Mag-log inLos papeles del divorcio. Esa fue la recompensa de Raquel por dos años de un matrimonio de conveniencia: se los entregaron la misma tarde en que había ensayado dos palabras que nunca logró pronunciar. Estoy embarazada. Firmó. Seis años después tiene su empresa, construida con noches en vela y favores rechazados. Gemelos que prosperan: agudos, graciosos y completamente desinteresados en un apellido que nunca han tenido que llevar. Entonces Diego Reyes vuelve a su ciudad, seis años tarde, y decide que quiere ser su padre. No llega a pedirlo. Alguien vende el ADN de los gemelos a la prensa primero. La noticia está en todas las pantallas antes de que suene el timbre del colegio. Los niños la leen antes de que su madre pueda alcanzarlos. Raquel no puede deshacer eso. Diego puede comprar rectificaciones, rastrear filtraciones, quemar carreras hasta las cenizas… pero no puede comprar los ocho segundos que tardaron dos niños en enterarse de a quién pertenecían por un titular. Así que la decisión no es suya. Ni siquiera es de ella. Pertenece a un niño que ahora revisa las noticias antes del desayuno y a una niña que sale de la habitación en lugar de hacer preguntas. ¿Puede un hombre que alguna vez trató el matrimonio como una factura aprender la diferencia entre una deuda y una familia, o serán los hijos que nunca lo pidieron quienes decidan que simplemente llega demasiado tarde para pagar la cuenta?
view more—Vamos a divorciarnos.
La cuchara se le resbaló a Raquel de entre los dedos y chocó con un ruido seco contra el plato.
Diego estaba sentado frente a ella, recostado con la naturalidad de quien acaba de comentar el tiempo. Su expresión no delataba absolutamente nada.
Ella siempre había sabido que aquel arreglo tenía fecha de caducidad. Un matrimonio construido sobre la conveniencia familiar y la utilidad mutua no echa raíces, pero no esperaba que la guillotina cayera esa misma noche. No cuatro horas después de haber estado sentada en la sala de espera de una clínica, con el informe de laboratorio en las manos que confirmaba que llevaba un hijo suyo.
Los dedos se le crispaban bajo el borde de la mesa del comedor, presionando la madera dura hasta que la presión amortiguaba el súbito latido de la sangre en los oídos.
—¿Por qué? ¿Hice algo mal?
Diego sostuvo su mirada, completamente distante.
—¿Tiene que haber una razón?
Un frío hueco se le instaló en el pecho. Ni siquiera se había molestado en inventar una excusa.
Raquel alargó la mano hacia el vaso de agua, dio un sorbo lento y deliberado para tragar el nudo seco que se le había formado en la garganta. Dejó el vaso con una precisión cuidadosa, asegurándose de que no chocara contra la mesa ni delatara el temblor de sus manos.
—¿Cuándo?
La ceja de Diego se contrajo. Su compostura pareció desconcertarlo, interrumpiendo la escena desordenada para la que se había preparado.
—Pronto —dijo, entrecerrando los ojos mientras buscaba en su rostro alguna grieta.
—Está bien.
Él la miró fijamente, esperando. Cuando no llegó nada más, ni lágrimas, ni exigencias, ni un intento desesperado de explicación, un sonido seco y sin humor se le escapó de la garganta.
—¿Eso es todo? ¿No tienes nada más que decir?
—No hay nada que decir.
La mandíbula se le tensó. La poca paciencia que le quedaba se endureció en una irritación fría.
—Nada —murmuró por lo bajo. Empujó la silla hacia atrás con un roce sordo contra el suelo y se puso de pie—. De verdad que eres de sangre fría.
Dio media vuelta y subió las escaleras de dos en dos, dejándola sola en el comedor en silencio.
Más tarde esa noche, el silencio en el dormitorio principal era asfixiante.
Estaban tumbados en lados opuestos del colchón king-size, de espaldas el uno al otro. Unos pocos centímetros de espacio vacío se extendían entre ellos, pero bien podría haber sido un océano.
—Diego.
Las sábanas se movieron de inmediato cuando él se giró hacia ella.
—¿Qué?
Había un filo de expectación en su voz, como si todavía estuviera esperando el colapso inevitable, que ella se diera la vuelta, le agarrara la manga y le suplicara que lo reconsiderara.
Bajo el edredón, Raquel dejó que su mano se deslizara hacia abajo y apoyó la palma plana contra el leve calor de su bajo vientre. Él era quien la estaba descartando. Suplicar no le devolvería su respeto; solo le costaría lo que le quedaba de orgullo.
—Estos dos años —murmuró en la oscuridad—. Gracias.
Un silencio pesado se alargó.
Luego Diego exhaló. El breve ablandamiento de su postura se tensó de nuevo en un desprecio rígido.
—Ridículo.
Le dio la espalda otra vez. El colchón se movió cuando él se alejó.
La mañana llegó con un dolor de cabeza palpitante y un frío profundo que le llegaba hasta los huesos.
Movida únicamente por dos años de rutina inconsciente, Raquel alargó la mano a ciegas hacia la mesita de noche, sacó una pastilla anticonceptiva del blíster, se la metió en la boca y levantó el vaso de agua.
El borde afilado del aluminio crujió contra su pulgar.
La mente se le despertó de golpe.
No.
Golpeó el vaso contra la mesa, se lanzó al baño en suite y se inclinó sobre el lavabo, escupiendo con frenesí la pastilla medio disuelta por el desagüe. Abrió el grifo de agua fría a tope, se llenó la boca una y otra vez, atragantándose con el residuo amargo hasta que le ardía la garganta y el sabor desapareció.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué tanta prisa?
Raquel se quedó inmóvil.
Diego estaba en el umbral, su figura ancha bloqueando la luz de la mañana, los ojos oscuros fijos en ella con una sospecha inmediata.
Ella se agarró al mármol frío del tocador, manteniendo la cabeza baja para que él no viera el pánico en sus ojos, y forzó la respiración a calmarse.
—Nada. Me tomé la medicina equivocada.
Se secó la boca con el dorso de la mano y pasó a su lado hacia el dormitorio antes de que pudiera interrogarla más.
Abajo, ninguno de los dos tocó el desayuno que había en la encimera.
En el camino de entrada, el aire fresco de la mañana no consiguió despejarle la niebla de la cabeza. Diego abrió su coche, se detuvo y la miró de reojo, con la cara pálida y agotada.
—¿Quieres que te lleve?
Raquel estaba lo bastante mareada como para casi aceptar, hasta que el teléfono le vibró en el bolsillo.
Lo sacó, miró la pantalla y se quedó congelado.
En una fracción de segundo, la indiferencia fría que lo definía se deshizo. Las líneas de su rostro se suavizaron en una expresión de calor crudo y desprotegido, una mirada que Raquel no había recibido ni una sola vez en sus dos años juntos.
Se apartó para contestar la llamada. La voz se le bajó a un tono quieto y tierno.
Un dolor sordo le estalló detrás de las costillas, agudo y familiar. Raquel no esperó a oír una palabra más. Se tragó la opresión de la garganta, se metió en su propio coche y salió del camino de entrada antes de que él siquiera se diera cuenta de que se había ido.
A media mañana, el silencio climatizado de la sede corporativa se sentía asfixiante.
Raquel apoyó la frente contra la superficie fría de su escritorio de caoba, esperando a que pasara una ola súbita de náuseas. Los analgésicos ya no eran una opción. No con un bebé de por medio.
Cuando el médico se lo confirmó el día anterior, una parte tonta y ingenua de ella se había preguntado si un hijo podría cambiar las cosas. Si podría acortar la distancia entre ellos.
Qué humillante. La noche anterior había dejado las intenciones de Diego meridianamente claras. Si él quería salir, entregarle un embarazo no planeado no arreglaría el matrimonio; solo parecería un intento patético de atraparlo.
—¿Raquel?
Levantó la cabeza.
Su asistente, Nuria, estaba en el umbral con un montón de carpetas trimestrales, con cara de preocupación.
—¿Estás bien? Estás pálida como un papel.
—Solo no dormí bien. —Raquel enderezó la postura y ofreció una sonrisa practicada—. No te preocupes.
—Tienes un aspecto horrible —dijo Nuria con suavidad, dejando una taza de agua caliente cerca de su codo—. Puedo subir estos informes al último piso por ti. Deberías tomarte la tarde libre.
—Yo me encargo. —Raquel respiró hondo para estabilizarse, se puso de pie y alisó las arrugas de su americana a medida—. Tengo que pasar por su despacho de todas formas.
Recogió las pesadas carpetas encuadernadas en cuero y se metió en el ascensor ejecutivo privado.
En la planta superior, el pasillo estaba en silencio. Raquel se detuvo frente a las dobles puertas de roble de Diego, se tomó un momento para encerrar las emociones detrás de una máscara profesional y fría, y llamó dos veces.
—Pasa.
Giró el pomo de latón y empujó la puerta.
Un paso dentro y los pies se le clavaron en el suelo.
Diego no estaba solo.
La mujer que estaba sentada con naturalidad en la esquina de su escritorio se giró al oír la puerta. Envuelta en seda crema, con el pelo peinado sin esfuerzo y un rostro instantáneamente reconocible, levantó la vista y ofreció una sonrisa fácil y sabia.
Inés.
—¿De quién crees que hablo? —replicó Eduardo con otra pregunta.Se miraron un instante antes de que Eduardo preguntara:—Estás decepcionado de que no fuera ella, ¿eh?Tras un breve silencio, Diego se burló con ironía.—¿Decepcionado? ¿De qué? Me da igual.Eduardo arqueó una ceja.—Pues entonces no lo menciono.Y, en efecto, calló.Diego lo fulminó con la mirada, claramente molesto.—Si sabes algo, suéltalo. ¿Por qué andarte con rodeos?Eduardo fingió sorpresa.—Pensé que no querías saberlo. ¿Quieres oírlo?Diego se quedó sin palabras.Harto de la conversación, apartó las sábanas de golpe, se levantó de la cama y se calzó, brusco e irritado.Cuando se hubo compuesto, la puerta se abrió.Raúl entró y saludó a Diego con alegría. Luego le contó cómo Inés había acudido corriendo la noche anterior y lo preocupada que estaba por él. Al oír el nombre de Inés, el rostro de Diego se suavizó un poco.—Diego, Inés acaba de llamar preguntando por ti. Quiere que le avise cuando despiertes. Está pre
Raúl asintió enseguida.—Tienes razón. No podemos dejarlo solo. Vamos…—Llévalo a mi casa —interrumpió Eduardo con calma—. Lo has oído antes. Ha dicho mi nombre. Si no cumplo lo que prometí, puede armar un lío cuando despierte.Eduardo era amigo de Diego desde hacía muchos años, mucho más que Raúl e Inés.Con su carácter sereno y su forma habitualmente concisa de hablar, casi siempre callaba. Pero cuando hablaba, era difícil llevarle la contraria.Inés observó a Eduardo. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que él no la tenía en gran estima.Pero Eduardo era buen amigo de Diego. Tal vez era imaginación suya.Raúl defendió a Inés:—Diego está completamente borracho. Puede que mañana ni recuerde lo que ha dicho. Eduardo, ¿por qué lo tomas tan en serio?Luego se volvió hacia Inés con una sonrisa.—Nadie puede cuidar de Diego como Inés. Llevémoslo a su casa.Eduardo miró a Raúl con firmeza.—He dicho que lo llevemos a mi casa. Si te preocupa, puedes quedarte a cuidarlo.—Eduardo…
Raquel se había puesto el pijama, dispuesta a acostarse. Aunque estaba de mal humor, no podía permitir que eso alterara su rutina.Como había decidido quedarse con el niño, a partir de ahora debía cuidarse. Aunque no pudiera dormir, tenía que tumbarse y descansar.El teléfono sonó de pronto. Era una llamada de Diego.Ver el nombre en la pantalla le provocó sentimientos encontrados.Después de la discusión acalorada de la tarde, Raquel sospechaba que Diego se había ido a ver a Inés.No esperaba que la llamara a ella.Pensó en contestar, pero recordó la llamada que él le había pedido a Inés antes. Quizá era Inés otra vez. No le apetecía coger.El teléfono, sin embargo, no dejaba de sonar y al final contestó. Oyó una voz masculina desconocida.Tras forcejear unos segundos con sus pensamientos, Raquel se levantó, se cambió el pijama y salió. Fuera hacía mucho frío.Al pisar la calle, se estremeció por instinto.Como era tarde y todos dormían, no llamó al conductor. Cogió las llaves y f
Diego citó a dos amigos íntimos para tomar algo. Bebía licor como si fuera agua.Eduardo Márquez y Raúl Aguilar lo miraban alarmados.—¿Le decimos algo? —Eduardo le hizo un gesto a Raúl con los ojos.Raúl se encogió de hombros.—¿De verdad crees que podemos pararlo?Eduardo frunció el ceño, grave.—Ha bebido demasiado. No es bueno para la salud.Raúl asintió.—Es verdad.Los dos se acercaron para intervenir.—Basta, Diego. Deja de beber. Aunque quieras ahogar las penas, ya has bebido suficiente. Vas a quedarte dormido.Lo advirtieron, aunque solo de palabra; ninguno se atrevió a detenerlo físicamente.Diego se burló sin decir nada. Aquella noche había bebido hasta hartarse. Tenía los ojos enrojecidos y el aura oscurecida.—¿Qué ha pasado? —Raúl entrecerró los ojos—. Inés ha vuelto. ¿Por qué no corre a estar con ella en vez de empinar el codo aquí?Eduardo lo entendió tras pensarlo un momento.—Creo que precisamente porque Inés ha vuelto ocurre esto.Raúl no lo comprendió al princip


















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