LOGINPasillo – 20:20Ya fuera del despacho, Elena apoyó la espalda en la pared.—Bueno —dijo con un suspiro—, nos han atado las manos.Esposito apretó los labios. —Nos las han atado, sí… pero no nos han tapado los ojos. Mañana mismo preparo la solicitud a fiscalía. Y si alguien la frena, veremos otras vías.—Paso a paso —admitió ella—. Juguemos largo, Matteo. Los intocables solo lo son hasta que tropiezan.Caminaron juntos hacia el ascensor, cargando carpetas y una cólera contenida. Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre Milán; dentro, la partida acababa de volverse mucho más sutil.La tarde había virado a un gris violeta cuando Luca salió del hotel Excelsior, donde acababa de renegociar el contrato con un socio de telecomunicaciones. El aire olía a asfalto húmedo y castañas recién asadas de un puesto en la esquina. Mientras buscaba la llave del Maserati, distinguió a Isabella cruzando la calle con paso rápido, paraguas cerrado en la mano. El reflejo de los faroles le iluminaba el rostr
El sol ya rozaba los tejados cuando Luca salió por la puerta lateral del Vittoria Center. Al ver el sedán gris con matrícula de Roma plantado junto a la rampa de suministros, le cambió el humor de golpe.—Ese coche no es de prensa —murmuró, sacando el móvil—. Seguridad, estación norte. Enseguida.Dos guardias llegaron, pero la puerta trasera del sedán se abrió antes de que pudieran preguntar. Bajó una mujer de traje azul marino, rostro sereno; detrás, un hombre de gabardina beige y mirada de granito.—Señor Moretti —saludó ella, mostrando credencial—. Inspectora Elena Baresi, Dirección Investigativa Antimafia. Él es el comisario Matteo Esposito.Luca apenas disimuló el fastidio.—No me habían avisado de ninguna visita.—A veces las visitas pierden encanto cuando se anuncian —intervino Esposito, seco.Baresi alzó una mano, conciliadora.—Es rutinario, señor. Tenemos indicios de que ciertas sociedades vinculadas a la familia Moretti están moviendo capitales a través de empresas deportiv
La ciudad seguía comentando el triunfo contra el Bologna. Dos a uno. El doblete del chico Matías Bianchi había devuelto algo que muchos en Vittoria creían perdido: ilusión. Pero en las oficinas del club, el ruido de la calle apenas rozaba las paredes. Aquí el tiempo seguía corriendo con otras urgencias.Luca Moretti llegó a las ocho. Al entrar en la sala de juntas se encontró a los directivos ya reunidos: Giancarlo Riva, Paolo De Santis, Lorenzo Bianchi, Angela Ferraro y un par de accionistas. Isabella Marchetti conversaba con ellos, taza de espresso en mano. Al verlo, todos se pusieron de pie.—presidente —saludó Riva, cordial—. Felicitaciones por el domingo; el gol de Bianchi aún circula por todas las cadenas.—Gracias, Giancarlo —respondió Luca, devolviendo un gesto de cortesía—. Pasen, por favor.Mientras tomaban asiento, Isabella deslizó una carpeta hacia él.—Solo un resumen del área comercial —explicó—. Nada urgente, pero pensé que querrías verlo antes de que se publique.Luca
* * *Dos días después, Alfonso llegó a una finca cerca de Sopron, a pocos kilómetros de la frontera entre Hungría y Austria. El lugar figuraba como un criadero de caballos. Debajo de los establos había una sala protegida contra micrófonos y una mesa circular de pizarra oscura.Seis sillas tenían dueño. La séptima estaba vacía.Dimitri Volkov representaba las rutas rusas y balcánicas. Renjiro Kaito había viajado desde Tokio con un intérprete al que no necesitó. Patrick O’Connelly controlaba puertos menores en Irlanda y dos corredores en Bélgica. Lucía Navarro llevaba las cuentas de los muelles españoles. Marcus Blackson había llegado desde Chicago con tres teléfonos apagados dentro de una bolsa sellada.Alfonso ocupó la silla Moretti y dejó los dos permisos en el centro.—Alguien abrió Roma con una autoridad que no le pertenece —dijo Alfonso.Dimitri no tocó los documentos.—Tus hombres dejaron pasar la carga —dijo Dimitri.—Porque el sello superó sus controles —respondió Alfonso.—Y
* * *Salvatore Greco salió de su oficina en el Senado a las nueve y doce de la noche. Su coche oficial lo esperaba en la entrada principal, pero un Mercedes conocido se detuvo antes. Reconoció al conductor de Enzo.—El señor Moretti desea verlo —dijo el hombre.—Pudo llamarme.—Lo hizo. Usted no contestó.Salvatore revisó el teléfono. Tenía una llamada perdida. Miró a sus escoltas y les indicó que siguieran el Mercedes.—Ellos no vienen —dijo el conductor.—Soy senador de la República.—Esta noche es el esposo de Valentina.Salvatore entendió la diferencia. Subió.El seguro de la puerta se cerró cuando el coche tomó la avenida. Su teléfono quedó sin señal. Salvatore no preguntó adónde iban.Lo llevaron a un antiguo depósito ferroviario al norte de la ciudad. Alessandro esperaba junto a una mesa de metal. Enzo estaba sentado al otro extremo, con el permiso falso y varias hojas extendidas frente a él.No ataron a Salvatore. Un hombre cerró la puerta y se quedó delante.—Si querías habl
Adriano contestó en la cocina del apartamento de Via Germanico. Tenía hielo sobre la rodilla, cuatro puntos en el cuello y una taza de café que no había probado.—Cuéntamelo tú —dijo Alfonso—. Claudio está demasiado enojado para ordenar los hechos.Adriano le contó todo. No suavizó el primer golpe a Carlo, la emboscada ni el disparo que mató a Fabrizio. Cuando terminó, Alfonso tardó tanto en responder que Adriano miró la pantalla para comprobar que la llamada no se había cortado.—¿Quién habló con Laura? —preguntó Alfonso.Adriano apartó la bolsa de hielo. La mejilla todavía le dolía donde Laura lo había golpeado.—Yo.Alfonso dejó pasar unos segundos.—¿Te pegó?—Sí.Adriano se tocó la mejilla con el dorso de los dedos.—Bien. Esa parte no la repares.Adriano apretó la bolsa de hielo.—Encontré a tu traidor.Alfonso no respondió de inmediato. Adriano oyó el roce de un papel al otro lado.—Encontraste a dos imbéciles que vendieron una puerta. El que tenía la llave sigue libre.—Fabriz







