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Capítulo 3

Author: Carla Cadete
last update publish date: 2025-11-19 21:46:06

Capítulo 3

Mientras tanto, en la hacienda Fonseca, reinaba el silencio alrededor de la casa grande. Alexandre había salido por unos minutos para pensar. Caminaba entre los árboles que rodeaban el patio, sus pasos firmes pisando la tierra roja mientras su cabeza hervía de preguntas.

¿Por qué la puso en su propia habitación?

¿Por qué no la llevó al hospital más cercano y la dejó allí?

¿Por qué esa mujer, completamente desconocida, lo conmovió tanto?

Suspiró pesadamente, llevándose el sombrero a la frente, intentando protegerse del sol que ya subía con fuerza. Volvió a la casa y fue directo a la cocina. Elza lo esperaba con un paño en las manos, la mirada preocupada.

—Señor Alexandre… terminé de limpiarla. Todavía está inconsciente. Cuidé sus heridas. El vestido de mi sobrina le quedó bien.

—Gracias, Elza. Usted es de confianza —dijo Alexandre, haciendo un leve gesto con la cabeza. —Cuando despierte, avíseme.

—Claro, señor. Permítame decirle una cosa… —Elza dudó, pero continuó al ver la mirada receptiva del patrón. —La señorita tiene callos en las manos. Las uñas están rotas, la piel, maltratada… no parece alguien acostumbrada al descanso.

Alexandre asintió lentamente, caminando hasta la estufa de leña. Cogió la tetera de hierro con cuidado y sirvió el café humeante en la taza de barro que siempre usaba por las mañanas. Llevó la bebida a los labios, pero no bebió. Se quedó allí, pensativo, con la mirada perdida en el vapor que subía de la taza.

—Me di cuenta —murmuró, por fin. —Aunque esté inconsciente, ella lleva en el rostro las marcas de quien ya ha sufrido demasiado. Es como si el dolor estuviera arraigado en ella… como una sombra que no se apaga.

Elza cruzó los brazos, escuchando en silencio.

—Desde que la traje aquí… —continuó él, dándose la vuelta— no dejo de preguntarme: ¿estará alguien buscándola? ¿Habrá alguien que la eche de menos? ¿O será que, al venir a parar aquí, finalmente se salvó?

Elza suspiró bajito, con los ojos llorosos.

—Tal vez el destino la haya traído al lugar correcto, señor.

Alexandre no respondió. Solo tomó un sorbo del café caliente, dejando que el silencio dijera lo que aún no sabía poner en palabras.

—Elza, voy a llevar el coche al mecánico. No tardaré. Si ella despierta, avíseme inmediatamente —dijo Alexandre, cogiendo las llaves del coche colgadas en el gancho al lado de la puerta.

—Puede ir tranquilo, señor.

Alexandre salió y encontró a Hugo cerca del granero, apoyado en la moto.

—Hugo, ¿me haces un favor? Acompáñame en la moto hasta el taller. Voy a dejar el coche allí y vuelvo contigo.

—Claro, patrón. Vamos allá.

Poco después, los dos llegaron al taller. Alexandre estacionó el coche junto a una camioneta oxidada, bajó y saludó con la cabeza a los empleados que trabajaban bajo el sol fuerte, con camisas sudadas y herramientas en las manos.

—Buenos días, muchachos.

—¡Buenos días, don Alexandre! —respondieron al unísono, con respeto evidente en la voz.

Mientras Hugo aparcaba la moto en la sombra y esperaba, Alexandre se dirigió a la parte trasera del taller, donde el sonido de los martillos y el olor a grasa dominaban el ambiente. Allí encontró a Mauro, un hombre bajito con gorra gastada y sonrisa fácil.

—¡Alexandre! —dijo Mauro, limpiándose las manos en un trapo sucio. —¿Cómo le va?

—Mejor ahora que he llegado. El coche hace un ruido raro en el motor, y el embrague tiene voluntad propia.

—Vaya… vamos a ver eso.

Mauro lo guió entre coches desmontados hasta uno de los boxes. Fue entonces cuando un tipo salió arrastrándose de debajo de un coche, con la camiseta empapada de sudor y la cara brillante de aceite. Era Geraldo. El olor que desprendía era tan fuerte que hizo que Mauro retrocediera un paso, frunciendo la nariz.

—Geraldo, este es el coche de don Alexandre. Échale un vistazo.

Geraldo se levantó lentamente, secándose la frente con el brazo sucio. Cuando se giró, su rostro sucio de grasa reveló profundas ojeras y una barba sin afeitar. El olor que lo rodeaba era agrio y marcado, como si se hubiera olvidado de ducharse desde hacía días.

—Puede dejar, patrón… —dijo, intentando forzar una sonrisa, que solo dejó aún más claro el estado deplorable en que estaba con los dientes amarillos y llenos de suciedad.

Mauro hizo una mueca discreta, y Alexandre disimuló la incomodidad, demasiado educado para comentar.

—Nos vemos más tarde, Mauro. Hugo me espera afuera.

—De acuerdo, Alexandre. En cuanto tenga un diagnóstico, le llamo.

Alexandre asintió y salió, respirando aliviado tan pronto como cruzó el portón del taller.

—Vamos, Hugo —dijo, subiendo a la parte trasera de la moto. —Necesito un baño y aire puro después de esto.

Hugo soltó una risa contenida y arrancó la moto, llevando al patrón de vuelta a la hacienda.

Alexandre llegó a la hacienda con el viento aún golpeándole el rostro. Bajó de la moto y le dio las gracias a Hugo con un gesto de cabeza.

—Puedes verificar los bebederos de los pastos de arriba. Y dile a Zezinho que arregle la cerca del lote tres, hay terneros escapando por ahí.

—Déjelo conmigo, patrón —respondió Hugo, acelerando la moto y desapareciendo por el camino de tierra.

Alexandre caminó con pasos firmes por el patio. Saludó a algunos empleados y dio órdenes rápidas, con la mirada atenta como de costumbre. Cuando entró en la casa grande, el olor de la estufa de leña aún flotaba en el aire, mezclado con el aroma de café recién hecho.

—¿Elza? —llamó.

La cocinera apareció en el pasillo, secándose las manos con un paño limpio.

—¿Señor?

—¿Despertó?

—Todavía no, señor. Le pedí a mi sobrina que le echara un vistazo mientras yo terminaba las cosas en la cocina. Sigue inconsciente.

Alexandre asintió en silencio y caminó hasta la habitación donde había dejado a la mujer desconocida. La luz suave de la tarde entraba por las rendijas de la ventana, iluminando la habitación.

Al acercarse a la cama, se detuvo un instante. Su piel ahora estaba limpia, sin los rastros de polvo y sangre seca. El rostro, antes escondido por la suciedad y el cabello desaliñado, ahora se mostraba más claramente.

Parecía tener poco más de treinta años. Su belleza no era de esas artificiales, era natural, aunque marcada por el sufrimiento. Los rasgos finos, los labios ligeramente entreabiertos y el cabello castaño esparcido sobre la almohada le daban un aire vulnerable, casi etéreo.

Alexandre frunció el ceño, intrigado.

"¿Quién eres?", pensó.

Fue entonces cuando notó que sus párpados se movían. Primero un leve temblor, luego una contracción sutil. Su pecho se contrajo en expectativa.

Sus ojos se abrieron lentamente, como si lucharan contra el peso del mundo. Cuando finalmente revelaron su color, Alexandre contuvo la respiración por un instante.

Eran ojos color miel. Intensos. Doloridos. Hermosos.

Se encontraron, aunque fuera por breves segundos, y fue como si el tiempo se detuviera.

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