ANMELDENLiliana regresó rápidamente a la habitación. El corazón le latía con fuerza mientras abría el armario y sacaba algo de ropa. Necesitaba salir de allí. Necesitaba encontrar a Alessandro.Mientras terminaba de vestirse, tomó el teléfono nuevamente y marcó el número de la segunda persona en quien confiaba aparte de Alessandro.Franco respondió casi de inmediato.—Franco, necesito que vengas por mí.Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea.—No se preocupe, señora Liliana. Ya voy rumbo hacia allá.Ella soltó un suspiro aliviado. Al menos no tendría que quedarse esperando por mucho tiempo. Guardó el teléfono y comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación. Miraba constantemente la pantalla esperando un mensaje de Alessandro, una llamada, cualquier cosa.El tiempo comenzó a hacerse eterno, hasta que finalmente escuchó el sonido de un automóvil acercándose a la cabaña.Liliana se apresuró hacia la ventana y al ver el coche de Franco sintió un poco de tranquilidad.
Liliana intentó concentrarse en lo que hacía. Mas, no podía. Algo en su interior le hacía pensar que aquella salida tan temprana de Alessandro no había sido normal aunque a ella, en un principio le pareció que sí lo era. Terminó de poner la olla en la estufa y luego se secó las manos con rapidez, caminó hacia la recámara. Tomó su teléfono y vio la hora. Ya había transcurrido más de dos horas desde que salió. “Quizás está ocupado” pensó. Pero la angustia no cedía. Al contrario, cada minuto que pasaba hacía crecer aquella presión insoportable en su pecho.Decidió marcarle a su teléfono. El teléfono sonó una sola vez y fue al buzón de voz. Frunció el ceño y volvió a intentarlo y nada. El corazón le dio un vuelco.—Vamos… contesta…Marcó otra vez, ahora más rápido, más desesperada. Pero obtuvo el mismo resultado.El miedo comenzó a abrirse paso lentamente dentro de ella. Un miedo que conocía demasiado bien.Liliana bajó el teléfono con manos temblorosas mientras la cabaña, que
—¿A dónde vas? —preguntó Liliana, aún envuelta entre las sábanas al verlo vistiéndose. —Debo resolver algunos asuntos. —dijo él, mientras terminaba de abotonarse la camisa y colocarse la chaqueta. Ella se incorporó ligeramente de la cama. —¿Qué hora es? —Aún es temprano. Descansa para cuando regrese —dijo en un tono perverso. Liliana mordió su labio inferior. Alessandro despertaba en ella sensaciones y emociones que nunca antes había sentido ni siquiera con Enzo. —Entonces te estaré esperando sonrió con malicia. Alessandro se inclinó hacia ella y besó sus labios con pasión. Ella se aferró a su cuello con ambas manos. Sentirla de aquella forma encendió de inmediato el deseo de poseerla. Sin embargo, no podía olvidarse de su hermana. —¡Quédate un poco más! —susurró ella. —Me encantaría hacerlo —dijo con voz excitada—. Pero debo salir. Prometo volver cuanto antes.Su mano se deslizó entre sus muslos hasta rozar sus labios verticales. Ella gimió al sentir sus dedos acar
—¿Así que esto es en lo que te has convertido? —dijo Elena con voz fría, cargada de juicio.Emma alzó lentamente la mirada. —¿Qué haces aquí? —preguntó Emma, limpiando las lágrimas de su rostro. —Tú y yo tenemos que hablar —dijo con tono —¿Ahora sí tienes algo que decirme, mamá? Elena la miró fijamente, cruzando los brazos.—Sé lo que haces con Franco. Lo vi salir de tu habitación —respondió Elena con un leve gesto de cabeza, como si hablara de un extraño.Emma se encogió aún más, como si quisiera desaparecer entre las sábanas. —¿Vas a decirme qué hiciste esta vez? ¿Qué le ofreciste a Franco para que te mirara?Emma permaneció inmóvil por un segundo. Luego sonrió, una sonrisa amarga. —¿Y eso que importa? Al menos él me ve, se preocupa por mí. Algo que tú no has hecho en toda mi vida.Elena apretó los labios. Caminó hacia ella, lenta como un depredador. —Tú no entiendes nada, niña estúpida. Franco me pertenece. Siempre fue mío. Lo tuyo ha sido una provocación constan
Franco entró a la mansión y subió corriendo las escaleras rumbo a la habitación de Emma. Justo cuando se dirigía a su puerta, la voz firme de Elena, lo detuvo en medio del pasillo.—¡Franco! ¿A dónde crees que vas? El guardaespaldas se detuvo en seco, se giró lentamente hacia su amante y se regresó hacia donde ella estaba. —Me dirijo a la habitación de la Sra Liliana. Me pidió un encargo y le traigo respuesta. —¿Estás seguro que es hacia allá que te dirigías? —cuestionó en tono sarcástico. —Sí, Elena —respondió con hostilidad. —Si piensas que soy tonta, te equivocas. Sé desde hace tiempo lo que te traes con mi hija —soltó sin más.— ¿Crees que no me daba cuenta como te coqueteaba y la manera en que se miraban? Franco no respondió en ese instante. Conocía perfectamente a Elena y de lo que era capaz. Una mujer cruel y vengativa, e incapaz de sentir remordimientos y de dejar que alguien se interpusiera en su camino. Sólo Enzo, su hijo predilecto, logró hacerlo protegiendo a L
Mientras Liliana y Alessandro se dejaban arrastrar por el deseo y la pasión, Enrico Castello salió fuera del bar hecho una furia. Se dirigió hasta su coche y subió sin esperar a que su chofer le abriera la puerta. —¿A dónde vamos, señor? —preguntó el guardaespaldas que lo seguía muy de cerca, atento a cada uno de sus movimientos.Enrico no lo miró siquiera. Se limitó a ajustar los puños de su chaqueta, los ojos clavados en la oscuridad como si pudiera atravesarla con la mirada.—A casa de Elena Fiorini —ordenó con voz grave y peligrosa—. Esta noche, Alessandro sabrá quién soy realmente. Voy a darle justo donde más le duele. El guardaespaldas subió al asiento delantero y el coche se puso en marcha. Una hora después, el auto negro se detuvo bruscamente frente a la entrada principal de la mansión Fiorini. —¿Lo acompaño, señor? —No, mejor vigilen por si el hijo de puta de Alessandro regresa. —¿Qué hacemos si llega, señor? —preguntó el guardaespaldas. —Disparen y luego pregunten —r






