FAZER LOGINVito, al levantar la vista entre sorbo y sorbo de champaña, congeló la mirada en la mesa central. Ahí estaba Támara: más hermosa, radiante y sexy de lo que recordaba, riendo abiertamente al lado de un hombre imponente que le apretaba la mano.La sangre se le heló a Vito, pero no de miedo, sino de una codicia enferma.—No puede ser... la ratita se metió al palacio —murmuró Vito con los ojos inyectados en odio y deseo.La escort que lo acompañaba, una mujer astuta llamada Sienna, notó la rigidez repentina de su cliente.—¿Pasa algo, papi? Pareces como si hubieras visto a un fantasma.Vito la tomó bruscamente del brazo, acercándola a su rostro con tono acelerado:—Escúchame bien, fiera. Al fin encontré a la perra que estaba buscando. Esa de allá... la del vestido claro. Necesito un plan exprés ya mismo. Tienes que averiguar a dónde se dirige exactamente cuando salga de aquí y en qué tienda se va a meter. Te voy a triplicar el pago si me consigues esa información sin que el tipo que está
Tras ducharse y vestirse con una elegancia impecable, Támara y Damián salieron hacia el centro comercial más exclusivo de la dinastía Di Santi-Ling. Mientras el auto avanzaba por las calles de la ciudad, Támara se acomodaba en el asiento del copiloto sintiendo aún los ligeros espasmos del intenso orgasmo que su cuerpo no terminaba de asimilar. Sus piernas temblaban un poco y cada roce contra el asiento le recordaba la fuerza con la que Damián la había tomado minutos antes.Damián conducía con una mano al volante, silbando bajito, con una sonrisa de absoluta satisfacción en el rostro. Miró de reojo a Támara y le extendió la mano libre, acariciándole el muslo con posesión.—Te ves hermosa, mi amor. Y te ves aún mejor sabiendo que vas marcada por mí —dijo Damián con voz ronca—. Hoy te compraré un vestido perfecto para la boda de Sebastián y Vanessa. Quiero que todos te miren y sepan a quién perteneces.Támara suspiró, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa tierna en los labios.—Ok, e
Luciana salió de la armería con la elegante caja de caoba que resguardaba la majestuosa arma de colección cuidadosamente guardada en una bolsa discreta. Caminaba con la barbilla en alto y esa sonrisa maliciosa que presagiaba una noche salvaje. Sin embargo, su recorrido no había terminado.Se dirigió hacia el ala más privada y ostentosa del centro comercial, deteniéndose ante la imponente fachada de cristal de una boutique exclusiva de lencería de alta costura. El lugar era un derroche de erotismo refinado: seda pura, encajes franceses tejidos a mano, arneses de piel suave y ligueros confeccionados para tentar al mismísimo demonio.Luciana cruzó el umbral. El suave aroma a orquídeas y cuero fino impregnaba el ambiente. La encargada, al reconocerla, le dio la bienvenida con una reverencia y la dejó explorar a su antojo.A través del enorme ventanal exterior, resguardado en la penumbra de una columna revestida de espejo, Dante Volkov (Rogelio) se detuvo en seco. Al ver la boutique donde
Mientras la atención de todo el bajo mundo estaba concentrada en la humillación y ruina financiera de Sebastián, Dante Volkov (Rogelio) ejecutó en completo silencio la primera fase de su venganza.En la residencia de Enzo Ferrer y Luciana, el teléfono de Enzo comenzó a sonar de forma insistente en medio de la penumbra del despacho. Al responder, la voz alterada del jefe de seguridad de sus depósitos centrales en el muelle lo puso en alerta.—Señor Ferrer... acabamos de sufrir un sabotaje en el contenedor principal. Se llevaron la carga de titanio y las armas de alto calibre. No dejaron rastro de disparos ni imágenes en las cámaras... pero nodejaron algo grabado en la puerta de acero de la bodega.—¿Qué dejaron? —preguntó Enzo con tono seco y frío, manteniendo la compostura.—Una marca pintada en negro sobre el metal, señor... El sello Volkov.Enzo no se alteró exteriormente; al contrario, una calma peligrosa y analítica se apoderó de sus facciones. Desconectó la llamada sin hacer ruid
El viento de la madrugada mecía los árboles de la terraza privada de la mansión Di Santi, barriendo los últimos vestigios del humo y el perfume barato del salón de gala. Lejos de la hipocresía de la alta sociedad y el circo mediático, el silencio nocturno era un bálsamo pesado y denso.Jun-Du se acercó a la balaustrada de piedra donde Alessia contemplaba la oscuridad con los hombros rígidos. Con un movimiento silencioso, sacó de un pequeño estuche térmico su debilidad exacta: un mochi de fresa cubierto con una capa crujiente de chocolate oscuro. Lo extendió hacia ella sin decir una palabra.Alessia parpadeó, miró el dulce y luego los ojos oscuros y pacientes de Jun-Du. Una media sonrisa cansada se dibujó en sus labios mientras aceptaba el mochi. Le dio un pequeño bocado; el contraste del dulce amargo del chocolate con la fresa le devolvió un atisbo de calor al pecho.—¿Por qué no lo mataste, mi Yuni? —preguntó Jun-Du con una voz suave, ronca, rompiendo el silencio de la noche—. Tuvist
El leve carraspeo de Thiago resonó en la entrada del balcón con una discreción calculada. Alessia y Jun-Du se giraron despacio, entrelazando los dedos un segundo antes de soltarse con elegancia.—Interrumpo en el momento justo o demasiado tarde, me imagino —dijo Thiago con una leve sonrisa ladina mientras caminaba hacia ellos, ajustándose los puños del saco.—Thiago... —comenzó Alessia, intentando recuperar la compostura.—No digas nada, gata. Anaís te está esperando cerca del vestíbulo, quiere que la acompañes al tocador para retocarse el labial antes de que nos vayamos —intervino Thiago con tono suave, antes de mirar fijamente a Jun-Du—. Jun, ¿me acompañas a la barra un segundo? Necesito un trago corto y prefiero no tomar solo.Jun-Du asintió con una reverencia respetuosa. Alessia le dedicó una última mirada cálida a su protector y caminó hacia el interior del salón, donde Anaís ya la aguardaba con una sonrisa complaciente.En la barra privada de la planta alta, alejada del bullicio







