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Capítulo 33: Celos.

Autor: R. Vivas
last update Data de publicação: 2026-05-31 11:48:24

Tomó su mano. Los dedos de Leonardo eran largos, firmes, cálidos. Caminaron hacia la pista de baile. La orquesta tocaba una canción lenta, romántica, de esas que hablan de amores imposibles y encuentros casuales que cambian la vida. El violín lloraba en las notas altas. El piano susurraba en las graves.

Leonardo la tomó por la cintura. Con respeto. Sin apretar. Sin acercarla más de lo necesario. Mara apoyó las manos en sus hombros. Los hombros de él eran anchos, firmes, pero no le provocaban lo
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    La mansión Hidalgo estaba en silencio, roto solo por los sollozos ahogados de Hanny, que aún permanecía arrodillada en el suelo, con las lágrimas rodando por sus mejillas y los hombros temblando. Pero nadie la miraba. Todos los ojos estaban puestos en Don Félix, que se había levantado de su sillón con la ayuda de su bastón y caminaba lentamente hacia el centro del salón. La luz de los candelabros se reflejaba en sus ojos negros, dándoles un brillo que era a la vez sabiduría y determinación. El silencio era tan profundo que se podía escuchar el latido de los corazones y el crepitar de las velas.Don Félix se detuvo frente a todos, apoyándose en su bastón con una dignidad que solo los años y la experiencia podían otorgar. Su mirada recorrió cada rostro presente: el de su hijo Humberto, con el rostro desencajado y los puños apretados; el de Sebastián, pálido y tembloroso; el de Maritza, con una luz de esperanza en los ojos; el de Doña Elena y Don Ricardo, los padres de Mara, que miraban

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    La mansión Hidalgo seguía sumida en un silencio tenso después de la confesión de Mara. Las palabras aún resonaban en el aire como un eco que no podía silenciarse: la traición de Sebastián, la infidelidad de Hanny, el dolor de años guardado. Doña Elena había apartado la mirada de Hanny, que seguía arrodillada en el suelo, con los hombros temblorosos y las lágrimas rodando por sus mejillas. Sebastián, por su parte, estaba pálido como la cera, con los puños apretados a los costados y la mirada fija en el suelo, incapaz de sostener la mirada de nadie.Pero el momento de mayor tensión aún estaba por llegar.Joaquín dio un paso al frente, y su voz, cuando habló, era firme y clara como el tañido de una campana. Todos los ojos se volvieron hacia él, expectantes, preguntándose qué más podría salir a la luz en una noche que ya estaba llena de revelaciones y secretos.—Abuelo —dijo Joaquín, con la voz firme—. No quiero hablar en el estudio. Quiero que sea aquí. Quiero que todos escuchen lo que t

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    La mansión Hidalgo estaba sumida en un silencio tenso cuando Joaquín y Mara cruzaron la entrada principal. El eco de sus pasos resonaba en el mármol pulido del vestíbulo, y todos los ojos se volvieron hacia ellos como un solo haz de luz. La luz de los candelabros se reflejaba en sus rostros, acentuando el cansancio y la emoción que aún llevaban consigo después de la carrera y la revelación. Pero también había algo más en sus miradas, una determinación que no se había visto antes, una certeza que los envolvía como un escudo invisible.Don Félix estaba en el centro del salón, con su bastón en una mano y una expresión que mezclaba alivio y enojo. Al ver a su nieto entrar, sintió que una parte del peso que llevaba sobre sus hombros comenzaba a disiparse. Pero también sentía que la tensión en el ambiente se intensificaba, como si todos estuvieran esperando una explosión.—Joaquín —dijo Don Félix, con la voz firme pero cargada de preocupación—. De verdad, ¿hoy llegaste sabiendo que era una

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    La mansión Hidalgo estaba iluminada con un esplendor que pocas veces se había visto. Las luces de los candelabros de cristal se reflejaban en los pisos de mármol pulido, creando un resplandor cálido que envolvía a los invitados como un abrazo de lujo. La orquesta, ubicada en un balcón de madera tallada, tocaba melodías clásicas que flotaban en el aire como susurros de seda. El aroma a champán y flores frescas se mezclaba con el perfume de las velas que adornaban cada mesa, creando una atmósfera de ensueño que contrastaba con la tormenta que se cernía sobre la familia Hidalgo.Pero a pesar de la belleza del escenario, la tensión en el ambiente era tan palpable que se podía cortar con un cuchillo. Don Félix estaba en el centro del salón, con su bastón en una mano y una expresión de preocupación en el rostro. Su traje oscuro, impecable, le daba un aire de autoridad que solo los años y la sabiduría podían otorgar. Pero en sus ojos negros, brillaba una mezcla de ansiedad y enojo. Llevaba m

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    El casco se levantó lentamente. Primero se vio el mentón, con la barba ligera que Mara conocía tan bien. Luego los labios, que habían besado los suyos innumerables veces. Luego la nariz, con ese pequeño lunar que ella siempre acariciaba. Y finalmente los ojos. Esos ojos verdes que Mara conocía mejor que los suyos propios. Esos ojos que la habían mirado con amor cada mañana, que la habían visto llorar, reír, enfadarse, soñar. Esos ojos que ella había besado mil veces. Esos ojos que habían compartido cada uno de sus secretos, o eso creía ella.Joaquín.Mara sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor. Sus manos se llevaron a la boca, y un grito ahogado escapó de sus labios, un sonido que era una mezcla de sorpresa, incredulidad y emoción. No podía creerlo. No podía ser. Joaquín era el Fantasma. El corredor más famoso del mundo. El hombre que había estado a su lado, que le había mentido, que le había ocultado su verdadera identidad durante todo ese tiempo. Todo encajaba. Los viajes,

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    El autódromo aún vibraba con la euforia de la victoria. Miles de personas seguían vitoreando, las banderas ondeaban al viento y el eco de los motores se desvanecía lentamente en el horizonte. La multitud se agolpaba alrededor de la pista, ansiosa por ver al ganador, al misterioso Fantasma que nunca mostraba su rostro. Las cámaras de televisión enfocaban la figura del corredor enmascarado, que aún sostenía la copa de plata en una mano, con el casco puesto y la mirada perdida en algún punto de las gradas. El sol brillaba con intensidad, reflejándose en el metal de la copa y en el casco oscuro del corredor, creando destellos que parecían anunciar un momento histórico.Mara estaba en la tribuna principal, con el corazón latiéndole con fuerza y las lágrimas aún frescas en sus mejillas. No podía creer lo que había visto. El Fantasma había ganado. El corredor más famoso del mundo había ganado la carrera más importante de su vida. Y ella había estado allí para verlo. Sus manos temblaban mient

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