LOGINLucius Holdings.El primer disparo pasó silbando junto a mi oreja.No me moví. No me agaché. No parpadeé siquiera. Mis ojos permanecieron clavados en Genaro Robles, que estaba al final del pasillo con su arma en la mano y una expresión de sorpresa que no lograba ocultar del todo.— ¿Eso es todo lo que tienes? — pregunté, mi voz carente de cualquier rastro de emoción —. Esperaba más de ti, Genaro.Él gruñó. Sus dedos apretaron el gatillo una vez más, pero yo ya estaba en movimiento. Me lancé hacia un lado, rodando sobre el suelo de mármol, y el segundo disparo impactó contra la pared, levantando una lluvia de yeso y polvo.Mis hombres irrumpieron en el pasillo desde ambos extremos. Eran sombras negras, eficientes, letales. Los hombres de Genaro apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que las balas los alcanzaran. Cayeron uno tras otro, como fichas de dominó, y el suelo se tiñó de rojo.— ¡Mátenlos a todos! — rugió Genaro, y su voz era un torrente de rabia —. ¡No dejen que ninguno
Genaro Robles. La pantalla de mi computadora brillaba en la penumbra de mi despacho, iluminando mi rostro con esa luz azulada que siempre me recordaba a los muertos. Al otro lado de la pantalla, la imagen de Ahmed Haddad se mantenía estática, con esa sonrisa de m****a que nunca se le borraba de la cara. Llevábamos más de una hora hablando. Una hora de planes, de estrategias, de promesas de sangre y venganza. Y aunque el árabe me daba asco, tenía que admitir que su plan era bueno. Jodidamente bueno. — La emboscada será en el muelle — decía Ahmed, su voz distorsionada por la conexión satelital —. Tus hombres atacarán desde el agua. Los míos desde tierra. No habrá escapatoria. Asentí, aunque por dentro me hervía la sangre. — ¿Y la hermana de Lucius? — pregunté, sirviéndome otro whisky —. ¿También va en el paquete? La sonrisa de Ahmed se ensanchó. Era una sonrisa de depredador, de esos que disfrutan el dolor ajeno. — Sharon es mía — dijo, su voz cargada de posesividad que me sorpren
Lucius Holdings.El agua caliente de la ducha había logrado relajar mis músculos, pero no mi mente. La acusación de Amanda seguía resonando en mi cabeza como un eco persistente, negándose a desaparecer.«Hay alguien más»La había dicho con esa certeza que solo las mujeres que han compartido tu cama pueden tener. Esa mezcla de intuición femenina y orgullo herido que las convierte en las mejores detectives del mundo. Y aunque me había negado a confirmarlo, sabía que Amanda había visto la verdad en mis ojos.«Elizabeth»El nombre se formó en mi mente antes de que pudiera detenerlo, y agité la cabeza con fuerza, como si eso pudiera borrar la imagen de sus ojos ámbar de mi memoria. No funcionó. Elizabeth seguía allí, en algún rincón de mi cabeza que no sabía que existía, ocupando un espacio que nunca había dejado entrar a nadie.Salí del baño con el cabello aún húmedo, secándolo con una toalla pequeña mientras el vapor escapaba por la puerta entreabierta. Ya me había puesto un pantalón de
Amanda Robles.La habitación estaba sumida en una oscuridad tan densa que parecía sólida, como si pudiera tocarla con las manos. La única luz que se filtraba era la de la luna llena, que se colaba a través de las puertas del balcón y dibujaba un sendero plateado sobre el suelo de madera. Un sendero que parecía invitarme a seguirlo, a salir de esta prisión, a escapar de todo.Pero no había escapatoria.Estaba atrapada.De pie junto a las puertas del balcón, observaba el exterior con la mirada perdida en la inmensidad del cielo nocturno. Las cortinas de seda se movían con el viento, acariciando mi piel como dedos fantasmas, el frío comenzaba a erizarme la piel. Pero no me movía. No podía.Mis ojos se desviaron hacia el suelo debajo del balcón. La distancia no era mucha; un segundo piso no es suficiente para morir, pero sí para romperse. Para sentir el dolor de caer. Para que todo terminara de una vez.«Sería tan fácil...» pensé, y la idea se instaló en mi cabeza como una caricia venenos
Amanda Robles.El camino hacia la finca de los Robles siempre me había parecido interminable, pero esa noche, cada metro se sintió como una eternidad. El paisaje desértico se deslizaba tras la ventanilla, oscuro y vacío, como el futuro que me esperaba al final de ese viaje.Sabía lo que me esperaba.Sabía que Genaro estaría esperándome, con su whisky en la mano y su ira contenida, listo para explotar en el momento en que cruzara el umbral de la puerta.Sabía que, pasara lo que pasara, esta noche terminaría con sangre. O con lágrimas. O con ambas.La camioneta se detuvo frente a la entrada principal de la casona. El edificio se alzaba imponente, blanco, con sus columnas de piedra y sus ventanas oscuras que parecían mirarme como ojos vacíos. Había crecido en esa casa. Había aprendido a caminar en sus pasillos, a mentir en sus salones, a sobrevivir en sus sombras.Pero nunca, ni una sola vez, me había sentido segura en ella.Bajé del auto con pasos lentos. El aire de la noche era fresco,
Amanda Robles.Conocía demasiado bien a Lucius Holdings como para no intuir lo que estaba pasando. Había algo en su mirada, en la forma en que sus dedos se habían movido al apartarme, en la manera en que su voz se había vuelto más fría y más distante. No era el Lucius que recordaba, el que siempre estaba dispuesto a jugar, a seducir, a tomar lo que se le ofrecía sin remordimientos.Había alguien más.Alguien que, de alguna forma perturbadora y retorcida, había logrado cautivarlo lo suficiente como para que en su cabeza no hubiese espacio para nadie más. Y esa certeza, esa maldita certeza, se instaló en mi pecho como una garra de hierro, apretando y apretando, hasta que apenas podía respirar.«¿Quién es?» me pregunté «¿Quién es esa mujer que logró hacer lo que ninguna otra ha podido?»Porque yo conocía a Lucius. Lo había conocido en sus peores momentos, en sus noches más oscuras, en los días en que el poder y el peligro eran los únicos amantes que le importaban. Había visto cómo se mov







