MasukCapítulo 8
Alejandro se levantó del sofá al notar el leve escalofrío recorriendo el brazo de María, incluso con la manta sobre sus hombros. Sin decir nada, caminó hasta la chimenea y se agachó frente a ella. En pocos movimientos, encendió el fuego con la experiencia de quien ya había hecho eso cientos de veces. El crepitar de la leña llenaba el silencio, y pronto las llamas comenzaron a calentar el ambiente. María lo observaba. No solo por educación o curiosidad, sino con una atención casi involuntaria. Era la forma en que se movía, firme, seguro, como si ese ambiente le obedeciera. Los músculos de su brazo se flexionaban con naturalidad bajo la camisa de algodón, su cuello fuerte, los rasgos marcados de su rostro realzados por la luz titilante del fuego. Todo en él la intrigaba... e inquietaba. Una sensación extraña, como si algo dentro de ella se despertara con más fuerza cada segundo a su lado. Cuando Alejandro se volvió, encontró sus ojos fijos en los suyos. Él sonrió, una sonrisa más suave, casi cómplice. — El frío está perdiendo la batalla —dijo él, volviendo a sentarse a su lado. Ella no respondió de inmediato. Todavía sentía su corazón latir de manera diferente, como si su cuerpo hubiera recordado algo que su mente aún no podía alcanzar. El calor de la chimenea comenzaba a llenar no solo la habitación, sino también el silencio entre ellos. El crepitar del fuego era el único sonido audible, rítmico, envolvente. Alejandro miraba fijamente las llamas, como si intentara mantener el control de los pensamientos que corrían sueltos en su mente. Pero María... María no podía apartar los ojos de él. La forma en que la luz del fuego dibujaba el contorno de su rostro, la sombra de la barba que ya asomaba, su mirada intensa incluso cuando estaba distraído... Ella sentía algo nuevo, o quizás antiguo, algo olvidado, pero visceral. No sabía qué era, solo sabía que no quería dejar de mirar. Y entonces él lo sintió. El peso de su mirada. Él volvió el rostro lentamente... y los ojos de los dos se encontraron como si estuvieran hechos para reconocerse. En ese instante, el tiempo se detuvo. La distancia entre ellos era poca. La suficiente para un tacto. Un gesto. Un suspiro. Su corazón martilleaba en el pecho. No sabía explicar, no con lógica, qué lo atraía tanto hacia esa mujer. Era más que belleza. Era como si ella perteneciera allí, a él, desde siempre. Esa mirada perdida que ella tenía cuando despertó... ahora brillaba con algo diferente. Curiosidad. Deseo. Él se inclinó levemente. No por impulso, sino por necesidad. Como si algo dentro de él estuviera siendo atraído. Quería tocarla, abrazarla, besarla... sentir si todo eso era real. — María... —murmuró su nombre, casi en un susurro, como si probara su sonoridad en sus labios. Ella no retrocedió. Al contrario. Su mirada bajó hasta su boca y luego volvió a sus ojos. Ella no conocía su pasado, pero en ese instante, el presente parecía muy claro. Todo allí era calor... de la chimenea, del cuerpo, del sentimiento. Alejandro contuvo la respiración un momento. Sentía su rostro tan cerca que bastaba con inclinarse un centímetro más para que sus labios se encontraran. Pero se detuvo. Sus ojos recorrían los de ella, como si buscaran un permiso silencioso, o tal vez una certeza. María tampoco se movió. Había algo en el aire, algo denso, cargado de una emoción que no sabía nombrar. Su corazón latía apresurado y una sensación extraña la invadía... no era miedo. Era algo dulce, inquietante, que empezaba en el estómago y subía hasta la garganta. — Yo... —comenzó Alejandro, pero no terminó. Su voz salió baja, ronca, como si cualquier palabra dicha rompiera el hechizo del instante. María tragó saliva. Sentía el calor de la chimenea, sí, pero también su calor, tan cerca... el olor a tierra, a cuero, a hombre. Sus dedos se movieron levemente sobre la manta que sostenía en sus hombros, como si buscaran algo a qué aferrarse, para no ceder a lo que sentía. Él apartó la mirada, solo por un segundo, pasándose la mano por la nuca, como quien intenta recuperar el aliento. — Creo que es mejor... que prepare un té —dijo, con una media sonrisa, intentando disimular las emociones dentro de él. María asintió con la cabeza, todavía sin poder encontrar palabras. No sabía con certeza qué acababa de pasar... solo sabía que, incluso sin tacto, había sentido demasiado. Alejandro se levantó con lentitud. Pasó junto a ella sin decir nada, pero su mano rozó levemente el borde de la manta sobre sus hombros, un gesto involuntario, pero que hizo a María estremecerse por dentro. Siguió hacia la cocina. Cada paso parecía ayudarlo a recuperar el control, pero ni siquiera el agua hirviendo en la tetera ahogaba el sonido de su propia respiración acelerada. Buscaba en el ritual del té una manera de calmar el cuerpo y el corazón. Eligió el de manzanilla, casi sin pensar. Era lo que la mayoría consideraba más reconfortante. Quizás fuera de eso de lo que ambos necesitaban ahora. En la sala, María permanecía sentada, la mirada perdida en las llamas que aún danzaban en la chimenea. Ese calor parecía estar alterando más sus pensamientos que su cuerpo. Se tocó los labios, como si esperara encontrar en ellos alguna marca de lo que no sucedió. "Iba a besarme", pensó, sintiendo que se le oprimía el pecho. ¿Pero por qué eso la dejaba más ansiosa que asustada? Se sentía viva, extrañamente viva. Y por primera vez desde que despertó sin memoria, no se preguntó quién era, de dónde venía o qué había perdido. Todo lo que importaba, en ese momento, era ese hombre... y lo que le ocurría cuando él la miraba de esa manera. Oyó pasos volviendo por la casa y se sentó más erguida, intentando disimular la confusión en su mente. Cuando Alejandro entró de nuevo con dos tazas humeantes, ella sonrió. María dio un pequeño sorbo, mientras observaba a Alejandro con el rabillo del ojo. Él parecía más contenido ahora, manteniendo cierta distancia entre ellos en el sofá, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas, la mirada fija en la taza, pero ella sabía que él la percibía en cada movimiento. Alejandro se esforzaba por mantener el control. La cercanía de antes lo había conmovido, y por más que cada parte de su cuerpo gritara por acercarse, por tocarla, por descubrir si sus labios tenían el sabor que él imaginaba... prefirió respetar el momento. Ella todavía era un misterio, una mujer herida, sin recuerdos, y quizás vulnerable. No quería asustarla, mucho menos cruzar una línea que pudiera lastimarla. Pero la tensión permanecía, viva, palpitante entre los dos. María también la sentía. No necesitaba recuerdos para saber lo que decía la mirada de un hombre. Y esa... esa era la mirada de un hombre intentando resistir. El silencio los envolvió unos minutos, cómodo y cargado al mismo tiempo. Las llamas de la chimenea crepitaban con suavidad y el tictac del reloj en la pared marcaba el tiempo con una lentitud casi cruel. Hasta que Alejandro miró discretamente hacia él. — Ya se está haciendo tarde —dijo, con la voz ronca, un poco más baja. Se levantó con calma y extendió la mano, esta vez con la gentileza de quien conduce a una dama—. La voy a llevar hasta la habitación de invitados. Necesita descansar. Ella asintió en silencio y le entregó la taza vacía. Los dedos de los dos se tocaron. Caminaron juntos hasta el final del pasillo. Él abrió la puerta con cuidado y encendió la lámpara de mesa. María entró, todavía envuelta en la manta, y se volvió hacia él con una mirada dulce y confusa. — Gracias... por todo esto —murmuró. Alejandro solo sonrió levemente, conteniendo las palabras que quería decir. Asintió con un breve movimiento de cabeza y, antes de cerrar la puerta, le lanzó una última mirada, tierna, protectora... y llena de algo que los dos, en el fondo, ya sentían. — Buenas noches, María. Y cerró la puerta con suavidad, dejando atrás a una mujer cuyo pasado era un enigma...Capítulo 50Doce años después…El sol de la mañana calentaba los campos montañosos de la hacienda, haciendo evaporar el pasto aún húmedo de rocío. Los caballos galopaban lado a lado, y entre ellos, se destacaban Alejandro y su hijo, Lucas, ahora con doce años, firme sobre la silla, con los ojos brillando de entusiasmo.—Sostén firme las riendas, pero con suavidad, hijo. El caballo siente tu intención antes del tacto —dijo Alejandro con una sonrisa tranquila, observando al niño aplicar cada enseñanza con dedicación.Lucas asintió, concentrado, y repitió los gestos de su padre. Los dos estaban lado a lado, domando un potro nuevo que aún se extrañaba de la montura. Alejandro siempre decía que adiestrar un caballo era como echar raíces con él: paciencia, firmeza y confianza mutua.—Se está calmando —dijo Lucas, acariciando el cuello del animal.—Sí lo está. Y eso es mérito tuyo. Tienes buenas manos. Tu abuelo Ronald decía que el caballo reconoce el corazón de quien lo guía. Y el tuyo… es
Capítulo 49Adalberto se quedó unos días en la hacienda de su hermano para descansar, matar la saudade y ponerse al día. Los dos se reían de los recuerdos de la infancia, cabalgaban juntos por los senderos que conocían de memoria y ayudaban a María con pequeñas tareas, aunque ella insistiera en que todo estaba bajo control.Una mañana soleada, mientras el olor del pan de queso y el café fresco salía de la cocina, María vio un auto acercándose por el camino de tierra. Sonrió al reconocer a Beatriz bajando del asiento del copiloto con la pequeña Marisa en brazos. Leonardo se bajó del lado del conductor y Fábio, el hermano de ella, vino justo detrás, con una bolsa de regalos.María fue hasta la tranquera a recibirlos con el corazón apretado y feliz al mismo tiempo.—¡Mira quién llegó! —dijo, abriendo los brazos para abrazar a Beatriz.—Perdóname por no haber ido al hospital —dijo Beatriz con los ojos llenos de lágrimas—. Fue todo tan rápido… el fallecimiento de mi papá, el entierro… much
Capítulo 48Después del entierro, todos volvieron a casa. El ambiente era de silencio, de digestión lenta de todo lo que había sucedido, de la pérdida, de los recuerdos, de las sombras del pasado que se empeñaban en no desaparecer. Sin embargo, Leonardo cargaba un peso mayor. Sabía que no era el momento ideal… pero ¿cómo guardar por más tiempo lo que acababa de descubrir?Beatriz le dio un baño a la pequeña Marisa con cariño, tarareando bajito, intentando alejar el dolor del día. Después, la amamantó, con Leonardo a su lado, ayudando en lo que fuera necesario. Cuando la bebé finalmente se durmió, envuelta en una mantita rosa claro, Leonardo besó la frente de su hija y miró a su esposa.—Amor… —la llamó con voz baja—. ¿Podemos hablar un poco?Beatriz asintió, desconfiada.—Claro. Vamos a la sala.Fueron juntos, caminando lentamente. En la sala, Fábio estaba tumbado en el sofá, los ojos fijos en la televisión, pero claramente distante, absorbido en sus propios pensamientos. No parecía p
Capítulo 47El monitor cardíaco sonaba con lentitud, marcando el compás frágil de la vida que se escapaba. En la habitación silenciosa y sombría, la respiración de Geraldo era mantenida por aparatos. El médico jefe acababa de salir después de una reunión con el equipo.—No pasa de esta noche —comentó uno de los residentes, con voz grave, al lado de la puerta—. El cuerpo está entrando en falla múltiple.Allí dentro, dos enfermeros ajustaban la medicación con cuidado.—Y pensar que este tipo era un bravucón —dijo uno de ellos, en voz baja—. Golpeaba a su esposa, vivía como quería… y ahora se está muriendo.—La vida cobra —respondió el otro, revisando los signos vitales—. Y a veces, cobra caro.Los pasillos del hospital estaban vacíos en aquella madrugada; solo se escuchaban los sonidos distantes de las máquinas y pasos apresurados. En la habitación 312, el tiempo parecía haberse detenido.El monitor cardíaco de Geraldo comenzó a desacelerar. Los pitidos rítmicos se volvieron espaciados,
Capítulo 46La puerta de la casa se abrió con fuerza, golpeando contra la pared. Leonardo entró jadeante, el pecho subiendo y bajando rápidamente. El cabello despeinado, la camisa medio abierta y la mirada desesperada denunciaban lo mucho que había corrido.—¿Nació? —preguntó aún sin aliento, escudriñando el ambiente con los ojos hasta encontrar a María al lado de la cama y, justo detrás de ella, a Beatriz sosteniendo al bebé.Beatriz sonrió emocionada al verlo.—Leonardo…Él se acercó apresuradamente, pero vaciló al ver el paquetito en sus brazos. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Con cuidado, se agachó frente a las dos.—¿Puedo? —preguntó con voz quebrada.Beatriz asintió y, con cariño, colocó a la pequeña Marisa en los brazos del padre. Leonardo la sostuvo como si cargara su propio corazón fuera del pecho.—Dios mío… Es tan pequeña… tan perfecta —susurró, las lágrimas cayendo sin control—. Ustedes son mi vida.María se alejó discretamente, dejando el momento para los dos. Alejandro
Capítulo 45Con Geraldo en coma, el hospital se vio obligado a comunicar oficialmente la situación a la Justicia, ya que él estaba bajo custodia. El ministerio público recibió el informe médico completo, incluyendo los dictámenes que señalaban el deterioro de su salud y las circunstancias de la golpiza en la prisión. Inmediatamente, se abrió una nueva investigación para determinar si hubo fallas en la seguridad penitenciaria, pero el foco principal seguía siendo los crímenes que había cometido antes de ser arrestado.El fiscal a cargo del caso de María fue claro:—Incluso en coma, el proceso continúa. Si despierta, tendrá que responder por todos los crímenes. Si no despierta, cerramos basándonos en el estado de salud permanente, pero no antes de garantizar los derechos de la víctima.María fue notificada de la situación por su abogado, quien le presentó la información.—Puedes quedarte tranquila, María. Lo que dependía de la Justicia ya se hizo. Él ya pagó parte del precio y, aunque e







