INICIAR SESIÓNNarrado desde la perspectiva de Gabriel Hikari. La cena lleva casi veinte minutos frente a mí y apenas la he tocado. Desde la ventana del comedor de la suite, Tokio parece una extensión infinita de luces ordenadas con una precisión que contrasta con el desorden de estas últimas semanas. A esta altura del hotel, los automóviles parecen pequeñas partículas deslizándose entre avenidas luminosas y edificios que continúan despiertos aunque la noche haya caído hace horas. Siempre me ha resultado extraño que una ciudad pueda parecer tan tranquila desde arriba. Basta alejarse lo suficiente del suelo para que desaparezcan el ruido, las amenazas y los hombres que deciden cuánto vale la paz de otros. Corto otro trozo de pescado sin demasiado interés y lo llevo a la boca. Está frío. Llevo demasiados días en Japón. Vine por una sola razón: alcanzar un acuerdo con la Yakuza. Desde la muerte de mi padre, las condiciones que alguna vez mantuvieron cierto equilibrio entre nosotros dejaron de ser su
Atravesamos la salida de servicio y llegamos a la parte trasera del edificio. Escucho neumáticos antes de ver el automóvil alejándose. Murgos corre detrás de él durante unos metros hasta comprender que jamás podrá alcanzarlo. —¡HIJOS DE PUTA! Robert está en el suelo cerca de la salida. Tiene sangre en la frente y trata de incorporarse. Murgos se dirige hacia él. —¿Está bien? —pregunto. Ella ni siquiera responde. Se agacha. Entonces veo lo que hace. Le quita el arma. —Murgos... Extrae el cargador, lo comprueba y vuelve a colocarlo con un movimiento tan rápido y natural que por un instante creo que estoy interpretando mal lo que acabo de ver. No es así. La sostiene con ambas manos y revisa el arma como si llevara toda la vida haciéndolo. La miro boquiabierta. —¿Desde cuándo sabes usar eso? Murgos levanta la mirada. —Desde mucho antes de conocerte. Se pone de pie. —Necesitamos un coche. Collins ya viene hacia nosotras con el nuestro y apenas alcanza a frenar cuando Mur
Han pasado varios días desde que encontré el compartimento oculto en el escritorio de Gabriel y, aunque continúo revisando los documentos cada vez que tengo oportunidad, empiezo a comprender que no conseguiré respuestas obligándome a pensar en ellas durante cada minuto del día. Quizá por eso acepto finalmente el consejo de Vanessa y me concedo una tarde libre. Según ella, mi guardarropa necesita «una intervención urgente» desde que me convertí en CEO. Yo considero que exagera, pero debo admitir que las cenas con clientes, las reuniones fuera de la empresa y los eventos a los que ahora me invitan están consiguiendo que repita vestidos con demasiada frecuencia. Así que termino en Kingston Upon Thames, recorriendo Bentalls sin una agenda, sin documentos y, por primera vez en semanas, sin tener que escuchar a nadie hablarme de balances, producción o contratos. Bueno, casi. Gabriel dejó instrucciones muy claras antes de viajar y dos de sus hombres me acompañan incluso cuando voy de comp
La puerta se cierra detrás de Jonnathan y durante varios segundos permanezco de pie frente al escritorio, mirando el lugar que acaba de dejar vacío. Estoy furiosa. Tanto que todavía siento el calor acumulado en el rostro y las pulsaciones golpeándome las sienes. Sin embargo, a medida que el silencio vuelve al despacho, la rabia empieza a dejar espacio para algo mucho más incómodo: la certeza de que acabo de cometer un error. Le mostré demasiado. Jonnathan ya sabe qué documentos encontré, cuáles son mis sospechas y hasta dónde he conseguido llegar. Si realmente está protegiendo a Gabriel, nada le impide levantar el teléfono en cuanto salga de aquí y advertirle que su novia está revolviendo los archivos que probablemente nunca debió encontrar. Resoplo y regreso a mi silla. La próxima vez tendré que ser más inteligente. Si quiero respuestas, no puedo seguir anunciándole a todo el mundo cuáles son mis preguntas. Apenas unos minutos después llaman a la puerta. —Adelante. Vanessa asoma
Las últimas horas de la jornada se me escapan entre aquellas facturas. Cuando finalmente levanto la vista, descubro que afuera ya empieza a oscurecer y buena parte del personal se prepara para marcharse. Podría mandar llamar a Jonnathan ahora mismo. De hecho, durante unos segundos tengo el teléfono en la mano y estoy a punto de hacerlo. Pero lo dejo nuevamente sobre la mesa. No. Esta conversación no puede tener lugar deprisa, a pocos minutos de terminar la jornada. Necesito tiempo, y sobre todo necesito ordenar mi cabeza antes de sentarlo frente a mí. Guardo las operaciones que he separado durante la semana en una carpeta y cierro el resto de los archivos. Mañana hablaré con él. El automóvil me espera en la entrada y uno de los guardaespaldas abre la puerta cuando me ve salir del lobby. Durante el trayecto apenas presto atención a las calles. Voy mirando por la ventanilla sin ver realmente nada, repasando cifras, nombres y fechas hasta que una voz consigue sacarme de mis pensamiento
La pregunta de Danna consigue que me olvide durante unos segundos del automóvil que acaba de desaparecer al final del camino. —¿Por qué me preguntas eso? Ella retira la mano de mi hombro y mira hacia el exterior, asegurándose de que los vehículos ya estén demasiado lejos. —Curiosidad. —No te creo. Danna me dedica una sonrisa pequeña. —Digamos que fue una pregunta que no debí hacer, pero tratándose de ti, no pude evitarlo. Frunzo el ceño. Entramos nuevamente en la mansión y caminamos juntas por el vestíbulo. Alexis permanece en brazos de Danna, entretenido tirando de uno de sus pendientes, pero yo ya no puedo apartar la atención de aquella pregunta. —Sé algunas cosas —respondo finalmente—. Gabriel me contó que su padre dejó varios negocios y socios con los que ahora él tiene que tratar. No tienen nada que ver con la fábrica, eso me lo dejó claro. —¿Qué más? —Sé que algunos están en Japón y que, en particular, tratar con esos socios puede llegar a ser... peligroso. Danna guar







