LOGIN—Me elegiste porque me necesitabas —susurra Valentina. —Te elegí porque eres la hija del hombre que me dejó en la calle —responde Sebastián mientras la acorrala contra la pared—. Y voy a cobrarme cada lágrima de mi madre con cada uno de tus suspiros. Para el mundo, son la pareja perfecta. Para Sebastián, Valentina es el instrumento de su venganza final contra los Cruz. Él la reclama bajo un contrato de sumisión y lujo, mientras destruye su mundo pieza por pieza. Pero cuando el deseo se vuelve real y la traición sale a la luz, Valentina huye de las cenizas de su vida, sin saber que el peligro real no es solo el hombre que la engañó, sino el padre que creía muerto y una enemiga oculta que se infiltra en lo más sagrado: su hogar.
View MoreEl micro se detuvo con un suspiro largo y metálico. Las puertas se abrieron en una estación pequeña, casi abandonada, iluminada apenas por un par de faroles amarillentos que zumbaban con insectos alrededor.No había nadie esperando.—Llegamos —Tomó a Agustín en brazos y bajó con prisa. El conductor apenas los miró. Las puertas se cerraron y, segundos después, el vehículo se perdió en la oscuridad de la ruta, dejando tras de sí un silencio espeso.Quedaron solos.El viento movía los carteles oxidados. A lo lejos, el ladrido de un perro rompía la quietud.Agustín sollozó bajito, escondiendo el rostro contra el cuello de la mujer.—Tengo miedo…—No seas llorón —respondió ella, seca, casi irritada.El niño se quedó quieto.La mujer que conocía, la que le hablaba del dinosaurio astronauta y le prometía dulces, parecía haber desaparecido en algún punto del camino. Lo bajó de los brazos y lo sujetó con firmeza del brazo.—Camina.Salieron de la pequeña terminal sin mirar atrás. Tifanny sabí
—Tifanny no es quien dice ser.Valentina sintió que el mundo se inclinaba. Una punzada feroz le atravesó el pecho, directa al corazón. Su instinto maternal se activó como una alarma brutal, como si algo invisible estuviera intentando arrancarle a su hijo de los brazos. El aire le faltó. Las piernas le temblaron.—¿Qué…? —apenas logró susurrar.Antes de que pudiera reaccionar, Agustina apareció desde el salón principal, con una sonrisa profesional dibujada en el rostro.—Valen, ya estamos por abrir las puertas, ¿estás lista?Se detuvo al ver sus caras.La sonrisa desapareció.—¿Qué pasa?Valentina tragó saliva. Intentó recomponerse, pero el miedo le nublaba la vista.—Agus… necesito que manejes la inauguración.—¿Qué?—L-luego te cuento. Pero es urgente. Necesito que me reemplaces y que nadie sospeche nada. Ni la gente. Ni los medios. Por lo que más quieras… te necesito en esto.Agustina miró a Sebastián. Miró a Valentina. Sintió que algo grave estaba ocurriendo.—Valentina…—Por favo
Valentina sintió un leve movimiento antes de abrir los ojos. Cuando lo hizo, encontró una bandeja apoyada con cuidado sobre sus piernas. Café humeante. Tostadas. Frutas cortadas con esmero. Una rosa en un pequeño florero. Y a Sebastián, inclinado sobre ella, besándole la frente.—Hoy es el gran día —susurró.Valentina parpadeó, todavía atrapada en el sueño.El gran día… Tardó unos segundos en reaccionar. La inauguración.Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. —Es hoy… —murmuró, incorporándose un poco.—Es hoy —confirmó él, satisfecho.Desayunaron en la cama entre risas suaves y comentarios nerviosos sobre los últimos detalles. Sebastián la miraba con orgullo, como si el logro también fuera suyo.Después de un rato, él se levantó para cambiarse.—Nos vemos esta noche —dijo ajustándose el saco, ya impecable—. Prometo llegar antes que los invitados.Le guiñó un ojo. Valentina rió. — Más te vale. Él se acercó una vez más, la besó con intención y se fue.La casa quedó en silencio.Val
Los días pasaron sin más inconvenientes. El ritmo del café se volvió vertiginoso: proveedores que confirmar, detalles de decoración que ajustar, permisos que firmar, listas que parecían no terminar nunca. Faltaba muy poco para la inauguración y, aun así, siempre aparecía algo nuevo que resolver.Valentina comenzó a notar algo que no esperaba. Le gustaba. Le gustaba tomar decisiones rápidas, solucionar imprevistos, negociar precios, organizar horarios. Estar ocupada la hacía sentir capaz, fuerte, dueña de algo que era completamente suyo. Resolver conflictos se le daba bien… y lo disfrutaba.Sin embargo, en medio de esa satisfacción constante, el pensamiento volvía una y otra vez al mismo lugar.Agustín.“Quizás debería tomarme un día antes de inaugurarlo y pasarlo con él”, pensó mientras le indicaba al gasista dónde estaba la conexión. Señaló la pared, explicó los planos, respondió una llamada y, en cuestión de segundos, su mente volvió a dispersarse entre presupuestos y entregas pendie


















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