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Capítulo 581

Author: Violeta
Ferlín apoyó la mano en el reposabrazos de su sillón, golpeando suavemente la madera con la punta de los dedos. En estaba satisfecho con su muestra de sinceridad, pero no lo mostró en su cara.

—Señor Mendoza, con una dote tan generosa, si nuestra familia no ofrece algo de valor equivalente, nos convertiremos en un hazmerreír.

En pocas palabras, un compromiso era un intercambio equivalente. La posición de los Rojas en Ficus era prominente, y cualquier comentario negativo podría afectar la estabil
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    —Búrlate si quieres. Ya estoy acostumbrada —murmuró Lía.El buen humor que tenía se había arruinado por culpa de lo sucedido esta noche. Solo lograría enfadarla aún más. Nicolás suspiró, y luego dijo con un tono sereno:—Nadie se está burlando de ti. Solo quiero decirte que, al elegir amigos, no te fíes solo de las apariencias.Lía lo miró, sorprendida. La luz de la farola caía sobre el perfil definido de Nicolás. Su mirada era tranquila, pero con una seriedad que ella no lograba descifrar."¿Será que… está intentando consolarme?"Ese pensamiento la sobresaltó. Se sintió un poco incómoda y desvió la mirada, jugueteando inconscientemente con la correa de su bolso.—Lo… lo sé. Solo que me lo tomé a la ligera.Su voz sonó un poco seca, como si intentara ocultar algo. Se había arreglado con esmero, había ido ilusionada a la reunión, y al final resultó que los compañeros con los que creía llevarse bien solo la usaban. Para colmo, Nicolás se había dado cuenta… La palabra “fracaso” le ardía e

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    La cena terminó a las once y media. Lía pagó en recepción y regresó al reservado. Justo al llegar a la puerta, escuchó la conversación desde el interior.—Íbamos a cambiar de sitio para seguir bebiendo, ¿no? ¿Por qué deberíamos llamar a Lía?Una compañera dijo con despreocupación:—Claro que sí, total, ella ya pagó la cuenta. ¿No es mejor si nosotros no gastamos nada?Alexander se sintió visiblemente incómodo y arrugó el entrecejo.—Eso no está bien. Ya habíamos acordado pagar entre todos, ¿no?—Sí, así lo dijimos, pero las botellas las pidió ella y ella dijo que invitaba. ¿Para qué vamos a rechazarlo?—Pero es que no podemos aprovecharnos así…—Alexander, piénsalo bien. —El otro compañero le pasó el brazo por los hombros—. Ella es una señorita adinerada. ¿Crees que le importan esta pequeña suma de dinero? Si a ella no le afecta, ¿por qué a nosotros sí?—Bueno, ya basta. No sigan más. Si vuelve, nos oirá. —Advirtió una compañera, y los otros dos cambiaron de tema rápidamente.Lía perma

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    —Es que me preocupaba que cierta persona no te dejara volver —dijo Enzo con sarcasmo, y todos sabían a quién se refería.César sonrió con amargura.—Señor Rojas, no se preocupe. Hasta que llegue el día de la boda, respetaré todas las decisiones de Celia.—Eso espero. —Resopló Enzo, y no olvidó lanzarle una última advertencia—. Ahora te haces llamar "señor Mendoza". Cuando llegue el momento del compromiso, tendrás que pensar muy bien cómo manejar eso de si eres un Mendoza o un Herrera.César inclinó ligeramente la cabeza en señal de asentimiento y se quedó en el lugar, viendo cómo padre e hija entraban en la villa.***Mientras tanto, Lía, Alexander y otros tres compañeros de trabajo cenaban en un reservado de un bar tranquilo. El ambiente parecía muy animado.—Lía, ¿el prometido de la jefa Sánchez es tu primo? —preguntó una compañera con curiosidad.Lía dudó un momento y asintió.—Sí.—Entonces tu familia no es nada corriente, ¿cierto? Para poder comprometerse con una heredera de los R

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    Porque solo si la abuela moría, David podría obtener el control legítimamente… Celia recobró el sentido.—Sé lo que quiere decir. Le preocupa que, después de nuestro compromiso, las disputas internas de los Rojas involucren a César, ¿cierto?Marta no dijo nada, pero su silencio era una confirmación.—No se preocupe. Los asuntos internos de los Rojas, los resolveremos nosotros. Además, en mi familia todavía está mi hermano, Ben.Marta levantó su taza de té.—En cuanto a lo ocurrido en Rivale… perdí la cabeza. Te pido disculpas, Celia.Celia se sorprendió. También levantó su taza y la hizo chocar suavemente con la de ella.—Acepto sus disculpas.Marta bebió un sorbo.—Lo pasado, pasado está. Si tienes tiempo, vuelve a la capital a ver a la abuela.La expresión de Celia se tornó un poco incómoda.—Pero César y yo ya…—¿Ya qué? —Marta arrugó el entrecejo—. ¿Divorciados? ¿Acaso él no te lo dijo?Celia no entendía a qué se refería.—¿Decirme qué?—Su acuerdo de divorcio nunca completó todos

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    Al mismo tiempo…—¿Quieres que me disculpe con Celia?La expresión de Marta se tensó levemente mientras miraba a su hijo, quien comía con parsimonia.César dejó los cubiertos y asintió con calma.—Sí.Marta sonrió con incredulidad y se reclinó en el respaldo de la silla.—Ya cedí los derechos de desarrollo de la Isla Creciente en Meridion. ¿Los Rojas aún no están satisfechos? ¿Y encima tienen que…?—Es mi suegro quien no está satisfecho.¿Su suegro…? Marta miró a César, quien claramente anteponía los intereses de otros a los de su propia madre, mostrando una expresión de exasperación. Ahora lo entendía: ¡su hijo era un auténtico idiota enamorado! Tomó aire para contenerse. Él era su hijo, a quien había recuperado después de creerlo perdido. Tal vez en la vida pasada le había debido mucho, por eso ahora estaba por cobrarle la deuda.—Está bien, te lo prometo. Dame su contacto de celular. —Al ver la vacilación de César, añadió—: Tranquilo, no la presionaré. ¿Vale?***Al atardecer, Celia

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    Al final, Nicolás la dejó entrar. La sala estaba a oscuras. La única fuente de luz provenía de la puerta abierta de su habitación. Solo cuando él encendió la luz empotrada, el lugar se iluminó un poco. Lía miró a su alrededor con curiosidad.—Este apartamento no parece nada barato.—Deja las cosas y vete a casa. —Nicolás sacó su cartera de la chaqueta—. Solo tengo algo de efectivo ahora. Te pagaré la medicina y la cena.Dicho esto, dejó el dinero sobre la mesa. Lía no los tomó.—Señor Gómez, ¿qué significa esto? Soy una buena persona haciendo una buena acción. No vine aquí para cobrarte.—No me gusta deberle nada a nadie.—Tampoco te estoy pidiendo que me debas nada. Si no fuera por Celia, ¡ni siquiera me importarías! —Lía se sentó en el sofá con los brazos y las piernas cruzados—. Además, eres mi jefe. Si tú no te preocupas por ti mismo, los demás en la empresa sí lo hacen. Si te pasa algo, ¿quién se haría cargo de ellos?Nicolás arrugó el entrecejo, pero no dijo nada. Lía deslizó la

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