LOGINAimunan
Regresamos a casa con el cuerpo agotado, pero el aroma de una comida deliciosa nos recibió apenas cruzamos el umbral. Nuestros padres nos esperaban con la mesa puesta, un cuadro de normalidad que contrastaba violentamente con el torbellino que yo acababa de vivir en el hotel. Tras saludar a todos con una sonrisa fingida, anuncié que me daría una ducha rápida. Trina, que no pensaba dejarme escapar, me siguió al cuarto como una sombra. —¡Cuéntamelo todo! —exigió apenas cerró la puerta—. ¿Cuándo, cómo y dónde? ¡En ese orden! Solté una risa nerviosa, intentando ganar tiempo para que mi corazón dejara de galopar. —Hoy... no lo sé... y en su habitación —respondí con evasivas. —¿Sabes a quién te has levantado, nena? —me preguntó con los ojos brillantes de emoción. —No lo sé, Trina. Hablemos luego, necesito comer, me muero de hambre. Ella me miró con escepticismo. —¿Y no habías comido allá? —Ya sabes lo que desayuna la gente rica... mucho protocolo y poca sustancia —mentí mientras me encerraba en el baño. Trina soltó una carcajada y me lanzó una última advertencia antes de salir. Una vez sola, abrí la ducha y dejé que el agua caliente golpeara mis hombros. El vapor empezó a llenar el espacio, pero no lograba disipar la sensación de que Alexander me había absorbido la energía. No quería pensar en él, pero era una batalla perdida. Su voz grave, su aroma a madera y lujo, la firmeza de su agarre... y la memoria táctil de su cuerpo presionado contra mi ombligo estaban grabados a fuego en mis sentidos. No parecía tener más de treinta años, pero cargaba con una presencia que lo llenaba todo. “Sé mi mujer”. Aquellas palabras se repetían en mi cerebro como un mantra perturbador. Yo no tenía experiencia real más allá de besos y caricias tímidas. Siempre había creído que el sexo debía nacer del amor. Sin embargo, aquel hombre había estado a punto de demostrarme que mi sentido común podía desmoronarse frente a una atracción tan salvaje. Alexander poseía una masculinidad marcada, una fuerza que su asistente, Jun, no tenía. Jun era suavidad; Alexander era una tormenta. Al salir, me puse unos jeans y una camisa blanca, intentando recuperar mi identidad sencilla. En la sala, Trina ya contaba con lujo de detalles lo que había sido la fiesta. Mi madre, al verme, me preguntó si no prefería tomarme un mes de descanso en nuestro pueblo antes de buscar empleo. Dudé un segundo y solté la noticia. —Me ofrecieron un puesto como auxiliar en la empresa donde hice la pasantía. Mañana empiezo. Trina pegó un grito de alegría; a ella también le habían ofrecido trabajar con Jun. El orgullo de nuestros padres llenó la sala, pero mi madre me abrazó y me susurró al oído algo que parecía haber adivinado: —Prométeme que buscarás tiempo para visitarnos. No te pierdas en la ciudad, hija. Durante la cena, el ambiente se volvió denso cuando Trina soltó su pregunta habitual: —¿Ustedes aprobarían un yerno criollo o solo de la etnia? —Lo que ella decida —respondió mi padre con calma—, mientras la respete, estará bien. Pero mi madre, con una mirada que pareció leerme el alma, sentenció fríamente: —Todo... menos de Asia. Aquel rechazo venía de siempre; ella siempre había sido escéptica ante el mundo criollo, pero desde que se había vuelto fanática de los Kdramas y de las series turcas tras la pandemia, su visión se había vuelto más compleja. Podía amar a los protagonistas en la pantalla, pero detestaba las culturas que mostraban detrás; las veía como mundos donde las mujeres terminaban siendo sombras. Los padres de Trina asintieron, recordando historias de hombres asiáticos que solo buscaban amantes pasajeras antes de regresar a sus "familias reales". Sentí un nudo en la garganta. El ultimátum de mi madre me dolió como un golpe físico, y ni siquiera entendía por qué, si apenas conocía a aquel extranjero. La noche cayó y, mientras nos acomodábamos en el sofá cama, Trina me susurró: —¿No crees que están en modo racista? Tu madre prácticamente te dio una orden. Dice que ellos comen hasta lo que no deben. Me reí por no llorar. Le conté a Trina lo ocurrido con Alexander, aclarando que era coreano. —Ese hombre está flechado —concluyó ella—. Y cree que tienes ascendencia asiática. Te maquillas un poco y pareces una de ellas. Disfrútalo, pero no te enamores. Así podremos contarle a nuestros hijos que rechazamos a príncipes ricos por sus padres normales. Nos quedamos dormidas entre risas, hasta que caí en un sueño profundo, mi descanso fue interrumpido por lo inexplicable. Me encontré en medio de un ritual antiguo en mi pueblo. Había danzas y cantos dedicados a la Madre Tierra; el aire olía a leña y selva húmeda. Todo era orden y paz, hasta que el canto del Piká desgarró la noche. Ese pájaro nunca mentía: anunciaba peligro o visitantes. La danza se detuvo. El líder de mi pueblo salió al encuentro de otro grupo. Eran distintos: hombres de piel blanca pero con nuestros mismos rasgos rasgados. Parecían conocerse desde hacía siglos. Mi líder lo hizo pasar a la choza principal con un respeto reverencial. No pasaron ni dos minutos cuando un grito desgarrador, cargado de un dolor ancestral, rompió el silencio y me hizo despertar con el corazón en la boca.Aimunan El 31 de diciembre. Víspera de Año Nuevo. Es el día de la consumación de nuestra promesa. El aire en la ancestral villa del Abuelo Lee, en las montañas de Gyeonggi-do, está impregnado de la solemnidad del invierno. Huele a pino resinoso, a la escarcha cristalina sobre la nieve reciente y al incienso antiguo quemándose en braserillos de bronce. Es un lugar que respira paz y milenaria tradición. Para mí, sin embargo, el aroma dominante es la dulzura embriagadora y terrosa de las orquídeas Cattleya Mossiae que Jin-Sung ha dispuesto con devoción por todo el pabellón, un cálido eco floral de mi tierra. Estoy vestida con un hanbok de seda color marfil que contrasta con la intensidad de mi piel trigueña. La tela, suave como agua helada, me envuelve. El diamante Mossiae en mi dedo no solo brilla; irradia una luz rosa pura, la certeza de nuestra unión. Miro a la pequeña congregación. No hay cientos de invitados, sino los pilares de nuestros mundos, cuidadosamente seleccionad
Alexander Lee (Jin-Sung) Caminé hacia Munan, ansioso, sintiendo el calor del hogar que me había negado por años. La había dejado hacía apenas unas horas, pero cada minuto lejos de ella era una traición a la promesa que hice en el bar. La vi sirviendo, su perfil iluminado por el reflejo de la vajilla de porcelana. —Te adelantaste —dijo, con una risa suave. La abracé por detrás, hundiendo mi rostro en su cuello. El aroma a lirio era mi único santuario. Dejé de ser el CEO en el umbral y me convertí en el hombre que ella había elegido. La besé, un beso que prometía amor sin límites. Nos sentamos a la mesa, bajo la luz tenue que ella había dispuesto. La cena fue sencilla y exquisita. Mis ojos, sin embargo, solo estaban en ella. La preocupación subyacente de la mañana—el agua, el silencio— me taladraba. —Hablemos de lo que hacías en el baño esta mañana —exigí, dejando el tenedor. Mi voz era firme. —Prometimos no guardar nada. Munan sonrió, esa sonrisa que era mi perdición
Aimunan Una semana nos quedamos en Múnich. Fue la semana más hermosa de mi vida, una burbuja de calor y redención envuelta en el frío diciembre. Jin-Sung y yo nos dedicamos a redescubrirnos. Su toque ya no era el del CEO que controlaba, sino el del hombre que se había rendido. Cada beso, cada caricia, era un juramento no verbal tallado en la piel. A mediados de Diciembre, regresamos a Corea. La casa se sentía diferente, llena de vida, sin el eco de nuestra ausencia. El aire en Seúl era fresco y vibrante. Jin-Sung estaba ansioso; la boda sería el 7 de enero y él ya no quería esperar. La presencia del anillo Mossiae, ese sol rosa de mi tierra, en mi dedo era una certeza pesada y dulce. La segunda noche en nuestro penthouse en Seúl, desperté. Eran las cuatro de la madrugada. El silencio de la alta torre era absoluto. Creí haber escuchado el correr de un riachuelo, pero era imposible. Mis sentidos, sin embargo, estaban hipersensibles; podía oler la brisa fría colándose por la vent
Alexander Lee (Jin-Sung) El 30 de octubre me fui a la cama con el cuerpo de Munan. El 31 de octubre me desperté y me encontré solo en el silencio. El mes de noviembre fue el purgatorio. Volví a mis pesadillas, pero esta vez eran peores: tenía el recuerdo vívido de su piel, de su toque ancestral, y el pánico de su ausencia. Dormía dos horas, me levantaba, trabajaba con una eficiencia brutal y llamaba a Karl. —¿Está bien? —mi única pregunta diaria. —Está en paz, Jin-Sung. Con Trina. Feliz —respondía Karl, mi amigo, agente secreto y mi espía consentido. Cada reporte de "paz" y las fotos de una vida feliz me destrozaban. Munan estaba sanando, pero esa sanación dependía de mi ausencia. Yo le había dado la libertad para elegir una vida sin mí, y ella la estaba construyendo. Sabía que cada día de felicidad con Trina era un clavo en el ataúd de mi esperanza. El 1 de diciembre, no pude más. El imperio me parecía una jaula de oro sin ella. Ni el mejor whisky de mi amigo españo
Aimunan La primera noche decembrina comenzaba. El pequeño escenario del bar de karaoke en Múnich era el centro de mi nueva paz. El aire estaba espeso con el aroma a cerveza y promesa festiva. Cuando el grupo en vivo nos cedió el micrófono, el guitarrista se acercó. —Son latinas, ¿verdad? ¿Nos harías el honor de un dueto? —preguntó. Acepté. Él comenzó a tocar los acordes melancólicos y familiares de "¿Dónde está el amor?". Comencé a cantar la parte inicial, mi voz clara y cargada de todos los sentimientos que había ocultado durante meses: ...No hace falta que me quites la mirada para que entienda Que ya no queda nada... Al llegar al coro, el cuestionamiento que había marcado mi vida se hizo público: ¿Y dónde está el amor? ¿Del que tanto hablan? ¿Por qué no nos sorprende? Y rompe nuestra calma... Mis ojos, llenos de esa pregunta, se fijaron en la multitud, a la vez en la nada. Pero de repente, allí, detrás de la barra, tan quieto y vulnerable como si e
Aimunan El avión de la Corporación Lee me depositó en Múnich. El vuelo fue un borrón, pero la sensación al tocar tierra era inconfundible: la gravedad de mi propia existencia había regresado. Ya no era un satélite orbitando la culpa de Alexander. Era libre. Llegué a la casa del bosque con el amanecer. Abrí la puerta, y el aire frío de la mañana alemana era una bendición en mis pulmones. Antes de sorprender a Trina, necesitaba hablar con mi hermano. Y sin importar la hora le marqué, la respuesta llegó rápidamente. —¿Qué pasa ahora?—Su voz sonó ronco. —Isacc, me quedaré unos meses en Alemania, quiero despejarme antes de volver a casa. —Tómate tu tiempo—no se opuso ni hizo preguntas—hiciste un trabajo impecable, los tomates están pintones....¡Felicidades!.— podía percibir el orgullo en su voz. —Aprendí del mejor— dije ante el mensaje clave. —Repórtate cuando estés lista para regresar. —Así lo haré —no había más palabras que decir. Y la llamada finalizó Miré el peq







