Beranda / Romance / Después Del DIVORCIO MI MARIDO se arrepintió / Capítulo 04 – Luna de Miel Amarga

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Capítulo 04 – Luna de Miel Amarga

Penulis: Annanda
last update Tanggal publikasi: 2026-01-30 22:20:58

La isla privada donde se hospedaría era un verdadero paraíso. La arena blanca contrastaba con el azul cristalino del mar, y el sol brillaba intensamente sobre ellos, como si el mundo conspira para que aquella luna de miel fuera perfecta. Pero el clima entre ambos era frío como el hielo.

Cuando llegaron a la lujosa casa reservada para su estadía, Helen observó el lugar con genuino interés. Cada detalle parecía cuidadosamente pensado para ofrecer comodidad y elegancia.

— Elige la habitación que prefieras —dijo Ethan con indiferencia, caminando directamente hacia el despacho.

Helen sintió el pecho oprimirse. Si él pensaba que ella se apartaría, estaba muy equivocado.

— Estamos casados, Ethan. Creo que no necesitamos habitaciones separadas.

Él se detuvo, los hombros tensos. Luego se giró para mirarla, con los ojos encendidos de irritación.

— No me provoques, Helen. Puedes tener mi apellido, pero nada más que eso.

— No estoy pidiendo nada. Solo que dejes de actuar como si yo fuera tu enemiga —respondió ella, manteniendo un tono suave—. No sé qué te dijeron sobre mí, pero no estoy aquí para destruir tu vida.

— Claro, solo estás aquí para asegurarte de que no pierda mi puesto como CEO. Qué alma tan generosa tienes —replicó él, con la voz cargada de sarcasmo.

— Cree lo que quieras, Ethan —Helen se encogió de hombros, sin apartar la mirada—. Yo sé la verdad, y eso es suficiente para mí.

Ethan la sostuvo con la mirada durante un largo instante, como si intentara descifrar. Pero al final, solo negó con la cabeza y entró en el despacho, cerrando la puerta con fuerza.

Helen permaneció allí, sintiendo el corazón latir con violencia.

Si Ethan quería guerra, ella se la daría. Pero sería una guerra de gentileza, paciencia y comprensión. Porque, por más difícil que fuera, Helen estaba decidida a demostrarle que estaba equivocado acerca de ella.

***

En los días siguientes, Helen hizo todo lo posible por crear un ambiente pacífico. Siempre amable, atenta, dispuesta a intentar cualquier acercamiento. Preparó el desayuno en varias ocasiones, se ofreció a acompañarlo en paseos por la playa, incluso sugirió actividades más divertidas.

Ethan rechazó todos sus intentos. Prefería pasar los días encerrado en el despacho, sumergido en negocios e ignorando deliberadamente su presencia. Pero Helen no se dejaba rendir. Sabía que él estaba poniendo a prueba su paciencia, intentando quebrarla para que renunciara a todo. Pero no lo haría. No tan fácilmente.

Aquella noche decidió preparar una cena especial. Cocinó sola, dedicándose a cada detalle, desde la decoración de la mesa hasta el plato principal. Cuando todo estuvo listo, fue hasta el despacho y llamó a la puerta.

— ¿Qué quieres? —La voz de Ethan sonó áspera del otro lado.

— Solo ven a cenar conmigo. Es lo único que te pido —respondió Helen, manteniendo la voz suave.

Hubo un largo silencio antes de que la puerta finalmente se abriera. Ethan apareció en el umbral, mirándola con cautela.

— No te rindes, ¿verdad?

Helen sonrió con dulzura.

— No. Porque creo que eres mucho más que ese hombre frío y distante que intenta alejarme.

Él la observó con intensidad, como si buscara intenciones ocultas tras sus palabras. Pero Helen no desvió la mirada.

— Está bien —cedió finalmente—. Cenemos.

Helen sonrió de forma genuina. Era un pequeño avance, pero aún así, una victoria.

La mesa estaba impecable. La luz suave de las velas creaba una atmósfera acogedora e íntima, reflejándose delicadamente sobre los platos de porcelana blanca y los cubiertos de plata. Helen había preparado todo con cuidado y cariño, como si aquella cena fuera una oportunidad real de mostrarle a Ethan que no era la villana que él creía. Cuando él apareció, vistiendo una camisa social negra que realzaba sus hombros anchos, el corazón de Helen se aceleró.

— ¿Hiciste todo esto tú sola? —preguntó él, con el tono neutro, pero los ojos analizando cada detalle con cautela.

— Sí. Pensé que sería bueno cenar juntos, como una pareja normal —respondió ella, intentando sonreír.

Ethan soltó una risa corta y amarga.

— ¿Normal? No hay nada normal en esto, Helen. Los dos sabemos lo que realmente somos.

— ¿Y qué somos, Ethan? —preguntó ella, manteniendo la voz firme.

— Extraños —disparó él, con los ojos fríos como el hielo—. Extraños atrapados en un contrato ridículo que tú hiciste para alejarme de la única mujer que realmente amo.

Helen parpadeó, aturdida. La acusación la golpeó como un puñetazo.

— ¿Qué estás diciendo?

Ethan se recostó en la silla, con los ojos ardiendo de desprecio.

— Miranda me advirtió sobre ti. Me dijo que eras manipuladora, envidiosa, que siempre quisiste tener todo lo que era de ella. ¿Y sabes qué? Tenía toda la razón.

La sangre de Helen se heló en las venas.

— Ethan, nunca quise quitarle nada a Miranda.

— ¡No me mientas, Helen! —rugió, golpeando la mesa con la mano, haciendo temblar los platos—. Siempre la odiaste. Siempre quisiste ser como ella, tener lo que ella tenía. Y ahora lo lograste, ¿no? Destruiste lo único bueno que tenía en mi vida.

— Ethan, estás siendo injusto… —intentó argumentar ella, pero su voz sonó débil.

— ¿Injusto? —rió con frialdad—. Me robaste la felicidad que podría haber tenido junto a la mujer que realmente amo. Me obligaste a vivir esta mentira contigo. ¿Y por qué? ¡Por tu maldito egoísmo! ¡Porque no puedes aceptar que nadie jamás te va a amar!

Las palabras fueron como cuchillos clavándose en su pecho. Aun así, Helen se negó a derrumbarse frente a él.

— Nunca quise hacerte daño —dijo en voz baja, pero decidida—. Solo quise protegerte, Ethan.

— ¿Protegerme? —escupió con asco—. Deja de ser hipócrita, Helen. Hiciste esto para atraparme. Para conseguir, al fin, lo que siempre quisiste, aun sabiendo que yo nunca podría dártelo.

— ¿Y qué crees que siempre quise? —lo desafió ella, con los ojos ardiendo de dolor.

— A mí —respondió Ethan con una voz dura e implacable—. Siempre quisiste tener, aun sabiendo que nunca sería tuyo. Eres patética, Helen. Desesperada y patética. ¿Y sabes qué es lo más gracioso? Aunque esté atado a ti por este maldito contrato, nunca voy a amarte.

Ella parpadeó, intentando mantener la compostura.

— Ethan, nunca quise atraparte. Yo solo…

— ¡No empieces! —la interrumpió, poniéndose de pie bruscamente—. Miranda me dijo de lo que eras capaz para conseguir lo que quieres. Dijo que siempre envidiaste todo lo que era suyo. Que siempre quisiste ser ella. Y ahora lo lograste, ¿no? Te convertiste en una sombra patética de la mujer que realmente amo.

El dolor era insoportable. Cada palabra arrancaba pedazos de su alma. Pero Helen se negaba a ceder.

— Estás equivocado —dijo, con la voz temblorosa—. Nunca quise ser Miranda. Nunca quise robarle nada. Yo solo quería… solo quería que me vieras. Que me miraras de verdad.

Ethan soltó una risa cruel.

— ¿Verte? ¿Para qué? ¿Para notar lo despreciable que eres? Nunca voy a amarte, Helen. Nunca. Y cuanto más lo intentes, más patética te vuelves.

Helen apretó los puños, luchando contra las lágrimas que se quemaban en sus ojos.

— Te demostraré que estás equivocado —dijo con firmeza, sin apartar la mirada—. Te mostraré que no soy la persona horrible que crees.

— No me hagas reír —replicó con desdén—. Nada de lo que hagas cambiará lo que siento por Miranda. ¡Nada!

Ethan salió de la sala, dejando a Helen sola entre la cena que había preparado con tanto cariño. Permaneció de pie, inmóvil, con los puños apoyados sobre la mesa. El dolor era real, profundo, pero algo dentro de ella se negaba a rendirse.

Ya en el dormitorio, Helen finalmente dejó que las lágrimas cayeran. Lloró en silencio, los hombros temblando mientras enterraba el rostro en la almohada. Las palabras crueles de Ethan resonaban en su mente como un eco interminable. Pero, por más que dolieran, ella se negaba a desistir.

Sí, Ethan la odiaba. Creía que era manipuladora, envidiosa y desesperada. Pero Helen estaba decidida a demostrarle que estaba equivocado.

No se rendiría. No mientras existiera una sola posibilidad de hacerle ver la verdad.

Si Ethan pensaba que ella era débil, estaba muy equivocado. Helen Bennett no era alguien que se rindiera fácilmente. Y aunque sus palabras la habían herido profundamente, ella se levantaría. Lucharía para demostrarle que lo que sentía era real.

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