MasukLa pasión que habían desatado no se apagó con las primeras caricias. Darien la atrajo hacia sí con una urgencia contenida, sus labios capturando los de Ivy en un beso que ya no era exploratorio, sino posesivo, hambriento. Sus manos se deslizaron por la curva de su espalda, bajando hasta el borde de su vestido, y lo levantó con un movimiento fluido, exponiendo la piel suave de sus muslos y el encaje negro de su ropa interior.Ivy jadeó contra su boca, sintiendo cómo el calor se acumulaba en su vientre. Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro de él, tirando ligeramente mientras él la tumbaba de nuevo sobre la cama. La habitación estaba iluminada solo por la luz tenue de la ciudad que entraba por los ventanales del ático, dibujando sombras alargadas sobre sus cuerpos.—Quiero verte entera —murmuró Darien, su voz ronca, cargada de deseo. Se incorporó sobre sus rodillas y le quitó el vestido por completo, dejándola solo con el sujetador y las bragas. Sus ojos azules recorrieron c
El viaje de vuelta al ático transcurrió en silencio. No era un silencio incómodo, sino uno lleno de palabras no dichas, de emociones que aún buscaban su cauce. Ivy miraba por la ventanilla del taxi, las luces de Manhattan desfilando como estrellas fugaces, mientras Darien mantenía su mano enlazada con la de ella, como si temiera que pudiera desaparecer.Cuando entraron al ático, la familiaridad del espacio los envolvió. Pero todo se sentía diferente ahora. Más real. Más vulnerable.—¿Quieres algo? —preguntó él—. ¿Agua? ¿Té?—Té estaría bien.Mientras el agua hervía, Ivy se sentó en el sofá, observando los movimientos de Darien en la cocina. La forma en que preparaba las tazas con cuidado, la manera en que sus manos, tan firmes en los negocios, sostenían la tetera con una delicadeza inesperada.Cuando se sentó a su lado, colocando las tazas humeantes sobre la mesa, hubo un momento de vacilación. La distancia entre ellos era de apenas unos centímetros, pero parecía un océano.—Ivy —
Tres días pasaron desde aquella mañana en la cocina. Tres días en los que Ivy no volvió al ático. Se quedó en el pequeño apartamento de Chloe, durmiendo en un sofá que se le clavaba en las costillas, alimentándose de pizza fría y lágrimas. Chloe no hizo preguntas. Solo estuvo allí, con su presencia tranquila y su capacidad para saber cuándo hablar y cuándo callar.Darien, por su parte, no llamó. No escribió. Nada.Ivy alternaba entre la rabia y la tristeza, entre querer olvidarlo y desear que apareciera en la puerta pidiendo perdón, pero no aparecía, y cada hora que pasaba, la herida se hacía más profunda.El cuarto día, su teléfono vibró. No era un mensaje de Darien, sino de un número desconocido. Lo abrió por curiosidad."Estimada Sra. Lawrence: En nombre de la Fundación Lawrence, nos complace invitarla a la Gala Benéfica Anual que se celebrará este sábado en el Hotel Plaza. Su presencia es muy esperada. Confirme asistencia."Leyó el mensaje varias veces. La Fundación Lawrence. L
La luz del amanecer se filtraba por las cortinas de la habitación de Darien cuando Ivy abrió los ojos. Tardó un momento en recordar dónde estaba, en reconocer el olor de la almohada, el calor del cuerpo que había estado pegado al suyo durante la noche, pero cuando la memoria llegó, llegó toda de golpe.La cocina, los brownies, sus manos, su boca, la forma en que se habían amado hasta quedar exhaustos.Sonrió, todavía con los ojos pegados, y se giró buscando su calor.Pero el otro lado de la cama estaba vacío. Frío.Se incorporó de golpe, el corazón acelerado. La habitación estaba en silencio. Su ropa, la que había quedado esparcida por el suelo la noche anterior, había desaparecido. En su lugar, sobre la silla junto a la ventana, había un conjunto limpio: unos vaqueros, una camiseta, ropa interior. Colocados con precisión, como si alguien los hubiera dejado para ella.Se vistió rápidamente, con manos temblorosas. Salió al pasillo y siguió el rumor de la cafetera hasta la cocina.D
La madrugada envolvía Manhattan en un silencio denso, roto solo por el rumor lejano de algún taxi y el zumbido constante del aire acondicionado. Eran las tres de la mañana y Ivy no podía dormir. Llevaba horas dando vueltas en la cama, reviviendo la tarde en el sofá, el peso de la cabeza de Darien en su hombro, la caricia furtiva de sus dedos en su pelo mientras él dormía.Había algo en él, en la forma en que se había entregado al sueño confiando en ella, que le removía las entrañas. No era solo atracción física, aunque esa también estaba, latente, creciendo. Era algo más profundo, más peligroso. Era la sensación de que, bajo el contrato, bajo las reglas, había un hombre real al que le importaba.Se levantó sin hacer ruido. Necesitaba hacer algo con las manos, distraer la mente. En la cocina, abrió armarios hasta encontrar lo que buscaba: harina, azúcar, cacao. Su abuela le había enseñado a hacer brownies cuando era pequeña, una receta sencilla que siempre la tranquilizaba.Mezcló
El lunes por la mañana, Ivy confirmó su aceptación en Editorial Gran Vía con una sonrisa que no pudo borrar en todo el día. La respuesta llegó por la tarde: "Bienvenida al equipo, Ivy. Te esperamos el primer lunes del mes próximo." Cuando Darien regresó esa noche, ella lo esperaba en la puerta con el móvil en la mano y los ojos brillantes. —¡Lo aceptaron! —dijo, mostrándole el correo—. Empiezo en dos semanas. Él sonrió, una sonrisa amplia y sincera. —Me alegro mucho. De verdad. —¿Quieres celebrarlo? —¿Cómo? —No sé. ¿Pedir comida china y ver una película? Darien arqueó una ceja. —¿Eso es celebrar? —Para mí sí. Es lo que hacía con Chloe cuando pasaba algo bueno. —Entonces comida china y película, pero elijo yo la película. —Negociable. Esa noche, sentados en el sofá con cartones de comida para llevar y una botella de vino que Darien encontró en la despensa, vieron Casablanca. Ivy la había visto mil veces, pero verla con él, escuchar sus comentarios sobre la fotografía, s







