INICIAR SESIÓNPOV: Alexandra
El eco de mis pasos bajando las escaleras fue lo único que se escuchó en ese mausoleo disfrazado de casa presidencial. Apenas mi pie tocó el último escalón, un hombre vestido de negro, con oreja alámbrica y mirada opaca, se paró frente a mí.
—Primera dama, el vehículo está listo.
¿Vehículo? Quise corregirlo: "carroza", pero me contuve. No era mi imperio. Aún no.
—Perfecto. —Le ofrecí una sonrisa breve—. Y tú… ¿tienes nombre o solo una función?
—Rodríguez, señora.
—Qué decepción. Los nombres solían tener nombres más elegantes.
Rodríguez no supo si reír o disculparse. Lo ignoré.
Amelia ya me esperaba junto al auto, un artefacto brillante como una joya rodante, más bajo que los carruajes reales y sin caballos. Me ayudó a subir como si fuera una anciana. No la culpé. En este cuerpo, aún no dominaba los tacones.
—¿A dónde vamos exactamente? —le pregunté mientras cerraban la puerta.
—A un centro comercial, señora. Allá podrá elegir ropa, zapatos y… bueno, todo lo que guste.
—¿Y es un sitio digno?
—Lo más exclusivo de la ciudad. Tienen aire acondicionado y todo digitalizado.
Asentí con dignidad, aunque internamente sentía que me estaban llevando al circo de los horrores.
**
El “centro comercial” resultó ser como un templo de vidrio, acero y luces brillantes donde el dios era el consumo.
—¿Todo esto es para comprar ropa? —pregunté bajando con cuidado del auto.
—Y más. Comida, celulares, tecnología, perfumes…
Tecnología.
Un escalofrío me recorrió. Si quería sobrevivir —y dominar— este nuevo mundo, tendría que aprender sus armas.
La entrada automática se abrió sola. Me detuve en seco.
—¿Quién hizo eso?
—Es un sensor, señora. Lo detecta.
—¿Me espía?
—No, no… —Amelia soltó una risa—. Solo le da la bienvenida.
Un palacio sin guardias, pero con puertas que te huelen. Fascinante.
Dentro, los estantes exhibían prendas como trofeos. Las luces hacían que todo brillara como oro falso. Las mujeres que veía usaban ropa mínima y caminaban como si fueran a una ejecución o a un desfile de festival, no estaba segura.
Entramos a una tienda.
—¿En qué puedo ayudarle, señora? —dijo una joven con pestañas tan largas como alas de mariposa.
—Necesito ropa. No algo que parezca una funda de almohada elegante, ni tela de telaraña con lentejuelas. Quiero algo que grite poder.
La dependienta pestañeó, confusa.
—¿Tal vez... un conjunto de ejecutiva moderna? Dijo Amelia sonriendo.
—Sí, pero que parezca que puedo ordenar una decapitación en una reunión de consejo.
Amelia contuvo la risa.
Después de varios cambios, elegí un traje blanco estructurado con corte recto, unos tacones que me elevaron a mi estatura natural, y unos lentes oscuros que hacían que cualquiera pensara dos veces antes de mirarme.
Cuando salí del probador, Amelia murmuró:
—Ahora sí parece una emperatriz. Perdón, primera dama.
—La diferencia es mínima, solo que ahora tengo Wifi.
**
La siguiente parada fue en una tienda de tecnología. Teléfonos, relojes que hablaban, pantallas que tocabas como pergaminos luminosos… Todo parecía sacado de una profecía.
—Este es el último modelo de smartphone —dijo el vendedor, entregándome un artefacto negro y frío.
—¿Y para qué sirve?
—Es su agenda, cámara, comunicación, banco, guía, reloj, GPS, acceso a redes…
—¿Y también cocina?
—No… todavía.
Lo tomé entre los dedos, estudiándolo como un oráculo.
—Enséñame a usarlo —le ordené a Amelia.
Durante una hora, me enseñó a desbloquearlo con mi rostro, abrir aplicaciones, buscar cosas en internet y leer mensajes. Cada toque me habría puertas invisibles. Era poder comprimido en mi palma, con esto en el imperio habría hecho cosas maravillosas.
Cuando salimos, me sentía más ligera. Más preparada.
—Ahora sí —le dije a Amelia mientras volvíamos al auto—, llévame con mi esposo. Creo que ya es hora de conversar.
**
En el camino de regreso Amelia me enseño como ver videos para que aprendiera cosas de esta época, tutoriales dijo que se llamaban, y fue una bendición, puede aprender mucho en una hora y lo usaría a mi favor, nada me garantiza que vuelvan intentar matarme, pues parece que Camila dormía al igual que yo con el enemigo.
La mansión presidencial parecía más fría que por la mañana. Como si la hubiera invadido un silencio incómodo. El presidente —mi esposo, según esta vida— estaba en su despacho. Lo encontré recostado en su sillón, con la chaqueta desabotonada y una copa de whisky en la mano.
—Vaya —dijo al verme—. Te ves… diferente.
—Ahora lo soy.
Él alzó una ceja.
—¿Saliste sin avisar?
—¿Te molesta?
—No, solo me sorprende. Después del accidente, pensé que estarías más... frágil.
Accidente.
Lo observé fijamente. Cada músculo de su rostro, cada tic en su ceja, cada movimiento de su mano.
—Recuérdame —dije en voz baja—. ¿Cómo fue que caí por las escaleras?
Él titubeó.
—Tú... te mareaste. Dijiste que te dolía la cabeza. Estabas estresada.
—¿Y nadie vio nada? ¿Ningún testigo en esta mansión tan grande y llena de guardias?
—No, justo esa noche hubo un fallo eléctrico. Fue una desgracia.
Lo dijo muy rápido.
—Qué conveniente. —Me acerqué. Lo vi tragar saliva.
—¿Camila… estás bien?
Camila. No. Ya no.
—Estoy despierta —le dije—. Y aunque no lo parezca, tengo memoria.
No de esta vida. Pensé, pero sí del tipo de hombre que pone vino en la copa y veneno en la sonrisa. Yo era una emperatriz, que mato a su emperador junto a su amante. Así que un presidente no será un reto.
Él dejó la copa sobre la mesa, con un golpe seco.
—No sé qué estás insinuando.
—No insinúo. Observo. Y me preparo.
Me di media vuelta, rumbo a la puerta.
—Por cierto —dije sin mirarlo—, contraté a un experto en seguridad. Revisará las cámaras del día del accidente.
—¿Tú hiciste qué?
—Sí, querido. No soy la misma mujer que callaba. Y si estás nervioso… será por algo.
Salí del despacho sin esperar respuesta.
El juego había comenzado y en esta segunda oportunidad saldría victoriosa.
Han pasado veinte años desde que maté a Eros en aquel bosque abrasado, un acto que marcó el fin de una guerra y el comienzo de nuestro reinado. Desde el balcón del palacio de Zafir, con sus torres negras ahora cubiertas de enredaderas verdes que trepan como venas vivas, observo un imperio que respira paz. La ciudad abajo bulle con vida: los mercados rebosan de especias, telas de colores brillantes y el tintineo de monedas, el aire cargado de aromas a pan recién horneado, cuero curtido y humo dulce de las forjas.Los campos, que una vez conocieron el fuego, ahora producen cosechas abundantes, gracias a los canales que Carlos y yo diseñamos, inspirados en recuerdos de un mundo antiguo con máquinas y agua domada. La medicina que trajimos de nuestras mentes modernas—ungüentos para heridas, infusiones para fiebres, hospitales en cada rincón del imperio—ha salvado miles de vidas. Los aldeanos me llaman "la emperatriz de la vida", pero sé que cada logro lleva el amor que Carlos y yo vertimos
Han pasado dos meses desde que di a luz a Ethan, Liam y Noah, y el palacio de Zafir se siente más vivo que nunca. Esta mañana, con el sol calentando el jardín y el aire oliendo a hierba fresca y jazmín, saqué a los trillizos a tomar el sol por primera vez desde mi cuarentena. Los coloqué en una manta suave bajo un roble, sus cunas portátiles a un lado, sus respiraciones tranquilas mientras dormían. Ethan, con su cabello negro, se removía un poco; Liam, de ojos azules, tenía un puño cerrado; Noah, mi pequeño rubio, parecía soñar, su rostro sereno. Los miraba, mi corazón hinchado de amor, un amor tan grande que apenas cabía en mi pecho. Desde un extremo del jardín, las risas de Lila y Mara llenaban el aire, sus trenzas castañas rebotando mientras corrían, perseguidas por Carlos. Él, con su túnica negra desabotonada, fingía tropezar para dejarlas ganar, sus carcajadas profundas uniéndose a las de ellas. Verlo así, libre y feliz, hacía que mi alma se sintiera completa.Sentada en la manta
El palacio de Zafir bullía con una energía renovada al amanecer, el sol filtrándose por las ventanas altas del dormitorio imperial, proyectando rayos dorados sobre las cunas de madera tallada. Alexandra despertó con el llanto suave de uno de los bebés, su cuerpo aún dolorido por el parto, las sábanas pegadas a su piel por el sudor nocturno. Se incorporó despacio, el aire oliendo a leche tibia y pañales frescos, y miró las tres cunas alineadas junto a la cama. Carlos, a su lado, abrió los ojos, su rostro cansado pero iluminado por una sonrisa inmediata. "Ya voy yo", murmuró, levantándose con cuidado. Tomó al bebé que lloraba, el de cabello negro y ojos cafés, acunándolo contra su pecho. "Shh, Ethan, papá está aquí", dijo, su voz baja y cálida, meciéndolo hasta que el llanto se convirtió en gorgoteos. Alexandra sonrió, el corazón hinchado de amor, viendo cómo Carlos manejaba al pequeño con una ternura que la derretía. Ethan era el primero en nacer, el más pequeño, pero con un llanto fue
La barriga de Alexandra crecía cada día, redonda y pesada bajo sus túnicas, un recordatorio constante de la vida que llevaba dentro. Sentía las patadas, pequeños golpes que la hacían sonreír, aunque a veces, por su fuerza, se preguntaba si serían más de uno. En su cama, rodeada de mantas tejidas y el aroma a lavanda de las sábanas, se aferraba a la serenidad, al amor de Carlos y a las risas de Lila y Mara. Las gemelas, con sus vestidos de lino y trenzas castañas, trepaban a su lado, tocando su vientre con asombro. "¿Ya viene el bebé, mamá?", preguntaba Lila, sus ojos grandes. Alexandra reía, acariciando sus mejillas. "Pronto, pequeña." Carlos, siempre cerca, le traía infusiones para las fiebres o frutas para sus antojos, sus manos firmes sosteniendo las suyas. El palacio, con sus paredes de mármol y jardines fragantes, era un refugio de paz, aunque las fiebres de Alexandra la mantenían en reposo, tejiendo mantas de lana azul, blanca y rosa, soñando con el hijo que pronto conocería.Un
El palacio de Zafir, con sus torres negras brillando bajo el sol de otoño, vibraba con una energía nueva. Alexandra, aún emocionada por la noticia de su embarazo, sentía el corazón ligero, la promesa de la diosa resonando en su mente. Cada mañana, despertaba con una mano en su vientre, el calor de la vida creciendo dentro de ella.La rutina familiar seguía llenándola de alegría: levantarse al alba, el aire fresco colándose por las ventanas, y entrar en la habitación de Lila y Mara. Las gemelas, con sus trenzas castañas deshechas por el sueño, reían mientras Alexandra las ayudaba a ponerse vestidos de lino azul o rosa, cepillando su cabello con suavidad. Luego, los cuatro desayunaban en el jardín, bajo un roble frondoso, el aroma a pan caliente y miel mezclándose con el rocío. Carlos, con su túnica negra, hacía muecas para arrancar risas a las niñas, mientras Alexandra, en una túnica verde, observaba, su sonrisa ocultando los mareos matutinos que comenzaban a aparecer.El tiempo volaba
El palacio de Zafir despertaba cada mañana con el canto de los pájaros y el aroma a pan fresco que se colaba desde las cocinas. Alexandra, en su nueva faceta como madre, encontraba una alegría que opacaba las habladurías de los nobles. Las murmuraciones de la corte, los susurros sobre las gemelas campesinas, se desvanecían ante la risa de Lila y Mara. Cada día, Alexandra se levantaba al alba, el cielo aún gris, y entraba en la habitación de las niñas, donde las camas con doseles blancos crujían bajo sus movimientos inquietos. Las despertaba con besos suaves, ayudándolas a ponerse vestidos de lino color lavanda o azul, cepillando sus trenzas castañas mientras ellas parloteaban sobre sueños de dragones y flores. Luego, los cuatro—Alexandra, Carlos, Lila y Mara—desayunaban en el jardín, bajo un roble que proyectaba sombras frescas. La mesa rebosaba de frutas, quesos y leche tibia, el aire oliendo a hierba húmeda y miel. Las niñas reían a carcajadas cuando Carlos fingía robarles un trozo







