LOGINAlma siempre ha sabido lo que quiere: ser la mejor, construir un futuro lejos de las limitaciones de su pasado y, sobre todo, mantener a Samuel a su lado. Él ha sido su mejor amigo desde la infancia, la única persona que estuvo allí cuando nadie más lo hacía. Por eso no piensa permitir que nadie se interponga entre ellos. Mucho menos Alexander. Heredero de una familia poderosa y acostumbrado a tener el control absoluto, Alexander encuentra en Alma algo que no puede ignorar. Al principio, acercarse a Samuel parece simplemente una excusa para provocarla, pero la dinámica se vuelve peligrosa cuando los límites empiezan a desdibujarse. Alexander comienza a querer saberlo todo sobre ella. Lo que piensa. Lo que quiere. A quién necesita. Y, sobre todo, por qué Samuel ocupa un lugar tan privilegiado en su vida. Mientras Alma intenta proteger aquello que considera suyo, Alexander cruza líneas que jamás imaginó. Ninguno de los tres está preparado para descubrir que hay sentimientos que no desaparecen solo por ser rechazados. La obsesión puede terminar destruyendo aquello que más deseas.
View MoreEl sacerdote terminó de hablar y su voz se perdió entre el viento de la tarde. Frente al ataúd no había más de veinte personas, todas vestidas de negro. Alma permanecía frente a ellas con la espalda recta y las manos entrelazadas. No había llorado.
Su madre estaba ahí dentro. La mujer que la había criado casi sola, la que había trabajado durante años para darle una vida que nunca fue fácil. Habían sido meses de hospital, de noches sin dormir viéndola apagarse. Y aun así, Alma seguía sin llorar.
Entre las coronas había una de rosas blancas, sin tarjeta. Alma la había visto al llegar y no había preguntado quién la mandó. No lo necesitaba.
Las personas se acercaron una por una. «Lo siento mucho, Alma». «Fue una mujer muy fuerte». «Ahora ya no sufre». Ella agradecía cada frase con un movimiento de cabeza. Nadie parecía sorprendido. Alma siempre había sido así, controlada, un muro que no se quebraba ni cuando todo a su alrededor se derrumbaba.
Cuando la última persona se marchó, se quedó unos segundos frente a la fotografía de su madre. Sus dedos temblaron al tocar el borde del marco.
Nadie lo vio.
—Descansa, mamá —susurró—. Ya no tienes que trabajar más.
Se dio la vuelta para irse y una voz la detuvo. Era una voz que no oía desde hacía cuatro años.
—Alma.
No necesitó girarse para saber quién era, pero lo hizo. Samuel ya no era el muchacho tímido que recordaba. Vestía un traje caro y tenía la postura de alguien acostumbrado a que lo miraran. Solo los ojos seguían iguales, dulces y cansados.
—Siento mucho lo de tu madre.
—Gracias.
Samuel dio un paso hacia ella y la abrazó. Alma no levantó los brazos. Se quedó inmóvil hasta que él se apartó.
—Me alegra verte.
—Después de cuatro años, supongo que a mí también.
—Volvimos hace poco al país —dijo él, y bajó la mirada—. Supe lo de tu madre y quise venir.
Alma notó ese «volvimos» y no dijo nada. Tomó su bolso.
—¿Quieres beber algo?
—¿Beber? —frunció el ceño—. Tú no bebes.
—Muchas cosas cambiaron.
***
El bar estaba casi vacío. Alma pidió un whisky y Samuel un vaso de agua. Ella se lo terminó casi de un trago.
—¿Cómo vas con la universidad? —preguntó él, buscando un tema seguro.
— Me gradúo este semestre. El último. Mientras tanto soy asistente en la fiscalía. ¿Y tú? Querías ser veterinario.
Samuel sonrió sin ganas.
—Mi padre tenía otros planes. Ahora trabajo para él.
—Claro —Alma bebió—. Siempre terminas haciendo lo que otros deciden.
Samuel no respondió.
—Dime algo. ¿Por qué viniste hoy?
—Porque tu madre me quería. Y porque tú...
—Eso lo entiendo. Lo que no entiendo es dónde estuviste estos cuatro años.
Samuel apretó las manos sobre la mesa.
—Perdóname.
—Me escribías el día de mi cumpleaños, en Navidad, en Año Nuevo —dijo ella, en voz baja—. Cuatro años de «feliz cumpleaños, Alma». Palabras vacías.
—Yo...
—Nunca necesité que me quisieras de esa manera. Me conformaba con seguir siendo tu amiga.
Su voz se quebró en esa última palabra. Samuel bajó la vista y no dijo nada, y ese silencio dolió más que cualquier respuesta.
Los ojos de Alma se llenaron de lágrimas. Las primeras de toda la tarde.
Se levantó de golpe.
—Ni siquiera te despediste.
Alma caminó hacia la salida. Samuel la siguió y, cuando llegaron al auto, ella se detuvo.
—Ahora lo entiendo. Entiendo lo que te hice. Pero no te vayas así —dijo Samuel, preocupado.
Ella no respondió.
—Déjame llevarte a tu departamento. Por favor.
Alma estaba demasiado cansada para seguir peleando. Sacó las llaves de su bolso y se las entregó.
—Haz lo que quieras.
***
El viaje fue en silencio hasta que ella lo rompió.
—Para aquí.
—¿Qué pasa?
—Quiero comprar licor.
—Alma, no creo que debas...
—Me está ayudando a superar estos meses. No digas nada.
Samuel guardó silencio y estacionó frente a una tienda.
***
Cuando llegaron al edificio, bajó del auto.
—Puedo ayudarte a subir.
Alma no respondió, y él subió con ella.
El apartamento era amplio y ordenado, muy distinto de la casa donde Alma había crecido. Samuel miró a su alrededor.
—Se nota que te va muy bien.
—Lo logré. Aunque todavía me faltan cosas.
Dejó sus cosas sobre un mueble y abrió la botella. Samuel intentó quitársela.
—Ya has bebido suficiente.
—Déjala.
Forcejearon. En medio del tirón, Alma agarró con fuerza la camisa de Samuel y la tela se rasgó.
Samuel se quedó inmóvil. Alma bajó la mirada y vio las marcas en su torso, oscuras, algunas ya amarillas.
—¿Qué es esto?
Samuel intentó cubrirse.
—No es nada.
—¿Te golpea?
—No es eso. Solo fueron algunas veces.
Alma sintió que la rabia empezaba a subirle por el pecho.
—He visto esas marcas muchas veces, Samuel. Sé lo que son. ¿Qué m****a pasa contigo? ¿Cómo puedes permitir que te golpee?
—¡Tú no sabes nada!
El grito quedó flotando en la sala. Alma respiró hondo.
—Tienes razón.
Señaló la puerta.
—Sal de mi apartamento.
—Alma...
—Sal.
Samuel tomó su saco y se marchó.
***
Ya en el taxi, Samuel se cubrió la camisa rota con el saco y sacó el teléfono. Tenía varios mensajes de Alexander.
¿Dónde estás?
Respondió que el tráfico había demorado más de lo esperado y que ya iba para allá.
¿Cómo estaba Alma?
Samuel dudó unos segundos. Después escribió que no estaba muy triste, que había estado tranquila y fuerte.
Eso era de esperarse de una mujer como ella.
Samuel se quedó mirando esa última línea. Era casi lo mismo que él le había dicho a Alma horas antes.
Guardó el teléfono.
***
En el apartamento, Alma seguía bebiendo cuando el teléfono empezó a sonar. Número desconocido.
Contestó.
—¿Quién es?
—Hola, amor.
Reconoció la voz de inmediato.
—Deja de llamarme así. Cambié de número y te bloqueé porque no quiero saber nada de ti.
—Y siempre encuentro la forma —respondió Alexander, tranquilo—. Hasta que entiendas que tú y yo estamos destinados a estar juntos.
—Si sigues llamando, voy a denunciarte.
—Hazlo —dijo él, con la misma calma de siempre—. Muchas mujeres matarían por conseguir que un hombre como yo no pudiera olvidarlas.
Alma apretó el teléfono.
Cuatro años de esto. Alexander le había escrito desde el primer mes en que se fue, cuando llegó el primer mensaje desde otro país: Llegamos. Samuel duerme. Pensé que querrías saberlo. Ella lo bloqueó. Al día siguiente llegó otro desde un número distinto. Le contaba cómo era su casa nueva, qué había cenado, con quién se había peleado. Nunca dejó de contarle su vida, aunque ella jamás contestara. Nunca dejó de encontrarla.
Y ella nunca se lo dijo a Samuel. No cuando él le escribió por primera vez para felicitarla por su cumpleaños, ni después. Ya había perdido a su mejor amigo. No iba a ser ella quien le destrozara lo poco que él creía tener.
—Vi las marcas de Samuel, Alexander. Tus mensajes decían que era feliz, y yo te creí. ¿Cómo pudiste golpearlo?
Hubo un silencio del otro lado.
—No sabes de lo que hablas.
—Eres un miserable. Eres peor de lo que pensaba. Déjame en paz.
—Jamás.
—Cuatro años y sigues llamando.
—Y tú sigues contestando —dijo él—. Adiós, amor.
La llamada terminó.
Alma se quedó mirando el teléfono. Cuatro años de mensajes que Samuel nunca había visto.
Bebió.
Una lágrima le recorrió el rostro. Esta vez no la limpió.
En la oscuridad de su mente Alexander soñaba con su madre. Era una mujer hermosa, de ojos verdes y una presencia que llamaba la atención de cualquier persona. Había sido una cantante y actriz talentosa, pero lo había dejado todo cuando se caso.En la penumbra de la casa, su padre le reclamaba. No soportaba que dejara la propiedad, no soportaba que existiera fuera de su control. Ella, entre gritos, le decía que lo odiaba, que si no fuera por esa familia, habría sido feliz.Luego venía la botella.Cuando la bebida empezaba a hacer efecto, la mujer tomaba al pequeño de Alexander de las manos y se ponía a bailar con él en medio de la sala. Le sonreía con una calidez fingida mientras bailaban, pero sus palabras eran veneno:—¿Por qué tuviste que nacer? —le susurraba al oído, sonriendo como si le dijera un secreto bonito—. Me arruinaste la vida, Alexander. Mi vida es una miseria por tu culpa. Eres el ancla que me ata a este infierno. ¿Por qué naciste?Ella empezaba a llorar sin soltarle las
Raquel, la joven pareja de su padre, avanzó hacia el centro del recibidor. Dejó caer las bolsas sobre una mesa de cristal y miró a Alexander con una sonrisa. —¿Vas a quedarte ahí parado mirándome con esa cara de pocos amigos? —preguntó Raquel con un tono juguetón mientras se acomodaba el cabello rubio sobre los hombros—. Deberías sonreír un poco más, Alexander. Si sigues amargándote la vida por todo, te van a salir arrugas antes de tiempo. Alexander ni siquiera cambió de postura. Mantuvo las manos metidas en los bolsillos y la examinó de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio. —Deja de decir que eres mi madre o de actuar como si tuvieras algún tipo de autoridad en este lugar —respondió él —. Una mujer vulgar y sin clase como tú, que viste como prostituta a todas horas, nunca será la señora de esta casa. Jamás serás la mujer legal de mi padre. Acepta tu realidad: eres solo una de las muchas mujeres con las que mi padre se divierte los fines de semana. Un simple pasatiempo p
El timbre que anunciaba el final de las clases resonó por el aula y poco a poco los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas. Alma guardó sus cuadernos con tranquilidad, aunque el silencio entre ella y Samuel seguía pesando después de la conversación que habían tenido durante el receso. Samuel permanecía de pie junto a su pupitre, rígido y con la mirada perdida, como si todavía estuviera intentando ordenar todo lo que había ocurrido. Alexander esperó hasta que la mayoría de los estudiantes abandonara el aula antes de acercarse. Caminó hacia ellos con absoluta tranquilidad y, sin pedir permiso, rodeó los hombros de Samuel con un brazo, como si aquel gesto fuera completamente natural. Samuel se quedó quieto al sentirlo tan cerca. Su cuerpo se tensó por un instante, pero no dijo nada.—Nos vamos ya —dijo Alexander, mirando directamente a Alma con una sonrisa serena—. Tenemos que ponernos a trabajar en el proyecto.Alma detuvo el movimiento de sus manos y levantó lentamente la cabeza. S
Al día siguiente, Samuel llegó al instituto con la cabeza completamente revuelta. Había dormido poco y, aunque intentaba convencerse de que todo lo ocurrido la noche anterior no había sido más que una confusión provocada por el cansancio, la vergüenza y sus propios pensamientos, no conseguía dejar de recordar el sueño.Sobre todo, no conseguía dejar de recordar a Alexander.Apenas cruzó las puertas del instituto, se prometió a sí mismo que no lo miraría. No quería encontrarse con sus ojos ni recordar aquella imagen de la noche anterior. Necesitaba comportarse como siempre, hablar con normalidad y fingir que nada había cambiado.Pero la promesa duró muy poco.Al doblar el pasillo, lo vio a varios metros de distancia, conversando con algunos compañeros. Alexander parecía exactamente igual que todos los días: tranquilo, seguro de sí mismo, perfectamente consciente del efecto que provocaba en quienes lo rodeaban. Samuel intentó apartar la mirada, pero terminó observándolo de nuevo casi sin
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