LOGINHelena, al escuchar la voz de Arthur en el pasillo, tuvo el impulso inmediato de ponerse de pie y abrir la puerta de una vez, quiso hacerlo por puro instinto, por necesidad de saber qué estaba ocurriendo al otro lado, quién había llegado, quién estaba hablando con quién y, sobre todo, si Marcus permitiría que Damian siguiera ensuciando su nombre.Pero se contuvo, porque su cuerpo aún no estaba en condiciones de soportar sobresaltos innecesarios, porque la lesión en el cóccix seguía siendo demasiado reciente, demasiado delicada, como para exponerse a una caída, un mal movimiento o incluso un simple empujón accidental, porque solo bastaba muy poco para que la herida empeorara, y ella no estaba dispuesta a terminar nuevamente en manos de un médico, vulnerable, inmóvil y dependiendo de los demás, porque ya había pasado suficiente humillación.Aun así, tampoco podía ignorar lo que estaba en juego, por un lado, quería averiguar si Arthur, Marcus y Larry serían realmente capaces de defenderl
La tención en la mansión Jackson no disminuyó, aunque por supuesto Marcus pudo dormir al lado de su esposa, o al menos lo intentó, ya que durante la mayor tiempo de la noche, se dedicó a cuidar de ella, no sólo la ayudaba a girarse en la cama, obligándola a no permanecer mucho tiempo en una misma posición, también se encargó de masajear sus piernas, brazos, y en especial su espalda, con verdadero esmero cubrió esos mismos cardenales que él le había provocado, con el ungüento que el médico había recetado, y Helena lo aceptó de buena manera, pero aquella pequeña paz, que no lograba ser perdón y mucho menos aceptación, se fracturó una vez más a primera hora de la mañana.Marcus se había levantado aún más temprano de lo normal, dispuesto a conseguir el perdón de Helena y ese no era a través de una disculpa vacía, mucho menos cometería el error de comprarle flores, o llegar con alguna joya excéntrica, porque su mujer valía mucho más que la típica disculpa que usaría un abusador, y es que a
Aun así, entró con cautela y Helena alzó la vista de inmediato, y su expresión fue una mezcla de agotamiento, enojo y desconfianza.—¿Y ahora qué quieres?Definitivamente estaba molesta, y con razón, por lo que Marcus alzó las manos, no en rendición, sino en un intento torpe de mostrarse menos amenazante.—Será la última vez que lo diga, no lo hice a propósito, y sé que eso no cambia nada, lo sé muy bien, solo vine a cerciorarme de si necesitas algo, y si no necesitas nada, no te molestaré, pero nunca olvides que este también es mi cuarto.Helena apretó los dientes y aunque tuvo ganas de refutarlo, no pudo, porque era verdad, esa también era la habitación de Marcus, y lo peor era que, en ese instante, sí necesitaba algo, porque hacía media hora que intentaba ponerse de pie sin lograrlo, y en verdad necesitaba ir al baño.—Necesito ir al baño. —dijo al fin, manteniendo el tono más digno que pudo.Por supuesto que Marcus no se burló, ni hizo ningún comentario cruel, no la humilló, solo
Arthur no dejó que Larry pasara un segundo de más en el despacho y con un gesto seco, casi brutal, le indicó que se largara a ocuparse de su propia esposa, por supuesto que el menor de los Jackson obedeció, pero Marcus no tuvo esa suerte.—Tú no te mueves de aquí. —dijo Arthur.La voz de Arthur no fue alta, pero sí lo bastante cargada de decepción como para hacerle bajar la mirada al instante y Marcus dejó salir un suspiro lento y hundió los hombros, se sentía culpable, lo sabía, lo había sentido desde el momento en que vio la expresión de Helena después de la caída, desde que comprendió que la había lastimado de verdad, aunque no hubiera querido hacerlo, por lo que ahora solo se quedó inmóvil, con la mandíbula rígida y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, como si así pudiera contener el temblor de rabia, culpa o vergüenza que le subía por dentro, no sabía cuál de las tres emociones era la más insoportable.Arthur lo observó en silencio unos segundos, con esa expresión de
Arthur ni siquiera levantó la voz, no le hacía falta, por lo que cuando ordenó que Marcus y Larry entraran al despacho, ambos lo hicieron con esa obediencia que no nacía del respeto, sino de una mezcla de costumbre y temor. La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido seco, casi definitivo, y el aire quedó atrapado entre muebles antiguos, sombras densas y el peso de todo lo que no se había dicho todavía.Marcus se quedó de pie, rígido, con las manos quietas a los costados, Larry en cambio se apoyó en una esquina del escritorio, tenso, mirando hacia otro lado como si aún decidiera cuánto iba a revelar, mientras que Arthur, sentado al centro de la habitación, parecía una estatua tallada en autoridad y cansancio.—Hablen —dijo y Larry fue el primero en romper el silencio.—Yo solo regrese para hablar con Marcus, porque Damian habló demasiado en el hospital —dijo, con un tono que intentaba ser neutral y no lo conseguía— No solo acusó a Helena, él la nombró como si tuviera derecho a ha
Marcus caminaba de un lado a otro de la habitación como un animal acorralado, no encontraba cómo arreglar lo que él mismo había destruido, había intentado acercarse a Helena varias veces desde la caída, desde el momento en que la había sujetado con demasiada fuerza, desde el instante exacto en que había visto en sus ojos algo peor que enojo, miedo, y eso lo estaba matando.Porque Marcus podía soportar amenazas, traiciones, balas, sangre y negociaciones al borde del desastre, lo que no sabía soportar era verla a ella apartarse como si su sola presencia le diera asco.Había llevado una taza de té a su habitación con la absurda esperanza de que un gesto simple pudiera reparar el daño, pero apenas se acercó a la puerta, Helena lo detuvo con una frialdad que le atravesó el pecho.—No quiero nada, llévatelo.La voz de Helena no tembló, eso quizás fue lo peor, no era solo lo que decía, sino cómo lo miraba, como si él hubiera pasado de ser su marido, a convertirse en una amenaza, aun así Marc







