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last update Fecha de publicación: 2026-07-01 10:54:29

Cassandra tuvo que ir al baño y lavar su rostro, el dolor seguía en su pecho, pero se obligó a no sentir nada. Al menos el llanto se había ido, pero quedaba un nudo en la garganta y sus facciones enrojecidas debido a la hinchazón.

Regresó a su escritorio y se sentó, dejando que el entumecimiento tomara el control de su cuerpo. Sus manos se movieron por pura inercia, ordenando documentos que ya no importaban. Minutos después, las pesadas puertas de madera se abrieron y la esbelta millonaria, futura esposa de Sebastian, cruzó la antesala. No hubo miradas ni roces; la mujer pasó de largo, dejando tras de sí un rastro de perfume caro, ignorando por completo la existencia de la secretaria cuyo mundo acababa de colapsar.

Dentro del despacho, el silencio era asfixiante. Sebastian se aflojó el nudo de la corbata con un tirón lento. Caminó hacia el inmenso ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad y apoyó la frente contra el cristal frío. Tenía el capital asegurado. Había salvado el legado de su padre, pero la victoria tenía el sabor amargo de una condena.

Afuera, Cassandra se tomó varios minutos para estabilizar su respiración. Cerró los ojos, tragó el nudo de su garganta y tomó una pila de carpetas. Llevaba en el bolsillo del saco el papel del laboratorio; el ligero roce del papel contra su pierna era un recordatorio constante de su realidad.

Llamó a la puerta y entró. Sebastian seguía de espaldas, mirando la ciudad. Sus hombros estaban tensos, cargando un peso invisible.

—He venido a traerle los informes de la junta, señor —declaró, con un tono tan plano y profesional que le dolió a sí misma.

—Déjalos ahí. Gracias —murmuró él sin girarse, con la voz áspera por el cansancio.

El protocolo indicaba que ella debía dar media vuelta y salir, pero sus pies se negaron a moverse. Se quedó de pie junto al escritorio, mirándolo fijamente hasta que el silencio obligó a Sebastian a voltear. Sus ojos azules estaban nublados, él se veía lleno de agotamiento y resignación.

—Es cierto, ¿verdad? —averiguó. Su voz fue apenas un susurro, pero en esa gran oficina se sintió como un disparo al pecho—. Lo que escuché... ¿se va a casar? ¿Finalmente lo decidió?

Sebastian tensó la mandíbula. Por un segundo, sintiendo que ella revolvía lo que intentaba mantener bajo control; cruzó su rostro al ver la quietud en los ojos verdes de Cassandra. Pero rápidamente, el instinto de supervivencia del CEO tomó el mando y alzó un muro entre los dos.

—¿Estuviste escuchando a escondidas? —cuestionó, adoptando una postura defensiva.

—No fue mi intención, señor. Solo iba a entrar.

Sebastian suspiró, frotándose el puente de la nariz.

—Es la única salida, lo sabes —le recordó, arrastrando las palabras, demasiado cansado para discutir—. La compañía está al borde del abismo. Este matrimonio inyectará el capital que necesitamos antes del viernes. Está hecho, Cassandra. No hay vuelta atrás.

—Entiendo.

Él la observó, extrañado por la opacidad en su mirada. No comprendía por qué ella lo cuestionaba con esa intensidad y luego actuaba como si nada.

—¿Lo entiendes? No lo entiendes. Ni siquiera te debo explicaciones —bufó, caminando hacia su silla, ella no supo qué decir ante su actitud cambiante —. Tengo muchísimo que hacer. Sal, por favor.

Cassandra inhaló profundamente. El hombre frente a ella ya no era el que se había desmoronado en el penthouse; era un tipo frío que calculaba el costo y beneficio de cada vida a su alrededor. Sabía que era el peor momento imaginable, pero si daba un paso fuera de esa oficina, el secreto terminaría asfixiándola.

—Hay algo más que debe saber —agregó armandose de valor, soltando las carpetas sobre el escritorio. El sonido seco se sintió como un taladro en su cabeza—. No es un asunto sin importancia.

Sebastian frunció el ceño, su paciencia llegando al límite.

—Cassandra, no tengo cabeza para problemas menores ahora mismo.

—No es menor. —Ella lo miró a los ojos, reuniendo todo el coraje que su linaje le había enseñado a ocultar—. Estoy embarazada. Esperando un hijo suyo.

Las palabras cayeron en la oficina sin estruendo, pero sí con la fuerza de una bomba.

Sebastian quedó petrificado. El color abandonó su rostro de manera alarmante. Sus manos, que estaban a punto de tomar un bolígrafo, se quedaron suspendidas en el aire. Sus ojos descendieron lentamente, clavándose en el vientre de su secretaria como si intentara descifrar una amenaza incomprensible. El impacto fue tan fuerte que tuvo que apoyar las palmas en el escritorio para no perder el equilibrio.

El silencio devoró el espacio. Cassandra observó cómo la mente del hombre trabajaba a una velocidad vertiginosa. Esperaba, quizás de forma ingenua, un atisbo de duda, de humanidad. Pero lo que vio fue cómo el miedo puro se transformaba en una fría y calculada resolución.

—Esto... no puede ser —murmuró él, negando lentamente con la cabeza, su voz desprovista de emoción—. No ahora.

—Sebastian...

—¿Lo dices así de la nada?

—Una verdad no siempre debe ser adornada, y sí, es verdad. Solo fue suficiente una vez, espero un hijo suyo, señor.

—Tienes que renunciar —dictaminó él, interrumpiéndola. Su tono no era de rabia, sino el de un dictador resolviendo una crisis cualquiera, lo cual fue infinitamente más cruel—. Te irás hoy mismo. Haré que Recursos Humanos te prepare una liquidación excepcional, el triple de lo que te corresponde, pero tienes que desaparecer de esta compañía.

Un nudo doloroso se formó en la garganta de Cassandra. El ardor de las lágrimas amenazó con nublarle la vista, pero clavó las uñas en las palmas de sus manos. No le daría el placer de verla quebrarse.

—No le estoy pidiendo que no se case —logró articular, forzándose a mantener el tono uniforme—. Entiendo su deber con la compañía. Pero este bebé...

—¡Ni siquiera lo llames así! —estalló finalmente Sebastian. El control se rompió y golpeó el escritorio con el puño cerrado, sus ojos destilando un pánico agresivo—. ¡Esa noche fue un error! Un maldito error fruto del estrés y del alcohol. ¡No significó nada!

Cada palabra fue un golpe directo al pecho de Cassandra, pero ella se mantuvo de pie, inamovible.

—Tengo planes de casarme en menos de un mes —continuó él, acercándose a ella con una postura amenazante—. Millones de dólares, el legado de mi padre, el futuro de miles de empleados... todo depende de que esa boda sea perfecta. Un escándalo ahora, un hijo ilegítimo con mi secretaria, me destruiría. ¿Me oyes? ¡Me hundiría!

La miró desde arriba, implacable, esperando sumisión. Esperaba que la secretaria eficiente y silenciosa asintiera, tomara el dinero y resolviera el problema.

Pero Cassandra Wellington ya no era su secretaria.

El dolor que la estaba desgarrando dio paso a un su lado frío repentino. En sus venas corría la sangre Wellington, una estirpe que no se doblegaba ante nadie. Observó al hombre que amaba y se dio cuenta, con una lucidez escalofriante, de que era un cobarde.

—Lo entiendo perfectamente, señor Westminster —soltó ella. Su tono fue tan gélido y altivo que el propio Sebastian parpadeó, frenado en seco por el drástico cambio en su actitud—. Puede estar tranquilo. Su legado y su impecable matrimonio están a salvo.

La frialdad en los ojos verdes de Cassandra desconcertó a Sebastian. La culpa se abrió paso a través de su pánico.

—Espera, hagamos algo Cassandra, escucha... me haré cargo de los gastos médicos. De lo que necesites, pero en silencio —intentó suavizar él, sintiendo que de pronto era ella quien tenía el control de la situación —. Simplemente no puedes seguir aquí. Nadie debe saberlo.

—Guárdese su dinero, no necesito ni un solo centavo suyo —lo cortó ella, levantando la barbilla con una autoridad que no pertenecía a una empleada—. El "error" que llevo dentro es solo mío a partir de este segundo.

Se dio la vuelta sin añadir una palabra más. Caminó hacia la puerta con la espalda perfectamente recta. Su andar ya no era el de una asistente pasando desapercibida, sino el de alguien que conoce su propio poder.

Sebastian se quedó inmóvil, observando cómo la pesada puerta se cerraba tras ella. El silencio regresó a la oficina, pero la atmósfera había cambiado irreparablemente. Había protegido su empresa y asegurado su futuro, pero mientras miraba el espacio vacío que ella acababa de dejar, una opresión asfixiante se instaló en su pecho, susurrándole que acababa de cometer el error más devastador de toda su vida.

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Último capítulo

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   EPÍLOGO

    Sebastian soltó un suspiro, como si estuviera reuniendo valor. Deslizó una mano dentro del bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña y elegante caja de terciopelo oscuro, con un sutil acabado metálico en los bordes. Nunca antes se había sentido nervioso como en ese momento; y es que estaba a punto de hacer algo desde lo más profundo de su corazón. Ella sintió como su órgano vital se paralizaba en ese preciso momento y sus ojos se abrían de par en par.—Sebastian... —susurró, con los ojos muy abiertos.Él no se arrodilló; en cambio, se mantuvo de pie, mirándola a los ojos con una intensidad que la dejó sin aliento, acorralando su corazón con pura devoción. Abrió la caja y dentro brillaba un hermoso anillo de diamantes, resplandeciente bajo la luz de la luna.—Cassandra, mírame —pidió él con voz suave pero firme, asegurándose de tener toda su atención—. Quiero que entiendas algo antes de que digas nada. No te estoy pidiendo esto porque tengamos un hijo en común. No es una obligación,

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   FINAL

    Tres días pasaron hasta que la tormenta finalmente se disipó. Tres días llenos de declaraciones interminables ante las autoridades, exhaustivas revisiones de seguridad y reuniones maratónicas con el equipo legal de la compañía. Pero esa mañana, algo había cambiado y el aire se sentía diferente; se podía respirar justicia al tiempo que libertad.Frente al espejo de cuerpo completo se encontraba ella, estaba terminando de prepararse por último se alisó la falda de su traje oscuro y terminó de ponerse unos elegantes tacones. Al mirarse, ya no veía a la mujer asustada que había sido casi que arrastrada a Italia. Veía a una mujer fuerte, a una madre dispuesta a todo, lista para reclamar su lugar en el mundo.Sebastian la esperaba en el vestíbulo. Cuando la vio descender por las escaleras, se quedó sin aliento por un instante. Con una sonrisa llena de orgullo, le ofreció el brazo y juntos salieron hacia el auto que los llevaría al centro de la ciudad.Una hora más tarde, se encontraban en l

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   160

    El salón quedó sumido en un silencio denso. Jordan no paraba de caminar, desbloqueando el teléfono cada treinta segundos para ver si había algún mensaje de Sebastian. Samantha no soltaba la mano fría de Cassandra.El reloj del pasillo dio las tres y media de la madrugada. En ese mismo instante, las bombillas parpadearon una sola vez. Y la mansión se quedó a oscuras.Cassandra ahogó un grito y se puso de pie de un salto.—¡Luca!—¡Nadie se mueva! —ordenó Jordan. La voz le tembló, pero el instinto de proteger a su novia y a la familia de su mejor amigo pudo más que el miedo. Encendió la linterna del móvil—. Vamos arriba. Despacio, hacia el cuarto del niño.Subieron los escalones a oscuras, a trompicones. A Cassandra el corazón le golpeaba las costillas. Cuando abrieron la puerta de la habitación, el alma les volvió al cuerpo: Luca seguía acurrucado, abrazando su peluche, respirando al ritmo pausado de un sueño profundo. Cassandra se tiró a la cama y lo cubrió con su cuerpo, como un escu

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   159

    Esperaba que se rompiera, que le suplicara que no fuera. Pero Cassandra solo cerró los ojos, respiró hondo y, al abrir los ojos, sosteniéndole la mirada, se plantó firme. Le puso las manos sobre el pecho, apretando la tela de su camisa. —Hazlo —le dijo, con una firmeza que a él mismo le costó procesar—. Ve y acaba con esto de una vez por todas. No dejes que se acerquen a nuestro hijo. Pero prométeme una cosa, Sebastian... vas a volver a cruzar esa puerta. Sebastian la atrajo hacia sí y la besó con una mezcla de desesperación y urgencia, sin palabras, antes de soltarla. —Volveré. Te lo juro. Media hora después, un auto cruzó la seguridad de la propiedad. Jordan y Samantha llegaron escoltados por dos camionetas de refuerzo. Samantha corrió a encerrarse con Cassandra, mientras Sebastian y su equipo táctico salían hacia la oscuridad de la carretera. A kilómetros de ahí, el convoy se detuvo en el perímetro del almacén. El edificio era una mole de sombra y silencio. Con señas mudas, l

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   158

    El monitor de seguridad parpadeó una vez más, confirmando el intruso. Sebastian salió disparado del despacho, con el rostro tenso y el instinto de cazador a flor de piel. Sin embargo, cuando sus hombres peinaron el perímetro exterior, no encontraron hombres armados ni un asalto frontal.Encontraron algo mucho más perturbador: una caja de terciopelo negro abandonada sobre el capó del coche de Sebastian, justo en el centro del camino de entrada. Dentro, no había amenazas directas, sino una fotografía instantánea, tomada apenas unas horas antes. En ella, aparecían Cassandra, Luca y el propio Sebastian en el jardín, riendo mientras jugaban. La imagen era tan nítida que el mensaje era inconfundible: «Estamos aquí. Sabemos lo que haces. Te arrepentirás».En ese preciso momento la tranquilidad que llegó a sentir se terminó de ir. La reacción de Sebastian fue inmediata y asfixiante. En menos de una hora, dictó duplicar la seguridad y ordenó cancelar la salida al cine y el paseo a caballo, pro

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   157

    La mañana siguiente comenzó con una quietud inusual. El sol entraba con suavidad por los grandes ventanales, bañando el salón de la mansión con una luz dorada que intentaba disipar cualquier rastro de la tensión vivida la noche anterior. Sebastian, fiel a su palabra, no había salido de la propiedad; había transformado la sala de reuniones de la mansión en su oficina improvisada, asegurándose de estar siempre a pocos metros de Cassandra y Luca.En el jardín, Samantha y Cassandra caminaban lentamente mientras Luca jugaba a unos metros de distancia. El ambiente era fresco, pero el peso del miedo aún flotaba en el aire.—Tienes que dejar de mirar por encima del hombro, Cass —dijo Samantha—. Sebastian ha puesto seguridad extra. Estás más segura aquí de lo que has estado en años.Cassandra suspiró. —Lo sé, Sam. Pero el miedo no se apaga como un interruptor. Siento que en cualquier momento el pasado va a romper esta burbuja. Todavía todo es demasiado peligroso con mis hermanos allá afuera..

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