LOGINLo de la mudanza no requirió que Sonia moviera un solo dedo.Javier ya había enviado personal especializado para encargarse de todo.Dos mujeres ayudaban a Sonia a ordenar sus cosas, y dos hombres hacían lo mismo con las de Luis.El asistente de Javier se quedó ese día junto a Sonia de principio a fin, pendiente de todo lo que ella necesitara.La casa ya de por sí era pequeña, y con tanta gente entrando y saliendo todo el tiempo, Sonia y Luis terminaron siendo los que menos tenían que hacer.La silla de tres patas, claro, no valía la pena llevársela. La mesa vieja, desconchada y sin gracia tampoco era como para encariñarse con ella. Y ese ventilador destartalado, que casi no servía de nada, ni siquiera valía la pena llevárselo.Luis fue hasta la cocina.—Este lavavajillas también llévenselo. Lo compré de segunda mano a principios de año.El asistente sonrió con calma.—El señor Cejudo no suele usar cosas de segunda mano.Luego añadió:—La mansión tiene de todo. Todos los muebles son de
En realidad, no estaba satisfecha con esa empresa, ya que no encajaba con su plan de carrera, pero por ahora solo puede conformarse.Sonia se echó el bolso al hombro y, cuando estaba a punto de salir para la empresa, sonó el timbre.Al abrir, encontró al asistente de Javier.Sonia preguntó:—¿Javier se dejó algo?El asistente respondió:—Señorita Sánchez, vengo por un asunto relacionado con usted.Sonia no lo entendió y volvió a preguntar:—¿Qué asunto?—El señor Cejudo me pidió que viniera a ayudarlos a ustedes con la mudanza.Luis corrió hacia la puerta, curioso.—¿Mudarnos a dónde? Ojalá que la casa tenga aire acondicionado, porque si no, me voy a morir de calor.El asistente esbozó una leve sonrisa.—Eso es lo de menos.Luis lo miró con evidente incredulidad.—¿Qué pasa? ¿Javier nos va a regalar un departamento enorme o qué?—Una casa de mil doscientos metros cuadrados —respondió el asistente—. El señor Cejudo tiene muchísimas propiedades a su nombre y dio instrucciones de elegir u
Sonia le lanzó una mirada a Javier.—No me estoy escondiendo. Me está llamando una amiga y tal vez quiera hablar conmigo de algo privado.Salió al balcón y contestó la llamada.La voz de la casera llegó del otro lado de la línea:—Hola, Sonia, ¿cuándo vas a poder pagar la renta de este mes?Sonia bajó aún más la voz:—Sí, tenía el dinero para pagar la renta, pero este mes mi abuela se enfermó y se me fue todo en gastos médicos. De verdad, esta sí fue una urgencia. ¿Podrías darme unos días más?La casera no habló con dureza, aunque en su tono también se notaba el cansancio de alguien que tampoco lo estaba pasando bien.—Yo confío en ti. Sé que no lo haces a propósito. Pero mi hijo, que tiene autismo, ha estado peor últimamente, y quiero llevarlo a un hospital mejor para que reciba una mejor atención.—Lo entiendo. Sé que tampoco la tienes fácil. Estoy buscando trabajo y ya hay una empresa dispuesta a contratarme. En cuanto empiece, voy a pedir que me adelanten parte del sueldo. ¿Puedo p
Sonia se volvió y vio que Javier la estaba mirando.En ese momento, él estaba apoyado contra la pared, con una pierna extendida y la otra flexionada. Tenía una almohada apretada contra el bajo vientre.Sonia llevaba muy poca ropa. Su cintura delgada y sus largas piernas quedaban al descubierto.No estaba acostumbrada a mostrar tanta piel delante de alguien con quien aún no tenía tanta confianza, así que cuando se topó de lleno con la mirada de Javier, sintió una mezcla de incomodidad y vergüenza.Pero no dejó que se le notara nada en el rostro. Mantuvo la compostura y lo saludó con naturalidad:—Buenos días.—Buenos días —respondió Javier con la voz notablemente ronca.—Ya terminé de hacer ejercicio. Voy a bañarme.La mirada de Javier recorrió su rostro y luego descendió por su cuerpo.Acababa de terminar de entrenar, así que tenía las mejillas encendidas y los labios más rojos de lo habitual. Finas gotas de sudor le perlaban el rostro, el cuello, la cintura y las piernas.Sonia pregun
Si hubiera sido cualquier otro hombre quien le hiciera esa pregunta, Sonia habría pensado sin dudar que estaba frente a un descarado.Pero sabía que Javier no era de esos.Él lo decía completamente en serio.Y si ella le contestaba que no le había gustado, estaba casi segura de que él cambiaría de estrategia, como si de verdad buscara otra forma de solucionarlo: ajustar la intensidad, cambiar de sitio, dejar la suavidad atrás y volverse más insistente… y volver a intentarlo con ella.Entonces, ¿acaso ella era un problema matemático para él?En serio… ¿qué se suponía que debía responder a eso?Así que Sonia decidió fingir que estaba dormida.Cerró los ojos con fuerza y, ella, que jamás roncaba, hasta moduló la respiración para que sonara lenta y pareja, como si llevara rato profundamente dormida.Javier giró la cabeza para mirarla, sorprendido. ¿De verdad se había quedado dormida cuando él apenas había alcanzado a decir un par de frases?Su cuerpo firme se inclinó un poco hacia ella. Su
—¿No estás molesto?—¿Por qué habría de estarlo?Javier siguió limpiando el piso con la toalla. Sus dedos, pálidos y limpios, se tiñeron de rojo por el vino, pero a él no pareció importarle en lo más mínimo.—Lo que te preocupa es totalmente razonable. Entre las obligaciones de un matrimonio también está el respeto mutuo. Y como tu esposo, creo que debo respetar lo que piensas.¿Y eso era, para él, tratarla con respeto y cortesía?Sonia pensó que, en realidad, aquello no le desagradaba en absoluto.Las pestañas de Javier le sombreaban los ojos, largas y rectas, como plumas oscuras. Ella lo observó en silencio, con los ojos húmedos y brillantes.De pronto, él levantó la mirada. Sus ojos eran negros, profundos, insondables. La miró de frente y dijo:—Tarde o temprano, vas a ser mía.Qué manera tan dominante de decirlo.Las pestañas de Sonia temblaron ligeramente.La luz de la habitación se apagó y todo quedó a oscuras.Los dos estaban acostados en la cama, cada uno en un extremo.La puer







