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Capítulo 3: Me casaré con ella

Autor: E.Nuella
last update Data de publicação: 2026-06-18 01:08:45

Esa misma noche, el edificio de Grey Group Limited se mantenía como siempre lo hacía por las noches: alto, firme, dominando el resto de la ciudad, con su exterior de vidrio atrapando las luces de Nueva York abajo como si cada reflejo le perteneciera.

En el último piso, Lucien Grey estaba sentado detrás de su escritorio en ese tipo de silencio que solo existe cuando todos los demás ya se han ido a casa. La oficina era amplia y deliberadamente sobria: nada en las paredes que no tuviera un propósito, nada en el escritorio que no estuviera siendo utilizado. Revisaba documentos, con la mirada avanzando de forma constante sobre cada página, su expresión sin revelar nada. Aquí era donde más él era él mismo. No en cenas o eventos sociales o en salas llenas de gente compitiendo por demostrar su importancia. Aquí, solo con números, decisiones y la lógica limpia de los negocios, todo tenía sentido.

La puerta de la oficina se abrió.

Caleb Stone entró.

Lucien no levantó la vista. Por el sonido de los pasos de Caleb, por la forma particular en que se ralentizaban justo al entrar, podía saber que lo que iba a decir no era sencillo. Caleb no era un hombre que dudara. En tres años trabajando juntos, Lucien había aprendido a leerlo como se lee el clima. Cuando Caleb se detenía, venía algo incómodo.

“El contrato de matrimonio se ha completado, pero—” Caleb se detuvo.

Así, de golpe. A mitad de la frase. La palabra suspendida en el aire entre ellos era algo que debía manejarse con cuidado antes de ser dicho por completo.

Lucien dejó pasar dos segundos completos antes de responder. Seguía sin levantar la vista de los papeles.

“¿Pero?” preguntó.

Caleb soltó un leve suspiro. No dramático. Solo la pequeña exhalación controlada de un hombre preparándose para dar una noticia que ya sabe que no será bien recibida.

“Ya no es Amelia, la segunda hija.”

La mano de Lucien se detuvo ligeramente sobre la página, pero no dijo nada. Caleb continuó antes de que el silencio creciera.

“Es Chloe. La hija mayor.”

Lucien se detuvo.

No de forma visible, no algo que alguien al otro lado de una sala pudiera notar. Pero sus ojos dejaron el documento y se fijaron en un punto sin forma, perdiéndose en la distancia mientras su mente procesaba rápidamente lo que acababa de escuchar. Dejó los papeles sobre la mesa lentamente y se recostó en la silla.

Había aceptado este matrimonio por una sola razón. Su padre había mencionado a la familia y había sido específico con respecto a la hija, y esa especificidad había sido lo único que hizo que Lucien dijera que sí sin resistencia. Había aceptado casarse con Amelia Carter. Ese era el acuerdo. Eso era lo que había aceptado.

“¿Qué demonios pasó entonces?” se preguntó a sí mismo, la pregunta formándose y desvaneciéndose en privado antes de decidir qué decir en voz alta.

“¿Sabes por qué cambiaron a la hija?” dijo finalmente, con la voz calmada, medida, la voz que usaba cuando estaba pensando más de lo que hablaba.

“No pregunté por qué,” respondió Caleb.

Lucien guardó silencio por un momento. Luego una lenta sonrisa torcida apareció en su rostro, una de esas que no tenía nada de calidez.

“Entonces ella sabrá lo que significa casarse con un error,” dijo.

Se recostó aún más en su silla y miró brevemente el techo, mientras la sonrisa se desvanecía otra vez hasta volver a la quietud.

“Puedes irte,” le dijo a Caleb.

Caleb se fue sin insistir más, y Lucien pudo notar por la rapidez de su salida que estaba aliviado de que la conversación hubiera terminado con tanta calma. A Lucien casi le pareció divertido.

Se quedó solo en la oficina después de que la puerta se cerró y dejó que su mente fuera al lugar en el que había estado dando vueltas durante meses.

Amelia Carter.

La había visto solo una vez. En un evento privado. No estaba prestando atención a nadie en particular. Rara vez lo hacía en ese tipo de reuniones. Pero algo había captado su atención al otro lado de la sala. Una mujer. Joven, serena, vestida de forma sencilla en una sala llena de gente que se esforzaba demasiado. Y alrededor de su cuello, un collar.

Ese collar lo había visto antes.

No en ella, sino en otra persona. Un recuerdo tan antiguo y desgastado de tanto manipularlo que ya no siempre podía confiar en sus bordes, pero el sentimiento que lo acompañaba siempre era preciso. Esa sensación concreta de haber sido creído por alguien en un periodo de su vida en el que le había dado al mundo muy pocas razones para creer en él.

No había podido cruzar la sala para hablar con ella aquella noche. Algo lo había apartado antes de que pudiera acercarse lo suficiente. Pero después se había quedado con su rostro en la mente, dándole vueltas en silencio, preguntándose.

Luego su padre había llegado a casa unos días atrás y se había sentado frente a él con esa expresión particular que usaba cuando ya había tomado una decisión y la conversación era solo una formalidad.

“Ya tengo a alguien en mente con quien deberías casarte,” había dicho su padre.

Lucien había dejado lo que tenía en las manos. “No quiero casarme con cualquier persona, padre. Te dije que ya tengo a alguien en mente.”

“Entonces hazlo rápido, a menos que quieras perder tu puesto,” respondió su padre sin inmutarse. “Los miembros del consejo ya están preguntando cuándo. Pero si no encuentras a esa persona en un día, entonces tendrás que casarte con ella.”

Su padre deslizó una fotografía sobre la mesa.

Lucien la miró y se quedó completamente quieto.

Amelia Carter.

El mismo rostro. El mismo collar, visible incluso en la fotografía, descansando sobre su clavícula.

“Es de la familia Carter,” continuó su padre, “una familia conocida y prestigiosa. El problema es que están en bancarrota y él pidió mi ayuda, así que ¿por qué no ayudarnos mutuamente?”

Lucien observó la fotografía durante un largo momento, algo moviéndose en su pecho que no había sentido en años. No era un hombre que creyera en las coincidencias. Era un hombre que creía en los patrones, en la causa y el efecto, en la forma en que el mundo a veces se organizaba en algo que casi parecía intención.

“Esto es el destino,” había pensado, palabras que se formaban en algún lugar por debajo de la lógica, en ese lugar al que normalmente no dejaba llegar nada.

“Me casaré con ella,” había dicho de inmediato.

Esa respuesta había sorprendido visiblemente a su padre. Alexander Grey no era un hombre que mostrara sorpresa con frecuencia, pero algo cambió brevemente en su expresión antes de volver a su habitual compostura. “De acuerdo, entonces me pondré en contacto con ellos,” había dicho, y eso había sido todo.

Lucien se había alejado de aquella conversación sintiendo algo que no esperaba sentir en un acuerdo de negocios. Certeza. Esa sensación tranquila y firme de un hombre que cree que por fin está avanzando en la dirección correcta.

Y ahora esto.

Se sentó en su oficina y analizó la información. Chloe. La hija mayor. Una desconocida de la que no había oído hablar antes de esa noche, cuyo rostro no podía imaginar, que no tenía nada que ver con todo aquello, al menos desde su punto de vista. La familia Carter había aceptado las condiciones y luego las había cambiado en silencio, sustituyendo a una hija por otra como si el acuerdo fuera una orden de negocio que podía modificarse después de confirmarse.

Abrió un cajón con llave de su escritorio.

Dentro había una fotografía, tan antigua que los bordes se habían suavizado, manipulada tantas veces que había adquirido una cualidad particular, la de algo al que se vuelve una y otra vez durante los años. La tomó y la sostuvo, mirándola bajo la tenue luz de la oficina.

Su mandíbula se tensó ligeramente.

“Debería ser Amelia la que se case conmigo y no una desconocida,” se dijo en voz baja.

La ciudad se extendía bajo la ventana detrás de él, indiferente y enorme, completamente iluminada, como siempre a esas horas. Se quedó con la fotografía en la mano durante un largo momento, solo en el silencio que había construido a su alrededor, sintiendo la frustración particular de un hombre que había estado muy cerca de algo que había estado buscando y que luego se lo movieron fuera de alcance en el último momento.

Volvió a guardar la fotografía en el cajón y lo cerró.

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