MasukPara el mundo, ella es la esposa traidora que regresó. Para él, una posesión que jamás volverá a escapar. Lorna nunca había pisado Italia. No conoce a la familia Vettori ni sabe qué es la mafia. Pero tiene el rostro de Loreta, la mujer que humilló al mafioso más temido del país al dejarlo plantado en el altar. Secuestrada, despojada de su identidad y obligada a cumplir un contrato matrimonial de venganza, Lorna aprenderá que el amor de Karl es una condena. Un matrimonio falso. Un deseo tóxico. Y un secreto del pasado que, al salir a la luz, exigirá cobrarse en sangre. ¿Qué haces cuando el hombre que te odia descubre demasiado tarde que eres a la única que ama?
Lihat lebih banyakEl olor a óxido y sal le quemaba la garganta cuando abrió los ojos.
Lorna no recordaba cómo llegó allí. Solo supo que estaba viva porque el dolor todavía la reclamaba. Tenía la boca seca, la lengua áspera, y cada músculo del cuerpo le temblaba. El suelo bajo su mejilla era frío, metálico. Un balanceo lento, constante, le confirmó que estaba en una embarcación. Intentó incorporarse y el mundo giró. Una náusea le subió por el pecho, pero la contuvo. Vomitar significaba ruido, y el ruido siempre traía consecuencias. Las recordaba demasiado bien. El cuarto no tenía ventanas. Solo un foco desnudo colgaba del techo, oscilando con el vaivén. Alrededor habían cajas de madera apiladas, cuerdas, y un olor agrio a combustible. Se llevó la mano al cuello. No había collar. Recordó que tampoco tenía documentos, no había nada. Era como si nunca hubiera existido. Un ruido metálico resonó detrás de la pared, escuchó voces en un idioma que no reconocía, algunas risas bajas, y luego el sonido de una botella al chocar contra algo sólido. Lorna se encogió por reflejo. Su cuerpo recordaba antes que la mente el encierro, las manos, la oscuridad, la palabra mercancía pronunciada sin vergüenza, y el olor de los hombres que la miraban como si ya no fuera una persona. Inspiró hondo. Contó hasta hasta diez. No estaba encadenada. Ese detalle la atravesó como un relámpago. Se levantó despacio, apoyándose en una caja. Las piernas le fallaron, pero no cayó. Caminó hacia la puerta. Apoyó la oreja contra el metal. Solo escuchó silencio, luego el ruido del motor, profundo, constante. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Desde que cayó en las manos de esos hombres el tiempo dejó de ser importante. Solo recordaba que correr, sangrar, esconderse entre contenedores mientras gritaban su nombre —uno falso, impuesto— como si fuera una orden, era primordial, su prioridad. Había subido al barco sin pensar. Sin saber a dónde iba. Solo deseaba llegar lejos de esos hombres que la raptaron. Giró el picaporte con cuidado. La puerta cedió. Afuera, el pasillo era estrecho, estaba mal iluminado. El aire olía a sal y diésel. Avanzó descalza, conteniendo la respiración y pegada a la pared. En el breve trayecto no encontró a nadie. Cada esquina que doblaba sin toparse con un hombre armado era una victoria pequeña, el cuerpo le temblaba. Subió unas escaleras, hasta que una corriente de aire frío le rozó la piel. Había llegado al exterior. El cielo estaba cubierto de nubes pesadas. El mar se extendía infinito, oscuro. No vio tierra, luces, ni esperanza, pero estaba sola. Se dejó caer contra una baranda y lloró en silencio, con el cuerpo sacudiéndose como si fuera a partirse en dos. No lloraba por lo que había perdido. Lloraba por lo que todavía no sabía si podría recuperar: su libertad. Cuando intentó incorporarse, el barco se meció con violencia. Resbaló y cayó hacia adelante, apoyando las manos donde no debía. Un grito ahogado se le quedó atrapado en la garganta cuando la piel de sus manos tocó la superficie ardiente de una plancha industrial olvidada sobre una mesa metálica. El dolor fue inmediato, brutal. Retiró las manos con torpeza, temblando, viendo cómo las yemas y parte de la palma de sus manos se enrojecieron al instante, algunas zonas se le ampoyaron en segundos, otras estaban más quemadas con mayor gravedad. Estiró los dedos, mordiéndose los labios para no gritar y dejando pasar el dolor del ardor. Cuando el barco finalmente atracó, nadie le prestó atención cuando se bajó de él. Ella escondió las manos contra su pecho, mientras el ardor le palpitaba como un recordatorio cruel de que incluso el dolor le pertenecía solo a ella. Se mezcló entre sombras, entre hombres que descargaban mercancía sin mirarla. Bajó por una rampa oxidada y pisó tierra firme con las piernas débiles. No sintió alivio. El dolor viajaba con ella. Las manos le ardían; las yemas de sus dedos quemadas latían con un pulso propio, cruel, recordándole cada segundo que su cuerpo también había sido castigado. El puerto era demasiado elegante para alguien como ella. Limpio, ordenado, frío. Alrededor había edificios de piedra clara, autos negros alineados en un orden que no era propio del caos del que acababa de escapar. Caminó sin rumbo por calles empedradas, cuidándose de no rozar a nadie. Sostenía las manos contra el pecho, como si así pudiera esconder el dolor. El cansancio la venció y se dejó caer en un banco de hierro. Cerró los ojos. Por primera vez en semanas, creyó estar a salvo. El dolor intenso de sus manos y el agotamiento la vencieron. —Señor… —dijo una voz grave cerca de ella, muy cerca—. La encontré. Lorna abrió los ojos de golpe. El miedo la atravesó de inmediato. El hombre frente a ella era alto, vestido de negro. Su mirada no era curiosa ni cruel, tenía una seguridad que no lo había visto entre los hombres que la raptaron. —No… —susurró, nerviosa—. Se equivoca. El hombre tocó su auricular sin apartar los ojos de ella. —Sí. No hay margen de error… Es ella. Lorna se puso de pie. El movimiento reavivó el fuego en sus manos. El dolor la mareó. —No soy quien cree —dijo, con la voz fracturada. El hombre se acercó despacio. —Señora Conti —dijo el sujetos—. Su esposo la ha estado buscando durante meses. El nombre no le dijo más nada, pero la palabra esposo la hizo sentir atrapada. —No tengo esposo —respondió—. No soy esa mujer. El guardaespaldas dudó solo una fracción de segundo. Luego negó, con una calma aterradora. —Eso no lo decide usted. En ese momento un auto negro apareció detrás de él. La puerta se abrió sola. Lorna se puso de pie y retrocedió. —Por favor —rogó—. Se lo suplico. El hombre la tomó del brazo. No fue violento, tenía autoridad. —Vuelva a casa, señora —le pidió el hombre—. El señor Karl la está esperando. Aparecieron tres hombres más frente a ella con sus armas visibles. No tuvo más opción que obedecer. Abordó el auto.El día pasó lento. Cada hora parecía arrastrarse por los pasillos de la casa, marcando la espera con un peso que oprimía el pecho de Lorna. El desayuno había sido frío y silencioso; ella ayudada por una de las dos empleadas que la aseaban, apenas probó el té y la fruta, mientras Karl permanecía en su despacho, hablando con hombres de porte imponente, algunos con tatuajes visibles, otros con la altura y el porte de asesinos entrenados, matones que parecían medirla con la mirada y luego, con un solo gesto, devolvían la atención a Karl.No era casualidad que ella sintiera el miedo calarle hasta los huesos. Cada uno de ellos, aunque callado, era un recordatorio de que estaba rodeada por un mundo que no comprendía, un mundo en el que no había reglas para su supervivencia. Karl lo sabía. Y su control no necesitaba demostraciones físicas; su simple presencia lo decía todo.Cuando llegó la hora del té de la tarde, una de las empleadas llamó suavemente a la puerta. Lorna no esperó mucho, aunqu
La casa no dormía. Lorna lo supo antes de abrir los ojos. Había un pulso constante en los muros, una vigilancia silenciosa que no se manifestaba en ruidos evidentes sino en la ausencia de ellos. Nada crujía, nada se desacomodaba. Cada paso que oía estaba medido, amortiguado, como si incluso el sonido obedeciera órdenes. El dormitorio de techos altos, con paredes cubiertas de madera oscura que absorbían la luz. Las cortinas, pesadas, dejaban pasar apenas una línea de la luz de la luna que se reflejaba en el suelo como una cicatriz pálida. No había adornos innecesarios. Todo era funcional, elegante… impersonal. Como una celda diseñada por alguien con demasiado dinero. Lorna permanecía boca arriba, rígida, con las manos vendadas apoyadas sobre el vientre. El ardor era constante, profundo, una quemadura que no la dejaba olvidar ni un segundo dónde estaba y su infierno. Cada latido parecía concentrarse en las yemas de sus dedos dañados, recordándole que incluso su cuerpo había sido alt
La intensidad de su mirada cambió de nivel. El odio se evidenció en su ceño, como si la mente le hubiera recordado algo.El comedor principal parecía una catedral disfrazada de palacio.Había una mesa interminable de madera oscura que ocupaba el centro, estaba iluminada por una lámpara de hierro forjado que colgaba como un símbolo de juicio. Velas altas, copas de cristal grueso, cubiertos de plata alineados con cuidado. A cada lado, se encontraban hombres que conversaban en voz baja. Sus miradas eran afiladas, entrenadas para medir debilidad.Eran altos, anchos, de espaldas rectas y movimientos medidos. Algunos llevaban trajes impecables; otros, camisas oscuras que dejaban ver tatuajes en los antebrazos, símbolos que no entendía pero que intuía marcados con sangre.Cuando Karl entró, el murmullo se extinguió.Cuando Lorna entró detrás de él, el silencio se volvió expectante.—Loreta —anunció Karl, sin levantar la voz—. Mi esposa.Las cabezas se giraron al unísono. Algunas cejas se alz
Horas después, Lorna despertó envuelta en sábanas que no olían a hogar.Olían a detergente caro, a pulcritud obsesiva, a una limpieza tan perfecta que resultaba hostil. Abrió los ojos despacio, con el cuerpo aún rígido, como si temiera que al moverse alguien apareciera para recordarle que no estaba allí por voluntad propia.La habitación era enorme. Demasiado. Tenía techos altos, cortinas gruesas, muebles de líneas elegantes y frías. No había fotos, ni recuerdos. Nada que indicara que alguien hubiera vivido allí antes con amor.Sobre una mesa, perfectamente alineados, había frascos de medicamentos, vendas limpias y una bandeja de plata con una jarra de agua.Y sus manos.Lorna las levantó con cuidado. Ambas estaban vendadas, envueltas en gasas blancas que ya comenzaban a mancharse de rosado. El dolor llegó tarde, como siempre. Primero fue una punzada aguda, luego sintió ardor profundo. Bastó pensar en ella para que se reavivará el martirio del dolor.Recordó el barco, la vida que tuv












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