nieve que azotaba el exterior, su cuerpo parecía sintonizado












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