LOGINEl día de su quinto aniversario, Abril Monsalve descubre que su esposo Enrique lleva años traicionándola con su mejor amiga. Pero la infidelidad es solo el comienzo: él tiene un plan para destruirla, despojarla de todo y borrarla de su propia vida. Y lo logra. Humillada y sin nada, Abril huye a Chicago con su hija Lorena y su nana, decidida a empezar de cero. Pero el destino la tiene reservada otra prueba: una noche oscura, dos gemelos idénticos corren hacia ella llamándola mamá en ruso, y detrás de ellos está su padre herido en el suelo. Nikolái Ivanoff: magnate implacable, ojos verdes que la atraviesa, y una cicatriz que le recuerda que él también sobrevivió cuando nadie apostaba por él. Abril no quiere saber nada de hombres poderosos. Ya aprendió esa lección. Pero entonces la leucemia de Lorena regresa, más agresiva que nunca, y Abril no es donante compatible. Desesperada, cae en la trampa de Enrique, quien le exige una noche de sometimiento a cambio de acceso a los registros médicos que podrían salvar a su hija. Cuando ella intenta resistirse, amanece esposada, acusada de intento de asesinato. Sola en una celda, con su hija muriendo en un hospital al que no puede llegar, Abril cree que todo terminó. Entonces las puertas se abren. Nikolái Ivanoff, aparece para reclamarla. Él salvará a Lorena y aplastará a Enrique. Pero su precio es absoluto: tres años como su esposa, bajo contrato, sin amor y sin escapatoria. Abril sabe que está cambiando una jaula por otra. Lo que no sabe es que Nikolái también carga traiciones que aún no ha podido enterrar. Lo que nació como un contrato frío se convertirá en el amor más feroz que ninguno de los dos supo que necesitaba... y que ninguno podrá destruir.
View MorePov Abril
Avanzo por el corredor con el regalo apretado contra el pecho y una sonrisa que me nace sola, de esas sonrisas tontas que una no puede controlar cuando está enamorada.
Hoy cumplo cinco años de casada con Enrique, cinco años al lado del único hombre que me hizo sentir que mi cuerpo nunca fue un problema, que mis curvas no eran algo de lo que debía avergonzarme. Pasé semanas buscando el reloj perfecto, y lo encontré; quería sorprenderlo antes de la cena, verlo abrir el estuche y escuchar esa risa suya que siempre me desarma.
Mientras camino, recuerdo la primera vez que entré a esta oficina. Enrique acababa de firmar su primer gran contrato y me abrazó tan fuerte que casi me deja sin aire. Brindamos con una botella de champaña y terminamos riéndonos, sobre el escritorio que elegimos juntos. Ese escritorio se convirtió en nuestro pequeño símbolo de victoria: cada vez que él cerraba un negocio importante, me llamaba para decirme que todo lo había logrado gracias a mí.
Por eso, cuando llego frente a la puerta de su despacho, mi corazón está lleno de gratitud. Levanto la mano para tocar, pero me detengo al escuchar una carcajada femenina.
Frunzo el ceño.
No es raro que Enrique tenga reuniones con mujeres; lo raro es el tono de esa risa. Es una risa baja, íntima, seguida por la de él, y algo dentro de mí se encoge de golpe. La puerta está entreabierta apenas unos centímetros. Me digo que estoy siendo absurda, que seguramente es una clienta importante, pero aun así doy un paso más y asomo la cabeza.
La pesada caja del regalo se me resbala de las manos sin que pueda evitarlo.
Cae al suelo con un golpe seco que ninguno de los dos dentro de la oficina llega a escuchar siquiera.
Enrique tiene a una mujer apoyada contra el escritorio, sujetándole la cintura con una urgencia que jamás conocí. La besa como si llevara años muriéndose por hacerlo, como si el mundo pudiera acabarse en el siguiente segundo. La mujer echa la cabeza hacia atrás y se ríe, y entonces la veo.
Rebeca.
Mi mejor amiga.
La mujer que recibió un cuarto en mi casa cuando no tenía dónde dormir. La misma por la que discutí con mis padres una y otra vez, defendiendo su nombre como si fuera mi hermana.
Recuerdo a mi madre diciendo: "Esa muchacha no te mira como amiga, Abril. Te mira como quien quiere tu vida." Yo me enfadaba, le decía que estaba siendo injusta, que Rebeca había sufrido demasiado con una madre alcohólica y un padre violento. Qué fácil fue engañarme.
Me cubro la boca con la mano para no hacer ruido. Siento que el pecho se me hunde, que alguien me está arrancando algo por dentro. Quiero apartar la mirada, pero no puedo. Mis ojos vuelven al escritorio y el recuerdo de aquella noche de celebración me golpea con una crueldad insoportable. Yo le ayudé a escoger esa madera, yo limpié la mancha de champaña que quedó en la esquina, yo creí que ese lugar guardaba uno de nuestros recuerdos más felices.
Ahora guarda mi humillación.
Rebeca pasa un dedo por la corbata de Enrique y se ríe con esa risa que tantas veces confundí con cariño.
—¿Y cuándo piensas divorciarte de esa gorda? —pregunta, sin el menor pudor—. Porque ya me cansé de verla pasearse por tu casa como si fuera la reina del mundo.
Enrique no se aparta de ella. Al contrario, le besa el cuello y responde con una calma que me hiela la sangre.
—Ten paciencia, amor. Muy pronto la dejaré en la calle.
La palabra amor me atraviesa como un cuchillo. Cinco años esperando escucharla con la misma devoción con la que él acaba de pronunciarla para otra mujer.
Rebeca suelta una carcajada.
—Te juro que ya no soporto ni un día más su cara de mártir. Se hace la víctima por cualquier estupidez; primero la niña con aquella leucemia que nos quitó el sueño, luego el maldito bebé que perdió en el embarazo... y todavía espera que todo el mundo le tenga lástima eterna. A veces pienso que esa mujer nació únicamente para arruinarte la existencia.
Mi mano baja sola hasta mi vientre.
Hace dos años exactos que perdí al hijo que creí esperábamos con ilusión, y recuerdo perfectamente a Rebeca pasando noches enteras sentada al pie de mi cama, sosteniéndome las manos cuando el llanto no me dejaba respirar. Me juraba que era una madre maravillosa, que el dolor sanaría y que mi pequeña Lorena me necesitaba fuerte y de pie. Cada una de esas lágrimas falsas regresa ahora convertida en un veneno espeso que me quema por dentro.
Enrique guarda silencio unos segundos. Por un instante, una parte desesperada de mí espera que me defienda, que le diga que no tiene derecho a hablar así de mí. Pero cuando vuelve a abrir la boca, termina de destruir lo poco que quedaba en pie.
—¿Recuerdas el testamento de mi padre?
Rebeca movió la cabeza lentamente mientras una sonrisa empezaba a dibujarse en sus labios.
—Claro que si mi vida.
—Pues ahí tienes la respuesta. Mi viejo dejó estipulado que solo heredaría el control absoluto de las empresas Thompson si me casaba con Abril y mantenía ese matrimonio durante cinco años.
Rebeca sonrió con satisfacción
—Así que todo este tiempo solo la utilizaste.
Enrique soltó una risa baja.
—¿De verdad podías creer que un hombre de mi posición iba a enamorarse de alguien como ella? Esa gorda estúpida jamás me atrajo ni un solo segundo. Cada beso que le di fue una actuación ensayada para el contrato. Lo único que veía cuando la miraba a los ojos era la firma notarial que necesitaba para ser el dueño absoluto de todo. Si hubiera existido otra alternativa legal, jamás le habría permitido llevar mi apellido ni un solo día
Cada palabra era un apuñalada, las lágrimas comenzaron a nublarme la vista. Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
—Tienes razón, un hombre como tu es mucho para ella —continuó Rebeca, soltando una risotada cargada de veneno puro—. Ella es tan torpe y estúpida, que nunca sospecho que mientras tu decías que viajabas por trabajo, en realidad, terminabas enredado en mis sábanas.
—Hay algo que siempre he querido saber, ¿Por qué la odias con tanta intensidad? —cuestiona él sin el menor rastro de remordimiento en el tono.
—La detesto porque siempre tuvo en bandeja de plata todo lo que yo deseé con envidia. Una familia que la amaba sin condiciones, dinero, un apellido respetado y la admiración de todos. En la universidad los profesores la ponían de ejemplo y los mejores hombres la buscaban, incluso con su sobrepeso. Y cuando apareciste tú en su camino, volvió a ganarse la lotería. Estoy harta de verla quedarse con lo que me pertenece por derecho. Esta vez me toca a mí ganar.
—Como quieras, de todas formas nunca la amé y si le llega a pasar algo hoy mismo, no derramaría ni una sola lágrima de tristeza —remata Enrique, sellando el pacto definitivo con su amante—. Y en cuanto a Lorena, la mandaré directo a un internado carísimo en el extranjero donde nadie vuelva a acordarse de su existencia.
Un dolor desgarrador mutó rápidamente en una ira hirviente, despertando un deseo enorme de entrar y destrozarlos en ese mismo instante.
Sin embargo, la razón me obligó a contenerme al comprender que estaba sola ante dos monstruos capaces de asesinarme sin dudarlo. Pensé en mi pequeña Lorena, mi guerrera de que me necesitaba viva, y supe que debía ser inteligente para vengarme.
Giré sobre mis talones con el corazón destrozado, corriendo por el pasillo en busca de las escaleras para huir de ellos.
En mi desesperación por escapar a prisa, mi pie flaqueó y caí pesadamente, sufriendo un terrible esguince que me dobló el tobillo. Ignorando el sufrimiento, me levanté como pude y caminé arrastrando la pierna hasta el estacionamiento,
Subí al carro, puse el motor en marcha. Solo cuando las puertas se cerraron y la oscuridad me envolvió, las lágrimas llegaron.
—Idiota —me dije a mí misma—. Tanto tiempo creyéndole, dejando todo por él, convirtiéndome en una estúpida alfombra , me puse en bandeja de plata para que el caminara como un rey.
Las manos me temblaban sobre el volante. Pensé en Lorena. En mi bebé que no llegó. En mis padres que perdí demasiado pronto. En Rebeca, que tomó mi mano en el hospital y lloró conmigo.
—¿Por qué, Dios? —pregunté en voz alta, y la voz me salió rota, fea, deshecha—. ¿Qué más me vas a quitar? Primero fueron mis padres. Y ahora esto.
Mi mente se transformó en un caos absoluto de recuerdos, perdiendo por completo el control de mi vehículo en la avenida.
El chirrido de las llantas resonó en el asfalto cuando el auto derrapó violentamente hacia el borde, directo al desastre. Visualicé el rostro de mi hija antes de que el violento impacto contra un poste de concreto apagara mi dolor. La densa oscuridad me devoró.
[Nota de autor: bienvenidos a esta nueva historia, la cual estará llena de intrigas, traiciones, amor y la lucha de una mujer por recuperar lo que alguna vez perdió. Espero que al igual que mi otra historia, esta también se la disfruten, la adoren y le den todo su apoyo]
Ha pasado un año desde aquella noche en la que Mila sostuvo mi mano y me pidió que construyéramos un futuro juntas. Un año desde que decidimos dejar atrás el miedo y elegirnos sin condiciones. Hoy, mientras miro mi reflejo frente al espejo, siento que la mujer que aparece frente a mí ha recorrido un camino enorme para llegar hasta este momento.El vestido blanco que llevo no representa una vida perfecta. Representa una historia real. Una historia con heridas, errores, despedidas y regresos. Representa todas las veces que pensé que amar a Mila era demasiado difícil, pero también todas las veces que descubrí que nuestro amor tenía la fuerza suficiente para aprender, cambiar y crecer.Mis manos tiemblan un poco mientras termino de arreglar algunos detalles. No es nerviosismo por arrepentimiento, es la emoción de saber que después de tantos años voy a caminar hacia la persona que todavía logra hacerme sentir especial con una simple mirada.A mi alrededor están las personas que han visto ca
Llegué a mi apartamento con el cansancio acumulado de un día que parecía no terminar nunca. La conversación con Susana, el encuentro con Cecilia y esa sensación extraña de haber cerrado una puerta que durante demasiado tiempo permaneció abierta dentro de mí.Abrí la puerta y entré esperando encontrar la tranquilidad habitual de mi hogar. Sin embargo, apenas crucé la entrada supe que algo era diferente. No era una transformación exagerada ni un escenario imposible, sino pequeños detalles que hablaban de cuidado, de tiempo y de alguien que había pensado en mí antes de preparar cada cosa.Había fotografías nuestras colocadas con delicadeza, recuerdos de momentos que creí perdidos y algunos detalles que pertenecían completamente a mi mundo. Mi libro favorito sobre la mesa, una canción que siempre escuchaba cuando necesitaba sentirme mejor y una pequeña nota escrita con la letra de Mila.Tomé el papel entre mis manos y reconocí esas palabras antes incluso de leerlas. Mila siempre había teni
Acomodé la espalda contra el respaldo del sillón y exhalé despacio, intentando aflojar la rigidez de mis hombros.Habían pasado tres meses desde aquella última pesadilla en la que el nombre de Fabricio me arrebataba el aliento, tres meses desde que las sombras del cautiverio dejaron de ser una amenaza real para convertirse en fantasmas nocturnos.Todo marchaba bien en la empresa, y Benjamín sonreía de nuevo, pero mis noches seguían siendo un territorio hostil donde despertaba sudando y buscando a tientas un peligro que ya no estaba allí.La doctora Susana me observaba al otro lado del escritorio con esa serenidad paciente que siempre lograba calmar mi tormenta interna.Escuchó mi relato sobre las pesadillas recurrentes, sobre el miedo repentino que me asaltaba al caminar sola o al escuchar un portazo inesperado. Era frustrante sentir que, aunque mi vida marchaba hacia adelante, una parte de mi alma continuaba atrapada entre cuatro paredes.—Gina, lo que estás experimentando es la hue
El disparo me arrancó un grito que ni siquiera sabía que podía salir de mí. Todo mi cuerpo reaccionó antes que mis pensamientos. Me lancé hacia Mila y lo abracé con todas mis fuerzas, buscando heridas, buscando sangre, buscando una señal de que seguía conmigo. Mis manos temblaban mientras recorrían su espalda.—Mila, mírame... por favor, dime que estás bien.Él me sostuvo, pero antes de que pudiera responder escuché una voz detrás de nosotros. No era la de Fabricio. Era una voz tranquila, firme, una voz que conocía demasiado bien.—Hijo, nunca olvides lo que siempre te he enseñado. Aunque creas que las ratas están acabadas, tarde o temprano intentan atacar.Giré lentamente y vi a Nikolái con el arma todavía levantada. A sus pies estaba Fabricio inmóvil. En su mano aún tenía un arma, como si incluso derrotado hubiera esperado una última oportunidad para dañarnos.Sentí que mis piernas perdían fuerza. Todo aquello parecía una pesadilla interminable. Había pasado demasiado miedo, demasia












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