INICIAR SESIÓN—No quiero reclamar un vínculo con ese hombre
sentenció Larissa, su voz temblando no de miedo, sino de indignación
— No lo conozco, no sé si su aroma es compatible conmigo, ni qué clase de monstruo se oculta tras su casta.
—¡Le debes a la familia Carpiette la crianza que te dio!
rugió su madre sin ninguna de preocupación hacia su persona
— Deja de ser una Omega egoísta. Deberías aprender de tu hermana; ella aceptó su destino con la resignación que se espera de su rango.
Larissa sintió una náusea amarga al recordar a su hermana adoptiva. El mundo la veía como la compañera de un Alfa respetable, pero la realidad era un nido de humillación. Su "hermana" era tratada como una criada en su propia casa, obligada a convivir con la amante de su esposo, con la cual ocultaban muy bien la relación al ser hija de su última esposa, su bella hijastra al mundo, su amante puertas adentro, cuya farsa iba más allá de los límites al tener dos hijos, que su hermana tuvo que aceptar como suyos, mientras sus instintos de Omega eran pisoteados día tras día. Esa vida de servidumbre y supresión era la muerte en vida, y Larissa no la aceptaría.
—Yo no les debo nada. Ustedes me arrancaron de mi hogar para usarme como moneda de cambio
replicó ella, llena de rabia al recordar todo lo que esta familia le había hecho a ella y a su abuela
La señora Carpiette hervía de rabia. Para ella, las hijas eran activos biológicos, úteros que vender al mejor postor para fortalecer el apellido. Si hubieran nacido Alfas, el orgullo sería otro, pero para ella, las Omegas eran solo "zorras" útiles para atraer capital.
—Tu abuela era una campesina que no podía darte los lujos que nosotros te dimos
escupió la mujer, como mentiras encubiertas que ella misma quería creer
—¿Lujos?
Larissa soltó una carcajada carente de alegría
— Desde que llegué, solo he sido mano de obra para sus caprichos, mina de oro para sus cuentas bancarias
El señor Carpiette se levantó. Su sola presencia de Alfa llenó la habitación de una presión asfixiante. Sin mediar palabra, lanzó una bofetada cargada de feromonas agresivas que mandó a Larissa al suelo. Su frente golpeó el borde de un mueble, y el olor metálico de la sangre comenzó a llenar el aire.
—Eres una malagradecida. Te sacamos de ese muladar, te dimos un apellido de renombre... ¿Así pagas nuestra amabilidad?
Larissa sonrió con desprecio desde el suelo. ¿Amabilidad? Ella y su hermana dormían en una choza de madera fuera de la mansión, privadas de las necesidades básicas, mientras su hermano menor, el "heredero Alfa", disfrutaba de cada privilegio, ellas eran las mulas de trabajo, las incubadoras andantes, mientras el joven era el que alargaría el linaje de los Carpiette
Antes de que el castigo continuara, el timbre interrumpió la violencia. Las empleadas, aterradas por el trato que recibía la joven, se apresuraron a abrir.
La familia Roux entró con una elegancia que silenciaba cualquier grito. Venían a conocer a la prometida de su hijo, Adrien, pero la escena que encontraron fue dantesca: Larissa sangrando en el suelo, su aroma a miedo y dolor impregnando la sala. Adrien, un Alfa joven, dio un paso instintivo para ayudarla, pero su madre lo detuvo con una mirada de acero que no daba lugar a ninguna duda
—Lamentamos que vean esto
balbuceó el señor Carpiette, tratando de sonreír hipócritamente
— Solo educamos a nuestra hija.
La señora Roux no respondió. Con una dignidad gélida, se acercó a Larissa, la levantó y ordenó a su escolta que la sacaran de allí. Se fueron sin dedicar una segunda mirada a los Carpiette, dejando atrás un silencio sepulcral, que ellos no sabían cómo interpretar
El mundo de Larissa se volvió borroso. Despertó en una habitación desconocida, escuchando voces que parecían venir de un túnel.
—¿Qué tiene esta gente en la cabeza?
la voz de Adrien sonaba llena de asco
— La trataron peor que a un animal, son unas bestias.
—Necesitaba corroborar los rumores, hijo
respondió la señora Roux
— La madre de Larissa fue mi mejor amiga. Murió protegiéndome de la violencia de tu propio padre... Le debo esto a su memoria.
—Pero madre, yo no puedo casarme con ella, es imposible
insistió Adrien
— Mi propia pareja destinada se pondría furioso. No voy a arriesgar mi hogar por un contrato de la infancia, con el cual yo no estuve de acuerdo
—Yo me encargaré de eso, no te preocupes hijo
dijo ella con tristeza
— Solo espero que el destino sea más clemente con esta niña de lo que hemos sido nosotros.
Larissa intentaba abrir los ojos, pero su cuerpo pesaba como el plomo. El médico hablaba de desnutrición, de anemia avanzada y de un cuerpo "desgastado como el de un anciano". Pero lo que realmente la hizo reaccionar fue el cambio en el aire, las voces desconocidas .........
Un aroma familiar, denso y oscuro, inundó la habitación.
—¿Qué significa esto, Nathan?
preguntó la señora Roux.
—Traje especialistas extranjeros para la niña
la voz de Nathan Dubios era una vibración que Larissa sintió en sus propios huesos
— Solo quiero ayudar, Rousse.
La señora Roux suspiró, ignorando la tensión eléctrica que siempre rodeaba a su hermano menor cuando se trataba de Larissa. Ella no sabía qué había pasado entre el Alfa dominante y la Omega perdida en el pasado, pero sabía que la tormenta *p*n*s comenzaba.
El interior del refugio conservaba una atmósfera de quietud tensa, un contraste absoluto con la masacre que se gestaba a escasos metros de allí. Las gruesas paredes de piedra y cemento amortiguaban el eco exterior, convirtiendo los disparos y los gritos ahogados en un murmullo sordo, un rumor lejano que Larissa, inmersa en sus propias reflexiones, confundió con el persistente golpear del viento contra los ventanales rotos. A su lado, Roux mantenía una calma pétrea, aunque sus ojos oscuros captaban la sutil vibración del suelo, esa señal inequívoca de que el mundo exterior se estaba desmoronando a pedazos. Sin embargo, ninguna de las dos pronunció palabra; preferían preservar el frágil hilo de seguridad mental que acababan de tejer.Mientras tanto, en el exterior, la situación para Nathan había alcanzado un punto crítico. La ráfaga de fuego enemigo no cesaba; las balas masticaban la mampostería con una furia implacable, convirtiendo su cobertura en una trampa de polvo y esquirlas afila
Lejos del refugio donde Roux sostenía con pulso firme el frágil equilibrio de Larissa, la noche exterior se cernía sobre Nathan como una losa de plomo. Desde su posición elevada, el mundo se reducía a sombras cinéticas y al crujir seco de la maleza bajo un calzado furtivo. Para él, las dudas existenciales de los demás eran un lujo abstracto que la crudeza del terreno no podia permitirse. Sin embargo, la tranquilidad táctica que había sabido mantener comenzó a fracturarse en el preciso instante en que el viento cambió de dirección, trayendo consigo un olor inconfundible: aceite de armas rancio, pólvora húmeda y el rastro metálico de la sangre fresca. No venían solos, y no se trataba de una simple patrulla de reconocimiento.Nathan entornó los ojos, ajustando el foco sobre un sector oscuro a unos cincuenta metros de su posición, donde los matorrales se agitaron con una sincronía antinatural. El enemigo había dejado de jugar al desgaste silencioso; la paciencia de los cazadores se había
El eco de los pasos de Nathan aún reverberaba en las inmediaciones cuando el peso de la atmósfera pareció desplomarse por completo sobre el refugio improvisado. En el centro de la estancia, Larissa permanecía con la vista fija en el suelo polvoriento, como si en las grietas del cemento pudiera descifrar el jeroglífico de un futuro que se desmoronaba antes de nacer. Las dudas no eran simples susurros en su mente; eran presencias físicas, grilletes invisibles que le atenazaban las muñecas y le impedían respirar con normalidad. Cada decisión tomada hasta ese instante, cada ruta trazada, cada orden impartida, cada vida puesta en la balanza de una supervivencia incierta, se alzaba ahora ante ella como un monumento a la falibilidad humana.—¿Y si nos equivocado de nuevo, Roux?rompió el silencio Larissa, con un hilo de voz que apenas lograba sostenerse frente a la inmensidad del vacío que las rodeaba— Nos hemos movido siguiendo intuiciones, esquivando sombras y calculando distancias, pero
El silencio en la estancia se dilataba como una membrana tensa a punto de rasgarse, una frontera invisible donde el peso del aire parecía adquirir densidad propia. Roux permanecía inmóvil frente al ventanal, aunque su mirada no se detenía en los contornos difusos del exterior, sino en el caleidoscopio interno de sus propios pensamientos. A pocos pasos, Larissa mantenía una postura de rígida expectativa, con los brazos cruzados y el entrecejo levemente fruncido, analizando cada micro gestión en la corporalidad de él. Más allá, en el límite de la penumbra que demarcaba la sala, Lyra observaba en completo silencio; su presencia no era pasiva, sino un ancla gravitacional que parecía mantener unida la compleja geometría de aquel triángulo humano.La decisión de ir hasta Nathan no había surgido de un impulso repentino ni de una iluminación heroica; por el contrario, era el resultado de un largo y tortuoso proceso de fricción mental donde se batían a duelo la lógica, la culpa y una necesidad
El fuego de la chimenea crepitaba con una fuerza rítmica, arrojando destellos dorados y sombras danzantes contra las paredes de troncos de la cabaña. El calor del hogar mitigaba apenas el frío punzante que se colaba desde el exterior de los Pirineos, donde la noche alpina caía con su habitual peso implacable. En el centro de la estancia, sentada en una vieja mecedora de madera, Larissa sostenía a la pequeña Lyra contra su pecho, meciéndola con un compás suave y constante. Los ojos ámbar de la niña se habían cerrado hacía un rato, vencidos por el cansancio, pero su manita seguía aferrada con fuerza al borde del suéter de su madre.A pocos pasos de ellas, de pie junto a la mesa con una taza humeante de infusión entre las manos, Rousse observaba la escena en completo silencio. Su rostro, habitualmente endurecido por la rudeza de las batallas y los años de supervivencia clandestina, mostraba una inusual fragilidad.Larissa levantó la vista lentamente, rompiendo el silencio espeso que se h
El piso cincuenta de la torre en Ginebra olía a café amargo, papel costoso y a esa clase de silencio estéril que solo el poder absoluto puede comprar. Nathan Dubios estaba de pie junto al ventanal, con la mandíbula tensa y la mirada perdida en el gris plomizo del lago, cuando las puertas del ascensor privado se abrieron con un chasquido seco.No hizo falta que el sistema de seguridad anunciara la visita. El aroma a pino frío, ozono y tierra mojada que invadió el pasillo era inconfundible.Nathan se giró lentamente. Rousse avanzaba hacia su despacho con pasos deliberados, imponentes, luciendo una gabardina oscura que aún guardaba la humedad de los Pirineos. Su mirada ámbar, tan afilada como la de él, venía cargada con la hostilidad propia de una alfa que ha cruzado medio continente solo para evitar una masacre.—Vaya, veo que sigues jugando a ser el rey triste en su torre de marfil, Nathandisparó Rousse de entrada, deteniéndose a pocos metros de su escritorio sin esperar una invitació







