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La brisa nocturna de Miami golpeaba los inmensos ventanales de la mansión, trayendo consigo el aroma a salitre y el eco lejano de una ciudad que nunca dormía. En el interior del antiguo y enorme despacho de Ángelo, sin embargo, reinaba un silencio sepulcral.
Cassandra caminaba despacio, sintiendo el frío del suelo de mármol bajo sus pies. Sus ojos se detuvieron en la hilera de marcos de plata que adornaban la gran mesa de roble. Observó las fotografías familiares, las sonrisas capturadas en instantes de paz que, en su momento, costaron una fortuna de sangre. Recordó con una punzada en el pecho los años de guerra, el miedo constante que se le instalaba en la garganta cada vez que la noche caía, y cómo había tenido que luchar con uñas y dientes, protegiendo a sus pequeños del peligro real que acechaba afuera mientras Ángelo consolidaba el imperio de las sombras. Una sutil sonrisa, mezcla de melancolía y orgullo, apareció en sus labios. Sus lágrimas y sacrificios habían valido la pena. Había sobrevivido al infierno solo para asegurarles un futuro. Cassandra sabía que el imperio Di Santi no se había construido solo con balas, sino con el alma de una mujer que aprendió a caminar sobre el fuego para que sus hijos nunca tuvieran que quemarse. Pero verlos ahora, dueños de las sombras, le recordaba que los niños del camión de juguete ya no necesitaban protección; ahora, ellos eran el peligro. El silencio se rompió de golpe. Las imponentes puertas dobles del despacho se abrieron de par en par, estrellándose contra la pared. Cassandra contuvo el aliento cuando el aura de poder inundó la habitación. Entraron ellos. Impecables. —El cargamento del puerto de Miami no se toca —sentenció Alessandro, su voz arrastrando esa misma frialdad gélida y calculadora que caracterizaba al Demonio—. Si los rusos interceptan una sola caja más, bloquearé las rutas de escape en el Atlántico. No habrá advertencias. A su lado, Damián soltó una risa ronca, ajustándose los puños de su camisa negra con una tranquilidad que erizaba la piel. —Déjalos que lo intenten, hermano. Mis homes ya tienen controlado el perímetro del muelle. Estoy ansioso por ver si tienen el valor de sostener el arma frente a nosotros. —No subestimen su desesperación —intervino Thiago Yun, caminando con la elegancia felina y letal heredada del Dragón. Sus rasgos asiáticos se tensaron bajo la luz cenital—. La Tríada ya dio luz verde. Si se mueven un centímetro en el sector norte, cortaremos sus líneas de suministro desde la raíz. Cassandra los miró fijamente y sintió que la respiración se le cortaba. Eran el vivo retrato de sus padres: la misma autoridad implacable, la misma madurez peligrosa que dominaba cualquier habitación. Justo detrás de ellos, cerrando el grupo con paso firme y una seguridad arrolladora, entró Bianca. A sus 19 años, la joven princesa de la mafia no se quedaba atrás; cruzó los brazos sobre su elegante vestido oscuro, sosteniéndoles la mirada a los tres herederos sin un ápice de sumisión. —Están perdiendo el tiempo discutiendo lo obvio —dijo Bianca, con una sonrisa ladina y los ojos brillando con la astucia de los Di Santi—. Larius ya tiene los informes de los contenedores sospechosos. Si me dan el control de las finanzas de esa ruta esta misma noche, haré que los rusos se queden en la quiebra antes de que puedan parpadear. No necesitan más armas, necesitan inteligencia. Alessandro la miró de reojo, asintiendo levemente en un gesto de mudo respeto hacia su hermana. Cassandra dio un paso al frente, interrumpiendo la densa atmósfera de estrategias y armas con una postura firme pero llena de amor maternal. —Chicos, en mi presencia no hablen de negocios —les reclamó Cassandra con tono suave pero autoritario, cruzándose de brazos y dibujando una pequeña sonrisa. La tensión letal de los herederos se disolvió en un segundo. Damián y Alessandro compartieron una mirada cómplice antes de acercarse a ella a paso rápido. Thiago Yun no se quedó atrás, rompiendo su habitual postura rígida. Los tres la rodearon en un abrazo cálido y protector que borró por completo al "Demonio" y al "Dragón" de la habitación. —Hola, abuela, ¿cómo estás? —dijo Thiago con profunda ternura, besando su mejilla mientras la estrechaba entre sus brazos. Cassandra se separó un poco para mirarlo con inmenso cariño, acariciándole el rostro. —Estoy bien, gracias, mi cielo —le respondió a Thiago, antes de clavar su mirada en el resto del grupo—. Pero es momento de que se alisten. Tenemos una cena con la familia y ya saben muy bien que Ángelo y Wei no soportan la impuntualidad. No los hagan esperar. —De acuerdo, madre —cedió Bianca, rodando los ojos con diversión mientras se acomodaba el vestido—. Iré por mi hermana Luciana para que no se le haga tarde tampoco. Más nos vale estar abajo antes de que el despacho de papá se mude al comedor. Al verlos caminar juntos hacia la salida, riendo y bromeando a pesar de la sombra del imperio sobre sus hombros, una certeza absoluta invadió el corazón de Cassandra. Su época de protegerlos en la cuna había terminado; el futuro ya no le pertenecía. La nueva era de la dinastía acababa de comenzar.El viento de la madrugada mecía los árboles de la terraza privada de la mansión Di Santi, barriendo los últimos vestigios del humo y el perfume barato del salón de gala. Lejos de la hipocresía de la alta sociedad y el circo mediático, el silencio nocturno era un bálsamo pesado y denso.Jun-Du se acercó a la balaustrada de piedra donde Alessia contemplaba la oscuridad con los hombros rígidos. Con un movimiento silencioso, sacó de un pequeño estuche térmico su debilidad exacta: un mochi de fresa cubierto con una capa crujiente de chocolate oscuro. Lo extendió hacia ella sin decir una palabra.Alessia parpadeó, miró el dulce y luego los ojos oscuros y pacientes de Jun-Du. Una media sonrisa cansada se dibujó en sus labios mientras aceptaba el mochi. Le dio un pequeño bocado; el contraste del dulce amargo del chocolate con la fresa le devolvió un atisbo de calor al pecho.—¿Por qué no lo mataste, mi Yuni? —preguntó Jun-Du con una voz suave, ronca, rompiendo el silencio de la noche—. Tuvist
El leve carraspeo de Thiago resonó en la entrada del balcón con una discreción calculada. Alessia y Jun-Du se giraron despacio, entrelazando los dedos un segundo antes de soltarse con elegancia.—Interrumpo en el momento justo o demasiado tarde, me imagino —dijo Thiago con una leve sonrisa ladina mientras caminaba hacia ellos, ajustándose los puños del saco.—Thiago... —comenzó Alessia, intentando recuperar la compostura.—No digas nada, gata. Anaís te está esperando cerca del vestíbulo, quiere que la acompañes al tocador para retocarse el labial antes de que nos vayamos —intervino Thiago con tono suave, antes de mirar fijamente a Jun-Du—. Jun, ¿me acompañas a la barra un segundo? Necesito un trago corto y prefiero no tomar solo.Jun-Du asintió con una reverencia respetuosa. Alessia le dedicó una última mirada cálida a su protector y caminó hacia el interior del salón, donde Anaís ya la aguardaba con una sonrisa complaciente.En la barra privada de la planta alta, alejada del bullicio
Justo después de que la sentencia en griego de Alessia dejara a Sebastián paralizado, los hombres de la dinastía dieron un paso al frente. Con las manos en los bolsillos de sus trajes de etiqueta y posturas relajadas, se acercaron con la tranquilidad de quien ya sabe el final de la historia.Thiago dio un paso adelante, ladeando la cabeza con una sonrisa de absoluta cortesía, como si estuviera hablando de un simple juego de mesa.—Qué bonita fiesta, Sebastián —comentó Thiago con voz suave y entretenida—. De verdad, disfrútala. Hay algo poético en ver a un hombre celebrar tan feliz antes de darse cuenta de que ya no le queda nada que festejar. Saluda a todos los invitados... aprovéchalos mientras todavía te contestan las llamadas.Alessandro se ajustó los gemelos con una parsimonia insultante, soltando una risita baja que heló la sangre de los presentes.—Felicidades por la boda, griego. Qué bonito es el matrimonio... esa ilusión de creer que construir una fachada nueva te va a protege
La noticia estalló a primera hora de la mañana en los canales privados de la mafia y en las revistas de negocios de alta sociedad: «El heredero del imperio griego, Sebastián, anuncia su compromiso express con la acaudalada Vanessa Longoria» Las fotos de la pareja inundaron las pantallas, acompañadas por el anuncio de una ostentosa gala de compromiso ese mismo.En la sala de espera del hospital privado, Alessandro, Damián y Thiago miraban las noticias en una tablet con los rostros desencajados por la indignación.—¡Es una maldita provocación! —rugió Thiago, estrellando el puño contra la mesa—. ¡Ayer casi mata a mi hermana y hoy sale a pasearse con esa mujer para fingir que nada pasó y humillar nuestro apellido!—Ese tipo nos está escupiendo en la cara —coincidió Damián, ajustándose la chaqueta con furia—. Alessandro, el escuadrón ya está listo. Hay que ir a volarle la cabeza antes de que empiece su fiesta.—Tranquilos los dos —intervino Alessandro con voz sombría, aunque sus ojos ech
Las sirenas sordas del todoterreno se apagaron en cuanto el vehículo de Jun-Du derrapó frente a las puertas acristaladas de urgencias del hospital privado, bajo la custodia constante de la seguridad de los Di Santi.Sin esperar por los camilleros, Jun-Du la tomó en brazos contra su pecho y cruzó las puertas automáticas a zancadas desesperadas. Su rostro era una máscara de pura angustia, con la mandíbula apretada y la voz quebrada mientras les gritaba a los médicos de turno.—¡Es un ataque de asma severo por choque de estrés! ¡Se quedó sin oxígeno, rápido!El equipo médico privado del clan reaccionó de inmediato. Trasladaron a Alessia a una camilla de cuidados intensivos, colocándole una mascarilla de nebulización y oxígeno continuo para despejar sus vías respiratorias colapsadas.Horas más tarde, el pitido rítmico y constante del monitor cardiaco rompió la penumbra de la habitación de lujo.Alessia abrió lentamente los ojos, parpadeando contra la luz estéril y blanca del cuarto. Sinti
El todoterreno blindado de los Di Santi se deslizó con elegancia por la rampa del estacionamiento subterráneo de la exclusiva zona comercial. La luz artificial parpadeaba débilmente sobre el pavimento de concreto, tiñendo el ambiente de una atmósfera lúgubre y desértica. Alessia apagó el motor, y el silencio cayó de golpe dentro del habitáculo, tan espeso que casi se podía masticar.Al bajar del vehículo, un inusual cosquilleo le recorrió la nuca. El lugar estaba demasiado silencioso. Ni el zumbido de los autos habituales ni el eco de pisadas lejanas; solo la penumbra y las sombras proyectadas por las enormes columnas de soporte.A pocos metros de las puertas del ascensor privado que conducían a la plaza, una silueta alta y masculina emergió de la oscuridad.Alessia se detuvo en seco. No se inmutó. Su mano derecha se deslizó de inmediato, con una rapidez milimétrica y absoluta discreción, hacia el interior de su blazer, rozando la culata fría del arma oculta bajo la manga. Su rostro s







