INICIAR SESIÓNRobado de los brazos de su familia siendo apenas un bebé y criado bajo la tutela brutal de su propio captor, Maximilian Van Der Weyden —conocido en el mundo corporativo como el implacable Dante Cazimir— no conoce la piedad. Desde su centro de mando en el búnker corporativo de Bucarest, blindado y oculto tras la fachada de una consultora de élite que comparte con sus socios y confidentes de mayor confianza, César y Dorian, ha trazado un plan milimétrico para destruir el imperio de Lucien Volkov y ajustar cuentas con el pasado. El plan era perfecto... hasta que se cruzó con Jenny Vorobiev. Ella no solo es una obsesión prohibida; es la hija de Dominic Vorobiev, el poderoso CEO y aliado clave de su familia. Tocarla es romper un pacto sagrado; convertirla en la pieza clave de su tablero de ajedrez es su única forma de ganar. «¿Me quiere para su venganza o realmente me ama? No lo sé, pero lo que siento por él es tan real que no pienso alejarme». Lucien acecha desde la alta sociedad, mientras Stefan van Der Weyden agoniza en silencio creyendo que todo está perdido. Pero esta vez, Maximilian está dispuesto a arrastrar a Jenny a su propia oscuridad y destruir el mundo entero antes de permitir que le arrebaten lo que por fin es suyo. En este juego de alta sociedad, traiciones y secretos... el amor es el arma más letal.
Ver másPOV Jenny
El tintineo de las copas de cristal y el murmullo elegante de las conversaciones llenaban el salón privado de L’Étoile, el restaurante más exclusivo de la ciudad. Era el lugar predilecto de mi padre para celebrar los momentos que marcaban la historia de la familia. Hoy no era la excepción: mi hermano mayor, Giovanni, finalmente asumía el mando como el nuevo heredero y CEO de la firma tecnológica de la familia. A mis diecinueve años, siempre había visto a mi padre, Dominic Vorobiev, como un pilar inquebrantable de rectitud y trabajo duro. La atmósfera en nuestra mesa era pura calidez, una fortaleza de complicidad rodeada por mis tres hermanos, sus esposas y la risa constante de mis sobrinos. Pero esa burbuja de seguridad perfecta estaba a punto de romperse en mil pedazos. Un movimiento rápido a mi izquierda me sacó de la conversación. Uno de mis sobrinos pequeños se había escabullido de la mesa, atraído por las luces de una zona contigua. Sonreí con ternura y me puse de pie en silencio para ir tras él antes de que causara un desastre. —Ven aquí, viajero —murmuré alcanzándolo justo a tiempo, pero el niño, con la energía desbordante de sus cuatro años, lanzó el carrito de juguete que llevaba en la mano. El pequeño vehículo de metal rodó sobre la alfombra oscura y se detuvo justo a los pies de un hombre sentado en una mesa cercana, un rincón envuelto en penumbras lejos de la luz principal del salón. Me apresuré a recogerlo, dispuesta a ofrecer una disculpa rápida y regresar a la celebración familiar. Sin embargo, en cuanto me agaché y alcé la vista, el aire se congeló en mis pulmones. Mis piernas fallaron por un segundo y el mundo a mi alrededor pareció perder todo sonido. Allí sentado, observándome en silencio, estaba el rostro de Matthias Van Der Weyden. Pero no era Matthias. Físicamente era idéntico al amigo de mi infancia, con las mismas facciones simétricas y la misma estructura imponente. Sin embargo, la mirada de Matthias siempre había transmitido luz, seguridad y una calidez que reconfortaba a cualquiera. El hombre frente a mí era una antítesis absoluta. Su aura era un abismo denso, una frialdad capaz de cortar la respiración. No me miraba como se mira a un desconocido; me observaba como un depredador que analiza a su presa antes de dar el zarpazo, estudiando cada microexpresión de mi rostro con una precisión quirúrgica. Los rumores familiares sobre el "gemelo perdido", la sombra oscura de la que solo se hablaba en susurros apagados, vinieron a mi mente de golpe. Decían que era un monstruo. Al sentir cómo sus ojos verde avellana se clavaban en mí, comprendí que los rumores se quedaban cortos. Con una fluidez peligrosa y calculada, el hombre se inclinó para recoger el carrito de juguete. Se puso de pie sin apartar su atención de mí un solo segundo. Su envergadura era intimidante, vistiendo un traje oscuro impecable que acentuaba su presencia dominante. Apreté los puños a los costados para evitar que mis manos temblaran visiblemente. Miré de reojo hacia la mesa de mi familia, a varios metros de distancia, donde todos seguían riendo ajenos a la amenaza que tenía enfrente. Qué alivio que mi padre no hubiera visto esta escena; la sola presencia de ese apellido en el mismo recinto habría desatado una tormenta. Le forcé una sonrisa, apretando los labios para proyectar una compostura que por dentro se desmoronaba. —Gracias, joven —murmuré, extendiendo la mano para recuperar el juguete. Él no parpadeó. Sostuvo el carrito un segundo de más antes de entregármelo, asegurándose de que la piel de sus dedos rozara la mía. Un escalofrío helado me recorrió la columna vertebral de inmediato. La frialdad de su piel contrastaba con la intensidad destructiva de sus ojos. —¿Cuál es tu nombre, señorita? —preguntó. Su voz no fue un tono casual. Fue un susurro grave, rasposo y seductor, como el roce de un cuchillo sobre seda fina. Retumbó en mi pecho con una frecuencia que hizo latir mi corazón a un ritmo frenético. La presión de su aura me aprisionaba de tal forma que responder se sintió como una necesidad biológica antes que una elección. —Soy Jenny... —contesté, intentando mantener la voz firme, aunque mi respiración se volvía cada vez más agitada—. Aunque todos en mi familia me llaman la Niña de Oro. Un silencio pesado cayó entre los dos. Por un instante fugaz, la frialdad implacable en sus pupilas dio paso a una chispa distinta, algo oscuro, denso y profundamente posesivo que me cortó el aire por completo. No era curiosidad; era el brillo de alguien que acaba de reclamar la propiedad de algo valioso. —Qué hermoso nombre —dijo despacio, paladeando cada sílaba. Sus ojos se oscurecieron aún más, grabando cada detalle de mi rostro en su memoria con una fascinación perturbadora—. Niña de Oro... Mi corazón golpeaba con fuerza contra mis costillas, envuelto en un miedo primario que me ordenaba huir de allí inmediatamente. Su sonrisa no llegó jamás a sus ojos; fue solo un gesto cortante, un aviso implícito del peligro que representaba. —Gracias... Con permiso, provecho —alcancé a articular, tomando al niño entre mis brazos. Me di la vuelta y caminé a pasos apresurados, manteniendo la espalda recta a duras penas mientras sentía su mirada fija sobre mi nuca como una marca de fuego. Al llegar de vuelta a la mesa familiar, abracé a mi sobrino con fuerza y me senté junto a mi madre, tratando de ocultar el sofoco que me quemaba el rostro. —¿Pasa algo, Jenny? Te ves pálida —preguntó mi madre suavemente, pasándome una servilleta. —No, mamá... Solo me dio un poco de calor —mentí, mirando fijamente la mesa. Miré disimuladamente a mi padre. Dominic Varobiev conversaba animadamente con Giovani, orgulloso del legado legal y limpio que le estaba entregando. Afortunadamente, nadie había notado nada. Mi padre siempre había protegido a la familia con rectitud, construyendo un imperio transparente, lejos de las sombras oscuras que acechaban en la historia de nuestra estirpe. «Sabía perfectamente quién era ese hombre. Era Maximilian Van Der Weyden. El gemelo atrapado en las garras de los Volkov, la dinastía de criminales que juró destruir todo lo que mi padre, Dominic Vorobiev, había construido. Su sola presencia en el mismo salón era una bomba de tiempo a punto de estallar». Apreté la copa de agua entre mis manos, intentando calmar el pulso acelerado. Ver a ese gemelo, con la misma cara pero con un alma indomable y oscura, me había dejado una advertencia grabada en la piel. Tenía que mantenerme alejada. Tenía que fingir que este cruce de miradas jamás había ocurrido, porque en los ojos de Maximilian no solo había visto peligro; había visto el comienzo de un fuego capaz de consumirlo todo.Tras abandonar las frías y húmedas paredes del calabozo, Leonel caminó con paso firme hacia el despacho principal de su hacienda. El ambiente a su alrededor parecía estático, como si el aire mismo de la propiedad se contuviera ante su presencia. Al entrar, ignoró la imponente mesa de caoba que presidía la estancia y se dirigió directamente hacia el gran ventanal que dominaba sus vastas tierras. Encendió un cigarrillo. El fósforo iluminó brevemente la dureza de sus facciones antes de que el humo comenzara a danzar frente a sus ojos. Su mente, un engranaje perfecto de estrategia y odio, comenzó a procesar la tormenta que estaba a punto de desatar. Maldito Lucien... Me arrebataste lo que era mío, y Aurora fue tu cómplice. Pero esto no termina aquí. Voy a desmantelar cada uno de tus clanes, pieza por pieza, hasta borrarlos de la faz de la tierra. Su mirada se endureció al cambiar de objetivo. Y tú, padre... No me abandonaste, es cierto, pero jamás me buscaste. Tienes un poder inmen
Después de dar el primer golpe contra la empresa de Lucien, los dos CEOs se despidieron. Dominic había decidido quedarse en el departamento dentro de la oficina de Stefan, mientras que este se dirigía de regreso a su mansión.Tras cruzar el umbral de la entrada, Stefan avanzó hacia su despacho en absoluto silencio. No quería ver a Santiago; no quería revelarle aún que Leonel había reaparecido tras haber permanecido oculto durante tantos años.Se dejó caer en el sillón tras su escritorio, cerró los ojos y dejó que la memoria lo arrastrara veintiséis años atrás...—¡Alicia, la maldita Aurora me dejó un mensaje! —bramó Stefan con la mandíbula apretada y los puños cerrados por la furia—. ¡Me dijo que mis dos bastardos están en un hotel!Alicia, su esposa, reaccionó de inmediato. El miedo y la adrenalina borraron cualquier rastro de duda en su rostro.—¡Vamos ya, Stefan! —exclamó con desespero, tomándolo del brazo—. ¿Qué esperas? ¡Vamos!Se dirigieron a toda velocidad hacia la dirección in
Después de enviar la cabeza de Kevin a Rusia, el monstruo volvía a su rayito, comprendiendo más que nunca y aceptando que, por fin, esa luz había venido a iluminarle la vida.Salió de su despacho después de tantos ataques y de haber derramado sangre. Se detuvo un segundo frente al espejo del baño, mientras el vapor apenas disipaba la imagen del rostro de Kevin. Se observó las manos; esas manos que hacía unas horas habían ejecutado la sentencia más fría de su carrera. No sentía remordimiento, y eso era lo que realmente lo definía. Para el mundo, él era el heredero de un infierno, el estratega que no conocía la piedad. La crueldad no era un juego para él; era una necesidad de supervivencia. Si no era el verdugo, era la víctima, y ya había sido víctima demasiados años.Tras una larga ducha para quitarse el rastro del combate, salió vistiendo únicamente un pantalón cómodo y se acercó a la cama. La vio allí: tan delicada, que parecía una niña de cristal.—Leonel... ¿qué pasó con Damián y S
El despacho privado de Stefan Dragomir era un santuario de caoba y cristales blindados donde la tensión apenas comenzaba a disiparse. Las pantallas de los monitores aún reflejaban el éxito del primer movimiento financiero y legal que acababan de asestar contra la fachada de Lucien Volkov. La nota firmada por El Monstruo —que Dominic le había entregado a Stefan al llegar en su avión privado— reposaba sobre la madera pulida como un recordatorio constante de que el hijo perdido de los Dragomir operaba por cuenta propia en las sombras. Stefan se apoyó en el borde de su escritorio, respirando con algo más de calma al ver que su poder institucional por fin empezaba a doblegar al enemigo. —El golpe ha sido limpio, Dominic —dijo Stefan con voz grave, cruzándose de brazos—. Las cuentas de Lucien están congeladas y su red corporativa se está desmoronando. Si creyó que podía amenazarnos desde el anonimato, subestimó el peso de nuestras leyes. Dominic, sin embargo, no despegaba la vista de la v












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