FAZER LOGINLa mañana llegó cargada de una pesadez extraña, como si el peligro aún flotara en las paredes de mi hogar. Lorena fue la primera en levantarse y bastó una mirada para que notara que algo andaba mal conmigo.
—¿Mami, estás bien? —preguntó con su voz dulce, ladeando la cabecita.
—Sí, mi cielo, solo estoy un poco cansada —le mentí, forzando una sonrisa—. Ven, lávate los dientes y bajemos a la cocina a preparar los panqueques que tanto te gustan.
—¡Yupi! —exclamó ella, saltando de la cama con emoción.
En cuanto pisamos la cocina, la puerta sonó de nuevo. Para este punto ya me estoy desperrando. Conté hasta diez, miré a Lorena para no contagiarle mi miedo y abrí.
—Buenos días, señorita —dijo Dimitry, tan imponente como el día anterior—. Nikolái quiere verla ahora mismo, así que vendrá con nosotros.
—Un momento —respondí, plantándome firme bajo el marco—. No sé qué se cree tu jefe, pero es de pésima educación invadir la casa de una mujer que está sola con su hija.
Dimitry suspiró de lado, perdiendo un poco de su postura rígida, y se inclinó levemente ante mí en un gesto de disculpa.
—Tiene usted razón, le ruego me perdone si fui rudo. No quiero que piense que somos unos salvajes, solo estoy aquí porque mi jefe quiere agradecerle personalmente la ayuda que le brindó a sus hijos.
—Está bien —cedí, cerrando un poco la puerta—. Espérame afuera.
Entré de nuevo, y hable con Lorena, intentando que mi voz sonara lo más calmada posible.
—Mi cielo, quiero que te quedes con Carmen un rato, mamá tiene que salir a resolver un asunto y no tardará nada, sé una buena niña.
Lorena asintió sin protestar; me cambié de ropa a toda prisa, tomé mis llaves y salí dispuesta a enfrentar lo que fuera.
Cuando entramos a la suite del hospital, caminé con paso firme, negándome a mostrar la más mínima debilidad. Nikolái estaba recostado en la cama, pero su sola presencia masculina devoraba cada rincón del lugar, irradiando un poder peligroso.
—Abril, sabía que vendrías. —habló con una voz profunda, extendiendo su mano derecha en un gesto que pretendía ser de respeto.
Sostuve el saludo con fuerza, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
—Quería agradecerte personalmente todo lo que hizo —continuó Nikolái, fijos sus ojos oscuros en los míos—. Eres muy valiente; no solo me salvaste la vida, sino que cuidaste de mis pequeños cuando el mundo se caía a pedazos. Mila y Sasha me contaron el riesgo que corriste por ellos y es algo que jamás voy a olvidar.
Hizo una pausa breve, evaluándome de arriba abajo, pretendiendo intimidarme.
—Y por cierto, he sido muy descortés al no presentarme como corresponde. Se que desde esa noche en el club, te he causado algunos problemas. —añadió con una media sonrisa.
Lo mire con desdén.
—No necesito que te presentes, ya se todo de ti —respondí—. Y si, tienes razón, me has causado muchos problemas. Tal parece que eres un loco que me cree que tiene derecho sobre mí. Primero mandas a que tus hombres me siguen, luego tus hijos aparecen frente a mi puerta, llamándome mamá y diciendo que tú, mandaste por mí, ¿Qué m****a quieres de mi?
—Nada, solo quería... protegerte. Desde nuestro primer encuentro supe, que no podía dejarte sola.
Alce una ceja y me rio con sarcasmo.
—Bájate de la nube en la que vives, no eres el dueño del mundo. Entérate bien, la única razón por la que te salve fue por tus hijos. Así que basta de mandar a tus monos a que me sigan, porque si lo haces de nuevo, no voy a responder. ¿queda claro?
—Perfectamente —respondió entre risas.
—Bueno, y ya que estoy aquí, ¿puedo saber cómo están los gemelos? gemelos? —pregunté.
—Están perfectos, gracias a ti —respondió, y algo en su tono bajó un poco la guardia—. Aunque le confieso que pasaron la noche inquietos. Querían ir contigo.
—Es natural —solté, dando un paso hacia su cama—. Son pequeños y acaban de vivir un trauma, necesitan el calor de una madre, no un ejército de hombres armados cuidándolos.
La mandíbula de Nikolái se tensó al instante y su voz se volvió un látigo de autoridad.
—Quizás tengas razón, pero no la mandé a buscar para que opine sobre mi vida privada ni sobre cómo educo a mis hijos.
—Ni yo vine a que me la cuenten —repliqué sin moverme un centímetro—. Vine porque su hombre apareció en mi puerta y no quise ser grosera. Eso es todo.
Nikolái guardó silencio un segundo, sorprendido por mi réplica, antes de continuar con una frialdad corporativa.
—Te agradezco lo que hizo, pero debe entender algo, Abril: soy un hombre con demasiados enemigos y mi posición me obliga a desconfiar de todo el mundo, incluso de quienes me salvan. No puedo permitirme el lujo de confiar en ti.
—Me importa muy poco tu confianza, Ivanoff —le corté—. Hice lo que hice, porque creí que era lo correcto.
Él no apartó los ojos de mí, recorriéndome con una atención tan intensa que parecía querer desnudarme las intenciones, buscando una mentira que justificara su paranoia.
De repente, Nikolái le hizo una seña casi imperceptible a Dimitry, quien permanecía como una estatua al fondo de la habitación. El hombre se metió la mano en el saco y sacó un elegante cheque, extendiéndomelo.
Eché un vistazo a la cifra y era una cantidad obscena, de esas que te solucionan la vida entera y te compran un futuro sin carencias.
Pero mi orgullo de mujer se encendió como pólvora ante la humillación de recibir una propina por haber hecho lo correcto. Sentí una furia ardiente quemándome las venas, transformando mi sorpresa en un asco profundo hacia su prepotencia.
—¿En serio? —dije, con una calma que por dentro era todo fuego—. ¿Un cheque?
Tomé el papel. Lo arrugué despacio, sin prisa, mirándolo a los ojos mientras lo hacía. Y lo dejé caer sobre su cama.
—Qué conveniente que los hombres como tú siempre tengan la chequera a la mano —le dije—. ¿Crees que por que trabajo en el bar, estoy en venta?
Nikolái se tensó. Lo vi en la mandíbula, en los hombros, en esa mirada que de repente pesó el doble.
—No pretendía ofenderte —dijo, con la voz más baja, más ronca—. Solo quería asegurar tu estabilidad. Lo que hiciste no tiene precio, y sin embargo quise darte algo.
—Guarde su dinero y sus disculpas baratas, —sentencié, dándole la espalda con total desprecio—. Quédate con tu imperio de billetes. Espero que te recuperes pronto y que cuides de los gemelos.
Giré para marcharme, pero antes de que pudiera dar el primer paso, su mano derecha se disparó como una serpiente y me sujetó la muñeca con una fuerza brutal, aprisionándome.
—No te he dado permiso para que te retires —gruñó, tirando de mí hacia la cama, con una mirada que prometía el mismísimo infierno.
Me arranqué de su agarre con un tirón violento, sin importarme que el esfuerzo le abriera los puntos de la herida y lo hiciera jadear de dolor.
—¿Quién carajos te crees que eres para darme permisos? Imbécil —le solté con una furia salvaje, apuntándolo con el dedo—. No voy a recibir órdenes de un mafioso que se camufla bajo su empresa. Si me vuelves a poner una mano encima, te juro que vas a necesitar otra cirugía. ¿Qué vas a hacer, encerrarme? A los hombres como tú, no les tengo miedo.
Le sostuve la mirada un último segundo, obligándolo a entender que no me doblegaría, y caminé hacia la salida con paso firme. Agarré la manija y salí de la habitación, azotando la puerta con un portazo tan violento que pareció hacer temblar las paredes del hospital.
Caminé por el pasillo a zancadas, con el corazón golpeándome el pecho y la adrenalina quemándome la piel. Al llegar a la salida, me detuve en seco, contemplando la enorme ciudad que parecía rendirse ante el apellido de ese hombre, mientras un presentimiento oscuro me envolvía el alma.
Qué estúpida fui... Qué maldito error haber creído que escaparía de las garras de Nikolái Ivanoff tan fácilmente.
Ha pasado un año desde aquella noche en la que Mila sostuvo mi mano y me pidió que construyéramos un futuro juntas. Un año desde que decidimos dejar atrás el miedo y elegirnos sin condiciones. Hoy, mientras miro mi reflejo frente al espejo, siento que la mujer que aparece frente a mí ha recorrido un camino enorme para llegar hasta este momento.El vestido blanco que llevo no representa una vida perfecta. Representa una historia real. Una historia con heridas, errores, despedidas y regresos. Representa todas las veces que pensé que amar a Mila era demasiado difícil, pero también todas las veces que descubrí que nuestro amor tenía la fuerza suficiente para aprender, cambiar y crecer.Mis manos tiemblan un poco mientras termino de arreglar algunos detalles. No es nerviosismo por arrepentimiento, es la emoción de saber que después de tantos años voy a caminar hacia la persona que todavía logra hacerme sentir especial con una simple mirada.A mi alrededor están las personas que han visto ca
Llegué a mi apartamento con el cansancio acumulado de un día que parecía no terminar nunca. La conversación con Susana, el encuentro con Cecilia y esa sensación extraña de haber cerrado una puerta que durante demasiado tiempo permaneció abierta dentro de mí.Abrí la puerta y entré esperando encontrar la tranquilidad habitual de mi hogar. Sin embargo, apenas crucé la entrada supe que algo era diferente. No era una transformación exagerada ni un escenario imposible, sino pequeños detalles que hablaban de cuidado, de tiempo y de alguien que había pensado en mí antes de preparar cada cosa.Había fotografías nuestras colocadas con delicadeza, recuerdos de momentos que creí perdidos y algunos detalles que pertenecían completamente a mi mundo. Mi libro favorito sobre la mesa, una canción que siempre escuchaba cuando necesitaba sentirme mejor y una pequeña nota escrita con la letra de Mila.Tomé el papel entre mis manos y reconocí esas palabras antes incluso de leerlas. Mila siempre había teni
Acomodé la espalda contra el respaldo del sillón y exhalé despacio, intentando aflojar la rigidez de mis hombros.Habían pasado tres meses desde aquella última pesadilla en la que el nombre de Fabricio me arrebataba el aliento, tres meses desde que las sombras del cautiverio dejaron de ser una amenaza real para convertirse en fantasmas nocturnos.Todo marchaba bien en la empresa, y Benjamín sonreía de nuevo, pero mis noches seguían siendo un territorio hostil donde despertaba sudando y buscando a tientas un peligro que ya no estaba allí.La doctora Susana me observaba al otro lado del escritorio con esa serenidad paciente que siempre lograba calmar mi tormenta interna.Escuchó mi relato sobre las pesadillas recurrentes, sobre el miedo repentino que me asaltaba al caminar sola o al escuchar un portazo inesperado. Era frustrante sentir que, aunque mi vida marchaba hacia adelante, una parte de mi alma continuaba atrapada entre cuatro paredes.—Gina, lo que estás experimentando es la hue
El disparo me arrancó un grito que ni siquiera sabía que podía salir de mí. Todo mi cuerpo reaccionó antes que mis pensamientos. Me lancé hacia Mila y lo abracé con todas mis fuerzas, buscando heridas, buscando sangre, buscando una señal de que seguía conmigo. Mis manos temblaban mientras recorrían su espalda.—Mila, mírame... por favor, dime que estás bien.Él me sostuvo, pero antes de que pudiera responder escuché una voz detrás de nosotros. No era la de Fabricio. Era una voz tranquila, firme, una voz que conocía demasiado bien.—Hijo, nunca olvides lo que siempre te he enseñado. Aunque creas que las ratas están acabadas, tarde o temprano intentan atacar.Giré lentamente y vi a Nikolái con el arma todavía levantada. A sus pies estaba Fabricio inmóvil. En su mano aún tenía un arma, como si incluso derrotado hubiera esperado una última oportunidad para dañarnos.Sentí que mis piernas perdían fuerza. Todo aquello parecía una pesadilla interminable. Había pasado demasiado miedo, demasia
Pov GinaEl frío del suelo era lo que menos me preocupaba, el dolor físico no era nada comparado con el vacío insoportable que me carcomía el pecho. Encerrada en esta penumbra nauseabunda, apenas podía mover las manos sin que el metal oxidado arrancara trozos de mi piel.Un nudo asfixiante me apretaba la garganta. Tenía una sensación punzante y amarga, una corazonada terrible que no me dejaba respirar. Algo muy dentro de mí me decía que esta pesadilla no tendría un final feliz, que quizás nunca volvería a abrazar a mi pequeño Benjamín.Pensar en su risa, en sus manitas buscando mi rostro por las mañanas, me rompió en mil pedazos. Las lágrimas brotaron sin control, quemándome las mejillas mientras un sollozo desgarrador se me escapaba del pecho.—Miren nada más a la gran señora, llorando como una perra abandonada —resonó la voz de Fabricio desde la oscuridad.Escuché sus pasos pesados acercándose. Me encogí instintivamente, intentando ocultar mi rostro hinchado por el llanto.—Me enca
La pantalla se ilumina un archivo adjunto que me quema las manos, marcando las coordenadas exactas de una zona industrial abandonada a las afueras. Mi corazón se detiene por completo y un dolor insoportable me desgarra el pecho cuando abro las horribles fotografías que ese infeliz me mandó.Y ahí está ella, Gina, aparece tirada en un suelo mugriento, con el rostro pálido manchado de sangre reseca y unas ojeras profundas que apagan su brillo natural.Tiene gruesas cadenas de acero oxidado rodeando sus frágiles muñecas. Un rugido animal brota desde lo más oscuro de mi alma. Estrello mi puño contra la pared hasta dejar mis nudillos destrozados, sintiendo cómo los demonios me consumen entero al ver su expresión de agotamiento absoluto.—¡Suka blyat! ¡Yob tvoyu mat! Les juro por mi vida entera que voy a agarrar a ese infeliz cobarde y lo voy a convertir en un maldito picadillo sanguinolento para dárselo de tragar a los cerdos de la granja. ¡No va a quedar nada de su asqueroso cuerpo cuando







