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Abril salió de la habitación y alzó la mirada; sus ojos se encontraron con los de Amadeo, y un pequeño, pero sincero, destello de felicidad se dibujó en su rostro.Él, sin perder un segundo, tomó suavemente su mano y le preguntó con voz cálida:—¿Lista para ir a casa?Abril asintió, un nudo de emoción en la garganta. Subieron al auto, el silencio entre ellos estaba lleno de comprensión, de años, de experiencias compartidas, de heridas sanadas y de amor que se había fortalecido con cada prueba.Amadeo arrancó el vehículo, y el mundo exterior pareció desvanecerse; atrás quedaban los capítulos más oscuros de sus vidas, los fantasmas de un pasado que finalmente habían aprendido a dejar ir.—¿Todo bien? —preguntó él, observando el rostro de Abril en el espejo retrovisor, notando la mezcla de alivio y reflexión que la envolvía.—Todo bien —respondió ella con un suspiro—. Le conté la razón por la que nunca volví con él, la razón por la que lo perdono.Él la miró, ligeramente dudoso, como si q
Amadeo y Abril corrían a toda prisa, sus corazones latiendo con fuerza, el aire helado cortando su piel.Cada paso era un golpe de adrenalina, cada respiración un recordatorio de lo cerca que estaban del peligro. Sin embargo, cuando pensaban que podían escapar, un hombre bloqueó su camino.La pistola que sostenía brilló bajo la luz, y un escalofrío recorrió sus espinas dorsales. Era Mario.—¡Suelta esa pistola! —gritó Amadeo, tratando de mantener la calma mientras su mirada se clavaba en el de su enemigo.Mario no titubeó, sus ojos reflejaban rabia y determinación.Pero antes de que pudieran reaccionar, Gregorio apareció detrás de ellos, apuntando con su propia arma.—¡Abril, vuelve! —gritó con desesperación.Abril lo miró fijamente, la rabia y la determinación luchando en sus ojos.No retrocedería. Sin soltar la mano de Amadeo, se giró hacia él con una voz firme, cargada de resolución:—Está bien… ¿Quieres que vuelva? Lo haré, pero antes… debes matar a Mario.Todos quedaron perplejos
Lejos de aquel lugar donde el horror se desataba, Aníbal vivía un instante que parecía eterno.La luna de miel junto a Mía era un sueño cumplido.El mar acariciaba la arena con olas suaves, y el viento cálido de la costa parecía bendecir cada caricia que se daban. Estaban tan enamorados, tan perdidos en su propio mundo, que nada parecía capaz de romper esa burbuja de felicidad.Cenaban frente a la playa, iluminados por faroles que titilaban como estrellas terrenales. Sus risas se mezclaban con el murmullo del océano, ajenos a cualquier sombra, a cualquier tragedia.Para ellos solo existía el presente, ese momento de complicidad, la certeza de que habían vencido todas las pruebas que la vida les había puesto.Hasta que sonó el teléfono.El timbre rompió la calma con una violencia sutil, pero devastadora. Aníbal lo tomó, sin imaginar que esa llamada sería el principio de un tormento. Al otro lado, la voz entrecortada de su abuelo Amancio retumbó en sus oídos como un trueno:—¡Lo siento,
Abril abrió los ojos lentamente, y por primera vez en su vida, un terror absoluto la paralizó: no reconocía el lugar donde estaba.Parpadeó varias veces, intentando enfocar, y su corazón empezó a latir con violencia.Todo era blanco, un techo impoluto que reflejaba una luz fría, casi clínica, que le quemaba la retina.Su cuerpo temblaba de manera incontrolable, un temblor que no era solo físico, sino que nacía de un miedo profundo, de ese que se instala en el pecho y que hace que todo a tu alrededor parezca irreal y lejano.Se obligó a enderezar la postura, a tomar aire, aunque cada respiración le dolía en el pecho.Sus manos temblorosas se aferraron al borde del frío asiento sobre el que había despertado.Fue entonces cuando lo vio. Al principio no quiso creerlo, su mente se negó a aceptar lo que sus ojos registraban.Allí, sentado, encorvado, con la mirada clavada en el suelo, estaba él. Gregorio.El hombre que la había perseguido en sus sueños y que ahora estaba frente a ella, tan r
Mia no podía creerlo.Aquel instante que tantas veces había soñado, al fin estaba ocurriendo frente a sus ojos. Sus manos temblaban cuando él tomó la suya y, con una sonrisa llena de ternura, deslizó el anillo en su dedo.Una lágrima se escapó de sus ojos, pero era de pura felicidad. Su corazón latía con tanta fuerza que sentía que iba a romperse en mil pedazos.La gente alrededor estalló en aplausos, celebrando aquel momento sagrado.Ella levantó la mirada hacia él, hacia Aníbal, y la sonrisa que le regaló parecía iluminar el mundo entero. Sus labios se encontraron en un beso profundo, cargado de promesas, de amor y de futuro.Por un instante, el universo entero desapareció. No existían testigos, ni tiempo, ni distancia. Solo ellos dos.Los días siguientes fueron una ráfaga de preparativos y sueños. Abril, su amiga inseparable, no la dejó sola ni un segundo. Fue ella quien la acompañó a la boutique más elegante de la ciudad para elegir el vestido de novia. Mia, entre risas nerviosas,
—¡Mia eres una…! —gritó Mario, la voz temblándole entre rabia y desesperación.Quiso acercarse, con los puños apretados y la furia, latiéndole en las sienes, pero Aníbal fue más rápido.Con un empujón firme, lo derribó al suelo. Mario cayó con un golpe sordo, mientras el aire parecía comprimirse a su alrededor.—¡No la toques! —rugió Aníbal, su mirada fulminante cargada de fuego—. ¿Acaso no lo entiendes? ¡Ella me ama a mí! ¡Mi padre y mi madre se aman! ¡Nunca van a separarnos, y jamás permitiré que alguien intente dañarnos!Abril, con la respiración agitada, tomó la mano de Amadeo como si fuera un ancla en medio de la tormenta.La tensión en el aire era casi palpable, y Aníbal sostuvo la de Mia con un gesto protector y decidido, como si con ese simple contacto pudiera absorber todo el peligro que los rodeaba.Desde la distancia, Gregorio y Mario los observaban marcharse, cada paso cargado de determinación y desafío. La rabia les quemaba por dentro, pero no había forma de alcanzarlos; l







