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Autor: Sassenach W
last update Data de publicação: 2026-08-06 06:42:32

Tessa tuvo un dolor de cabeza insoportable el resto del día. Sabía que no se debía solo al estrés de volver a ver a David, sino al insulto añadido a su cuerpo por haberse saltado el almuerzo. Sin más citas programadas, se acomodó para trabajar en su contabilidad, aunque tampoco es que tuviera mucho sentido, ya que no lograba concentrarse. Lo único que podía hacer era revivir aquel momento en el que David había vuelto a irrumpir en su vida. Peor aún, era evidente que él, Sophie y el novio ausente se habían puesto de acuerdo para nombrarlo novio suplente y ayudante de organización de bodas, lo que la llevó a sacar el bote grande de analgésicos de su cajón de emergencias y tragarse dos con el agua que tenía sobre el escritorio.

Megan asomó la cabeza por la puerta unos minutos antes de las cinco y dijo: —¿Te importa si me voy ya? —Sonrió de oreja a oreja—. Tengo que irme a casa a cambiarme para mi cita de esta noche.

—¿De dónde sacas a todos esos hombres?

—En Internet —dijo Megan, con los ojos chispeantes de emoción—. Es divertidísimo, deberías probarlo.

—¿Citas por Internet? Suena tan desesperado...

—Para nada. Yo lo hago todo el tiempo. —Megan ni se molestó en aclarar que ella no estaba desesperada. Bastaba con mirarla—. Nuestro problema es que trabajamos en un sector enfocado principalmente a mujeres, y los únicos hombres que vienen por aquí ya están pillados. De verdad, al menos deberías intentarlo.

—No sé.

—Hagamos una cosa: mañana te creo un perfil y te enseño cómo va. Es superfácil y te da la oportunidad de hacer un filtro previo antes de perder el tiempo quedando en persona.

—Supongo que debería mantener la mente abierta —dijo Tessa. Prefería conocer a la gente con la que salía en el mundo real y, por lo general, se habría burlado, pero ver a David hoy la hacía sentirse más soltera de lo habitual. Y un poco desesperada, si era sincera consigo misma.

—Te lo vas a pasar bien, te lo prometo.

Una mujer con el pelo multicolor entró flotando detrás de Megan. Parpadeó con sus grandes ojos y miró a su alrededor como preguntándose dónde estaba y qué hacía allí.

—Hola, Laurel —dijo Megan.

—Hola.

—¿Qué opinas de que Tessa pruebe lo de las citas por Internet?

—Oh. —La decoradora de tartas dirigió sus enormísimos ojos hacia Tessa—. ¿Quieres conocer hombres por Internet?

—¡Claro que quiere! —anunció Megan—. Y tú también deberías probarlo. —Les dedicó a ambas una sonrisa radiante—. Bueno, pues nada, nos vemos mañana.

—Sí. Pásalo bien esta noche.

Una vez que Megan se hubo ido, Tessa se giró hacia Laurel. —No es seguro que vaya a hacerlo, solo lo estoy pensando.

—Creo que deberías hacer lo que sea que te haga feliz.

Y lo increíble de Laurel era que, cuando decía cosas tan estrafalarias como esa, lo decía totalmente en serio. —Sé que lo piensas. En fin, ¿qué me traes?

Laurel tenía la costumbre de llevarle sus diseños de tartas a Tessa para que los aprobara. No es que hiciera falta, todo lo que horneaba era increíble, pero Tessa sospechaba que le gustaba la tranquilidad de contar con su visto bueno. Eso sí, ojalá esa mujer no trajera bocetos de los dulces más deleitables, que se veían tan bien incluso en el cuaderno que a Tessa se le hacía la boca agua. Especialmente a última hora del día, cuando su fuerza de voluntad estaba bajo mínimos.

Una vez que aprobó media docena de diseños y repasaron los tiempos y la entrega de las tartas para este fin de semana, Laurel salió flotando del despacho y Tessa volvió a la contabilidad, continuando durante un par de horas más. Cuando sonó el carillón tenue que anunciaba a un visitante fuera del horario comercial, no se sorprendió. Suponía que, en cierto modo, lo estaba esperando.

¿Ignorar el timbre o salir a responderle? En realidad no era una opción. Con un suspiro, se levantó, volvió a calzarse los tacones y se tomó su tiempo para ir hacia la puerta principal. Bajo la luz tenue, él parecía casi un desconocido para ella, tan alto, tan elegante y, se recordó a sí misma con firmeza, ya no era suyo.

—Te ves bien, Tess —dijo él con el ceño fruncido, como si estuviera enfadado consigo mismo por haberle hecho el cumplido.

A su pesar, ella sonrió por dentro. —Gracias —dijo, absteniéndose deliberadamente de devolverle el cumplido. Hacía frío fuera y se estremeció.

—¿Puedo pasar?

Solo entonces se dio cuenta de que ambos estaban de pie en la entrada. Quería ser hostil y decirle que se fuera, pero tampoco quería darle la impresión de que seguía amargada o de que su presencia le producía el menor efecto. Así que luchó por mantener la calma y dio un paso atrás para dejarlo pasar. —Por supuesto.

Una vez más, la siguió hasta su despacho. Miró a su alrededor como si no hubiera estado allí esa misma mañana. —El sitio se ve muy bien. Te va bastante bien por lo que veo.

No en comparación con él. Después de que rompieran, él se había convertido en uno de los arquitectos más importantes del país, el profesional de referencia para devolver la grandeza perdida a construcciones casi en ruinas. Era un fanático de recuperar y modernizar inmuebles patrimoniales y de diseñar nuevos edificios o anexos que encajaran con lo antiguo. Sintió la aprobación de él por la manera en que ella había aprovechado lo mejor del edificio que ocupaba sin renunciar a incorporar comodidades ultramodernas.

—¿El edificio es tuyo?

—No es que sea asunto tuyo, pero sí, lo es.

Él asintió. —Chica lista.

—Demasiado lista como para dejarme encandilar por ti. —Suspiró—. ¿Qué quieres, David?

Él la miró fijamente durante lo que pareció un largo momento. —No lo sé. —Frunció el ceño y luego se rascó la cabeza; la mirada de ella se vio atraída hacia ese pelo negro y denso que recordaba tan bien—. Sabía que esta era tu empresa, obviamente, pero pensé que sería divertido darte una sorpresa.

—Desde luego que me has sorprendido. —Pero si estar a punto de darle un ataque al corazón pretendía ser divertido, pensó que pasaba olímpicamente.

Sus ojos grises y omnipresentes se clavaron en los de ella. —No le dijiste a Sophie lo de nuestro pasado.

—No me parecía muy bueno para el negocio sacar a relucir mi ruptura cuando la mujer viene a planificar una boda. —Le lanzó una mirada rápida—. ¿Se lo dijiste tú?

—No. —Cogió el bolígrafo de oro de ella sobre el escritorio y pasó la uña del pulgar por el monograma—. Decidí dejártelo a ti. —Él le había regalado ese bolígrafo en tiempos más felices, y ahora ella estaba molesta consigo misma por la sentimentalidad de usar el dichoso trasto todos los días.

—¿Así que no le vamos a decir a la feliz pareja que su organizadora de bodas y su padrino mantuvieron una relación?

—No, supongo que no.

—¿Y que nos odiamos el uno al otro?

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