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last update Petsa ng paglalathala: 2026-07-01 10:51:37

Al amanecer, no hubo piedad por parte del sol. Su luz filtrándose implacable por los inmensos ventanales del penthouse la arrastró de golpe a la realidad. Cassandra abrió los ojos, desorientada, hasta que el peso asfixiante sobre su cintura y la calidez del cuerpo masculino aferrado al suyo le devolvieron una claridad devastadora. Lo de la noche anterior no había sido un sueño.

A su lado, Sebastian dormía con una serenidad que jamás mostraba en la oficina. La culpa, fría y punzante, se instaló en el pecho de Cassandra al verse atrapada entre las sábanas del hombre que amaba en secreto. Se sintió frustrada, arrepentida por haber permitido que sus defensas profesionales se pulverizaran bajo el efecto del alcohol y la desesperación de él; pero, en el fondo, el ardor de una noche de añoranza la hizo contener el aliento. Había tocado el cielo con él, y ahora era el momento de pagar el precio.

Tenía que irse. De inmediato. Se movió con la cautela de un depredador, intentando deslizarse fuera del agarre de Sebastian sin causar el más mínimo roce. Sin embargo, al sentir que ella se alejaba, él soltó una queja entre sueños y la atrajo inconscientemente más hacia sí, hundiéndose en su cuello. Cassandra se congeló, con el corazón martilleando desbocado contra sus costillas, rogando al cielo que él no despertara. Esperó a que la respiración del CEO volviera a estabilizarse y, aprovechando que él se acomodaba contra el cojín, terminó de zafarse con una agilidad felina.

Recogió su ropa del suelo y escapó del apartamento antes de que el sol terminara de subir, con la única urgencia de desaparecer. El proceso de regresar a su propia vida fue una transición dolorosa. Ya en su apartamento, Cassandra se refugió bajo una ducha de agua helada, buscando limpiar de su piel no solo el rastro físico, sino la memoria de la madrugada. Se vistió con su uniforme habitual, la falda de tubo, la blusa impecable, el cabello perfectamente recogido, pero al mirarse al espejo, supo que ya no era la misma.

Cuando cruzó las puertas de la compañía Westminster poco tiempo después, la mujer de la noche anterior había sido sepultada. Volvía a ser la asistente perfecta. Una empleada eficiente. Al entrar al despacho principal, sintió algo raro en el pecho. Sebastian ya estaba absorbido por el trabajo, rodeado de folios, con los ojos cansados y una rigidez en los hombros que delataba una resaca abismal. Cassandra caminó con la espalda recta, la mirada neutral y una taza de café recién hecho entre las manos, actuando como si el suelo que pisaba no se hundiera, como si sus piernas no temblaran.

Dejó la taza sobre la madera.

—Señor Westminster, aquí tiene su café. Si necesita algo más para la jornada, estoy a su orden —anunció ella. Su voz fue un hilo plano, carente de cualquier inflexión emocional, tratándolo como a un absoluto extraño. Sebastian levantó la vista. Sus ojos azules, cansados y nublados, se clavaron en ella durante un segundo que pareció eterno.

Cassandra sostuvo la mirada sin parpadear, negándose a mostrar un solo rastro de duda o sonrojo. En ese silencio, ella leyó las intenciones de su jefe con total claridad; él lo recordaba todo, pero en su escala de prioridades, lo sucedido no era más que un desastre circunstancial. Un error que debía ser archivado y olvidado para siempre.

Él murmuró un agradecimiento a secas y bajó la vista a los papeles. Cassandra dio media vuelta y salió de la oficina. Si él quería jugar a la farsa de que nada había pasado, ella le daría la mejor actuación de su vida. Los días posteriores se convirtieron en un verdadero reto de disimulo, una cuerda floja donde la tensión superficial se sostenía a base de silencios y formalidades extremas. Sin embargo, semanas después, fue el propio cuerpo de Cassandra el que comenzó a traicionarla.

Las náuseas inesperadas, sumadas a una debilidad que jamás había experimentado, encendieron las alarmas de su mente analítica. El miedo, un terror frío que le recorrió la espina dorsal, la obligó a comprar una prueba de farmacia antes de salir hacia el trabajo. Encerrada en el baño de su apartamento, con el pulso desbocado, miró el plástico sobre el lavabo: dos rayas rosadas. El impacto fue un golpe seco en el estómago. Cassandra se cubrió la boca para contener un grito, dejándose caer sobre el suelo frío del baño, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Sin embargo, cuando el análisis de laboratorio confirmó los resultados por la tarde, una emoción destructiva y peligrosamente dulce floreció en su pecho.

Estaba aterrada, pero al mirarse al vientre en el espejo, una pequeña y secreta ilusión la asaltó. ¿Y si este bebé cambiaba el destino? Quizás, ante una realidad tan enorme, Sebastian vería en ella algo más que a su secretaria eficiente. Quizás la quiebra y el contrato de los Newman pasarían a un segundo plano. Quizás podrían ser una familia. Aferrada a esa frágil y tonta esperanza, y con la determinación corriendo por sus venas, decidió que él tenía que saberlo. Se alisó la falda, controló el temblor de sus manos y se dirigió a la oficina de la presidencia dispuesta a confesar la verdad.

No obstante, a mitad del pasillo, un mareo repentino y violento la obligó a detenerse, apoyando la espalda contra la pared para no caer. Esperó a que el pasillo dejara de girar, respiró hondo y continuó su marcha, con el corazón martilleándole las costillas. Al llegar a la antesala del despacho de Sebastian, le extrañó no encontrar al guardia de seguridad ni al personal de recepción. El piso de la presidencia solía ser un lugar impenetrable. Frunciendo el ceño, confundida, avanzó con pasos lentos hasta la doble puerta, que se encontraba ligeramente entreabierta.

Estaba a punto de empujarla cuando sus dedos se congelaron. Una voz femenina, dulce y cargada de una sensualidad posesiva, se filtraba desde el interior. Era Eleanor Newman. Y no sonaba como una mujer obligada a un matrimonio por contrato, sino como a una mujer que ansiaba casarse por otras razones.

—No tienes que seguir cargando con este peso tú solo, Sebastian —decía Eleanor, y Cassandra, a través de la rendija, pudo ver cómo la mujer se acercaba a él, rozando su brazo con calculada provocación—. Sabes bien que nos complementamos. Mi padre firmará el traspaso de fondos hoy mismo y Westminster estará a salvo... Solo falta que tú des el paso final. Casarte conmigo no es ningún sacrificio, y ambos sabemos el maravilloso futuro que nos espera juntos. Yo me encargaré de darte el heredero que esta empresa necesita.

Cassandra sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. El aire desapareció de sus pulmones, mientras el sobre con el examen de sangre parecía quemarle la piel a través de la tela del bolsillo. Toda la pequeña fantasía que había construido en su cabeza se desintegró en un pestañeo. Ella jamás había sido una opción. Sebastian ya había vendido su vida semanas atrás, y lo que presenciaba era la ejecución inevitable de ese destino.

El silencio en la oficina se prolongó una eternidad, un vacío asfixiante que a Cassandra le desgarró el alma, justo antes de escuchar la respuesta de Sebastian.

Más allá de eso... ¿Cómo pudo siquiera considerarse una opción, cuando sabía que semanas atrás su jefe firmó el acuerdo? Quizás porque en el fondo recordaba con fuerza las dudas del hombre aún tras firmar el trato; aún así, no dejaba de ser algo terrible que siempre estuvo allí, destino inevitable.

—Sé que esa es la única forma de salvar el legado de mi padre... —declaró la voz de él, firme, desprovista de cualquier duda—. No voy a seguir dándole vueltas. Acepto, Eleanor. Me casaré contigo.

—¡Exacto! Al fin lo entiendes —celebró ella con una sonrisa victoriosa.

Cada palabra clavaba una estaca en la garganta de Cassandra. Dio un paso atrás, cubriéndose la boca para ahogar el sollozo que amenazaba con destruirla. Sin esperar a escuchar una sola frase más, dio media vuelta y huyó por el pasillo a toda prisa, con las lágrimas nublándole la vista y una seguridad absoluta de que su secreto moriría con ella.

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