로그인El avión aterrizó en Nueva York un domingo por la tarde, y el contraste con París no pudo ser más brutal. La ciudad recibió a Ivy con su cielo gris, su bullicio incesante y esa energía agresiva que tanto la había alimentado y agotado durante años, pero esta vez, todo se sentía diferente. Más pesado. Más real.Darien conducía en silencio, una mano en el volante, la otra entrelazada con la de ella. Habían hablado poco durante el vuelo, sumidos cada uno en sus propios pensamientos. París había sido un sueño, una burbuja de luz y amor donde el contrato no existía, pero ahora la burbuja se había roto, y la realidad los esperaba con los brazos abiertos.Cuando entraron al ático, Ivy sintió que el espacio la abrumaba. Los ventanales, la vista de Manhattan, el piano en el rincón. Todo seguía igual menos ella.Ivy había cambiado.—¿Estás bien? —preguntó Darien, dejando las maletas junto a la puerta.—Sí. Solo... necesito un momento.Se sentó en el sofá, abrazada a sí misma. Él se acercó, se
El viernes amaneció envuelto en una luz dorada que convertía París en un sueño. Ivy despertó antes que Darien y se quedó un momento observándolo dormir, la respiración acompasada, el pelo negro revuelto sobre la almohada. Fuera, la Torre Eiffel se recortaba contra el cielo despejado, como un recordatorio de que estaban en la ciudad más romántica del mundo.Se movió lentamente para no despertarlo, pero él apretó el brazo que la rodeaba.—¿Adónde vas? —murmuró, con voz soñolienta.—A ningún lado. Solo miraba.—¿El qué?—París. Tú. La vida.Él sonrió sin abrir los ojos.—Quédate un rato más.Se quedó. El rato se convirtió en una hora, en caricias perezosas, en besos que sabían a café pendiente. Cuando por fin se levantaron, el sol ya estaba alto.—Hoy no hay negocios —dijo Darien mientras desayunaban en la habitación, con la bandeja de plata que habían pedido al servicio—. El día es nuestro.—¿Nuestro? ¿Qué vamos a hacer?—Descubrir París. Juntos.Salieron a la calle sin prisa, cogidos
La noticia llegó un martes por la noche, cuando Darien entró al ático con una sonrisa que no le veía desde hacía días.—Tenemos que hacer las maletas —dijo, dejando caer una carpeta sobre la mesa.Ivy levantó la vista de su libro, confundida.—¿Las maletas? ¿Para qué?—Viaje de negocios. París. Tres días.—¿París? —repitió ella, incrédula—. ¿Y qué haré yo en un viaje de negocios?Darien se sentó a su lado, tomándole las manos.—Hay una cena con inversores el viernes. Se espera que los asistentes vayan acompañados, y pensé... —dudó un momento—. Pensé que podrías venir. Como mi esposa.—Yo no sé nada de negocios. ¿Qué voy a hacer allí?—Sonreír, ser tú misma, y probablemente conquistar a más de uno con tu inteligencia. Como hiciste con los japoneses.Ivy sintió un cosquilleo. París. La ciudad de la luz, de los libros, de los sueños. Nunca había salido de Estados Unidos.—¿Estás seguro? No quiero estorbar.—Ivy, si no vienes, pasaré tres días pensando en ti en lugar de en los inversores.
La respuesta de ella fue todo lo que necesitó.Darien no esperó ni un segundo más. Su boca se estrelló contra la de Ivy con una fuerza que la hizo gemir, un beso voraz, hambriento, casi violento en su urgencia. Ya no había contención. Ya no había medidas ni cuidados exagerados. Sus manos se clavaron en su cintura y la empujó contra la pared del vestíbulo, el cuerpo de él presionándola con todo su peso, la erección dura y exigente rozando su vientre a través de la ropa.—Esta noche no voy a ser gentil, no puedo serlo, te necesito. —gruñó contra sus labios, la voz grave, ronca, cargada de una necesidad primitiva—. Voy a follarte hasta que no sepas dónde termina tu cuerpo y dónde empieza el mío. Voy a marcar cada centímetro de tu piel. Y vas a pedirme más.Ivy sintió un escalofrío recorrerla de pies a cabeza. Asintió, incapaz de formar palabras, y él interpretó ese gesto como el permiso definitivo.La levantó como si no pesara nada. Sus piernas se enredaron alrededor de su cintura m
La semana después de la conversación sobre las reglas fue extrañamente tranquila. Darien cumplió su promesa de no desaparecer, llegaba a casa a horas razonables, cenaban juntos, compartían el sofá, pero había algo forzado en esa normalidad, como si ambos estuvieran caminando sobre cáscaras de huevo, evitando cualquier tema que pudiera romper la frágil paz que habían construido.El viernes por la noche, mientras veían una película sin prestarle atención, Darien apagó el televisor y se giró hacia ella.—Ivy, tengo una idea.—¿Qué tipo de idea?—Llevamos semanas complicadas. Discusiones, malentendidos, reglas... —sonrió con ironía—. Creo que necesitamos resetear.—¿Resetear?—Sí. Olvidar todo por un momento. El contrato, las peleas, los miedos, y simplemente... pasar tiempo juntos. Como amigos.Ivy arqueó una ceja.—¿Amigos?—Amigos. Salir a cenar, charlar, conocernos sin presión. Como al principio, cuando nos escribíamos mensajes y todo era fácil.—¿Crees que podemos volver a eso?—No
La luz de la mañana se filtraba suavemente por las cortinas cuando Ivy abrió los ojos. El primer pensamiento fue para el cuerpo que la envolvía, el brazo de Darien rodeando su cintura, su pecho cálido contra su espalda. El segundo fue para la noche anterior.La pelea, los celos, la reconciliación explosiva, y el tercero, para la realidad que los esperaba al despertar.Se movió lentamente, intentando no despertarlo, pero él apretó el abrazo.—Buenos días —murmuró contra su nuca, la voz ronca.—Buenos días.—¿Has dormido bien?—Sí. ¿Tú?—Mejor que en semanas.Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de esa intimidad robada, pero Ivy sabía que no podían ignorar lo que había pasado. Lo de Marcos, aunque inocente, había destapado algo más profundo.—Darien —dijo, girándose para mirarlo—. Necesitamos hablar de lo de anoche.Él suspiró, pero asintió.—Lo sé.—No fue nada con Marcos. Es solo un amigo, pero tu reacción...—Lo sé. Fui un idiota.—No es eso. Entiendo los celos, pero lo







