La Oscura Obsesión De Assim

La Oscura Obsesión De Assim

last updateTerakhir Diperbarui : 2026-10-03
Oleh:  Melanie FraserBaru saja diperbarui
Bahasa: Spanish
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Melat jamás imaginó que una sola noche destruiría todo lo que conocía. Cuando encuentra a un desconocido gravemente herido al borde de la muerte, decide salvarlo y abandonarlo en un hospital antes de desaparecer de su vida para siempre o eso creyó ella. Pero Assim jamás olvidaría a su ángel, no importaba que no reconociera su rostro o su voz, bastaba con ese hermoso lunar en forma de corazón que tenía en el cuello. Poderoso, calculador y peligrosamente paciente, Assim convierte a Melat en el centro de su mundo. La observa desde lejos, descubre su rutina, a su prometido, la pequeña panadería familiar que apenas mantiene a flote a sus padres y decide destruir cada una de las cosas que la mantienen lejos de él. Primero, provoca la traición de su prometido. Después, hunde el negocio de su familia hasta dejarla sin salida y cuando la vida de Melat se derrumba por completo, aparece como el único hombre dispuesto a salvarla. Lo que Melat no sabe es que el monstruo que arruinó su vida es el mismo hombre que ahora le ofrece su mano. Assim tiene algo claro: no piensa dejarla escapar, pero ¿Qué pasaría si Melat descubre la verdad?

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Bab 1

Capítulo 1: Ayudando A Un Desconocido

La lluvia caía con tanta fuerza que parecía querer partir la ciudad en dos.

Melat ajustó el agarre sobre las bolsas de pan recién horneado mientras corría bajo el pequeño paraguas negro que apenas la protegía. Sus zapatos chapoteaban sobre los charcos y el viento frío de Nueva York le golpeaba el rostro con violencia.

—Perfecto, ¡Justo lo que me faltaba! —Murmuró entre dientes.

Había sido un día horrible.

La panadería apenas había vendido lo suficiente para cubrir los gastos básicos, el horno principal seguía dañándose cada dos días y su padre llevaba semanas fingiendo que su madre estaba mejorando.

Melat suspiró cansada mientras caminaba por la carretera secundaria que conectaba el pueblo con la avenida principal. A esa hora casi no pasaban autos y las luces de los postes apenas lograban atravesar la tormenta.

Entonces, algo llamó fuertemente su atención. Un auto negro, lujoso, estaba estropeado y más en la puerta del conductor. Ella miró a su alrededor y no había nadie, ni ambulancia, ni policías, ni siquiera alguien del tránsito.

A pesar de que el barrio no era el mejor, tampoco estaba acostumbrada a ver aquellas cosas, por lo que, cansada, simplemente confió en que pronto llegarían las autoridades correspondientes; ese no era su asunto, pero el movimiento dentro del auto captó su atención.

No lo pensó ni por un instante; sus pies se movieron incluso antes de procesar lo que estaba pasando. Al abrir la puerta, el olor a hierro, por la sangre, la recibió dándole un golpe de realidad.

En el interior del auto, un hombre demasiado grande para ella estaba ensangrentado; incluso su traje, que se veía caro, estaba empapado en aquel líquido rojo que le puso el vello de punta.

—Oye, ¿Puedes oírme? —Intentó moverlo, pero el gruñido la hizo detenerse en el instante. —¿Qué fue lo que te pasó, hombre? —Pasó saliva con dificultad.

—Mierdä. —Escuchar esa voz la paralizó.

El hombre, a pesar de estar medio muerto, tenía un aura poderosa; era imponente incluso en su estado y entonces detalló. Tenía un corte en su abdomen, su hombro no se veía bien y en su cara había unos cortes, y fue ahí cuando se dio cuenta de que el parabrisas tenía algunos agujeros.

—Oh no. —Algo en su interior le gritó que dejara a ese hombre ahí y corriera lo más rápido posible, incluso dejar todo lo que llevaba encima para hacerse más ligera, pero ver esos labios pálidos y la manera en la que él se aferraba a la vida no le permitió irse. —Ok, necesito que no mueras, ¿Vale? Porque si lo haces, me meterás en problemas y eso no sería justo. —Intentó desabrochar el cinturón un par de veces y cuando no pudo maldijø y, al hacerlo con más fuerza, lo logró. —Vamos a sacarte de aquí. —Con una fuerza que ni siquiera ella sabía que tenía, tiró de él hasta sacarlo del auto.

—Aaarrrggg. —El ronco gruñido le cortó el aire, pues el hombre se quejó al caer sobre ella.

—Lo siento. —Se disculpó sintiendo su dolor. —Pero pesas demasiado. ¡¿Qué comes?! —Miró a su alrededor; ella no podía con él y necesitaba ayuda. —Dios. —Jadeó al ver la sangre salir con tanta intensidad. —¡No! —Gritó al ver que su móvil había muerto, pues se le cayó en la acera empapada. —Esto te va a doler, pero debo hacerlo. —Dispuesta a no rendirse, lo arrastró hasta su viejo auto que estaba un poco más adelante.

No sabía cómo lo hizo, no comprendió de dónde sacó fuerza, tampoco se detuvo por la torrencial lluvia, pero pudo montar al hombre en su auto y, como si se tratara de su propia vida, aceleró hasta donde su viejo coche le permitía.

—Oiga, no puede estacionarse ahí. —El seguridad del hospital se acercó rápidamente a ella. —Señorita...

—No diga nada más. —Melat salió corriendo del auto. —He traído a un hombre malherido, ¡Llame a un doctor!

—Ya mismo. —El hombre, asombrado por lo que veían sus ojos, corrió dentro del hospital y no pasó demasiado tiempo cuando ya un doctor y su equipo estaban saliendo a toda pista.

—Hay que subirlo a la camilla y llevarlo a sala de operaciones ya mismo. —Ordenó el doctor al revisar al malherido. —Usted debe venir, tiene que darnos sus datos y...

—No, no estaba con él. —Malet lo detuvo. —No lo conozco, solo lo vi en su auto y lo he ayudado.

—Con mayor razón debe venir conmigo. —El doctor se unió a su equipo y Melat no se quedó atrás. —Los agentes tendrán preguntas. —Eso dejó a Melat en blanco.

—Eh... sí, solo aparco el coche y vuelvo para...

—Señor, debe soltarla. —El hombre se aferró a la mano de Melat; ella lo miró sorprendida, pues a pesar de estar débil, la agarra con mucha fuerza. —Señor...

—Oye, estarás bien. —Le sonrió a pesar de que él seguía con los ojos cerrados. —Ellos te ayudarán. Tomándole la mano, lo obligó a soltarla y cuando lo logró, dio media vuelta para marcharse y justo en ese momento el hombre entreabrió los ojos solo para alcanzar a mirar su cuello y nada más.

Melat montó a su coche y, haciéndole caso esta vez a su razonamiento, se marchó del lugar sin mirar atrás. No se sentía mal por hacerlo; ella ayudó al hombre y eso es lo que importaba. Ya no quería más problemas y mucho menos involucrarse con la policía.

—¿Dónde estabas? —Darren, su prometido, la interceptó una vez entró a la casa. —Llevo llamándote más de una hora y tienes el móvil apagado.

—Lo siento. —Melat rápidamente buscó el aparato que ya estaba estropeado. —Está lloviendo con ganas y se me ha caído en la acera. El golpe y el agua pudieron con él; yo...

—¿Mel? —Paul, el padre de Melat, se alarmó al verla. —¿Te han hecho daño? ¿Por qué estás empapada y toda llena de sangre?

—No, no, papá. —Melat se acercó al hombre encanecido. —No es mi sangre.

—¿Entonces de quién es? —Darren frunció el ceño. —¿En qué andabas, Melat?

—Vamos, papá, debes sentarte. —Lo ayudó a llegar a la modesta sala donde lo sentó en uno de los sofás. —Venía de camino y vi a un pobre hombre moribundo; no pude dejarlo así, yo...

—¿Estás loca? —Darren enfureció. —Cariño, pudieron hacerte algo. —Melat comprendiendo su preocupación, se acercó a él y le dio un beso en los labios.

—Prometo que nada malo me pasará. —Lo miró con amor. —Simplemente hice un buen gesto. —Los miró a ambos. —Yo no podría abandonar a nadie, ustedes lo saben.

—Has hecho bien, cariño. —Paul se sintió orgulloso de su hija. —Ahora ve a darte una ducha, te calentaré la sopa. Debo contarte de la mejora de tu madre.

—No tienes que preocuparte, papá. —Evitó que se pusiera en pie. —Yo puedo hacerlo, no tardaré en bajar. —Tras darle un beso en la frente, subió las escaleras para darse una ducha.

Había ayudado a alguien y seguramente Dios la recompensará con la buena salud de su madre o el éxito de la panadería. Cualquier recompensa la agradecerá.

—Quiero que acordonen el hospital, no quiero ni un punto sin protección. —El hombre alto de mirada dura y fría observó al grupo de más de veinte hombres. —Quiero todo lo que se deba tener, hasta de qué color eran los bóxers de quien le hizo esto al jefe. —Endureció el gesto. —Hasta la hora en la que van al baño. No quiero fallas.

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