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Capítulo 2

Autor: Luly Rose
last update Data de publicação: 2026-01-20 13:00:06

El edificio Montenegro Group se alzaba como un monumento en medio de la ciudad oscura. Sebastián Montenegro observaba la ciudad desde su oficina del último piso como si fuera un tablero de ajedrez.

Todo le pertenecía. Todos lo respetaban. Todos le temían. 

Estaba de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de su silla, el saco desabrochado y la mirada fija en el horizonte, pensando qué sería lo próximo que iba a adquirir para su colección de propiedades. 

La puerta se abrió sin que nadie anunciara la visita. 

Muy pocos se atrevían a hacer eso, podía contarlos con los dedos de una sola mano. Cuando escuchó el ruido de unos tacos europeos golpear lentamente su piso de mármol y supo quien era al instante.  

—Siempre tan dramático —dijo una voz femenina, conocida y venenosa—. Como si el mundo fuera a derrumbarse si dejás de mirarlo un segundo.

Sebastián no se giró, pero la observó desde el reflejo del ventanal. 

Aunque en el vidrio era una figura borrosa, aún podía notar su hermosa figura pulida y peligrosa. Cabello rojizo perfectamente peinado, vestido caro y ajustado a su estilizado y delgado cuerpo, con una mirada penetrante y un perfume importado que invadió su oficina y casi lo hizo tambalear. 

Isabel Miller era la clase de mujer que no pedía nada porque estaba acostumbrada a que todo le fuera dado. A que los hombres se arrastraran a sus pies, dejándose pisotear por su taco aguja. 

Sebastián había sido uno de esos, pero ya no. 

—No te di permiso para que entraras, Isabel.

Ella sonrió, caminando por la oficina como si aún le perteneciera. 

—Nunca lo necesité —respondió, apoyándose en el escritorio—. Además, tu secretaria sabe que debe dejarme pasar.

Sebastián apretó la mandíbula con fuerza, tratando de contener su deseo de mandarla a la m****a.

Respiró hondo y se repitió que Isabel no era una más de su larga lista de muchachas de una noche. Era una mujer poderosa, con un apellido que tenía un largo historial como una de las familias más ricas y prestigiosas del país. 

—No tengo tiempo para esto.

—Siempre tenés tiempo para mí —replicó ella—. Solo que ahora fingís que no.

Finalmente, él se dio vuelta. Sus ojos verdes estaban fríos, duros. Atrás habían quedado los años en que sus ojos habían brillado cada vez que la veían. 

—¿Qué quieres?— dijo perdiendo la paciencia. 

Verla nuevamente, luego de casi dos años de ausencia, se sintió como un mal augurio. 

Isabel ladeó la cabeza, observándolo como quien evalúa una propiedad que le fue arrebatada pero que siempre fue suya. 

—Invítame a salir —dijo con naturalidad—. A cenar. Como antes. Hoy tengo la noche libre solo para tí, Sebas…

Sebastián soltó una risa seca.

—Eso no va a pasar.

—¿Por qué? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. ¿Ahora eres un hombre ocupado? No seas aburrido… Tú no eres así. 

—Mi vida es la empresa —respondió—. Y no tengo espacio para distracciones.

Isabel dio un paso más cerca.

—No seas ingrato —susurró—. Sabés perfectamente que no estarías aquí sin mí. Sin mi familia. Sin todo lo que te dimos cuando no eras nadie.

El golpe fue certero. Le había dado en donde más le dolía, en su orgullo. 

—Ya pagué esa deuda —dijo con voz controlada.

—No —replicó ella—. No pagaste nada. Mi padre todavía espera que cumplas tu parte del trato.

—No voy a casarme contigo, Isabel.

Isabel sonrió, pero había furia en sus ojos. La conocía muy bien y sabía cuán caprichosa se ponía cuando no conseguía lo que quería.  

—¿Ah no? Que yo sepa, aún sigues solo. No veo algo que impida que nos casemos… 

Él ni pestaneó cuando sus palabras salieron sin que pudiera pensarlo antes.  

—Si estoy saliendo con alguien. 

El silencio fue espeso.

—Estás mintiendo —

—Te la voy a presentar en el próximo evento. 

Ella lo observó unos segundos más, buscando una grieta que no encontró.

—Más te vale —escupió—. Porque si no existe… prepárate para el altar, cariño. 

Isabel giró sobre sus tacos y salió dando un portazo.

Sebastián exhaló recién cuando quedó solo. Se sintió aliviado, pero sabía que no había ganado la batalla. No. Solo había pospuesto un poco más el problema. 

¿Dónde iba a encontrar una mujer decente para que Isabel lo dejara en paz? 

Mujeres.

Había tenido demasiadas.

Actrices, modelos, ejecutivas, niñas mimadas, esposas aburridas, amantes ocasionales. Recordó nombres, cuerpos, noches sin importancia.

Pero ninguna le había dejado nada. Ninguna había logrado quedarse.

Isabel seguía siendo una herida abierta, pero se había prometido jamás volver con ella, aunque su corazón dijera lo contrario. 

Necesitaba una mujer perfecta, una que hiciera que Isabel entendiera que ya no era suyo, pero ninguna parecía llegarle ni a los tacones. 

Pensó, por un instante, en pagarle a una prostituta. 

Pero la idea lo irritó.

No. Era demasiado obvio. Isabel se reiría en su cara. 

Necesitaba algo más creíble. 

Alguien que no tuviera otra alternativa, alguien capaz de hacer lo que sea por dinero, pero que no se notara que era una mentira.

No tenía idea de dónde sacaría una mujer así, y los días estaban contados.

Sebastián escuchaba a medias lo que decía el anfitrión de la conferencia empresarial matutina. 

Era un hombre mayor, con sonrisa aceitosa y mirada lasciva. Lo reconoció de inmediato: Un pervertido. Había muchos de esos en el mundo en el que se movía. Le daban asco, pero también necesitaba cerrar tratos y ser cordial.  

Estaba completamente resignado a que sería una reunión aburrida cuando la vió.

De espaldas, sosteniendo una bandeja de café. Rubia. Pequeña y tensa.

El viejo se inclinó demasiado cerca de ella, una cercanía que no se tiene con una empleada, pero sí con una amante. 

Sebastián sintió un impulso oscuro que no supo entender. 

En ese momento, la mujer se giró.

—Buenos días, señores —dijo con una sonrisa incómoda—. Mi nombre es Valentina Cruz.

El nombre lo golpeó como un disparo contra su pecho. 

“Cruz” repitió en su mente y el mundo se contrajo.

Los recuerdos regresaron con violencia: El miedo, su madre enferma, un hombre cruel que los echó como basura, el frío de la calle, la desesperación y por último, la soledad. 

¿Era posible?

No pudo concentrarse más. Aunque la muchacha escapó apenas pudo alejarse de las garras de su jefe, Sebastián no dejó de pensar en ella. 

Esa noche mandó a investigarla.

Luego de una semana de incertidumbre, finalmente le confirmaron lo que ya sospechaba: Valentina Cruz era hija de su padrastro.

Sebastián apretó el informe con sus dedos tensos y leyó algo que le interesó: Deudas, un alquiler impago y su despido de la empresa del señor Ferrer. 

Sonrió divertido y llamó a su contador. — Quiero que compres el departamento —ordenó por teléfono—. Hoy mismo.

—¿Y la inquilina? —

—Quiero que la echen esta noche. Págale el doble al dueño si es necesario. Pero la quiero fuera. 

Cortó.

Luego envió una foto a otro de sus hombres. 

—Siguela… Ya sabes que hacer… 

Colgó, y el teléfono volvió a sonar.

Era Isabel, recordándole que el tiempo se estaba agotando. 

—No te olvides del evento —dijo divertida— No puedo esperar para conocer a tu mujer.

Sebastián miró la foto de Valentina una vez más. Por primera vez en años, sonrió de verdad.

—Ahí estaré con ella.

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