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Capítulo 2 – La propuesta

ผู้เขียน: Tatiane B Simões
last update วันที่เผยแพร่: 2026-07-29 13:30:18

El camino hasta la oficina de la presidencia nunca le pareció tan largo. Milena caminaba despacio, con la mochila pesándole sobre los hombros. Se detuvo frente a la puerta de madera oscura y respiró hondo antes de llamar.

—Adelante.

La voz grave atravesó la puerta como una orden.

Milena abrió despacio. Marcelo De Valliére estaba de pie, de espaldas, observando el campus a través de la pared de cristal. El traje impecable, la postura firme, el aire de alguien que nunca había oído un "no" en su vida. Cuando se dio la vuelta, su mirada fría la golpeó de lleno.

—Siéntese.

Lo dijo sin expresión.

Milena obedeció, intentando controlar el temblor de sus manos.

Marcelo también se sentó, cruzando los brazos sobre el pecho. Sus ojos recorrieron la pantalla de la computadora durante unos segundos antes de volver a fijarse en ella.

—Iré directo al grano. —Su voz sonó baja, pero firme—. Sus cuotas universitarias llevan meses atrasadas. Quiero saber cuándo piensa pagarlas.

Milena se estremeció. Lo que más temía estaba sucediendo.

—Señor De Valliére... por favor, no me expulse... yo...

Él levantó una mano, pidiéndole silencio.

—Mi universidad no es una institución de beneficencia —dijo con frialdad—. Si no paga antes de que termine la semana, será expulsada. Sin derecho a apelación.

Las palabras la cortaron como un cuchillo. Milena se inclinó hacia delante, desesperada.

—Por favor... lo estoy intentando. Trabajo en dos lugares, cuido sola de mi padre, está muy enfermo... Solo necesito un poco más de tiempo. Solo eso. No puedo perder la universidad. Es lo único que me da esperanza de salir de esta vida de miseria.

Marcelo la observó sin parpadear, analizando cada uno de sus temblores.

—Su padre necesita cuidados constantes, ¿verdad? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

Milena asintió. La voz se le quedó atrapada en la garganta.

—Sí.

—Y usted no tiene cómo pagar médicos, medicamentos... ni siquiera el transporte que utiliza para venir hasta aquí.

Ella abrió los ojos de par en par. Él sabía demasiado para alguien que nunca había tenido contacto directo con ella.

Marcelo apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó los dedos, inclinándose ligeramente hacia adelante. Aquel simple gesto aumentó la tensión en el ambiente.

—Está claro que no podrá seguir manteniendo todo usted sola. ¿Quién me garantiza que podrá pagar las cuotas atrasadas?

Milena apretó el borde de la camiseta, intentando contener las lágrimas, pero fue inútil. Le ardían en los ojos sin pedir permiso.

—¿Quiere decir... que me van a expulsar?

Él se levantó. La oficina pareció hacerse más pequeña.

—Quiero decir que existe una manera de resolver todos sus problemas de una sola vez.

Milena frunció el ceño, confundida.

Marcelo esbozó una sonrisa apenas perceptible y caminó hasta ella, deteniéndose a pocos pasos.

—Seré todavía más directo porque no me gusta perder el tiempo. —Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella con firmeza, tan intensos que Milena contuvo la respiración—. Como sabe, necesito un heredero. Mi prometida lleva seis años en coma y mi familia me está presionando.

Milena permaneció inmóvil.

—Perdón... pero no entiendo adónde quiere llegar.

—Es muy sencillo. Necesito a alguien que finja ser mi prometida ante la sociedad y mi familia. Y también que sea la madre subrogada. Usted, Carlson, es perfecta para eso.

Milena abrió los ojos, aterrorizada. Las piernas le temblaron y el suelo pareció desaparecer bajo sus pies. Se aferró con fuerza al costado de la silla.

—Yo... no... —negó rápidamente con la cabeza—. Eso es absurdo. Está completamente fuera de discusión.

Marcelo esbozó una leve sonrisa, casi imperceptible, pero llena de provocación. Ya esperaba esa reacción.

—Le ofrezco lo suficiente para que termine la universidad, pague el tratamiento de su padre y viva con dignidad durante los próximos años. Piénselo bien. Usted solo tiene que ganar.

—Usted debe de haber perdido el juicio. ¿Quién cree que soy? —lo interrumpió con firmeza, a pesar de la voz temblorosa—. Jamás haría algo así. Nunca.

Él arqueó una ceja, cada vez más interesado.

—¿Está segura? Piénselo bien antes de responder. Algunas puertas solo se abren una vez.

Milena se levantó tan rápido que la silla emitió un seco chirrido. Todo su cuerpo temblaba, pero mantuvo la cabeza en alto.

—No voy a arrepentirme. No de algo como esto.

Marcelo dio un paso al frente, acercándose lo suficiente para que ella percibiera el aroma amaderado de su perfume envolviendo el aire a su alrededor.

Milena tragó saliva. El corazón se le aceleró y el pecho subía y bajaba con rapidez. Él avanzó con tanta firmeza e inesperadamente que, al intentar retroceder por reflejo, sus piernas chocaron contra la silla detrás de ella y volvió a caer sentada, con un grito atrapado en la garganta.

Antes de que pudiera recuperarse, Marcelo apoyó las manos en el respaldo de la silla, una a cada lado, encerrándola entre sus brazos e imposibilitando cualquier escape. La madera crujió levemente bajo la fuerza de él. Su cuerpo no la tocaba, pero su presencia era lo suficientemente asfixiante.

Milena intentó mantener la mirada desafiante, pero los ojos de él tenían una intensidad oscura, cálida y completamente peligrosa. Algo que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

—No suelo repetir ofertas, Milena. —Habló en voz baja, con un tono cargado de advertencia—. Y cuando cierro una puerta... no vuelve a abrirse.

Por un momento, Milena sintió miedo de lo que él pudiera decir o exigir, pero aun así no retrocedió. El valor llegó mezclado con el pánico. Levantó la cabeza e inclinó ligeramente el cuerpo hacia adelante. Sus ojos se clavaron en los de él.

—Entonces ciérrela, señor De Valliére. ¡No quiero nada que venga de usted!

Apoyó las manos en la silla y se levantó despacio, pasando por debajo del brazo de él. Su brazo rozó el de Marcelo cuando se incorporó.

Le dio la espalda y caminó hacia la puerta. Sus piernas parecían no obedecerle, pero no se detuvieron. Antes de salir, se quedó inmóvil al escuchar la voz de él, serena y cortante, marcando cada sílaba:

—Espero, por su bien, que siga tan segura de esa respuesta cuando el mundo empiece a cobrarle el precio. Y el día en que se dé cuenta de que este acuerdo que rechazó es su única salida, seré yo quien decida si usted todavía vale la pena.

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