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Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO
Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO
Autor: DaysyEscritora

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last update Fecha de publicación: 2026-07-01 10:48:08

Cassandra veía como el hombre que ahora se desmoronaba detrás de esa puerta, estaba al borde del colapso. Ella, que había aceptado un puesto como simple secretaria, soportando el anonimato y la rutina, solo para poder respirar el mismo aire que Sebastian Westminster, le dolía verlo así.

Durante años, amarlo en secreto había sido una condena dulce. Y, esa condena sin saberlo se convertiría en una tortura.

Así que, verlo caer era una tortura para la que no estaba preparada. Dentro de la oficina, el CEO se sentía asfixiado; era como habitar un lugar que en cualquier momento se cerraría sobre él para triturarlo. Las paredes lo apretaban. Sebastian sentía que el suelo bajo sus pies se abría. Acostumbrado a liderar y a tener el mundo en la palma de su mano, ahora caminaba de un lado a otro con la derrota marcada a fuego en el rostro. La compañía que su padre le había legado y que él había jurado proteger se tambaleaba sobre el precipicio de la quiebra, arrastrada por deudas ocultas y el colapso de sus cadenas de suministro.

Maldijo en voz baja por enésima vez y se dejó caer sobre el elegante escritorio, cubriéndose el rostro con las manos, respirando con dificultad. En ese momento, unos suaves toques sobre la puerta rompieron su aislamiento.

—Adelante —concedió sin ganas, con esa profunda voz ronca que, incluso rota, lograba erizarle la piel a Cassandra.

Ella entró con una elegancia y un aplomo que desafiaban el desastre de esa habitación. Se acercó con una carpeta en las manos, los nudillos ligeramente blancos por la fuerza con la que se aferraba a la compostura.

—Lo siento, señor —murmuró ella, entregándole el documento. Sebastian lo abrió y su rostro se desencajó por completo al leer los números en rojo. Justo en ese instante, el teléfono sonó. Era Peter Newman, un inversor implacable cuya influencia era la última línea de vida de Westminster. Sebastian contestó, desesperado por una respuesta a su propuesta de reestructuración, pero las palabras al otro lado de la línea le helaron la sangre. Newman exigía verlo de inmediato para darle su "única y final oferta".

—Prepárate —ordenó Sebastian con amargura, cerrando los puños sobre la madera—. Tenemos una reunión con Newman ahora mismo. No aceptó el trato a mi manera.

Cassandra asintió. El miedo de Sebastian traspasaba la distancia entre ambos, y el instinto de protegerlo que latía en la sangre de la heredera Wellington comenzaba a desbordar las frágiles barreras de su rol como empleada. La jornada se extendió por horas en la fría sala de juntas de Newman. Al salir de allí, la derrota en el rostro de Sebastian era absoluta y devastadora. Newman le había garantizado el capital para salvar el legado de su padre, pero el precio exigía su propia vida: debía casarse con Eleanor Newman para unificar ambas familias y asegurar el control de la empresa.

Para Cassandra, escuchar los términos del acuerdo fue como recibir una bala en el centro del pecho. Su fantasía silenciosa, aquel futuro irreal por el que había sacrificado su linaje, moría antes de nacer. Él se salvaría, sí, pero a partir de mañana, pertenecería en cuerpo y alma a otra mujer. Incapaz de lidiar con la asfixiante realidad, Sebastian terminó en la barra de un bar privado de la ciudad, bebiendo sin control, intentando ahogar la certeza de que su libertad había terminado. Sabía que iba a aceptar el trato. Tenía que hacerlo. Y se odiaba con cada fibra de su ser por ello.

—Vete a casa, Cassandra —le ordenó, con la voz pastosa, arrastrando las palabras mientras fijaba en ella una mirada turbia y vacía—. No hay nada más que hacer aquí. Mi futuro ya ha sido vendido. Ni siquiera sé por qué diablos me has seguido...

—No lo dejaré en estas condiciones —replicó ella. Su voz sonó tan segura, tan impropia de una secretaria, que el hombre se quedó paralizado. De un momento a otro, Sebastian se descubrió sosteniendo la mirada esmeralda de la mujer, sintiendo un vuelco irracional en el estómago—. ¿Por qué bebe sin parar? Encontró una salida, señor.

—¿Una salida? —rugió él, exasperado, soltando una risa amarga que olía a whisky y a desesperación—. Me acabo de poner una maldita soga al cuello. ¿Me vas a prohibir beber? ¿Quién te da el derecho? Solo vete.

—Podría tener un accidente y tendría que lidiar con un terrible dolor de cabeza mañana. Así que por su bien, es mejor que se detenga ahora mismo —soltó Cassandra, lanzando las palabras con una autoridad indescriptible. Ya no era su empleada; era una mujer enamorada negándose a ver cómo el hombre de su vida se destruía. Extrañamente, la fiereza en los ojos de ella lo sometió. Sebastian dejó el vaso sobre la barra, cediendo ante una fuerza que no comprendía.

En el auto, el aire por alguna razón se sentía tan escaso que costaba respirar. Cassandra ocupó el asiento del conductor con una confianza absoluta, sintiendo la mirada profunda de Sebastian clavada en su perfil durante todo el trayecto. Al llegar al Penthouse de él, el silencio se volvió aún más intenso. Una vez dentro de la oscuridad del apartamento, todo colapsó. El alcohol, la cercanía de Cassandra en la oscuridad y el sacrificio que estaba a punto de hacer destrozaron a Sebastian. El hombre que todos veían como un roble invencible se derrumbó; las lágrimas de pura frustración empezaron a correr por su rostro.

Verlo llorar hizo pedazos la poca cordura que Cassandra conservaba. El jefe inalcanzable había desaparecido, dejando solo a un hombre vulnerable que buscaba desesperadamente un ancla. Con el corazón latiendo desbocado ante la inminencia de perderlo ante un matrimonio arreglado, dio un paso al frente. Se colocó detrás de él. Sus manos, temblorosas por primera vez en años, se posaron sobre la ancha espalda del hombre, acariciando la tensión de sus músculos a través de la fina tela de la camisa. Él soltó una respiración temblorosa y se quedó inmóvil, como si el simple roce de ella lo quemara. Cassandra rodeó su cuerpo lentamente hasta quedar frente a él. Alzó la mano, acariciando la áspera línea de su mandíbula, y limpió una lágrima con el pulgar.

Los ojos azules de Sebastian descendieron hacia los labios de ella, oscurecidos por el alcohol y una urgencia visceral. Sabían que estaban cruzando una línea sin retorno. Cassandra era consciente de que él buscaba un refugio, un escape de la condena que le esperaba con Eleanor, pero su amor no correspondido la cegó. Le bastaba con tenerlo una sola vez. Un beso urgente, desesperado y cargado de dolor nació entre ellos antes de que pudieran pensar. Sebastian la tomó por la cintura, atrayéndola con una fuerza posesiva que le arrancó un gemido ahogado a Cassandra. El sabor a whisky se mezcló con el deseo contenido de años.

Se separaron apenas unos milímetros, ambos con la respiración entrecortada y los pechos subiendo y bajando al mismo ritmo. Sebastian, con la voz quebrada y la frente apoyada contra la de ella, la miró fijamente.

—¿Estás segura de lo que haces, Cassandra? —susurró, rozando sus labios al hablar, dándole una última oportunidad para huir del desastre que él era esa noche.

Ella, embriagada por la cercanía de su cuerpo, el calor de su piel y la dolorosa certeza de que al amanecer ya no le pertenecía, no dijo nada. Simplemente envolvió sus brazos alrededor del cuello de él, hundió los dedos en su cabello y lo atrajo de nuevo hacia sí, retomando el beso con una avidez salvaje.

La poca ropa que aún los separaba cayó al suelo, olvidada en medio de la oscuridad del Penthouse. Ya no importaban el mañana, ni las diferencias. En ese acto de entrega total, mientras se dejaba llevar por una noche febril, se convirtieron en uno solo.

Sin embargo, a la mañana siguiente, todo había cambiado.

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Último capítulo

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   EPÍLOGO

    Sebastian soltó un suspiro, como si estuviera reuniendo valor. Deslizó una mano dentro del bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña y elegante caja de terciopelo oscuro, con un sutil acabado metálico en los bordes. Nunca antes se había sentido nervioso como en ese momento; y es que estaba a punto de hacer algo desde lo más profundo de su corazón. Ella sintió como su órgano vital se paralizaba en ese preciso momento y sus ojos se abrían de par en par.—Sebastian... —susurró, con los ojos muy abiertos.Él no se arrodilló; en cambio, se mantuvo de pie, mirándola a los ojos con una intensidad que la dejó sin aliento, acorralando su corazón con pura devoción. Abrió la caja y dentro brillaba un hermoso anillo de diamantes, resplandeciente bajo la luz de la luna.—Cassandra, mírame —pidió él con voz suave pero firme, asegurándose de tener toda su atención—. Quiero que entiendas algo antes de que digas nada. No te estoy pidiendo esto porque tengamos un hijo en común. No es una obligación,

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   FINAL

    Tres días pasaron hasta que la tormenta finalmente se disipó. Tres días llenos de declaraciones interminables ante las autoridades, exhaustivas revisiones de seguridad y reuniones maratónicas con el equipo legal de la compañía. Pero esa mañana, algo había cambiado y el aire se sentía diferente; se podía respirar justicia al tiempo que libertad.Frente al espejo de cuerpo completo se encontraba ella, estaba terminando de prepararse por último se alisó la falda de su traje oscuro y terminó de ponerse unos elegantes tacones. Al mirarse, ya no veía a la mujer asustada que había sido casi que arrastrada a Italia. Veía a una mujer fuerte, a una madre dispuesta a todo, lista para reclamar su lugar en el mundo.Sebastian la esperaba en el vestíbulo. Cuando la vio descender por las escaleras, se quedó sin aliento por un instante. Con una sonrisa llena de orgullo, le ofreció el brazo y juntos salieron hacia el auto que los llevaría al centro de la ciudad.Una hora más tarde, se encontraban en l

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   160

    El salón quedó sumido en un silencio denso. Jordan no paraba de caminar, desbloqueando el teléfono cada treinta segundos para ver si había algún mensaje de Sebastian. Samantha no soltaba la mano fría de Cassandra.El reloj del pasillo dio las tres y media de la madrugada. En ese mismo instante, las bombillas parpadearon una sola vez. Y la mansión se quedó a oscuras.Cassandra ahogó un grito y se puso de pie de un salto.—¡Luca!—¡Nadie se mueva! —ordenó Jordan. La voz le tembló, pero el instinto de proteger a su novia y a la familia de su mejor amigo pudo más que el miedo. Encendió la linterna del móvil—. Vamos arriba. Despacio, hacia el cuarto del niño.Subieron los escalones a oscuras, a trompicones. A Cassandra el corazón le golpeaba las costillas. Cuando abrieron la puerta de la habitación, el alma les volvió al cuerpo: Luca seguía acurrucado, abrazando su peluche, respirando al ritmo pausado de un sueño profundo. Cassandra se tiró a la cama y lo cubrió con su cuerpo, como un escu

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   159

    Esperaba que se rompiera, que le suplicara que no fuera. Pero Cassandra solo cerró los ojos, respiró hondo y, al abrir los ojos, sosteniéndole la mirada, se plantó firme. Le puso las manos sobre el pecho, apretando la tela de su camisa. —Hazlo —le dijo, con una firmeza que a él mismo le costó procesar—. Ve y acaba con esto de una vez por todas. No dejes que se acerquen a nuestro hijo. Pero prométeme una cosa, Sebastian... vas a volver a cruzar esa puerta. Sebastian la atrajo hacia sí y la besó con una mezcla de desesperación y urgencia, sin palabras, antes de soltarla. —Volveré. Te lo juro. Media hora después, un auto cruzó la seguridad de la propiedad. Jordan y Samantha llegaron escoltados por dos camionetas de refuerzo. Samantha corrió a encerrarse con Cassandra, mientras Sebastian y su equipo táctico salían hacia la oscuridad de la carretera. A kilómetros de ahí, el convoy se detuvo en el perímetro del almacén. El edificio era una mole de sombra y silencio. Con señas mudas, l

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   158

    El monitor de seguridad parpadeó una vez más, confirmando el intruso. Sebastian salió disparado del despacho, con el rostro tenso y el instinto de cazador a flor de piel. Sin embargo, cuando sus hombres peinaron el perímetro exterior, no encontraron hombres armados ni un asalto frontal.Encontraron algo mucho más perturbador: una caja de terciopelo negro abandonada sobre el capó del coche de Sebastian, justo en el centro del camino de entrada. Dentro, no había amenazas directas, sino una fotografía instantánea, tomada apenas unas horas antes. En ella, aparecían Cassandra, Luca y el propio Sebastian en el jardín, riendo mientras jugaban. La imagen era tan nítida que el mensaje era inconfundible: «Estamos aquí. Sabemos lo que haces. Te arrepentirás».En ese preciso momento la tranquilidad que llegó a sentir se terminó de ir. La reacción de Sebastian fue inmediata y asfixiante. En menos de una hora, dictó duplicar la seguridad y ordenó cancelar la salida al cine y el paseo a caballo, pro

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   157

    La mañana siguiente comenzó con una quietud inusual. El sol entraba con suavidad por los grandes ventanales, bañando el salón de la mansión con una luz dorada que intentaba disipar cualquier rastro de la tensión vivida la noche anterior. Sebastian, fiel a su palabra, no había salido de la propiedad; había transformado la sala de reuniones de la mansión en su oficina improvisada, asegurándose de estar siempre a pocos metros de Cassandra y Luca.En el jardín, Samantha y Cassandra caminaban lentamente mientras Luca jugaba a unos metros de distancia. El ambiente era fresco, pero el peso del miedo aún flotaba en el aire.—Tienes que dejar de mirar por encima del hombro, Cass —dijo Samantha—. Sebastian ha puesto seguridad extra. Estás más segura aquí de lo que has estado en años.Cassandra suspiró. —Lo sé, Sam. Pero el miedo no se apaga como un interruptor. Siento que en cualquier momento el pasado va a romper esta burbuja. Todavía todo es demasiado peligroso con mis hermanos allá afuera..

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