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Capítulo 39

last update Data de publicação: 2025-12-03 08:39:43

Capítulo 39

Pasaron algunas semanas. Finalmente, se reprogramó la fecha del juicio. La justicia siguió su curso y, como dicta el protocolo, se designó a un nuevo oficial para notificar formalmente a Geraldo.

Era una tarde sofocante cuando el coche del oficial de justicia se detuvo frente a su casa. La puerta chirrió al abrirse y, al otro lado, apareció Geraldo, descalzo, con unos vaqueros sucios y arrugados, visiblemente borracho. El fuerte olor a alcohol mezclado con sudor impregnaba el aire i
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    Capítulo 50Doce años después…El sol de la mañana calentaba los campos montañosos de la hacienda, haciendo evaporar el pasto aún húmedo de rocío. Los caballos galopaban lado a lado, y entre ellos, se destacaban Alejandro y su hijo, Lucas, ahora con doce años, firme sobre la silla, con los ojos brillando de entusiasmo.—Sostén firme las riendas, pero con suavidad, hijo. El caballo siente tu intención antes del tacto —dijo Alejandro con una sonrisa tranquila, observando al niño aplicar cada enseñanza con dedicación.Lucas asintió, concentrado, y repitió los gestos de su padre. Los dos estaban lado a lado, domando un potro nuevo que aún se extrañaba de la montura. Alejandro siempre decía que adiestrar un caballo era como echar raíces con él: paciencia, firmeza y confianza mutua.—Se está calmando —dijo Lucas, acariciando el cuello del animal.—Sí lo está. Y eso es mérito tuyo. Tienes buenas manos. Tu abuelo Ronald decía que el caballo reconoce el corazón de quien lo guía. Y el tuyo… es

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    Capítulo 47El monitor cardíaco sonaba con lentitud, marcando el compás frágil de la vida que se escapaba. En la habitación silenciosa y sombría, la respiración de Geraldo era mantenida por aparatos. El médico jefe acababa de salir después de una reunión con el equipo.—No pasa de esta noche —comentó uno de los residentes, con voz grave, al lado de la puerta—. El cuerpo está entrando en falla múltiple.Allí dentro, dos enfermeros ajustaban la medicación con cuidado.—Y pensar que este tipo era un bravucón —dijo uno de ellos, en voz baja—. Golpeaba a su esposa, vivía como quería… y ahora se está muriendo.—La vida cobra —respondió el otro, revisando los signos vitales—. Y a veces, cobra caro.Los pasillos del hospital estaban vacíos en aquella madrugada; solo se escuchaban los sonidos distantes de las máquinas y pasos apresurados. En la habitación 312, el tiempo parecía haberse detenido.El monitor cardíaco de Geraldo comenzó a desacelerar. Los pitidos rítmicos se volvieron espaciados,

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