INICIAR SESIÓNDurante tres años, Melanie Abadías ha sido la viuda perfecta: profesora de literatura, madre soltera y mujer que ya no recuerda lo que es desear. Hasta que una noche de cumpleaños acepta una copa de más… y termina en la cama de un desconocido de voz grave y manos peligrosas. Al día siguiente ese desconocido aparece en la primera fila de su clase. Se llama Arthur Boado. Tiene veintiún años. Es su alumno, y lo peor no es eso... Pero él no piensa dejarla escapar. Lo que Melanie no sabe es que Arthur no es solo un estudiante con demasiada intensidad. Es un hombre con doble vida, una deuda de sangre y una misión: encontrar al hijo de su hermano muerto antes de que otros lo hagan. Lo que Arthur no sabe es que la mujer que lo obsesiona es exactamente la viuda que juró proteger… y la madre del niño que está buscando. Entre secretos, culpa y una atracción que ninguno de los dos puede controlar, el pasado de Edgar regresa para reclamar lo que le pertenece. Y esta vez, el peligro no llama a la puerta. Ya está dentro. Una historia de amor prohibido, obsesión y mentiras que pueden costar la vida.
Ver más★Melanie★Me desperté a las seis y cuarenta con el corazón todavía acelerado, como si el cuerpo no se hubiera enterado de que la noche anterior había ganado.Había dormido mal. O, más exactamente, no había dormido: había repasado la cláusula siete tantas veces que ya la tenía grabada detrás de los párpados. Cualquiera de las partes podrá retirarse a su habitación sin dar explicaciones. Qué pedazo de documento. Lo había redactado yo, y él había encontrado la grieta.Me puse la bata, me recogí el pelo en un moño improvisado y salí al pasillo con una única estrategia: ducharme antes de que nadie despertara.La puerta del baño se abrió justo cuando llegué.Arthur salió.Solo en pantalones de chándal grises, bajos de cadera. El torso desnudo. La piel todavía húmeda. El tatuaje de la bestia negra se extendía por su costado y subía por la espalda como una sombra viva, de ojos rojos, que parecía a punto de saltarle de la piel. El agua le brillaba en los hombros y en el pecho. El pelo empapado
—Uno: duración de seis meses, renovable por acuerdo mutuo —Su voz sonaba divertida—. Dos: renta mensual, pagada por adelantado, más fianza equivalente a un mes. Tres: uso exclusivo de la habitación y uso compartido de cocina, baño y salón —Levantó una ceja—. Baño. Qué palabra tan íntima para un contrato. —Es una palabra práctica. —Yo no digo que no lo sea —Siguió leyendo—. Cuatro: prohibido el uso de armas en el domicilio. —Es una cláusula razonable. —Cinco: prohibido recibir visitas sin aviso previo, en particular hombres con abrigo negro. —También es razonable. —Seis: comportamiento adecuado delante del menor, entendiéndose por tal cualquier conducta que no pueda ser explicada a un niño de diez años —Se mordió el labio, y la sonrisa le tembló en la comisura—. Es muy específico. —Tiene que serlo. —¿Lo redactó un abogado o un inspector de colegio? —Una profesora con insomnio. —Se nota. Hay una coma que da miedo. —Es una coma de advertencia. —Lo firmo. —No hace falta que l
★Melanie★ Mi madre se fue el martes por la mañana, con la misma maleta marrón que había estado abierta sobre su cama durante cinco días. Mateo la esperaba abajo, con el coche aparcado en doble fila y los intermitentes puestos. Subió a ayudarla con los bultos, me abrazó con esa torpeza suya de hombre grande que no sabe qué hacer con los brazos, y bajó las escaleras con la maleta al hombro, murmurando que se les haría tarde. Quedamos solas en el recibidor. —Tienes las llaves —dijo ella. —Sí. —El número de Sally. —Sí. —El de la doble llave. —Mamá. —Es que no quiero irme —Se le humedecieron los ojos. Se los secó con el dorso de la mano, rápido, sin dramatismo—. Pero tengo que irme. Y tú tienes que dejar que alguien más cargue con una parte. —Lo sé. —Cuida a ese muchacho. —No es… —Y deja que él te cuide a ti —Me tomó la cara con las dos manos, con una ternura áspera, de mujer que ha cuidado de demasiadas cosas—. Te lo mereces, hija. Aunque no lo creas. Me besó en la frente.
★Melanie★ La directora del colegio me recibió a las nueve y diez con una taza de té y la cara de quien ha oído demasiadas veces la misma pregunta. —Todo en orden, señora Abadías. James llegó a las ocho y diez, está en clase de Matemáticas, ha desayunado bien y no ha dado ningún problema. ¿Ha ocurrido algo? —No —mentí—. Solo quería asegurarme. Pero no me fui. Pedí permiso para asomarme al pasillo, y desde la puerta de su aula, a través del cristal, lo vi: sentado en la tercera fila, con la lengua entre los dientes, dibujando en el margen de su cuaderno unas líneas que me parecieron acordes. Respiré por primera vez en una hora. Al salir, crucé la calle sin prisa y miré hacia la esquina. Los vi enseguida, porque ya sabía qué buscar. Dos hombres. Uno en la terraza de un café, con un periódico abierto y una taza que no tocaba. El otro, apoyado en un poste, con el móvil en la mano y los ojos fijos en el reflejo de un escaparate. Abrigos oscuros. Hombros anchos. Ninguno me miró.












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