LOGINEl gran comedor de la mansión Di Santi-Ling se sentía como una olla a presión. Los herederos masculinos continuaban con sus tragos, mientras las chicas permanecían con los brazos cruzados, la tensión flotando en el aire. De pronto, los pesados pasos de la vieja guardia resonaron en el pasillo.
Ángelo, Wei y la matriarca Mein entrar al comedor. Los rostros de los dos líderes de la mafia reflejaban una rigidez incómoda, una mezcla de frustración y un orgullo severamente golpeado que Alessandro y Damián no tardaron en notar. Mein caminó hasta la cabecera con su elegancia imperturbable y clavó su mirada fría en los presentes, rompiendo el silencio. —El tablero se ha reconfigurado —anunció Mein con voz pausada—. Vuestras madres han intervenido. El desafío sigue en pie, pero con nuevas y estrictas condiciones. Ningún matrimonio se llevará a cabo por simple conveniencia política; las parejas que elijan tendrán que pasar por el juicio implacable de Cassandra y Clara. Si ellas no detectan intenciones reales o consideran que los candidatos no son dignos, quedarán descalificados de inmediato. Damián soltó una risa ronca, ganándose una mirada fulminante de su padre Ángelo. —¿O sea que el futuro líder de la mafia unificada depende de si mamá aprueba o no a nuestra mujer? —se burló, aunque por dentro asimilaba el problema—. Esto se volvió un examen de etiqueta. Buena suerte intentando convencer a mamá de que nos casamos "por amor", Alessandro. —No te equivoques, Damián —advirtió Wei con severidad—. Es la única forma en que este reto avanza. Tendrán que ser muy astutos para engañar el ojo de Clara y Cassandra. Mein Ling se giró lentamente hacia su propia familia, deteniendo sus ojos oscuros en su hija. —Y eso te incluye a ti, Yang. Tú también vas a participar en este desafío. Yang Ling, que hasta ese momento observaba todo desde una esquina con desapego, arqueó una ceja. Su postura se volvió rígida de inmediato. —Madre, yo no tengo ningún interés en esto, y lo sabes muy bien. No necesito un marido para demostrar de lo que soy capaz en los negocios de la Tríada. Mi lugar está controlando las finanzas, no sirviendo a un hombre. —Es una orden, Yang —sentenció Mein, cortante y sin derecho a réplica—. Veremos quién de todos ustedes es un verdadero líder bajo presión. El imperio unificado necesita mente, estrategia y control. Quien demuestre ser el mejor, se quedará con todo. Bianca miró a Alessia con una sonrisa de complicidad. La entrada de la tía Yang al juego solo significaba una cosa: el frente femenino se volvía el doble de peligroso. —Esto se pone cada vez mejor —murmuró Bianca, mirando de reojo a sus hermanos—. Ahora la competencia es justa. Alessandro dejó su vaso de whisky sobre la mesa con un golpe seco, mirando fijamente a su primo Thiago Yun y luego a su padre. La arrogancia en sus ojos seguía intacta, pero ahora había una chispa de fría determinación. —Que las mujeres pongan los filtros que quieran —sentenció Alessandro, acomodándose los puños de la camisa—. Si tengo que fingir que estoy enamorado para pasar el examen de mamá y quedarme con esta dinastía, lo haré. La corona Di Santi-Ling ya tiene mi nombre grabado, y ninguna prueba de amor va a cambiar eso. Prepárense, porque mañana mismo empiezo a mover mis piezas en Miami. Antes de que Alessandro pudiera dar otro trago a su whisky, las puertas laterales se abrieron y Cassandra Di Santi entró al comedor con paso firme, seguida de cerca por Clara. La mirada de Cassandra era pura lava. —Te escuché, Alessandro —soltó Cassandra, clavando sus ojos grises en su hijo mayor. Alessandro se quedó callado al instante, enderezando la espalda y perdiendo toda la arrogancia frente a su madre. Cassandra paseó la mirada por toda la mesa, imponiendo su autoridad. —Será justo para todos —sentenció Cassandra, cruzándose de brazos—. El que gane este desafío tendrá que demostrar también que no es un egoísta y que sabe que la familia es lo primero. Eso los incluye a ustedes tres, y también a las chicas. Damián hizo una mueca de frustración y dio un paso al frente. —Madre, pero no es justo —protestó—. Ninguno de nosotros quiere enamorarse. Eso de los sentimientos es para débiles. Cassandra ni siquiera lo dejó terminar. Con una rapidez felina, avanzó hacia él, lo tomó firmemente de la oreja y tiró hacia arriba. —¡Ay, ay, ay! ¡Mamá! —se quejó Damián, agachándose por el dolor mientras Alessandro y Bianca se tapaban la boca para no soltar la carcajada. —Tu padre y yo nos enamoramos y no somos ningunos débiles, Damián —le espetó Cassandra, dándole un leve tirón antes de soltarlo—. Respétanos. Damián se frotó la oreja, rojo de la vergüenza, mientras los demás se reían por lo bajo. En medio del alboroto, Luciana soltó un bufido y levantó la mano, llamando la atención de todos. —Madre, yo no quiero ser parte de esto —declaró Luciana con firmeza—. Prefiero irme de viaje o vivir sola antes de ponerme a jugar con estos cabezas de camarón. Thiago Yun, que hasta el momento había estado callado, la miró de reojo con desagrado. —Cuida lo que dices, Luciana. —¡Basta! —intervino Clara, dando un paso al frente y elevando la voz lo suficiente para congelar el comedor—. Ya está dicho. Chicas, lo siento mucho, pero confío en que todas jugarán limpio. Y ustedes tres —añadió, señalando a los varones—, no van a ir a comprar mujeres, ¿entendido? También tienen que saber que no todo en la vida son los clubs nocturnos y las mujeres de mala muerte. Thiago Yun soltó una sonrisa de lado, restándole importancia con la mano. —Madre, ¿pero qué tiene de malo? A esas les das plata y te hacen feliz. No hay complicaciones. El rostro de Wei Ling se transformó en una máscara de furia pura. El Dragón de la Tríada dio un golpe en la mesa que hizo temblar la cristalería y le gritó a su hijo en un mandarín rápido y cortante: —¡Thiago, shutou! (¡Thiago, cállate!) —bramó Wei, sus ojos echando chispas—. ¡No vuelvas a decir algo así enfrente de tu madre, tus primas y tus abuelas! Thiago Yun palideció de inmediato, asimilando el error, y bajó la cabeza. —Lo siento... Me disculpo —murmuró, tragándose el orgullo ante la furia de su padre. En una esquina del comedor, Ángelo Di Santi permanecía en absoluto silencio, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Estaba profundamente molesto. Conocía a sus hijos, conocía a su sobrino y sabía perfectamente el temperamento de las mujeres de esa casa. Miró el tablero invisible que se estaba armando en el comedor y una pesada certeza lo invadió: esto iba a terminar muy, pero muy mal. En Key Biscayne, la reunión familiar terminó con un silencio sepulcral. Alessandro, Damián y Thiago Yun intercambiaron miradas cargadas de rivalidad y fastidio. Sin decir una sola palabra más a sus padres, los tres primos caminaron hacia la salida principal de la mansión, donde ya los esperaba Larius, el imponente jefe de seguridad y hombre de confianza, con las camionetas blindadas encendidas. —¿A dónde vamos, señores? —preguntó Larius con su habitual voz gruesa y profesional, ajustándose el saco. —Al club del centro —ordenó Alessandro, subiéndose en el asiento del copiloto con la mandíbula apretada—. Necesito un trago largo y salir de este maldito circo. Vamos a ver qué mercancía hay en la ciudad. —Y a ver quién de nosotros encuentra primero la forma de engañar a nuestras madres —añadió Damián con una sonrisa arrogante desde los asientos traseros, mientras Thiago Yun se limitaba a mirar por la ventana con frialdad calculadora. A varios kilómetros de la deslumbrante opulencia de Key Biscayne, en un barrio de clase media baja de Miami donde los rascacielos no eran más que siluetas lejanas, la realidad se pintaba con colores mucho más crudos. En el interior de una pequeña casa de paredes desgastadas y olor a humedad, Tamara, de tan solo diecisiete años, pasaba un trapo húmedo por la vieja mesa de la cocina. El ritmo de sus manos intentaba seguir el compás de los gritos roncos y violentos que provenían de la sala. —¡Eres una inútil! ¡Igual de inservible que ella! —bramó una voz arrastrada por el alcohol, seguida del sonido seco de una botella de cerveza golpeando la madera. Tamara ni siquiera parpadeó; el miedo se le había secado en los huesos hacía mucho tiempo. El hombre que gritaba era su padre, una sombra amargada que ahogaba sus fracasos en el fondo de una botella y cuya única misión en la vida parecía ser recordarle a Tamara el pecado de haber nacido. Su madre había fallecido debido a complicaciones durante el parto, y desde ese primer aliento, su padre la había culpado de la tragedia. La odiaba por respirar, la odiaba porque el rostro de la joven guardaba destellos de la mujer que él había perdido. A vísperas de su turno nocturno, Tamara sabía que su vida se dividía en dos turnos implacables para poder mantener el techo sobre sus cabezas y pagar las deudas de juego de su progenitor. Por la mañana, madrugaba para limpiar las gigantescas y lujosas mansiones de los ricos en las zonas exclusivas de la ciudad, ordenando vidas perfectas que jamás tendría. Por la noche, se ponía el uniforme para trabajar como mesera en uno de los clubes nocturnos más de moda del centro de Miami. —¿Me estás escuchando, maldita sea? —el hombre apareció de golpe en el marco de la puerta de la cocina, tambaleándose y con los ojos inyectados en sangre. Tamara guardó el trapo con una calma que por dentro era puro instinto de supervivencia. Lo miró fijamente, con esos ojos jóvenes pero cargados de una madurez forzada por los golpes de la vida. —Te escucho —respondió con voz firme, sin flaquear—. Ya limpié la cocina. Me voy a cambiar para el turno del club. Dejé comida en la nevera. —Más te vale traer suficiente dinero hoy —escupió él, dándose la vuelta entre maldiciones mientras regresaba a la sala. Tamara caminó hacia su pequeño cuarto y suspiró con pesadez. Se miró en el espejo roto y se acomodó el cabello, sabiendo que la noche en el club nocturno sería larga, ruidosa y llena de hombres adinerados que miraban a las meseras como si fueran adornos. Sin embargo, antes de que pudiera terminar de alistarse, la tensión en la casa terminó por estallar. Su padre la interceptó bruscamente al salir de la habitación, bloqueándole el paso en la pequeña sala. Su aliento a alcohol inundaba el aire, volviéndose asfixiante. —¡Te pregunté dónde carajos está el dinero que guardabas en la gaveta! —rugió, acorcolándola contra la pared. —Ese dinero es para la renta, papá —respondió Tamara, sintiendo cómo el corazón se le salía del pecho pero intentando mantener la voz firme—. Si te lo gastas en tus apuestas, nos van a echar a la calle. ¡Por favor, déjalo! —¡A mí no me gritas, maldita mocosa! —bramó el hombre, cegado por la abstinencia y la rabia—. ¡Es mi casa! ¡Tú me debes la vida! ¡Si tu madre no hubiera muerto por tu culpa...! —¡Yo no tuve la culpa de que ella muriera! —gritó Tamara, con las lágrimas desbordándose por fin de sus ojos, cansada de cargar con un fantasma que no le pertenecía. El golpe fue seco, violento e inesperado. La mano pesada de su padre impactó directamente contra la mejilla de Tamara, haciéndola caer con brusquedad contra el suelo de madera. El dolor se expandió como fuego por su rostro y el sabor metálico de la sangre inundó su boca de inmediato. —¡Te callas! ¡Te callas! —el hombre se abalanzó sobre ella, tomándola bruscamente del cabello para obligarla a levantarse, arrancándole un grito de puro dolor—. Me vas a dar el dinero ahora mismo. —¡Suéltame! ¡Por favor, ya basta! —suplicó Tamara, cubriéndose el rostro mientras él la sacudía con crueldad, dándole una última patada en el costado que la dejó sin aire en el suelo. Tras rebuscar con desesperación en la habitación de la joven, el hombre tomó el escaso dinero de la renta y salió de la casa dando un portazo que hizo temblar las ventanas. Tamara se quedó en el suelo por varios minutos, temblando, rota por dentro y por fuera. Con un esfuerzo sobrehumano, se apoyó en la pared y se levantó. Se limpió el hilo de sangre que corría por su labio partido y miró el reloj: iba tarde para el turno del club nocturno. No podía faltar; si perdía ese trabajo, se quedaría completamente sin nada. Con los ojos hinchados y el cuerpo adolorido, se aplicó una gruesa capa de maquillaje para ocultar el hematoma que ya se formaba en su mejilla, se puso el uniforme de mesera y salió a la fría noche de Miami. No tenía idea de que el destino la estaba guiando directo al lugar donde la dinastía Di Santi-Ling descargaría todo su poder.El viento de la madrugada mecía los árboles de la terraza privada de la mansión Di Santi, barriendo los últimos vestigios del humo y el perfume barato del salón de gala. Lejos de la hipocresía de la alta sociedad y el circo mediático, el silencio nocturno era un bálsamo pesado y denso.Jun-Du se acercó a la balaustrada de piedra donde Alessia contemplaba la oscuridad con los hombros rígidos. Con un movimiento silencioso, sacó de un pequeño estuche térmico su debilidad exacta: un mochi de fresa cubierto con una capa crujiente de chocolate oscuro. Lo extendió hacia ella sin decir una palabra.Alessia parpadeó, miró el dulce y luego los ojos oscuros y pacientes de Jun-Du. Una media sonrisa cansada se dibujó en sus labios mientras aceptaba el mochi. Le dio un pequeño bocado; el contraste del dulce amargo del chocolate con la fresa le devolvió un atisbo de calor al pecho.—¿Por qué no lo mataste, mi Yuni? —preguntó Jun-Du con una voz suave, ronca, rompiendo el silencio de la noche—. Tuvist
El leve carraspeo de Thiago resonó en la entrada del balcón con una discreción calculada. Alessia y Jun-Du se giraron despacio, entrelazando los dedos un segundo antes de soltarse con elegancia.—Interrumpo en el momento justo o demasiado tarde, me imagino —dijo Thiago con una leve sonrisa ladina mientras caminaba hacia ellos, ajustándose los puños del saco.—Thiago... —comenzó Alessia, intentando recuperar la compostura.—No digas nada, gata. Anaís te está esperando cerca del vestíbulo, quiere que la acompañes al tocador para retocarse el labial antes de que nos vayamos —intervino Thiago con tono suave, antes de mirar fijamente a Jun-Du—. Jun, ¿me acompañas a la barra un segundo? Necesito un trago corto y prefiero no tomar solo.Jun-Du asintió con una reverencia respetuosa. Alessia le dedicó una última mirada cálida a su protector y caminó hacia el interior del salón, donde Anaís ya la aguardaba con una sonrisa complaciente.En la barra privada de la planta alta, alejada del bullicio
Justo después de que la sentencia en griego de Alessia dejara a Sebastián paralizado, los hombres de la dinastía dieron un paso al frente. Con las manos en los bolsillos de sus trajes de etiqueta y posturas relajadas, se acercaron con la tranquilidad de quien ya sabe el final de la historia.Thiago dio un paso adelante, ladeando la cabeza con una sonrisa de absoluta cortesía, como si estuviera hablando de un simple juego de mesa.—Qué bonita fiesta, Sebastián —comentó Thiago con voz suave y entretenida—. De verdad, disfrútala. Hay algo poético en ver a un hombre celebrar tan feliz antes de darse cuenta de que ya no le queda nada que festejar. Saluda a todos los invitados... aprovéchalos mientras todavía te contestan las llamadas.Alessandro se ajustó los gemelos con una parsimonia insultante, soltando una risita baja que heló la sangre de los presentes.—Felicidades por la boda, griego. Qué bonito es el matrimonio... esa ilusión de creer que construir una fachada nueva te va a protege
La noticia estalló a primera hora de la mañana en los canales privados de la mafia y en las revistas de negocios de alta sociedad: «El heredero del imperio griego, Sebastián, anuncia su compromiso express con la acaudalada Vanessa Longoria» Las fotos de la pareja inundaron las pantallas, acompañadas por el anuncio de una ostentosa gala de compromiso ese mismo.En la sala de espera del hospital privado, Alessandro, Damián y Thiago miraban las noticias en una tablet con los rostros desencajados por la indignación.—¡Es una maldita provocación! —rugió Thiago, estrellando el puño contra la mesa—. ¡Ayer casi mata a mi hermana y hoy sale a pasearse con esa mujer para fingir que nada pasó y humillar nuestro apellido!—Ese tipo nos está escupiendo en la cara —coincidió Damián, ajustándose la chaqueta con furia—. Alessandro, el escuadrón ya está listo. Hay que ir a volarle la cabeza antes de que empiece su fiesta.—Tranquilos los dos —intervino Alessandro con voz sombría, aunque sus ojos ech
Las sirenas sordas del todoterreno se apagaron en cuanto el vehículo de Jun-Du derrapó frente a las puertas acristaladas de urgencias del hospital privado, bajo la custodia constante de la seguridad de los Di Santi.Sin esperar por los camilleros, Jun-Du la tomó en brazos contra su pecho y cruzó las puertas automáticas a zancadas desesperadas. Su rostro era una máscara de pura angustia, con la mandíbula apretada y la voz quebrada mientras les gritaba a los médicos de turno.—¡Es un ataque de asma severo por choque de estrés! ¡Se quedó sin oxígeno, rápido!El equipo médico privado del clan reaccionó de inmediato. Trasladaron a Alessia a una camilla de cuidados intensivos, colocándole una mascarilla de nebulización y oxígeno continuo para despejar sus vías respiratorias colapsadas.Horas más tarde, el pitido rítmico y constante del monitor cardiaco rompió la penumbra de la habitación de lujo.Alessia abrió lentamente los ojos, parpadeando contra la luz estéril y blanca del cuarto. Sinti
El todoterreno blindado de los Di Santi se deslizó con elegancia por la rampa del estacionamiento subterráneo de la exclusiva zona comercial. La luz artificial parpadeaba débilmente sobre el pavimento de concreto, tiñendo el ambiente de una atmósfera lúgubre y desértica. Alessia apagó el motor, y el silencio cayó de golpe dentro del habitáculo, tan espeso que casi se podía masticar.Al bajar del vehículo, un inusual cosquilleo le recorrió la nuca. El lugar estaba demasiado silencioso. Ni el zumbido de los autos habituales ni el eco de pisadas lejanas; solo la penumbra y las sombras proyectadas por las enormes columnas de soporte.A pocos metros de las puertas del ascensor privado que conducían a la plaza, una silueta alta y masculina emergió de la oscuridad.Alessia se detuvo en seco. No se inmutó. Su mano derecha se deslizó de inmediato, con una rapidez milimétrica y absoluta discreción, hacia el interior de su blazer, rozando la culata fría del arma oculta bajo la manga. Su rostro s







